El Libro de la Montería

          El Libro de la Montería es una obra escrita en el siglo XIV por encargo del rey Alfonso XI (1311-1350). Consta de 3 libros y 39 grabados, donde se describen con gran detalle los bosques y montes de España, y su abundancia de animales idóneos para la caza o montería, que era el principal pasatiempo de la nobleza.

          En aquella época, al igual que hoy en día, el término de Mestanza era un lugar inmejorable para la actividad cinegética. A lo largo de las sierras que van desde la Hoz del Fresneda hasta el Puerto de Mestanza se podían cazar osos y jabalíes. En el Libro de la Montería se citan: la sierra de la Gallega, la laguna de la Alberquilla, la Hoz del Fresneda y los puertos del Burcio, del Roble y de Frey Domingo. Resulta sorprendente observar como después de 700 años la toponimia no ha variado. Estos nombres nos resultan hoy tan familiares como lo eran para los mestanceños de entonces:

La Sierra de la Gallega es buen monte del oso y del puerco en invierno y [también] en el comienzo del verano. Las vocerías son: una por el camino que va a Andújar (…) sobre la Hoz del [río] Fresneda. [Es importante] que estén renovados los perros en el Puerto de Frey Domingo. La otra desde [este] Puerto por [la] cima de la sierra hasta el Puerto del Burcio.

La Sierra de la Alberquilla es buen monte del oso y del puerco en invierno y [también] en el comienzo del verano. Las vocerías son: una desde el Puerto del Burcio por [la] cima de la sierra hasta el Puerto de la Alberquilla. [La otra] por el Campo de Alcudia hasta la huerta de la Alberquilla. La primera vez que corrimos este monte, matamos un oso de los [más] grandes que matamos hasta ese día.

La Sierra de Garci Costiella es buen monte del oso y del puerco en invierno y [también] en el comienzo del verano. Las vocerías son: una desde el Puerto de Quebranta Tinajas por [la] cumbre de la sierra hasta la peña del Puerto del Roble. La otra desde las huertas por la senda de Garci Costiella.

          La caza se realizaba entre febrero y mayo. Mientras un grupo comenzaba la batida (las vocerías), el otro cercaba a los osos y jabalíes, con ayuda de los perros, dejándolos a libro monteriatiro de arco o de ballesta. La palabra “vocería” hacía referencia a los gritos o voces que daban los cazadores. No es casual que esta sierra fuera conocida hasta hace poco como Sierra de las Bataolas, tal y como indican las Relaciones del Cardenal Lorenzana. El término “bataola” significa bulla o ruido grande. Los instrumentos musicales utilizados por los cazadores medievales, tales como tambores, cuernos o bocinas, dieron nombre a los puertos de montaña cercanos. Aún perviven los puertos del Tamboril y del Burcio (derivado del latín bucina) que recuerdan aquellas palabras del Libro de la Montería: “Y todos los monteros para saber tañer muy bien la bocina, deben usarla con aquellos que la supieren tañer muy bien”. El oficio de la montería no solo nos ha legado una toponimia que pervive después de más de siete siglos. También nos ha dejado el apellido “Montero”, muy común en Mestanza. Mi bisabuelo Canuto Montero descendería de uno de aquellos hombres que buscaban y perseguían osos y jabalíes por la Sierra de la Alberquilla.

          En apenas 200 años, la presión humana acabó con las colonias de osos en nuestras sierras. La importancia del Valle de Alcudia como invernadero de los ganados trashumantes de la Mesta y la necesidad de tierras de labor para una población en crecimiento eran incompatibles con la presencia de estos plantígrados. Las Ordenanzas de Mestanza de 1530 no dicen nada acerca de la presencia de osos, lo cual es bastante revelador.

          Cuando pienso en la caza del oso, me viene a la memoria nuestro vecino Alejandro. Había sido pastor en las sierras de Cantabria y siempre contaba cómo, una mañana, al salir de su chozo, se encontró́ frente a un enorme oso pardo. Se quedó́ totalmente paralizado. El oso, al observar aquella presencia extraña, se irguió́ sobre las dos patas traseras y rugió́ de una forma terrible. Alejandro nunca supo cuánto tiempo permaneció́ allí́, de pie, inmovilizado por el terror. Por suerte para él, el animal se dio media vuelta y dejó el campo libre. A nuestro paisano, que jamás había visto una fiera tan colosal, probablemente le hubiera sorprendido saber que en su pueblo, cuatro siglos antes, osos como aquel vagaban libremente por la sierra.

oso

 

(Publicado parcialmente en el Catálogo de Fiestas de 2012)

 

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