Bandoleros carlistas: Barba

En la primavera de 1834, tras varias semanas de cacería, la milicia urbana de Mestanza mató al bandolero carlista Eugenio Ibarba, alias Barba, en el sitio de la Jandulilla. Los días anteriores ya habían caído su lugarteniente Juan Díez Rodero y otros miembros de su partida, como el sanguinario José Manzanares, alias El Sastre. Pese a estar malherido en una pierna, Barba había logrado burlar a numerosas tropas procedentes de Sevilla y Fuencaliente que, desesperanzadas, optaron por retirarse dejando solos a los soldados de Mestanza. Lejos de arredrarse, el alcalde don Joaquín de Palma y Vinuesa continuó una persecución sin tregua acompañado de los tres urbanos de la villa –Juan Castellanos, Nicolás Larios y Antonio Rodríguez- y de una temible jauría de perros de caza. Estaba convencido de que “en su desesperación, [Barba] se dejará morir de hambre y cansancio antes que rendirse”. Cuando lograron acorralarle, el irreductible bandolero abrió fuego a discreción arrancando media chaqueta a uno de los urbanos. Después, aún pudo volver a emboscarse y ni siquiera los perros pudieron dar con él en todo el día. Finalmente, la mañana del 28 de abril, cayó abatido a tiros.

El alcalde emitió un lacónico comunicado: “Viva nuestra amada reina doña Isabel II. El famoso Barba ha sido muerto”. Las palabras del Gobierno fueron más retóricas:

BarbaLoor al digno regente de la villa de Mestanza. Se ha cubierto de una gloria que no se marchitará (…) porque ha purgado a esta provincia del monstruo que tantos daños ha causado, repartiendo por todas partes alarma y consternación (…) El valiente y digno alcalde mayor de la villa de Mestanza, don Joaquín de Palma y Vinuesa, no satisfecho con llevar los deberes que le impone su noble profesión de jurisconsulto (…), dejó el descansado retiro de su despacho, y empuñando las armas, voló ansioso de gloria a tomar parte en los campos del honor. Reunido con unos cuantos urbanos recorrió sierras, escudriñó montañas, y con una vigilancia incansable buscaba a los enemigos de nuestra augusta soberana y del reposo público. No infructuosas fueron sus vigilias, pues después de haber capturado al segundo jefe de la gavilla del furibundo Barba y otros de sus partidarios, dio la muerte a éste y trasladó su cadáver a esta capital.

Si don Joaquín de Palma hubiera sido norteamericano, tendría unas cuantas películas sobre su hazaña protagonizadas por John Wayne o James Stewart. Muchas leyendas del Far West como Billy the kid o Wyatt Earp son sombras al lado de Eugenio Barba o Joaquín de Palma. Y muchos sucesos casi mitológicos, como el tiroteo de OK Corral son juegos de niños en comparación con los combates entre los urbanos de Mestanza y los bandoleros carlistas. Pero es lo que hay. Valgan estas líneas para evitar que estos hechos heroicos se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia

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