Un fuego antiguo

                                                                                                                                     Invierno de 1926

              Cada niño portaba un fardo de leña sobre sus hombros. Caminaban encorvados, la cabeza caída hacia delante, la vista clavada en el suelo. Las correas que cruzaban su frente ayudaban a soportar el peso. El viento frío soplaba sobre la nieve y sus pequeñas manos buscaban el calor de los bolsillos. Tiritaban y tenían los dedos tan entumecidos que ni siquiera podían abrir sus navajas de mano o abrocharse los abrigos.

– Podríamos descansar un momento –dijo el más pequeño, que tendría unos ocho o nueve años. Su voz sonó como una súplica.

              El otro niño continuó andando y solo al cabo de un rato le respondió sin convencimiento:

– Ya queda poco para llegar al pueblo.

              Siguieron caminando. La nieve apenas dejaba ver una mínima vegetación de color paja. Los arbustos estaban cubiertos por una fina capa de escarcha. Llegaron al cauce helado de un arroyo. Era el arroyo de la Posadilla. El niño más pequeño se paró y comenzó a llorar en silencio. El mayor le miró desolado. Después levantó la vista al cielo, como buscando una respuesta, pero las nubes de color pizarra se mostraron
hogueraindiferentes. Caminó de un lado a otro, pensando que hacer. No había duda, hacía un frío afilado. Maldijo entre dientes y sacó las cerillas. Se sorprendió al comprobar que apenas podía juntar los dedos para sostener un fósforo. Al tocarlos, tenía que mirar para ver si lo había cogido o no. Trabajó pacientemente con unos pequeños chisporroteos hasta que los fardos de leña –la sagrada leña- se convirtieron en un gran fuego. El calor de la lumbre derritió el hielo de sus caras y desentumeció sus dedos. Permanecieron mudos, absortos, asistiendo a la ceremonia del fuego. El hipnótico baile de las llamas restituyó un puro asombro transmitido de generación en generación desde el lejano despertar del mundo. Se sonrieron el uno al otro. Allí estaba la hoguera, crepitante, prometiendo la vida en cada llama.

 

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