Las escuelas

A Dionisio Céspedes Navas

                Ya no se construyen edificios tan bellos como las escuelas de Mestanza. Sus evocadoras paredes de piedra y mampostería y sus grandes ventanales lo convierten en nuestro mayor tesoro patrimonial de arquitectura civil. Fueron inauguradas en 1905 y constaban de dos pabellones, uno para niños y otro para niñas. La calle de Santa Catalina, con su arboleda, realza el encanto de este edificio. En el invierno de 1912, los alumnos dedicaron una jornada a plantar árboles en ambas aceras de la calle, dándole el bello aspecto que tiene hoy en día. Las escuelas fueron ampliadas en 1952, como reza la fecha de la reja de entrada. Se aumentó el número de aulas de dos a seis (tres para niños y tres para niñas) y se las denominó “Escuelas de Santa Catalina”.

                La primera mención a un maestro aparece en el año 1751. El Catastro de Ensenada señala que había “un maestro de primeras letras llamado Jaime Antonio Mayorga”. Durante el siglo XIX, la escuela de Mestanza se situaba en la actual Casa de Cultura (calle Carnicería, esquina a la plaza), en un edificio que había sido carnicería, taberna y pósito público. Además de las aulas, tenía una habitación para alojar al maestro. El Diccionario de Pascual Madoz (1848) señala que esta escuela estaba “dotada con 2.200 reales de los fondos públicos” y asistían 50 niños. Dado que las niñas no tenían acceso, tan solo 12 “afortunadas” recibían enseñanza privada costeada por sus padres. La educación femenina consistía en labores de manos y catecismo hasta que la Ley Moyano (1857) estableció que las niñas tenían que aprender además “a leer, escribir y contar”. En 1903 la población escolar ya era notablemente mayor e igualitaria: 319 alumnos, con 168 niños y 151 niñas. No obstante, en la práctica, una gran parte de los alumnos no podía asistir a las clases, pues trabajaban para ayudar a sus familias. El propio Ayuntamiento reconoció que un 60% de los escolares no asistía a las aulas. A partir de los seis años, muchas niñas se ponían a servir y los niños madrugaban para recoger leña, llevar cantaros de leche a lomos de un burro o ayudar como zagales a algún pastor. No recibían un jornal, sino que les pagaban con la comida.    

Doña Carmen Pastrana y sus alumnas de Mestanza

                Como dije, las nuevas escuelas se inauguraron en 1905. Fueron construidas por el maestro de obras don Manuel Llaguno y financiadas por el filántropo don Nicanor Hernán de los Heros y su hija doña Catalina. En agradecimiento, el pueblo otorgó sus nombres a la “Plaza de Hernán de los Heros” (actualmente “Plaza de los Carros”) y a las calles de Llaguno y Santa Catalina. El 14 de mayo, con motivo del Tercer Centenario de la publicación del Quijote, se celebró la ceremonia de inauguración con una misa e innumerables discursos del alcalde, del cura y del maestro, entre otros. Las escuelas fueron bautizadas con el nombre de Cervantes (la de los niños) y Santa Catalina (la de las niñas) en honor del autor del Quijote y de la hija de don Nicanor. El acta municipal señala que el día concluyó con un baile y un “espléndido lunch consistente en pastas, refresco y licores”. También señala que “al tomar la primera copa del espumoso champagne” el juez municipal recitó el siguiente poema:

Brindo por don Nicanor,

por su hija Catalina,

por su venerable hermana

y su querida sobrina.

A ti, Catalina hermosa,

por tu inmensa caridad,

mil años te guarde el cielo

por tu excesiva bondad.

Lo que te debe este pueblo

bien de manifiesto está.

Y los hijos de Mestanza

mil y mil gracias te dan.

                Los maestros tenían sueldos bajos. Tanto que el saber popular acuñó la triste y expresiva frase: “Pasas más hambre que un maestro de escuela”. Pese a todo, su esfuerzo y dedicación se veían recompensados por el sincero agradecimiento de muchos padres, que les ofrecían miel, unos huevos o algo de queso. El maestro enseñaba a leer, a escribir, las cuatro reglas, algo de geografía e historia. Las aulas tenían pupitres dobles, para dos alumnos, que eran mesa y asiento a la vez. Enfrente estaba la pizarra, el crucifijo y los símbolos del Estado (un retrato del Rey o de Franco, según la época). Como es natural, no había calefacción. Tan solo el maestro disponía de un brasero. Los niños, para calentarse, cogían un tizón de sus casas o de la panadería y lo metían dentro de una vieja lata. Con eso tiraban como podían. La lata tenía unos agujeritos en la parte inferior para que ardiera mejor el rescoldo y un alambre largo en la parte superior para poder llevarlo sin quemarse las manos. En ocasiones, la lata hacía una mala combustión y el maestro decía: “A ver, que hay tufo” y mandaba al alumno al patio a solventar el problema.

Los datos han sido extraídos de los libros de Miguel Martín Gavillero: Mestanza, algo de su historia y Mestanza, tu pueblo y el mío; y de Rafael Muñoz Romero: Mestanza, entre la historia y la leyenda.

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