Solana del Pino

          Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212), toda la serranía alrededor de la ermita medieval de la Antigua se fue poblando de caseríos. La zona pasó a ser conocida como 375“el sitio de La Vera” y comprendía los lugares de El Corchuelo, Eras Altas, Casas Quemadas y Solana del Pino. No fue hasta finales del siglo XVIII cuando los habitantes de estos caseríos aislados decidieron agruparse en el sitio de Solana del Pino, así llamado por un gran pino piñonero que existía en una huerta cercana. Hasta ese momento, según indica el Catastro de Ensenada (1751), se trataba de un lugar con quince casas diseminadas, sin orden ni formación de calles. El aluvión de vecinos motivó la construcción de una iglesia parroquial propia, que se consagró en 1791 en honor a la Inmaculada Concepción. Justo un siglo después, en 1891, Solana del Pino se independizó de Mestanza.

          La carretera que conduce de Mestanza a Solana del Pino cruza los bellos parajes que rodean al embalse del Montoro. Tras dejar a la derecha el volcán del Alhorín se asciende al puerto de los Rehoyos (980 m), donde las vistas del Valle de Alcudia son376 extraordinarias. El pueblo descansa en una ladera –una solana- de la sierra sur de Alcudia. Sus calles están salpicadas de antiguos pilares y lavaderos que recogen el agua de la montaña. La iglesia parroquial está en la plaza de Sierra Madrona, quizá el lugar más simbólico del municipio. En el centro de la plaza se erige la escultura de una cabra montesa. La cabra y el ciervo son dos animales emblemáticos de Solana del Pino, y como tales, blasonan su escudo de armas.

          Otra carretera conduce de Solana del Pino a la Basílica de Nuestra Señora de la Cabeza. Un recorrido extraordinario de 52 kilómetros a través de la naturaleza en estado puro. Enormes roquedales se elevan en las montañas. En sus fisuras y repisas, aparentemente inhóspitas, habitan multitud de plantas rupícolas de nombres sugerentes: enebros, codesos, dedaleras, clavelinas, uvas de gato y ombligos de Venus. Nada más comenzar la ruta, la capilla de San Antonio nos advierte de que estamos entrando en la las profundidades de la sierra: “Viajero, estás en Sierra Morena”. Un poco más abajo encontramos una casa tradicional de peones camineros, junto al puente del 390río Robledillo. El río discurre entre frondosos bosques de ribera. Los fresnos, adelfas, sauces y alisos impiden la penetración del sol. En sus prístinas aguas reinan la nutria y el martín pescador. Tras cruzar el puente aparece la mítica fuente de San Lorenzo, una parada obligatoria. El agua, fresca y clara, brota de la roca en la trinchera que se construyó para el paso de la carretera. Si tuviera que elegir una fecha para recorrer Sierra Madrona sería en otoño. Es la época de la berrea. Los ciervos realizan sus demostraciones de poder mediante berreos y luchas rituales. En la soledad de los montes, tan solo se escuchan sus bramidos y el crujido de las cornamentas al chocar. Los machos vencedores tendrán derecho a reunir un inmenso harén de hembras y marcarán el territorio hasta la pelea del próximo año.

 

Las caserías de San Ildefonso

          El término municipal de Mestanza comprende las aldeas de El Hoyo y El Tamaral. Están enclavadas, como dijo el poeta Miguel Hernández, “en el corazón de Sierra 348Morena, la sierra de los bandidos”. Su ubicación en un paisaje tan agreste motivó que la luz eléctrica no llegara hasta 1982. Fueron los últimos reductos de la provincia en tener alumbrado público. Hoy resulta difícil de imaginar, pues disponemos de iluminación a todas horas. Pero antiguamente, tras la puesta de sol, sus calles solo contaban con la luz de la luna y en los hogares apenas se veían las imágenes tenues que alumbraban quinqués, candiles, velas o la lumbre de una hoguera. Y no fue hasta 1997 cuando se construyó una nueva carretera, recta y bien señalizada, que dejó en el olvido aquel famoso dicho: “Tiene más curvas que la carretera de El Hoyo”.

          Desde la Edad Media, ambas aldeas fueron conocidas como las Caserías de San Ildefonso. Pese a estar separadas por el río Jándula –Riofrío para los lugareños–, la ermita medieval de San Ildefonso les otorgaba un carácter unitario. El Catastro de Ensenada (1751) señala que compartían incluso un alcalde común: “alcalde pedáneo de350 las Caserías de San Yldephonso, que comprende el Oyo y Solana del Tamaral”. La ermita de San Ildefonso estaba en la cima de un monte homónimo situado entre el río Jándula y la aldea de El Hoyo. La primera referencia histórica a esta ermita la tenemos en el siglo XV. En los legajos de los visitadores calatravos de 1493 se la cita a menudo junto a la de San Cristóbal (en las afueras de Mestanza). En 1763 se construyó dentro de El Hoyo la iglesia parroquial de San Ildefonso y la antigua ermita cayó en el olvido. El Tamaral, por su parte, pasó a utilizar para el culto una añosa encina donde tenían colgada una campana. No fue hasta 1958 cuando edificaron su propia iglesia consagrada a San Antonio de Padua.

          Miguel Hernández visitó El Tamaral en la primavera de 1936. Así se lo comunicó por carta a su novia Josefina: “Me dices que sé dibujar muy bien y no te dibujo otra vez porque no tengo tiempo. Se me va haciendo la hora de salir para el Tamaral…”. El poeta debió quedar impresionado al contemplar las grandes peñas que se ciernen sobre la aldea. El Boletín Oficial de Ciudad Real publicó en 1865 que:

La copiosísima lluvia de estos días ha ocasionado grandes desprendimientos de piedras en El Tamaral. Un solo peñón (…) hubiera destruido todo el pueblo de no haberlo evitado la Providencia.

Con todo, lo peor eran las crecidas de los ríos Montoro y Fresneda, que al desembocar en el Jándula dejaban a las aldeas completamente aisladas, sin comida ni atención médica, durante largos periodos de tiempo. Las continuas reivindicaciones para construir un 383viaducto que solventara el problema, cayeron en saco roto. No fue hasta 1924 cuando, gracias al auge minero de la Nava de Riofrío, la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya (SMMP) construyó dos puentes. El primero, que se mantiene en pie, se levantó sobre el río Montoro, 400 metros aguas arriba de su confluencia con el río Fresneda. El segundo, se erigió sobre el río Jándula para comunicar El Hoyo y El Tamaral. Este último sería destruido por una riada quince años más tarde. Algunos políticos provinciales llegaron a cuestionarse si no sería más conveniente evacuar a todos los habitantes de El Hoyo antes que gastar dinero en construir un nuevo viaducto. En 1956 levantaron un badén, que era más barato. Como quedaba inundado con las primeras crecidas, se habilitó una barquita para cruzar el río. Hubo que esperar hasta 1971 para que se levantara un puente en condiciones. Se le bautizó como “Puente Mercedes” en honor a la “Excelentísima Señora doña Mercedes Canals de Roger”, a la sazón esposa del gobernador civil.

          En la actualidad, las caserías de San Ildefonso son un paraíso para los amantes de la caza. Al llegar la temporada cinegética, abundan las monterías de venados, gamos, muflones y jabalíes. También la caza menor, con el ojeo del faisán y la perdiz roja. Pero para mí, lo mejor de estas aldeas son sus gentes, esos hombres y mujeres que las367 mantienen en pie pese a las dificultades, conservando sus tradiciones y su apego a la tierra. En El Tamaral es donde mejor se conserva la arquitectura tradicional en piedra. Entre sus casas abundan los pequeños huertos frutales. El viajero no debe perderse los inmensos castaños que se yerguen tras el pilón de piedra de la carretera. Quien los visite en otoño se sorprenderá al ver el suelo alfombrado de erizos. En El Hoyo hay que visitar su antiguo horno y el pilar junto al camino de los nacederos de agua. Y por supuesto, es esencial recorrer el sendero que conduce al monte del Santo Viejo, donde aún se conservan las piedras de la ermita medieval de San Ildefonso. Al bajar, el viajero puede reponer fuerzas en la plaza, a la sombra de la iglesia, mientras disfruta de unas tapas en el Bar de Santi.

 

Foto 1: Iglesia de San Ildefonso de El Hoyo (1763).

Foto 2: Sitio de la ermita medieval de San Ildefonso.

Foto 3: Puente sobre el río Montoro (1924).

Foto 4: Vista de El Tamaral.

Foto 5: Castaños del Tamaral junto al pilón de piedra.

Foto 6: Pilar junto al camino de los nacederos de agua (El Hoyo).

Foto 7: Casas tradicionales de piedra (El Tamaral).

Foto 8: Pila bautismal de El Hoyo (1764).

Foto 9: Antiguo horno tradicional (El Hoyo).

Este artículo debe su existencia a dos estudios de Miguel Martín Gavillero (La Casería de San Yldephonso nombrado El Oyo y En un lugar de la historia: Solanilla del Tamaral). También a María Jesús, que tuvo la amabilidad de mostrarme la iglesia parroquial y me guio por el sendero que conduce al monte del Santo Viejo.

El hueso de San Lorenzo

          San Lorenzo de Calatrava fue fundado oficialmente en 1588. Y digo oficialmente porque ya existían en la zona algunas chozas que daban cobijo a corcheros, cazadores, colmeneros y pastores provenientes de Mestanza. Ese año, un vecino llamado Gonzalo 20191124_171349Hernández de Medina, solicitó al rey Felipe II la construcción de una ermita pues “por vivir en descampado, ellos y sus mujeres e hijos no podían oír misa”. El 24 de marzo el rey autorizó la erección de un templo bajo la advocación de San Lorenzo. La elección de este mártir no fue casual. Se trataba del santo predilecto de Felipe II desde su victoria en la batalla de San Quintín el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo.

          San Lorenzo de Calatrava se segregó de Mestanza en 1842. Durante el resto del siglo XIX, sus sierras escarpadas fueron una guarida de bandoleros. Cobró especial fama la partida de Agustín Ramón Castellanos, alias Bartolo. Este bandido atemorizó a los vecinos junto a sus compinches Malas Harinas, Perdigón y Correales, hasta que fue abatido por la Guardia Civil en 1869. Sus restos descansan en algún lugar del cementerio municipal. Al terminar la guerra civil (1939), volvió un nuevo bandolerismo con los maquis. Conocidos en el pueblo como los forajidos o los de la sierra, vivían escondidos durante el día en la espesura de los montes y salían por la noche para atracar los cortijos en busca de alimentos y armas. Por los alrededores de San Lorenzo se llegaron a contabilizar partidas de más de treinta hombres, como las cuadrillas del Manco y del Gafas.

          Las sierras de San Lorenzo vieron desaparecer a los bandidos hace mucho tiempo. Hoy son los cazadores quienes recorren sus hondos valles. Las monterías del pueblo atraen a numerosos aficionados de toda España. La temporada comienza en octubre. Las20191124_160649 rehalas de perros remueven el monte, suenan disparos, se comen migas y se bebe vino tinto. Al finalizar la jornada, al calor de una hoguera, los vecinos comentan con los foráneos su devoción por San Lorenzo. Toda la historia de este pueblo gira alrededor de su patrón. De hecho, sus dos festividades principales -la Reliquia (el 10 de abril) y la Fiesta del Santo (el 10 de agosto)- se celebran en su honor. Quizá el lector se pregunte ahora qué reliquia es esa que festejan. Pues ni más ni menos que un hueso de la cabeza del mártir.

          Es bien sabido que San Lorenzo fue quemado vivo en una parrilla. La tradición sitúa su martirio en Roma, el 10 de agosto del año 258. Tras su muerte, numerosas reliquias se dispersaron por el mundo cristiano. No solo sus huesos, sino los objetos que habían tenido contacto con su sepulcro e incluso las limaduras de la parrilla podían encontrarse en varios lugares desde Túnez hasta Constantinopla. La reliquia más importante es, sin duda, la cabeza quemada del mártir. Se conserva en el Vaticano y se expone a la veneración de los fieles cada 10 de agosto. Fuera de Roma, donde más reliquias laurentinas se veneran es en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde conservan un pie con carne y dedos, un muslo entero desde la cadera, un pedazo de leña en que fue asado, dos muelas, un trozo de sus vestiduras, una barra de la parrilla y varios huesos: uno quemado, tres tostados y otro hecho carbón.

          En el año 1920, los padres agustinos de El Escorial donaron uno de estos huesos, concretamente uno de la cabeza, a la Basílica de San Lorenzo de Huesca, lugar natal del mártir. Algunos años más tarde, el obispo de Huesca recibió una carta proveniente de un 20191125_102559pequeño pueblo de Sierra Morena. La firmaba el reverendo don José María Martínez, párroco de San Lorenzo de Calatrava. La misiva solicitaba la concesión de una reliquia de San Lorenzo Mártir para su veneración. El obispo concedió la gracia y tras extraer un pequeño trozo de hueso del cráneo, se introdujo en un relicario de metal plateado enviado desde San Lorenzo de Calatrava. A las 5´30 de la tarde del día 10 de abril de 1958 la reliquia llegó al pueblo. Todos los vecinos salieron a recibirla con pancartas, estandartes y gallardetes. Los cofrades de San Lorenzo llevaban sus banderas, cetros y alabardas (los típicos pinchos). La procesión se dirigió hacia la plaza mayor, donde se había instalado un altar en forma de parrilla. Había numerosos arcos de bienvenida y las casas estaban engalanadas con vistosas colgaduras. Tras los discursos pertinentes, la reliquia fue depositada en la iglesia parroquial. El párroco oscense don Damián Iguacen, que trasladó el hueso desde Huesca hasta San Lorenzo, recordaba el “entusiasmo enardecido de la multitud” y lo hermoso que era “oír en plena Sierra Morena el himno del Santo”.

San Damas

          La fiesta de San Damas, pese a su nombre, es una celebración de carácter laico. Su origen tiene una fecha muy concreta: el sábado, 11 de diciembre de 1745. ¿Qué sucedió aquel día? Pues acaeció algo inédito en la historia de nuestro pueblo. Una explosión de júbilo como nunca antes se había visto. En aquella jornada inverosímil, los vecinos de Mestanza, armados con garrotes y cencerros, expulsaron de sus tierras a todos pastores foráneos y a sus ganados. ¿Por qué? Es una historia que viene de lejos.

          Tras la expulsión de los musulmanes en el siglo XIII, todo el territorio de Mestanza pasó a pertenecer a la Orden de Calatrava. No obstante, para facilitar la repoblación, la trashumanciaOrden cedió a nuestra villa algunas tierras alrededor del pueblo. Estas tierras eran para usufructo de los vecinos y ni siquiera el ganado de la Mesta podía pastar en ellas sin el permiso del Concejo municipal. Hasta aquí todo iba bien. Pero, adicionalmente, se instituyó una Comunidad de Pastos entre Mestanza y Puertollano. Esta comunidad permitía a los ganados de Puertollano el aprovechamiento de todos los pastizales de Mestanza a excepción de algunas redondas y de la dehesa boyal de La Gamonita. Y aquí empezaron los problemas.

          Como cabía esperar, los pleitos entre los concejos de ambos pueblos se multiplicaron. La dinámica era siempre la misma. Primero los de Mestanza apresaban el ganado de Puertollano que pastaba en los terrenos comunales y le imponía una multa. Después los de Puertollano llevaban el caso a los tribunales. Por último, los jueces (tanto en primera instancia como en el tribunal de apelación de la Real Chancillería de Granada) fallaban, invariablemente, a favor de Puertollano. Y así una y otra vez. Hasta 1745.

          El 22 de octubre de 1745, por primera vez, el tribunal de primera instancia falló a favor del Concejo de Mestanza dictaminando que “como dueño que es de su territorio,119 pueda única y libremente gozar de sus aprovechamientos, sin que Puertollano ni alguno otro se lo embarace o limite”. ¿Qué había pasado? ¿A qué se debió esa histórica sentencia? Al parecer, el abogado de Mestanza presentó ante el tribunal una antigua escritura de venta otorgada en 1590 por el rey Felipe II. Dicha escritura reconocía que el Concejo y vecinos de Mestanza eran los propietarios de todo el término que les había donado la Orden de Calatrava.

          Siete semanas más tarde, el correo de postas llegó a Mestanza con el fallo judicial. Era la mañana del sábado 11 de diciembre. Inmediatamente, se convocó al vecindario en la iglesia parroquial para informarles del laudo favorable. Los vecinos escucharon atónitos. Que el Concejo dispusiera a voluntad de las tierras comunales suponía de facto que podía alquilarlas a los serranos de la Mesta y obtener unas rentas nada desdeñables para la población. Una ola de emoción se apoderó de los asistentes. Preguntado el párroco qué santo se celebraba ese día, respondió éste que “San Dámaso”.  En aquel mismo instante se declaró San Dámaso como fiesta solemne con sus oficios litúrgicos y su convite a los vecinos a cargo del ayuntamiento.

          Pero no quedó aquí la cosa. El vecindario, llevado por el entusiasmo, decidió que había que expulsar a los ganaderos de Puertollano sin más dilación. Dicho y hecho. Los 110vecinos se desbordaron por los terrenos comunales. Una gran cencerrada atronó en los pastos de El Castillejo, Peralosa, Palancares, Cabriles, Cabeza del Puerco, Lebrachos, Las Plazuelas y La Antigua. La estampida de los animales fue inmediata. Los de Mestanza blandieron sus garrotes para disuadir a los desterrados de cualquier ánimo defensivo. Los rebaños huyeron despavoridos hacia a los puertos de montaña. Al caer la noche nuestro municipio quedó libre de ganados invasores. Para evitar su regreso los pastores montaron guardia en los puertos y en los cruces de caminos. La luna llena favorecía a los centinelas. Los pastores encendieron grandes hogueras para calentarse pues la noche era fría. Había fogatas en los puertos del Roble y de Mestanza, en los cordeles de Pozo Medina y de la Dehesa Gamonita, en los descansaderos de la Posadilla y del Charco de Botija. Durante toda la noche no pararon sonar los cencerros.

          El Concejo de Puertollano presentó un recurso ante la Real Chancillería de Granada. Seis años más tarde, en octubre de 1751, el tribunal de apelación dio la razón alhoguera pueblo vecino. La sentencia señalaba que aunque, efectivamente, los pastos comunales eran usufructo de Mestanza, Puertollano tenía derecho como co-usufructuario de los mismos. No obstante, los mestanceños nunca olvidaron su primera victoria ni aquella jornada de cencerros y hogueras. Cada año los vecinos volvían a celebrar San Dámaso con alegrías renovadas. Corría el vino y se repartían raciones de pan con caldereta. Había música y bailes. Se encendían hogueras en la plaza, en las eras, en el Calvario. Un estruendo de cencerros recorría las calles. La fiesta pasó a conocerse como la Cancelaria de San Damas.

          Con el paso del tiempo, la fiesta fue perdiendo vigor hasta desaparecer. Pero su recuerdo se trasmitió de padres a hijos. Al terminar la Guerra Civil, un vecino llamado Dámaso Ramírez Ruiz decidió recuperarla. Todos los años, en cumplimiento de una promesa, llevaba a la plaza una carga de leña. Poco a poco, los vecinos se fueron animando y aportaron pequeños haces a la pira. A día de hoy, el pueblo de Mestanza celebra la candelaria con una gran hoguera y una parrillada popular. Cada diciembre, los cencerros vuelven a repicar con fuerza en recuerdo de nuestros antepasados y de aquella lejana jornada de San Damas.

 

Este artículo se ha basado íntegramente en la magnífica investigación de Miguel Martín Gavillero titulada San Damas.

La colección de cencerros que muestra la fotografía pertenece a Diego Cascos y data del año 1940. Están hechos de chapa de hierro o de cobre e iban atadas al pescuezo de las reses mediante correas de cuero con hebillas.

La colección de badajos que muestra la fotografía pertenece a Manuel Cardo. Son piezas artesanales hechas a mano en madera de boj, retama y encina.

La iglesia de San Esteban

          Se cree que la iglesia de San Esteban Protomártir se erigió sobre una primitiva mezquita bereber. Aunque no hay testimonios arqueológicos que confirmen esta hipótesis, es posible que los sillares que sustentan la torre del campanario sean los 20181223_133945últimos vestigios de aquel templo musulmán. Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) las tropas castellanas ocuparon definitivamente nuestro pueblo y debió ser entonces cuando se consagró la mezquita para el culto cristiano. La primera mención escrita a la iglesia mayor data de 1493 y corresponde a un informe de los visitadores de la Orden de Calatrava. Este documento da cuenta de sus abundantes bienes: varias sobrepellices, un libro de santos, un libro de bautizos, un cuaderno de oficios, un pasionario con historias de mártires, tres cirios de madera policromada, un candelero, un misal, una campanilla “para levar el Corpus Christi”, un incensario de cobre, un acetre “para el agua bendita” y un baptisterio. Los calatravos hicieron constar, además, que las ermitas de San Cristóbal –en las afueras del pueblo- y de San Ildefonso en El Hoyo, dependían de la iglesia de Mestanza.

          El templo tiene planta rectangular. En el extremo occidental se levanta un ábside poligonal que acoge la sacristía. En el extremo oriental se sitúa el coro, sobre el cual se alza la torre del campanario. Sus tres naves están cubiertas por bóvedas de arista y una cúpula sobre pechinas que ilumina el presbiterio y el altar mayor. La iglesia está construida con grandes sillares, ladrillos y mampostería. La parte más valiosa son sus portadas barrocas. En la portada sur se elevan dos pilastras estriadas que culminan en un bello arquitrabe de triglifos y metopas con rosetas. El frontón, en cuyos extremos hay dos pirámides rematadas por esferas, está quebrado en su cúspide para albergar una cruz de Calatrava. Uno de los sillares del frontón tiene grabada una fecha -1657- que muestra el año en que fue esculpido este conjunto. La portada norte está enmarcada por dos pilastras almohadilladas y un sencillo arquitrabe. Dentro del frontón hay una hornacina que quizá acogió una imagen, hoy desaparecida, de San Esteban.

 

 

        Una escalera de caracol conduce a lo alto del campanario. Hay dos campanas: una grande –llamada Nuestra Señora del Pilar– que se fabricó en 1947 por suscripción popular y otra más pequeña de 1923. Antiguamente, el tañido de las campanas marcaba el ritmo de la vida en el pueblo. Con el toque del alba comenzaban las labores del campo. 198Al llegar el mediodía, el toque del ángelus invitaba a parar las tareas para rezar en grupo. El toque de oración -el último del día- ponía fin a la jornada laboral. El toque de misa diaria convocaba a los fieles a visitar la iglesia. En las celebraciones y en los actos solemnes las campanas tañían con viveza. El final de la última guerra carlista en 1876 fue saludado con “repiques de campanas, salvas y otros festejos”. También había toques de alarma en los que se avisaba de que algo grave ocurría en el pueblo, ya fuera un incendio, un accidente o un suceso inoportuno. En 1872 un fuerte repique alertó al pueblo de la amenaza de una partida carlista. El volteo incontrolado de las campanas atemorizó a la cuadrilla y desistieron de atacar. Por último estaba el toque de difuntos –el más triste-, que anunciaba el fallecimiento de algún vecino. Una epidemia de viruela acaecida en 1869 provocó tantas muertes que las campanas sonaban a todas horas. El alcalde tuvo que pedir al párroco José Arenillas que cesaran los toques de difuntos pues tenían “sobresaltado al vecindario”.

          Nuestra iglesia ha sufrido múltiples percances a lo largo de la historia, pero quizá los más graves fueron el terremoto de Lisboa en 1755 y el incendio de 1926. El terremoto dejó “muchas casas [de Mestanza] totalmente arruinadas, otras casi inhabitables y todas, sin diferencia, destruidas”. La iglesia acabó “bastante quebrantada, todos sus tejados desplomados, la torre algo vencida a la parte de poniente y su muralla abierta, de que amenaza no poco peligro”. Respecto al incendio del 18 de abril de 1926, mi abuelo aun recordaba el horror de los vecinos al descubrir que toda la cubierta de madera y el rico artesonado del coro habían sido pasto de las llamas. El interior de la iglesia tuvo que ser reconstruido en su totalidad. Las obras se ejecutaron con una rapidez pasmosa. Al concluir el año 1928 ya se habían erigido las “hercúleas columnas” y las “monumentales bóvedas” que citaba el diario El Pueblo Manchego. El templo actual es el fruto de aquel esfuerzo.

          La iglesia alberga varios objetos e imágenes antiguas. La talla de Nuestra Señora de la Antigua, cuyo torso data del siglo XIV, es la pieza más notable. Del siglo XVI son la pila bautismal y la custodia de plata confeccionada por el maestro toledano Francisco de Vargas. El Cristo Crucificado fue fechado en el siglo XVII y la talla de San José en el siglo XVIII. Estos objetos y la iglesia misma son el patrimonio más valioso que tiene Mestanza. No es baladí recordar la importancia de preservarlo en buen estado para nuestros hijos y nietos. Es el mejor legado que podemos dejar a las futuras generaciones.

pila bautismal (s.XVI)

La ermita de San Cristóbal

          Es muy probable que la ermita de San Cristóbal, hoy desaparecida, fuera la más antigua de las existentes en el término de Mestanza. El Catastro de Ensenada (1751) la 20190420_201702ubica “en el sitio del cerro de San Cristóbal, que dista de la villa cerca de medio cuarto de legua”, es decir, medio kilómetro. Debió erigirse en la primera mitad del siglo XIII, sobre la base de una torre árabe cuyos restos aún se pueden apreciar. No en vano, desde su cima se controlan las principales rutas hacia el sur: el camino de El Hoyo y la vereda de la Antigua. Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) el dominio cristiano quedó totalmente consolidado y al lugar se le empezó a dar un nuevo uso para el culto que perduró hasta bien entrado el siglo XVIII. ¿Por qué desapareció la ermita tras más de 500 años de devoción? Es un misterio que quizá nunca se resuelva.

          La primera referencia histórica a la ermita la tenemos en el siglo XV. En los legajos de los visitadores calatravos de 1493 se la cita a menudo junto a la de San Ildefonso de El Hoyo. En las Ordenanzas de la Cofradía de la Vera Cruz (1707) se indica que los cofrades debían salir en procesión el Jueves Santo desde la Iglesia Mayor hasta la Ermita de San Cristóbal:

Ordenamos y tenemos por bien que: por reverencia a la pasión que Nuestro Señor Jesucristo padeció en el árbol de la Santísima Vera Cruz [y] para salvar el Jueves Santo de cada año por siempre jamás, los hermanos todos salgamos en procesión desde la Iglesia Mayor hasta San Cristóbal.

          San Cristóbal fue un santo muy venerado en la Edad Media. Era el patrón de los arrieros, caminantes, viajeros y, por extensión, de los ganaderos trashumantes. Dado que la ermita estaba, como se ha dicho, situada entre las veredas de El Hoyo y La Antigua,20190420_201727 cabe pensar que era muy popular entre los pastores que hacían la invernada en nuestros pastos. La leyenda afirma que en una ocasión, el santo ayudó al niño Jesús a cruzar un río. El nombre de Cristóbal (del griego Christóforos, es decir “portador de Cristo”) provenía de esta hazaña. También por ese motivo, se le solía representar llevando sobre el hombro a un niño Jesús. Una de las numerosas leyendas medievales tejidas en torno a su figura afirmaba que San Cristóbal era protector contra las muertes repentinas en las que no daba tiempo a la confesión. Los pastores trashumantes podrían asomarse a la ermita para ver su imagen y estar protegidos todo el día. Así lo decía el refrán: “Si del gran San Cristóbal hemos visto el retrato, ese día la muerte no ha de darnos mal trato».

La Sepultura del Moro

          La Sepultura del Moro es una tumba excavada en un afloramiento rocoso cuyo origen parece remontarse al periodo visigodo (siglos V-VII). Está situada al este de la villa, junto al cordel de la Dehesa Gamonita.

          Los sepulcros labrados en la roca natural se extienden por toda la Península Ibérica. Durante el siglo XIX, los estudiosos los consideraron de época íbera; no fue hasta 20190419_204908bien entrado el siglo XX cuando se reconoció su carácter altomedieval. Los primeros estudios arqueológicos realizados con rigor los efectuó el profesor Alberto del Castillo en las décadas de 1960-70. Este investigador estableció la siguiente cronología: las sepulturas más sencillas (con forma ovalada o de bañera) se situaban, sin ambigüedad, en la época visigoda; las tumbas mejor talladas (con forma antropomórfica donde se distingue claramente la cabecera) serían posteriores (siglo IX en adelante). La Sepultura del Moro tiene forma de bañera –ovalada con un estrechamiento progresivo desde la cintura a los pies- por lo que cabría situarla cronológicamente en la época visigoda.

          Los estudios más recientes consideran superado el tiempo en que solo se estudiaban las sepulturas en relación a su evolución tipológica y tienen en cuenta muchos otros factores. No obstante, como sucede en Mestanza y en la mayoría de los20190419_205230 casos, estas tumbas carecen de ajuares, de restos óseos y de contextos arqueológicos claros. De ellas se puede decir, parafraseando a Churchill, que son un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma. En lo que sí hay consenso a día de hoy es en que corresponden a la época altomedieval. También en que se utilizarían ex profeso para un individuo concreto y que eran tapadas con planchas de piedra para proteger al difunto. La Sepultura del Moro no conserva ni esta plancha ni mucho menos restos de un ajuar. Es lógico. Se trata de una zona muy expuesta y cabe suponer que fue expoliada de antiguo.

          ¿Por qué solo se conserva un sepulcro? ¿Por qué no encontramos una necrópolis? Estas fueron las primeras preguntas que me hice al ver la Sepultura del Moro. Lo cierto es que, observando los alrededores, no vi ningún otro afloramiento rocoso de suficiente envergadura como para contener un cuerpo humano. Quizá esta sea la única respuesta.

          ¿Por qué alguien invirtió tanto tiempo en labrar esta sepultura? Con las herramientas de la época podía tardarse varios meses en excavar una tumba de este tipo. Hubiera sido menos trabajoso haber enterrado el cuerpo bajo tierra y revestir el hueco con lajas en los laterales y en la parte superior, pero supongo que el difunto prefería ser inhumado de forma más selecta que sus paisanos. No es tan raro si lo comparamos –salvando las distancias- con las pirámides faraónicas o con otros monumentos funerarios.

          La Sepultura del Moro sigue ahí, resistiendo el paso de los siglos. Ha visto pasar a los duros visigodos, a los invasores musulmanes, a los impetuosos cristianos, a los pastores trashumantes, a los tenaces mineros… Contemplar su silueta es un ejercicio de humildad. Nos recuerda nuestra insignificancia en el colosal torrente de la historia. También nos enseña que el pasado es, muchas veces, un pozo insondable en cuya oscuridad apenas alcanzamos a percibir algunos destellos de verdad.