Las guerras de nuestros abuelos

          Sentarse a charlar en las puertas de las casas o en un banco del vecindario es una de las costumbres más bellas de Mestanza. Cuando llega el buen tiempo, los vecinos salen a tomar el fresco mientras el tiempo fluye lento y tranquilo. Camús anotó en sus cuadernos la belleza de una tarde y pensó sin rencor que seguiría habiendo tardes exactamente así cuando él hubiera muerto.

         Yo recuerdo muchas de esas tardes escuchando historias de la guerra civil a mis mayores. Para mí la guerra eran las películas americanas plagadas de héroes y por eso atardecerme intrigaba que aquellos hombres tan poco novelescos que pertenecían a mi familia o sus conocidos del pueblo hubieran participado en una guerra. La guerra de la que hablaban tenía ya medio siglo, pero para ellos era un recuerdo próximo y diáfano. Había grandes narradores y otros que hablaban muy poco o guardaban silencio limitándose a asentir con la cabeza. Mi abuelo Juanjo pertenecía a los primeros. Recordaba todos los lugares donde había combatido –Torredonjimeno, Arjona, Brunete, Teruel-, los nombres de los mandos, los compañeros caídos. Los relatos eran siempre los mismos, idénticos en el tono con que los contaba, y despojados de jactancia o entusiasmo bélico. Tan sólo se mostraba callado y taciturno al hablar de los campos de trabajo africanos donde penó su desafección al régimen al terminar la guerra. El grado de espanto que padeció en el desierto excluía aquella experiencia de cualquier narración. Por lo demás, no faltaba nunca el relato amable del intercambio de tabaco por papel de liar, que dejaba en suspenso el desgarro de los combates para que pudiera celebrarse el rito inmemorial de fumar y conversar.

          Mi abuelo Pepe solía relatar su experiencia en Alcazarquivir (Marruecos), donde sirvió durante aquel año terrible de 1942. Fue uno de los llamados años del hambre. En el campo no crecía nada, nadie tenía lo suficiente para comprar pan en el mercado negro ypepe militar la gente se moría de hambre en las calles. La mañana del 8 de noviembre, los mandos comunicaron que quedaban suspendidos los permisos y se ordenó a la tropa que permaneciera acuartelada. Seiscientos buques de guerra habían desembarcado a 70.000 soldados estadounidenses en las playas cercanas. Mi abuelo recordaba a aquellos soldados con sus uniformes caquis, tan sanos, tan altos, tan bien equipados… Eran las tropas del general Patton que se disponían a conquistar el Norte de África.

          La historia de mi abuelo Pepe siempre me trae a la cabeza la famosa arenga del general Patton sobre abuelos y nietos: “Hay algo magnífico que vosotros, muchachos, podréis decir una vez haya acabado la guerra y estéis de vuelta en casa. Cuando os halléis sentados al calor de la lumbre con vuestro nieto en la rodilla y os pregunte que hicisteis en la guerra, no tendréis que toser, cambiarlo de rodilla y decirle: ´Bueno, tu abuelito cargaba estiércol en Luisiana`. No señor. Le podréis mirar a los ojos y decirle: Hijo, tu abuelito marchó con el Gran Tercer Ejército y con un maldito hijo de perra llamado George Patton”.

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La fotografía del atardecer en Mestanza ha sido realizada por Rubén Pareja.

Los pastores trashumantes

          La historia de Mestanza es, en gran medida, la historia de los miles de pastores trashumantes procedentes del norte de Castilla que vivieron y murieron en sus tierras. Eran segovianos, sorianos, leoneses, conquenses, burgaleses o alcarreños que llegaban ovejas2en otoño y regresaban a sus lugares de origen en primavera. Desde la fundación de la Mesta (1273) por el rey Alfonso X el Sabio hasta la segunda mitad del siglo XX, el Valle de Alcudia fue la mayor dehesa de invernadero de Castilla y se la conocía como el “criadero del reino”. La cabaña invernante llegó a alcanzar las 300.000 cabezas de ganado ovino. El ganado de un propietario particular era gobernado por un mayoral y se dividía en rebaños de unas 1.000 ovejas, atendidas por cinco pastores: un rabadán, jefe y responsable del rebaño ante el mayoral; un compañero o segundo, un sobrado o tercero, un ayudador o cuarto y, por último, un zagal, que cuidaba del hato de los pastores, de los perros y de las bestias de carga.

          Durante siete siglos, los grandes rebaños trashumantes acompañados de pastores, perros y recuas de yeguas o mulos hateros fueron la estampa secular de Castilla. Para Fray Luis de León, el oficio de pastor trashumante era “la mejor escuela de gobierno”. En esta tarea, los perros eran una ayuda inestimable. Además de los mastines guardianes, cada pastor tenía otro perro para carear el rebaño. Conducían a las ovejas, las hacían salvar una corriente, zanja o seto, las cerraban en un redil y evitaban su dispersión. Un sistema de silbidos y gestos de la mano bastaban para gestionar rebaños enormes. Las bestias de carga, por su parte, transportaban la ropa, la comida y un sinfín de utensilios -sacos, alforjas, sartenes, calderetas, mantas, pellejos curtidos, cuerdas y estacas del redil-. Por último, los pastores trashumantes solían llevar varias cabras, pues además de tirar del rebaño, daban leche y varios chivos para carne.

          Hasta mediados del siglo XX, en la indumentaria pastoril destacaba el coleto, que era un chaleco largo entallado en la cintura. La segunda prenda básica era la zamarra, hecha con piel de carnero y capaz de resistir el frío, la lluvia y la nieve. También eran característicos los zahones, que eran unas perneras de cuero que resguardaban la ropa. La protección de los pies era clave y para ello estaban las albarcas. Para cubrir la pierna hasta la rodilla se usaban polainas o leguis de cuero. Muchas de estas prendas (zahones, leguis, albarcas) se hacían con pieles de cabra u oveja mediante el estezado. En un tronco de alcornoque vaciado, se echaba la piel del animal y cascaras de encina. Luego se añadía agua y se dejaba una semana. Cuando se sacaba, se curtía frotando la piel una y otra vez. Si se deseaba una piel sin pelo, había que echarle ceniza antes de meterla en el tronco. Como complemento a la vestimenta, los pastores siempre llevaban una cayada y un zurrón donde guardaban la navaja y la honda.

          Si un animal representa la historia de Mestanza es, sin duda, la oveja. Su imagen resulta consustancial al paisaje de esta tierra. A mediados del siglo XVIII, las seis dehesas de nuestro territorio tenían capacidad para más 30.000 cabezas. Si lo comparamos con la presencia humana, la proporción es abrumadora. En el corazón de cada oveja late una tensión intrínseca entre la obediencia y el desorden. Por una parte, la oveja es el arquetipo de animal que siempre anda en rebaños; de hecho, la expresión “ser un borrego” es sinónimo de tener una obediencia ciega. Este rasgo llevó a Aristóteles a considerar a las ovejas “los animales más tontos del mundo”. Sin embargo, los antiguos pastores trashumantes sabían que cada oveja tenía su propia personalidad y temperamento. A los más curtidos no les hacía falta mirar la cara a una oveja. Solo con ver como andaba sabían cuál era. Incluso las diferenciaban de noche por sus balidos. El pastor también sabía lo que estaban haciendo las ovejas por el ruido de los cencerros. Si estaban comiendo el tintineo era constante. Cuando era más rápido es que había algún peligro. Si balaban dos, después diez y después todo el rebaño era señal de que habían encontrado comida en un buen pasto. Muchos pastores atribuían a las ovejas el don de la predicción meteorológica. Confiaban en su capacidad para barruntar el agua. Si por la mañana la oveja andaba un poco y luego se quedaba parada, eso era síntoma de que iba a llover ese día. Y si la oveja estaba metida en la red y se sacudía, agua más segura todavía.

          Las heridas y las enfermedades eran habituales en el rebaño. Lo más común eran las roturas de pata, que requerían un entablillado con cuatro palos y un trapo. Lo peor ovejas1eran las enfermedades. La modorra, causada por la presencia de larvas en el cerebro, era una de las peores. Los pastores contaban como “aparecía una nube en los ojos” y había que empajar. Se metía una paja por desde el hocico hasta el ojo y la nube salía sola. La roña o sarna era una afección cutánea contagiosa provocada por un ácaro, que excavaba túneles bajo la piel del animal produciendo hinchazón y un picor intenso. Si se vislumbraba un grano extraño en una oveja había que curarlo pues se corría el riesgo de que, en poco tiempo, se cayera la lana de todo el rebaño. La patera era una enfermedad de la pezuña que obligaba a recortársela y se atribuía a la excesiva humedad de las dehesas. La basquilla era una enfermedad infecciosa muy común que algunos pastores atribuían al mal sitio del pasto. Para evitarlo, era común referir aquel dicho de “pastor, suéltame por la solana y ciérrame por la umbría”. Parece que lo peor era el carbunco, pues podía transmitirse al hombre. Otro problema eran las serpientes. La picadura de una víbora podía incluso matar a una oveja. Hasta los perros las temían. En Mestanza era famoso un dicho que decía: “Si la víbora oyese y la alicántara viese, no habría hombre que al campo saliese”.

          Los ajustes entre el patrón y los pastores se hacían por San Miguel (29 de septiembre). Uno de los principales motivos de debate era la escusa, es decir, el número de ovejas propiedad del pastor que el amo permitía que fueran en el rebaño, apacentando en los mismos pastos sin pagar renta alguna. La marcha de los pastores hacia el Valle de Alcudia –ir cañada abajo- solía emprenderse en el mes de octubre, y suponía una triste efeméride en sus pueblos, donde dejaban a sus familias. Los rebaños avanzaban por las cañadas a razón de tres leguas diarias –entre 15 y 20 kilómetros-. Un pastor segoviano tardaba unas tres semanas en llegar a Mestanza. En el camino había mucha picaresca. Especialmente temido era el paso por Malagón, del que se decía que “en cada casa, un ladrón”. Los pastores relataban como, tras su paso por ese pueblo, siempre se perdían siete u ocho ovejas. Parece ser que los vecinos dejaban abiertas las puertas de las casas y, cuando los animales se asomaban a curiosear, los agarraban por una pata y los metían dentro.

          A primeros de noviembre, todos los rebaños estaban en las dehesas de nuestro territorio. Los pastos que tenían capacidad para alimentar a un millar de cabezas se denominaban “millares”, y aquellos que solo tenían pasto para quinientas ovejas recibían por nombre “quintos”. La primera misión del mayoral consistía en dividir elchozo rebaño en hatajos. La siguiente operación era acondicionar las majadas que acogían a los pastores y sus rebaños. En particular, era muy importante reparar los chozos donde vivirían los pastores. Eran de planta cilíndrica. Algunos estaban levantados íntegramente con retama o paja, mientras que otros contaban con una base de mampostería. En ambos casos, el techo era cónico, de retama y estiércol. La lumbre se situaba en el centro. Siempre estaban llenos de hollín. De vez en cuando saltaba una pavesa del fuego y prendía toda la cubierta. Sobre el chozo anidaban las cigüeñas con frecuencia. En las inmediaciones se construía el burrero, totalmente de ramaje, para los animales de tiro y los diversos útiles de los pastores.

          Al caer la noche llegaba la hora de los lobos. Aunque los chozos tenían capacidad para cinco o seis pastores, solo dormían allí el mayoral y el zagal. El resto de los pastores carlancase marchaba junto a la red para defender al rebaño. Muchos construían un chozo transportable, a modo de parihuela, para poder dormir algo. Cada red tenía dos perros. Uno se ataba junto a la red y otro se dejaba suelto. Se hacía así para evitar que ambos perros salieran corriendo tras la manada mientras el resto hacía la lobada. Para protegerse de las dentelladas, los mastines llevaban carlancas con grandes pinchos en el cuello. La red donde se guardaban las ovejas era bastante frágil. Estaba hecha de esparto y con cuatro estacas clavadas en el suelo. Era habitual que, con los aullidos y ladridos, las ovejas derribaran la red y se perdieran por los montes.

          Nada más llegar al Valle de Alcudia, empezaba la paridera. Duraba dos meses (noviembre y diciembre) y era la época de mayor trabajo. Además, coincidía con la montanera, con las ovejas corriendo por todas partes en busca de bellotas. Lo más importante era saber ahijar, es decir, poner a cada borrego con su madre. Si alguno nacía muerto, se le desollaba y se ponía su piel encima de otro cordero, para que la oveja parida creyera que era el suyo y lo criara. También era importante separar a las ovejas por hatajos. Los carneros iban en un hatajo aparte, pues no se podían juntar con las ovejas hasta mediados de junio para asegurar las fechas de la paridera. Luego estaba el hatajo de las “ovejas tempranas” (las que habían parido); después el hatajo de las “ovejas tardías” (las que estaban preñadas). Por lo general se dejaba el mejor pasto para las ovejas paridas y el peor para las ovejas horras. Por último, había un hatajo pequeño donde se metía a las madres que no querían criar a su cordero, para lo cual se ataba juntos a ambos.

          Durante los meses de la paridera, había que levantarse temprano y desayunar una gran sartén de migas para aguantar todo el día sin comer, excepto algún mendrugo y algo de tocino o salado. Al llegar la primavera, con más tiempo libre, los pastores hacían mucho cocido. En raras ocasiones cambiaban de comida. En Nochebuena se permitían una botella de anís, algunos higos y un poco de turrón. En Carnaval podían incluso hacer caldereta con alguna oveja machorra. En ocasiones cazaban alguna liebre. Si una oveja estaba comiendo y, de repente, se paraba y retrocedía, solía haber alguna escondida. El pastor debía acercarse con sigilo y acertar a la liebre con la garrota.

          Con la llegada de la primavera volvía la tranquilidad. Las ovejas estaban ahítas con la abundante hierba y apenas daban quehacer. Los pastores aprovechaban para tallar bellas piezas con sus navajas y para tocar viejas melodías. La música pastoril se basaba en instrumentos aerófonos. Sonaban las zambombas, hechas con barriles y la piel de un desdichado gato. También las hueseras, confeccionadas con huesos de caña de cordero lechal, que se rasgaban con una castañuela. A falta de buenos instrumentos, bastaba con los útiles de cocina. Un caldero, unas tijeras de esquilar o los mismos cencerros sonaron por nuestros campos en los suaves atardeceres de primavera.

          Durante los meses de trashumancia, los pastores tenían poco trato con la gente de Mestanza. Llevaban vida aparte. Algunos se acercaban para comprar pan. Llenaban sus costales con docenas de hogazas para aguantar una larga temporada. No obstante, lo habitual era que los hateros del pueblo les llevasen los víveres. A mediados de mayo los serranos regresaban a sus hogares en el norte de Castilla. Habían pasado siete meses alejados de sus familias. Nuestros antepasados les despedían hasta el invierno próximo: “A tu tierra, serrano, que canta el cuco. No esperes a que cante el abejaruco”.

 

FOTOGRAFÍAS

La mayoría de las fotos pertenecen a las Jornadas de la Trashumancia que se celebraron en Mestanza en mayo de 2018.

Fotografía 1. Zahones pertenecientes a la familia Benito-Navarro. San Lorenzo de Calatrava. 1930.

Fotografía 2. Marcadores para ovejas. Familia Fernández-Juárez. Mestanza. 1960.

Fotografía 3. Honda. Juan Fernández Mora. Mestanza. 1950.

Fotografía 4. Albarcas. Museo Jacinto y Juana. Brazatortas. 1900.

Fotografía 5. Estezadera. Familia Benito-Navarro. san Lorenzo de Calatrava. 1920.

Fotografía 6. Carlancas. Familia Molina-Plaza. alcolea de Calatrava. 1930.

 

Caminos y senderos

          Mientras escribo estas líneas, tengo delante dos mapas de Mestanza. El primero es una vieja litografía del año 1890 que conseguí en la Biblioteca Nacional de Madrid. El segundo es un plano militar del año 1994. Un siglo separa a ambos. Me he pasado horas comparándolos y lo más sorprendente es la desaparición de la mayoría de los caminos y senderos. En 1890 todo el término de Mestanza se hallaba surcado por una densa red de caminos carreteros, senderos, atajos, cañadas de pastores y veredas. Nuestros antepasados se movieron por ellos durante siglos y, de repente, se esfumaron en el tránsito de unos pocos años. ¿Quién los creó? ¿Por qué existían? Los caminos nacen y evolucionan constantemente para servir a las necesidades de sus usuarios. En muchas ocasiones era el ganado -vacas, ovejas- quien encontraba los pasos más bajos a través de las sierras y los vados menos profundos para cruzar los ríos. Con el paso de los años, los sucesivos caminantes recortaron curvas innecesarias y eliminaron obstáculos, mejorando el camino con cada viaje.

          Solo se aprecia el valor de un camino cuando imaginas lo que supondría atravesar un paraje agreste sin su ayuda. En 1950, mi abuela Alvarita (era la hermana pequeña y siempre la llamaron por su diminutivo) y su sobrina Antonia fueron caminando descalzas desde Mestanza hasta Villanueva de San Carlos. Cumplían una promesa por laFB_IMG_1587064520795 milagrosa curación de su hijo -mi padre-, que había caído enfermo de fiebres tifoideas (o al menos eso decían). Una gran parte de este “milagro” se debió a la adquisición de 5 gramos de penicilina en el mercado de estraperlo a razón de 100 pesetas por gramo. Un precio nada despreciable para la época. Pese a todo, mi abuela atribuyó la curación a una causa divina y, en agradecimiento, se echó a andar al monte con su sobrina. Recorrieron unos 12 kilómetros a través de la sierra de la Alberquilla y llegaron sin problemas a la iglesia de San Antonio de Padua. Quien tenga ánimo que pruebe a hacerlo hoy día. El camino de Villanueva de San Carlos ha desaparecido totalmente. La maleza ha borrado su rastro y casi su recuerdo. Claro que ya, a nadie se le ocurre ir caminando desde Mestanza hasta Villanueva de San Carlos. Y ahí reside la clave del asunto. Los caminos se han perdido por la falta de uso. Ya no son necesarios.

          Los caminos no representaban únicamente un medio de viajar, sino que constituían las venas y arterias de la cultura de nuestros antepasados. El mejor ejemplo es la vereda de la Antigua, que conducía a la ermita medieval. Su existencia se debía vereda antiguaexclusivamente a la devoción por la virgen. Su trazado se conserva idéntico a como era en el pasado, pero por desgracia se interrumpe a la altura del Zote (804 m). La clave de su pervivencia es que se sigue utilizando para la romería a la ermita de Hato Castillo. Otra ruta que conserva su carácter primitivo es el camino de Fuencaliente. Nace en el Pilar de los Huertos y, desafortunadamente, se corta a la altura de las Piedras del Hituero. La construcción del embalse del Montoro inundó el viejo camino que sirvió a las tropas del brigadier Copons para huir del ejército de Napoleón. En su diario de operaciones, el brigadier recordaba siete leguas de un camino terrible, “atravesando un país montaraz, andando por sendas, teniendo que pasar continuamente arroyos crecidos y altas montañas”. Las aguas del embalse sumergieron también cinco antiguos molinos de agua que existían desde la Edad Media (el molino de las Ánimas en el río Tablillas; y los molinos de Canuto Fernández, del Sordo, de la Junta y del Médico, en el río Montoro). Hoy día, tan solo el molino de Flor de Ribera sigue en pie.

          Los caminos, unas veces polvorientos y otras encharcados, se asocian a la historia de los pueblos y de sus gentes. Cuando era niño, mientras el coche serpenteaba por el camino de Puertollano (sobre el cual se construyó la carretera), mi abuelo solía describirme acontecimientos que se habían producido en un determinado lugar. “En este rincón recogíamos leña. En aquella pedriza se dice que había un tesoro oculto. Por este sendero huyó un bandido conocido como El Castor”. Y así una y otra vez. Cada parte del camino tenía una historia que te unía a él. Cada recodo albergaba un recuerdo que le daba un significado especial.

          El camino del Hoyo no pasaba por Mestanza, sino que venía desde Puertollano a través del puerto del Roble. Desde el cementerio de Mestanza partía el camino de San Lorenzo de Calatrava. Ambas rutas se cruzaban a la altura de la Casa de la Encomienda yBurcio 1 seguían caminos divergentes. Por tanto, la actual carretera del Hoyo es, con menos curvas, una combinación del camino de San Lorenzo -hasta la Casa de la Encomienda- y del camino de Puertollano al Hoyo -a partir de ese punto-. El camino del Hoyo y el puerto del Roble tuvieron una importancia crucial a finales del siglo XIX, pues servían de ruta para el transporte del plomo obtenido en las minas de la Gitana, Encinarejo, Burcio, Guerra y la Nava de Riofrío. En una fecha tan tardía como 1914, todavía existían bandidos en estas sierras. En noviembre, unos bandoleros asaltaron al administrador de la mina La Gitana y a su sirviente en el puerto del Roble. Les robaron 750 pesetas, un reloj y una pistola. Después, tras atarles a un árbol, los dejaron toda la noche al raso.

          Los caminos sufrieron su primer golpe con la llegada del ferrocarril y el segundo con la aparición del telégrafo. La doble función de los caminos (transportar mercancías y puente_soldado_1_copiatransmitir información) quedó muy mermada: muchos productos pasaron a llevarse en vagones de tren y la información pasó a transmitirse a través de cables, por donde podía viajar mucho más rápido. Hay que decir que los comienzos del ferrocarril en el Valle de Alcudia fueron trágicos. El 27 de abril de 1884 se hundió el puente sobre el río Alcudia provocando el descarrilamiento de un tren cargado de soldados. Hubo 59 muertos, la mayoría ahogados. Un vecino de Almadén, llamado Eduardo Hervás se sumergió más de cien veces en el río y extrajo 52 cadáveres del interior de los vagones. Los fallecidos fueron sepultados en las cercanías del puente. Una cruz de piedra aún recuerda aquel trágico suceso.

          Por lo que respecta al telégrafo, en el año 1850 se instaló en Cabezarrubias una torre telegráfica correspondiente a la línea Madrid-Cádiz. Fue un acontecimiento trascendental. La vereda donde comenzaba el camino de Cabezarrubias pasó a conocerse como “vereda del telégrafo”. A finales del siglo XIX, mi tatarabuelo Francisco Núñez le dio el estatus de “calle” a este sendero. Al principio solo existía la vereda que conducía al telégrafo desde el Calvario, pero la decisión de Francisco de construir una casa frente a la de Cristóbal Pellitero dejando la vereda en medio, le otorgó rango de vía.

          Los caminos tuvieron una importancia crucial en la historia de nuestro pueblo y en la vida de nuestros antepasados. No es casualidad que el término “camino” sea usado con frecuencia para describir nuestro propio devenir. Hablamos de “elegir nuestro camino”, de “encrucijadas vitales”, de “trayectorias profesionales”. Quienes llevamos algo de vida a cuestas sabemos que el camino te va cambiando y que, en muchos aspectos, ya no eres la misma persona que lo empezó. Así lo supo ver nuestro poeta Antonio Machado cuando dijo aquello de “Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”.

 

(*) La fotografía de la chimenea corresponde a la mina del Burcio.

 

Epidemias, plagas y tormentas

          La actual pandemia de coronavirus nos recuerda, una vez más, que la naturaleza es siempre ajena e inhumana. En ocasiones, incluso diabólica. El culto a la naturaleza es una invención moderna. Nuestros antepasados no entraban en éxtasis con los colores encendidos del amanecer, ni con las lágrimas de rocío sobre las hojas, ni con los reflejos argentinos de una bandada de grullas. Ninguna de estas visiones les transportaba a lo más profundo de su ser. Ante ellas no les asaltaban los grandes misterios de la existencia. Su relación con el entorno era demasiado cercana. Sabían que una epidemia de malaria, una plaga de langosta, una repentina ola de frío o la caída de un rayo podían arrebatarles la cosecha, el ganado e incluso la vida. Sin piedad.

          La malaria -o paludismo- eran más conocidos con el nombre de tercianas. En Mestanza tenía un carácter endémico. En su descripción del pueblo, el Diccionario de Pascual plaga langostasMadoz (1826) señala: “Situado en una colina de cerros, es de clima templado, reinan vientos sur y oeste, y se padecen tercianas”. Muchos documentos se hacen eco de una triste alternancia de las epidemias de tercianas y las plagas de langosta. Esta plaga bíblica asolaba Mestanza con asiduidad. En 1921, un naturalista ruso llamado Uvarov descubrió que las langostas son saltamontes que se han vuelto locos. Durante el verano, debido a la sequía, los saltamontes se apilan cerca de la comida disponible. Este hacinamiento los altera. Sus alas y élitros se alargan. Su color apagado se convierte en amarillo y rosa. Se inquietan, se excitan, se vuelven voraces. Ponen más vainas de huevos y sus tropas aumentan. Hasta que ya no son saltamontes. Son una plaga de langosta que bulle por los valles y oscurece el cielo. Las numerosas rogativas religiosas no impidieron la destrucción de cosechas y pastos; y las consiguientes hambrunas de la población.

          La provincia de Ciudad Real ostentaba el récord de muertes por rayos. Así lo aseguraba Fernando F. Sanz en su libro Valle de Alcudia (1967). Al llegar al quinto del Cañaveral el escritor se sorprendió al ver dos pararrayos en el cortijo. Eran los únicos que había visto en todo el término de Mestanza. En 1921 un rayo acabó con la vida de nuestro vecinorayo Avelino Pérez Vozmediano. Tenía solo veinte años. Se encontraba trabajando en el sitio conocido como Cerro Pozo cuando le sorprendió una fuerte tormenta eléctrica. Encontraron su cuerpo completamente carbonizado. En 1954, una tempestad de granizo, rayos y truenos envolvió la finca de Cabeza del Puerco. Llegaron los relámpagos. Y enseguida, los truenos. Todo se oscureció por un instante. El cielo se agrietó con fragor y los rayos irrumpieron entre las nubes. Caían como lanzas. Quebraron algunos árboles y sus ramas comenzaron a arder. Un rayo alcanzó a los jóvenes Josefa Ayuso y Avelino Castellanos, que murieron en el acto. Hubo ocho heridos que se salvaron de milagro.

          En la naturaleza no hay bondad ni maldad. Lo bueno y lo malo son conceptos humanos. Somos criaturas morales en un mundo amoral. La naturaleza va a lo suyo y un buen día dice aquí estoy y se cobra de golpe sus diezmos y primicias. Nuestros antepasados sabían que a la naturaleza no le importa si morimos o vivimos. La desgracia era tan común que estaban preparados para enfrentarla y seguir adelante en la lucha por la vida. Hoy hemos perdido esta filosofía. Y como dijo el poeta, sólo más tarde comprendemos que la vida iba en serio.

Solana del Pino

          Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212), toda la serranía alrededor de la ermita medieval de la Antigua se fue poblando de caseríos. La zona pasó a ser conocida como 375“el sitio de La Vera” y comprendía los lugares de El Corchuelo, Eras Altas, Casas Quemadas y Solana del Pino. No fue hasta finales del siglo XVIII cuando los habitantes de estos caseríos aislados decidieron agruparse en el sitio de Solana del Pino, así llamado por un gran pino piñonero que existía en una huerta cercana. Hasta ese momento, según indica el Catastro de Ensenada (1751), se trataba de un lugar con quince casas diseminadas, sin orden ni formación de calles. El aluvión de vecinos motivó la construcción de una iglesia parroquial propia, que se consagró en 1791 en honor a la Inmaculada Concepción. Justo un siglo después, en 1891, Solana del Pino se independizó de Mestanza.

          La carretera que conduce de Mestanza a Solana del Pino cruza los bellos parajes que rodean al embalse del Montoro. Tras dejar a la derecha el volcán del Alhorín se asciende al puerto de los Rehoyos (980 m), donde las vistas del Valle de Alcudia son376 extraordinarias. El pueblo descansa en una ladera –una solana- de la sierra sur de Alcudia. Sus calles están salpicadas de antiguos pilares y lavaderos que recogen el agua de la montaña. La iglesia parroquial está en la plaza de Sierra Madrona, quizá el lugar más simbólico del municipio. En el centro de la plaza se erige la escultura de una cabra montesa. La cabra y el ciervo son dos animales emblemáticos de Solana del Pino, y como tales, blasonan su escudo de armas.

          Otra carretera conduce de Solana del Pino a la Basílica de Nuestra Señora de la Cabeza. Un recorrido extraordinario de 52 kilómetros a través de la naturaleza en estado puro. Enormes roquedales se elevan en las montañas. En sus fisuras y repisas, aparentemente inhóspitas, habitan multitud de plantas rupícolas de nombres sugerentes: enebros, codesos, dedaleras, clavelinas, uvas de gato y ombligos de Venus. Nada más comenzar la ruta, la capilla de San Antonio nos advierte de que estamos entrando en la las profundidades de la sierra: “Viajero, estás en Sierra Morena”. Un poco más abajo encontramos una casa tradicional de peones camineros, junto al puente del 390río Robledillo. El río discurre entre frondosos bosques de ribera. Los fresnos, adelfas, sauces y alisos impiden la penetración del sol. En sus prístinas aguas reinan la nutria y el martín pescador. Tras cruzar el puente aparece la mítica fuente de San Lorenzo, una parada obligatoria. El agua, fresca y clara, brota de la roca en la trinchera que se construyó para el paso de la carretera. Si tuviera que elegir una fecha para recorrer Sierra Madrona sería en otoño. Es la época de la berrea. Los ciervos realizan sus demostraciones de poder mediante berreos y luchas rituales. En la soledad de los montes, tan solo se escuchan sus bramidos y el crujido de las cornamentas al chocar. Los machos vencedores tendrán derecho a reunir un inmenso harén de hembras y marcarán el territorio hasta la pelea del próximo año.

 

Las caserías de San Ildefonso

          El término municipal de Mestanza comprende las aldeas de El Hoyo y El Tamaral. Están enclavadas, como dijo el poeta Miguel Hernández, “en el corazón de Sierra 348Morena, la sierra de los bandidos”. Su ubicación en un paisaje tan agreste motivó que la luz eléctrica no llegara hasta 1982. Fueron los últimos reductos de la provincia en tener alumbrado público. Hoy resulta difícil de imaginar, pues disponemos de iluminación a todas horas. Pero antiguamente, tras la puesta de sol, sus calles solo contaban con la luz de la luna y en los hogares apenas se veían las imágenes tenues que alumbraban quinqués, candiles, velas o la lumbre de una hoguera. Y no fue hasta 1997 cuando se construyó una nueva carretera, recta y bien señalizada, que dejó en el olvido aquel famoso dicho: “Tiene más curvas que la carretera de El Hoyo”.

          Desde la Edad Media, ambas aldeas fueron conocidas como las Caserías de San Ildefonso. Pese a estar separadas por el río Jándula –Riofrío para los lugareños–, la ermita medieval de San Ildefonso les otorgaba un carácter unitario. El Catastro de Ensenada (1751) señala que compartían incluso un alcalde común: “alcalde pedáneo de350 las Caserías de San Yldephonso, que comprende el Oyo y Solana del Tamaral”. La ermita de San Ildefonso estaba en la cima de un monte homónimo situado entre el río Jándula y la aldea de El Hoyo. La primera referencia histórica a esta ermita la tenemos en el siglo XV. En los legajos de los visitadores calatravos de 1493 se la cita a menudo junto a la de San Cristóbal (en las afueras de Mestanza). En 1763 se construyó dentro de El Hoyo la iglesia parroquial de San Ildefonso y la antigua ermita cayó en el olvido. El Tamaral, por su parte, pasó a utilizar para el culto una añosa encina donde tenían colgada una campana. No fue hasta 1958 cuando edificaron su propia iglesia consagrada a San Antonio de Padua.

          Miguel Hernández visitó El Tamaral en la primavera de 1936. Así se lo comunicó por carta a su novia Josefina: “Me dices que sé dibujar muy bien y no te dibujo otra vez porque no tengo tiempo. Se me va haciendo la hora de salir para el Tamaral…”. El poeta debió quedar impresionado al contemplar las grandes peñas que se ciernen sobre la aldea. El Boletín Oficial de Ciudad Real publicó en 1865 que:

La copiosísima lluvia de estos días ha ocasionado grandes desprendimientos de piedras en El Tamaral. Un solo peñón (…) hubiera destruido todo el pueblo de no haberlo evitado la Providencia.

Con todo, lo peor eran las crecidas de los ríos Montoro y Fresneda, que al desembocar en el Jándula dejaban a las aldeas completamente aisladas, sin comida ni atención médica, durante largos periodos de tiempo. Las continuas reivindicaciones para construir un 383viaducto que solventara el problema, cayeron en saco roto. No fue hasta 1924 cuando, gracias al auge minero de la Nava de Riofrío, la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya (SMMP) construyó dos puentes. El primero, que se mantiene en pie, se levantó sobre el río Montoro, 400 metros aguas arriba de su confluencia con el río Fresneda. El segundo, se erigió sobre el río Jándula para comunicar El Hoyo y El Tamaral. Este último sería destruido por una riada quince años más tarde. Algunos políticos provinciales llegaron a cuestionarse si no sería más conveniente evacuar a todos los habitantes de El Hoyo antes que gastar dinero en construir un nuevo viaducto. En 1956 levantaron un badén, que era más barato. Como quedaba inundado con las primeras crecidas, se habilitó una barquita para cruzar el río. Hubo que esperar hasta 1971 para que se levantara un puente en condiciones. Se le bautizó como “Puente Mercedes” en honor a la “Excelentísima Señora doña Mercedes Canals de Roger”, a la sazón esposa del gobernador civil.

          En la actualidad, las caserías de San Ildefonso son un paraíso para los amantes de la caza. Al llegar la temporada cinegética, abundan las monterías de venados, gamos, muflones y jabalíes. También la caza menor, con el ojeo del faisán y la perdiz roja. Pero para mí, lo mejor de estas aldeas son sus gentes, esos hombres y mujeres que las367 mantienen en pie pese a las dificultades, conservando sus tradiciones y su apego a la tierra. En El Tamaral es donde mejor se conserva la arquitectura tradicional en piedra. Entre sus casas abundan los pequeños huertos frutales. El viajero no debe perderse los inmensos castaños que se yerguen tras el pilón de piedra de la carretera. Quien los visite en otoño se sorprenderá al ver el suelo alfombrado de erizos. En El Hoyo hay que visitar su antiguo horno y el pilar junto al camino de los nacederos de agua. Y por supuesto, es esencial recorrer el sendero que conduce al monte del Santo Viejo, donde aún se conservan las piedras de la ermita medieval de San Ildefonso. Al bajar, el viajero puede reponer fuerzas en la plaza, a la sombra de la iglesia, mientras disfruta de unas tapas en el Bar de Santi.

 

Foto 1: Iglesia de San Ildefonso de El Hoyo (1763).

Foto 2: Sitio de la ermita medieval de San Ildefonso.

Foto 3: Puente sobre el río Montoro (1924).

Foto 4: Vista de El Tamaral.

Foto 5: Castaños del Tamaral junto al pilón de piedra.

Foto 6: Pilar junto al camino de los nacederos de agua (El Hoyo).

Foto 7: Casas tradicionales de piedra (El Tamaral).

Foto 8: Pila bautismal de El Hoyo (1764).

Foto 9: Antiguo horno tradicional (El Hoyo).

Este artículo debe su existencia a dos estudios de Miguel Martín Gavillero (La Casería de San Yldephonso nombrado El Oyo y En un lugar de la historia: Solanilla del Tamaral). También a María Jesús, que tuvo la amabilidad de mostrarme la iglesia parroquial y me guio por el sendero que conduce al monte del Santo Viejo.

El hueso de San Lorenzo

          San Lorenzo de Calatrava fue fundado oficialmente en 1588. Y digo oficialmente porque ya existían en la zona algunas chozas que daban cobijo a corcheros, cazadores, colmeneros y pastores provenientes de Mestanza. Ese año, un vecino llamado Gonzalo 20191124_171349Hernández de Medina, solicitó al rey Felipe II la construcción de una ermita pues “por vivir en descampado, ellos y sus mujeres e hijos no podían oír misa”. El 24 de marzo el rey autorizó la erección de un templo bajo la advocación de San Lorenzo. La elección de este mártir no fue casual. Se trataba del santo predilecto de Felipe II desde su victoria en la batalla de San Quintín el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo.

          San Lorenzo de Calatrava se segregó de Mestanza en 1842. Durante el resto del siglo XIX, sus sierras escarpadas fueron una guarida de bandoleros. Cobró especial fama la partida de Agustín Ramón Castellanos, alias Bartolo. Este bandido atemorizó a los vecinos junto a sus compinches Malas Harinas, Perdigón y Correales, hasta que fue abatido por la Guardia Civil en 1869. Sus restos descansan en algún lugar del cementerio municipal. Al terminar la guerra civil (1939), volvió un nuevo bandolerismo con los maquis. Conocidos en el pueblo como los forajidos o los de la sierra, vivían escondidos durante el día en la espesura de los montes y salían por la noche para atracar los cortijos en busca de alimentos y armas. Por los alrededores de San Lorenzo se llegaron a contabilizar partidas de más de treinta hombres, como las cuadrillas del Manco y del Gafas.

          Las sierras de San Lorenzo vieron desaparecer a los bandidos hace mucho tiempo. Hoy son los cazadores quienes recorren sus hondos valles. Las monterías del pueblo atraen a numerosos aficionados de toda España. La temporada comienza en octubre. Las20191124_160649 rehalas de perros remueven el monte, suenan disparos, se comen migas y se bebe vino tinto. Al finalizar la jornada, al calor de una hoguera, los vecinos comentan con los foráneos su devoción por San Lorenzo. Toda la historia de este pueblo gira alrededor de su patrón. De hecho, sus dos festividades principales -la Reliquia (el 10 de abril) y la Fiesta del Santo (el 10 de agosto)- se celebran en su honor. Quizá el lector se pregunte ahora qué reliquia es esa que festejan. Pues ni más ni menos que un hueso de la cabeza del mártir.

          Es bien sabido que San Lorenzo fue quemado vivo en una parrilla. La tradición sitúa su martirio en Roma, el 10 de agosto del año 258. Tras su muerte, numerosas reliquias se dispersaron por el mundo cristiano. No solo sus huesos, sino los objetos que habían tenido contacto con su sepulcro e incluso las limaduras de la parrilla podían encontrarse en varios lugares desde Túnez hasta Constantinopla. La reliquia más importante es, sin duda, la cabeza quemada del mártir. Se conserva en el Vaticano y se expone a la veneración de los fieles cada 10 de agosto. Fuera de Roma, donde más reliquias laurentinas se veneran es en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde conservan un pie con carne y dedos, un muslo entero desde la cadera, un pedazo de leña en que fue asado, dos muelas, un trozo de sus vestiduras, una barra de la parrilla y varios huesos: uno quemado, tres tostados y otro hecho carbón.

          En el año 1920, los padres agustinos de El Escorial donaron uno de estos huesos, concretamente uno de la cabeza, a la Basílica de San Lorenzo de Huesca, lugar natal del mártir. Algunos años más tarde, el obispo de Huesca recibió una carta proveniente de un 20191125_102559pequeño pueblo de Sierra Morena. La firmaba el reverendo don José María Martínez, párroco de San Lorenzo de Calatrava. La misiva solicitaba la concesión de una reliquia de San Lorenzo Mártir para su veneración. El obispo concedió la gracia y tras extraer un pequeño trozo de hueso del cráneo, se introdujo en un relicario de metal plateado enviado desde San Lorenzo de Calatrava. A las 5´30 de la tarde del día 10 de abril de 1958 la reliquia llegó al pueblo. Todos los vecinos salieron a recibirla con pancartas, estandartes y gallardetes. Los cofrades de San Lorenzo llevaban sus banderas, cetros y alabardas (los típicos pinchos). La procesión se dirigió hacia la plaza mayor, donde se había instalado un altar en forma de parrilla. Había numerosos arcos de bienvenida y las casas estaban engalanadas con vistosas colgaduras. Tras los discursos pertinentes, la reliquia fue depositada en la iglesia parroquial. El párroco oscense don Damián Iguacen, que trasladó el hueso desde Huesca hasta San Lorenzo, recordaba el “entusiasmo enardecido de la multitud” y lo hermoso que era “oír en plena Sierra Morena el himno del Santo”.

San Damas

          La fiesta de San Damas, pese a su nombre, es una celebración de carácter laico. Su origen tiene una fecha muy concreta: el sábado, 11 de diciembre de 1745. ¿Qué sucedió aquel día? Pues acaeció algo inédito en la historia de nuestro pueblo. Una explosión de júbilo como nunca antes se había visto. En aquella jornada inverosímil, los vecinos de Mestanza, armados con garrotes y cencerros, expulsaron de sus tierras a todos pastores foráneos y a sus ganados. ¿Por qué? Es una historia que viene de lejos.

          Tras la expulsión de los musulmanes en el siglo XIII, todo el territorio de Mestanza pasó a pertenecer a la Orden de Calatrava. No obstante, para facilitar la repoblación, la trashumanciaOrden cedió a nuestra villa algunas tierras alrededor del pueblo. Estas tierras eran para usufructo de los vecinos y ni siquiera el ganado de la Mesta podía pastar en ellas sin el permiso del Concejo municipal. Hasta aquí todo iba bien. Pero, adicionalmente, se instituyó una Comunidad de Pastos entre Mestanza y Puertollano. Esta comunidad permitía a los ganados de Puertollano el aprovechamiento de todos los pastizales de Mestanza a excepción de algunas redondas y de la dehesa boyal de La Gamonita. Y aquí empezaron los problemas.

          Como cabía esperar, los pleitos entre los concejos de ambos pueblos se multiplicaron. La dinámica era siempre la misma. Primero los de Mestanza apresaban el ganado de Puertollano que pastaba en los terrenos comunales y le imponía una multa. Después los de Puertollano llevaban el caso a los tribunales. Por último, los jueces (tanto en primera instancia como en el tribunal de apelación de la Real Chancillería de Granada) fallaban, invariablemente, a favor de Puertollano. Y así una y otra vez. Hasta 1745.

          El 22 de octubre de 1745, por primera vez, el tribunal de primera instancia falló a favor del Concejo de Mestanza dictaminando que “como dueño que es de su territorio,119 pueda única y libremente gozar de sus aprovechamientos, sin que Puertollano ni alguno otro se lo embarace o limite”. ¿Qué había pasado? ¿A qué se debió esa histórica sentencia? Al parecer, el abogado de Mestanza presentó ante el tribunal una antigua escritura de venta otorgada en 1590 por el rey Felipe II. Dicha escritura reconocía que el Concejo y vecinos de Mestanza eran los propietarios de todo el término que les había donado la Orden de Calatrava.

          Siete semanas más tarde, el correo de postas llegó a Mestanza con el fallo judicial. Era la mañana del sábado 11 de diciembre. Inmediatamente, se convocó al vecindario en la iglesia parroquial para informarles del laudo favorable. Los vecinos escucharon atónitos. Que el Concejo dispusiera a voluntad de las tierras comunales suponía de facto que podía alquilarlas a los serranos de la Mesta y obtener unas rentas nada desdeñables para la población. Una ola de emoción se apoderó de los asistentes. Preguntado el párroco qué santo se celebraba ese día, respondió éste que “San Dámaso”.  En aquel mismo instante se declaró San Dámaso como fiesta solemne con sus oficios litúrgicos y su convite a los vecinos a cargo del ayuntamiento.

          Pero no quedó aquí la cosa. El vecindario, llevado por el entusiasmo, decidió que había que expulsar a los ganaderos de Puertollano sin más dilación. Dicho y hecho. Los 110vecinos se desbordaron por los terrenos comunales. Una gran cencerrada atronó en los pastos de El Castillejo, Peralosa, Palancares, Cabriles, Cabeza del Puerco, Lebrachos, Las Plazuelas y La Antigua. La estampida de los animales fue inmediata. Los de Mestanza blandieron sus garrotes para disuadir a los desterrados de cualquier ánimo defensivo. Los rebaños huyeron despavoridos hacia a los puertos de montaña. Al caer la noche nuestro municipio quedó libre de ganados invasores. Para evitar su regreso los pastores montaron guardia en los puertos y en los cruces de caminos. La luna llena favorecía a los centinelas. Los pastores encendieron grandes hogueras para calentarse pues la noche era fría. Había fogatas en los puertos del Roble y de Mestanza, en los cordeles de Pozo Medina y de la Dehesa Gamonita, en los descansaderos de la Posadilla y del Charco de Botija. Durante toda la noche no pararon sonar los cencerros.

          El Concejo de Puertollano presentó un recurso ante la Real Chancillería de Granada. Seis años más tarde, en octubre de 1751, el tribunal de apelación dio la razón alhoguera pueblo vecino. La sentencia señalaba que aunque, efectivamente, los pastos comunales eran usufructo de Mestanza, Puertollano tenía derecho como co-usufructuario de los mismos. No obstante, los mestanceños nunca olvidaron su primera victoria ni aquella jornada de cencerros y hogueras. Cada año los vecinos volvían a celebrar San Dámaso con alegrías renovadas. Corría el vino y se repartían raciones de pan con caldereta. Había música y bailes. Se encendían hogueras en la plaza, en las eras, en el Calvario. Un estruendo de cencerros recorría las calles. La fiesta pasó a conocerse como la Cancelaria de San Damas.

          Con el paso del tiempo, la fiesta fue perdiendo vigor hasta desaparecer. Pero su recuerdo se trasmitió de padres a hijos. Al terminar la Guerra Civil, un vecino llamado Dámaso Ramírez Ruiz decidió recuperarla. Todos los años, en cumplimiento de una promesa, llevaba a la plaza una carga de leña. Poco a poco, los vecinos se fueron animando y aportaron pequeños haces a la pira. A día de hoy, el pueblo de Mestanza celebra la candelaria con una gran hoguera y una parrillada popular. Cada diciembre, los cencerros vuelven a repicar con fuerza en recuerdo de nuestros antepasados y de aquella lejana jornada de San Damas.

 

Este artículo se ha basado íntegramente en la magnífica investigación de Miguel Martín Gavillero titulada San Damas.

La colección de cencerros que muestra la fotografía pertenece a Diego Cascos y data del año 1940. Están hechos de chapa de hierro o de cobre e iban atadas al pescuezo de las reses mediante correas de cuero con hebillas.

La colección de badajos que muestra la fotografía pertenece a Manuel Cardo. Son piezas artesanales hechas a mano en madera de boj, retama y encina.

La iglesia de San Esteban

          Se cree que la iglesia de San Esteban Protomártir se erigió sobre una primitiva mezquita bereber. Aunque no hay testimonios arqueológicos que confirmen esta hipótesis, es posible que los sillares que sustentan la torre del campanario sean los 20181223_133945últimos vestigios de aquel templo musulmán. Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) las tropas castellanas ocuparon definitivamente nuestro pueblo y debió ser entonces cuando se consagró la mezquita para el culto cristiano. La primera mención escrita a la iglesia mayor data de 1493 y corresponde a un informe de los visitadores de la Orden de Calatrava. Este documento da cuenta de sus abundantes bienes: varias sobrepellices, un libro de santos, un libro de bautizos, un cuaderno de oficios, un pasionario con historias de mártires, tres cirios de madera policromada, un candelero, un misal, una campanilla “para levar el Corpus Christi”, un incensario de cobre, un acetre “para el agua bendita” y un baptisterio. Los calatravos hicieron constar, además, que las ermitas de San Cristóbal –en las afueras del pueblo- y de San Ildefonso en El Hoyo, dependían de la iglesia de Mestanza.

          El templo tiene planta rectangular. En el extremo occidental se levanta un ábside poligonal que acoge la sacristía. En el extremo oriental se sitúa el coro, sobre el cual se alza la torre del campanario. Sus tres naves están cubiertas por bóvedas de arista y una cúpula sobre pechinas que ilumina el presbiterio y el altar mayor. La iglesia está construida con grandes sillares, ladrillos y mampostería. La parte más valiosa son sus portadas barrocas. En la portada sur se elevan dos pilastras estriadas que culminan en un bello arquitrabe de triglifos y metopas con rosetas. El frontón, en cuyos extremos hay dos pirámides rematadas por esferas, está quebrado en su cúspide para albergar una cruz de Calatrava. Uno de los sillares del frontón tiene grabada una fecha -1657- que muestra el año en que fue esculpido este conjunto. La portada norte está enmarcada por dos pilastras almohadilladas y un sencillo arquitrabe. Dentro del frontón hay una hornacina que quizá acogió una imagen, hoy desaparecida, de San Esteban.

 

 

        Una escalera de caracol conduce a lo alto del campanario. Hay dos campanas: una grande –llamada Nuestra Señora del Pilar– que se fabricó en 1947 por suscripción popular y otra más pequeña de 1923. Antiguamente, el tañido de las campanas marcaba el ritmo de la vida en el pueblo. Con el toque del alba comenzaban las labores del campo. 198Al llegar el mediodía, el toque del ángelus invitaba a parar las tareas para rezar en grupo. El toque de oración -el último del día- ponía fin a la jornada laboral. El toque de misa diaria convocaba a los fieles a visitar la iglesia. En las celebraciones y en los actos solemnes las campanas tañían con viveza. El final de la última guerra carlista en 1876 fue saludado con “repiques de campanas, salvas y otros festejos”. También había toques de alarma en los que se avisaba de que algo grave ocurría en el pueblo, ya fuera un incendio, un accidente o un suceso inoportuno. En 1872 un fuerte repique alertó al pueblo de la amenaza de una partida carlista. El volteo incontrolado de las campanas atemorizó a la cuadrilla y desistieron de atacar. Por último estaba el toque de difuntos –el más triste-, que anunciaba el fallecimiento de algún vecino. Una epidemia de viruela acaecida en 1869 provocó tantas muertes que las campanas sonaban a todas horas. El alcalde tuvo que pedir al párroco José Arenillas que cesaran los toques de difuntos pues tenían “sobresaltado al vecindario”.

          Nuestra iglesia ha sufrido múltiples percances a lo largo de la historia, pero quizá los más graves fueron el terremoto de Lisboa en 1755 y el incendio de 1926. El terremoto dejó “muchas casas [de Mestanza] totalmente arruinadas, otras casi inhabitables y todas, sin diferencia, destruidas”. La iglesia acabó “bastante quebrantada, todos sus tejados desplomados, la torre algo vencida a la parte de poniente y su muralla abierta, de que amenaza no poco peligro”. Respecto al incendio del 18 de abril de 1926, mi abuelo aun recordaba el horror de los vecinos al descubrir que toda la cubierta de madera y el rico artesonado del coro habían sido pasto de las llamas. El interior de la iglesia tuvo que ser reconstruido en su totalidad. Las obras se ejecutaron con una rapidez pasmosa. Al concluir el año 1928 ya se habían erigido las “hercúleas columnas” y las “monumentales bóvedas” que citaba el diario El Pueblo Manchego. El templo actual es el fruto de aquel esfuerzo.

          La iglesia alberga varios objetos e imágenes antiguas. La talla de Nuestra Señora de la Antigua, cuyo torso data del siglo XIV, es la pieza más notable. Del siglo XVI son la pila bautismal y la custodia de plata confeccionada por el maestro toledano Francisco de Vargas. El Cristo Crucificado fue fechado en el siglo XVII y la talla de San José en el siglo XVIII. Estos objetos y la iglesia misma son el patrimonio más valioso que tiene Mestanza. No es baladí recordar la importancia de preservarlo en buen estado para nuestros hijos y nietos. Es el mejor legado que podemos dejar a las futuras generaciones.

pila bautismal (s.XVI)

La ermita de San Cristóbal

          Es muy probable que la ermita de San Cristóbal, hoy desaparecida, fuera la más antigua de las existentes en el término de Mestanza. El Catastro de Ensenada (1751) la 20190420_201702ubica “en el sitio del cerro de San Cristóbal, que dista de la villa cerca de medio cuarto de legua”, es decir, medio kilómetro. Debió erigirse en la primera mitad del siglo XIII, sobre la base de una torre árabe cuyos restos aún se pueden apreciar. No en vano, desde su cima se controlan las principales rutas hacia el sur: el camino de El Hoyo y la vereda de la Antigua. Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) el dominio cristiano quedó totalmente consolidado y al lugar se le empezó a dar un nuevo uso para el culto que perduró hasta bien entrado el siglo XVIII. ¿Por qué desapareció la ermita tras más de 500 años de devoción? Es un misterio que quizá nunca se resuelva.

          La primera referencia histórica a la ermita la tenemos en el siglo XV. En los legajos de los visitadores calatravos de 1493 se la cita a menudo junto a la de San Ildefonso de El Hoyo. En las Ordenanzas de la Cofradía de la Vera Cruz (1707) se indica que los cofrades debían salir en procesión el Jueves Santo desde la Iglesia Mayor hasta la Ermita de San Cristóbal:

Ordenamos y tenemos por bien que: por reverencia a la pasión que Nuestro Señor Jesucristo padeció en el árbol de la Santísima Vera Cruz [y] para salvar el Jueves Santo de cada año por siempre jamás, los hermanos todos salgamos en procesión desde la Iglesia Mayor hasta San Cristóbal.

          San Cristóbal fue un santo muy venerado en la Edad Media. Era el patrón de los arrieros, caminantes, viajeros y, por extensión, de los ganaderos trashumantes. Dado que la ermita estaba, como se ha dicho, situada entre las veredas de El Hoyo y La Antigua,20190420_201727 cabe pensar que era muy popular entre los pastores que hacían la invernada en nuestros pastos. La leyenda afirma que en una ocasión, el santo ayudó al niño Jesús a cruzar un río. El nombre de Cristóbal (del griego Christóforos, es decir “portador de Cristo”) provenía de esta hazaña. También por ese motivo, se le solía representar llevando sobre el hombro a un niño Jesús. Una de las numerosas leyendas medievales tejidas en torno a su figura afirmaba que San Cristóbal era protector contra las muertes repentinas en las que no daba tiempo a la confesión. Los pastores trashumantes podrían asomarse a la ermita para ver su imagen y estar protegidos todo el día. Así lo decía el refrán: “Si del gran San Cristóbal hemos visto el retrato, ese día la muerte no ha de darnos mal trato».