Los viejos molinos de agua

“Abeja, oveja y piedra de trebeja”

          Con este antiguo dicho se definían las tres principales fuentes de riqueza de Mestanza. En primer lugar, la apicultura, por ser la miel durante miles de años el único edulcorante conocido en Europa y la base de la cera para alumbrar iglesias y viviendas. El segundo era la ganadería ovina, cuyo triple aprovechamiento cárnico, lácteo y lanar fue la actividad esencial del Valle de Alcudia durante siglos. Por último, la piedra que trebeja (que trabaja) se refiere al molino harinero, que proporcionaba la base para el alimento esencial de nuestros antepasados: el pan.

          Desde la Edad Media, se construyeron molinos de agua en el curso de los cuatro ríos que cruzan la región –Robledillo, Fresnedas, Tablillas y Montoro- antes de desembocar en el río Jándula, afluente del Guadalquivir. Algunos tenían nombres poéticos como el molino de las Ánimas en el río Tablillas o el molino Flor de Ribera en el río Montoro. No obstante, la mayoría eran conocidos por el nombre del propietario. En el término municipal de Mestanza se conservan cinco antiguos molinos de agua al sur del Tamaral. El río Robledillo (Riofrío según la terminología local) acoge los restos de los molinos de Frutos y de Riofrío. El arroyo de la Peña de los Molinos alberga las ruinas de los molinos de Constante y de la Peña. El arroyo de las Casas cobija los últimos vestigios del molino de la Nicolasa. Todos ellos ya existían en el siglo XVIII, como atestigua el Catastro de Ensenada (1751)[1], y algunos funcionaron hasta mediados del siglo XX.

          Los molinos de agua tenían dos partes bien diferenciadas: la sala de molienda a nivel del suelo y el cárcavo donde se alojaban los mecanismos hidráulicos en la parte MolinoCuboinferior. Se trataba de molinos de cubo, cuyo origen se remonta al siglo XVI. El cubo era un depósito a una altura de 5-10 metros que recogía el agua de un canal (el caz) hasta que se llenaba, para después ser vaciado de golpe sobre las paletas del rodezno (rueda horizontal). Con este sistema se aumentaba la presión consiguiendo que los molinos con muy poca agua aumentasen su potencia motriz. Lógicamente, se trataba de una actividad intermitente, pues los cubos se tenían que llenar cada vez que se vaciaban. El rodezno, al girar, movía la muela volandera (piedra superior) a través de un eje vertical llamado árbol. La molienda propiamente dicha comenzaba vertiendo el grano en una tolva de madera, desde donde una canaleta lo conducía al ojo (agujero central) de la muela volandera. El rozamiento de ésta con la muela solera (piedra inferior, fija y más gruesa) trituraba el grano convirtiéndolo en harina.

          En la actualidad podemos admirar las ruinas de estos molinos. Sus muros de piedra y argamasa se esconden entre la maleza como reliquias de una civilización flor de riberaperdida. Todos ellos conservan las piedras de moler, el caz y el cárcavo. El molino de Riofrío tiene un caz considerable de 575 metros y conserva la casa del molinero, los almacenes y las cuadras. El 29 de abril de 1869, una de sus casas fue incendiada por el bandido Bartolo, que sería abatido por la Guardia Civil en junio de ese mismo año. El molino Flor de Ribera es quizá el mejor conservado del Valle de Alcudia[2]. Las Relaciones Topográficas de Felipe II señalan la existencia de seis molinos en el río Montoro y es probable que éste fuera uno de ellos. Se preserva toda su cubierta, un caz de 322 metros, dos cubos de piedra y dos bellos arcos ojivales por donde salía el flujo hidráulico de los cárcavos.

          Los molinos se hallaban a mucha distancia del pueblo, por lo que los mestanceños llevaban el cereal de madrugada y regresaban al caer la noche con el grano ya molido. Las reatas de mulas cargadas de costales recorrían varias leguas de caminos, veredas y trochas. Al llegar al molino, los sacos de arpillera se apilaban en la sala de molienda a la espera de su turno. Mientras tanto, los hombres pasaban la jornada pescando en el río, jugando a las cartas o simplemente charlando. La vida en los molinos estaba sujeta a las variaciones meteorológicas. Las fuertes riadas desbordaban los cauces y las temibles sequías paralizaban la actividad. No obstante, hasta la introducción de la electricidad a finales del siglo XIX, la molienda de cereales fue una actividad muy lucrativa y parece que los molineros vivían algo mejor que el resto de sus paisanos. Así lo reflejaba una copla popular:

Molinero lo quiero, que no pastor,

el uno tiene cuartos, el otro no.

 

 

[1] El Catastro de Ensenada (1751) citaba nueve molinos.

[2] Este molino se encuentra en el término municipal de Hinojosas de Calatrava.

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La siega y la trilla

          Cuando llegaba el tiempo de la siega, los hombres se dirigían con sus hoces a los campos de trigo y de cebada. La jornada empezaba temprano, para evitar los calores del verano. Entonces, las cuadrillas de segadores comenzaban a avanzar por los prados siegacomo un ejército implacable. Con una mano cogían la mies y con la otra la cortaban. Y así durante horas, con movimientos recios y acompasados. La mano que cogía la mies se protegía de los cortes de la hoz con dediles de cuero. Cuando tenían un manojo lo dejaban en el suelo. Los atadores marchaban tras ellos haciendo gavillas con los manojos y atándolas con cuerdas de esparto para formar los haces. En las horas de fuerte calor, el sudor que los inundaba producía un agradable frescor, y el sol les quemaba la espalda, la cabeza y los brazos descubiertos hasta el codo. Por todos los lados aparecían niños llevando hatillos de pan y gazpacho. También botijos con la boca y el pitorro cuidadosamente tapados por una redecilla. Los hombres no creían haber tomado una bebida más agradable que aquella agua con regusto a anís. Ahora podían enjugarse el sudor y respirar a pleno pulmón, admirando el nuevo aspecto que ofrecía el prado. Se extendía ante sus ojos un gran espacio segado, con alineados haces de olorosa mies, resplandeciente bajo el sol.

          Tras la siega venía el tiempo de la trilla. Había muchas eras para trillar alrededor del pueblo: las del Manzanillo, las del Telégrafo, las del Cementerio… pero las más famosas eran las que había al final de la calle del Charco, donde yo tanto jugué trilla -ilustración del s. XVI-durante mi infancia. Los hombres hacían la parva tendiendo la mies sobre la era. Después, una yegua tiraba del trillo quebrando la parva y separando así el grano de la paja. En ocasiones, dejaban a los niños montar en el trillo, pues disfrutaban dando vueltas como en un tiovivo, azuzando a las bestias y sacudiendo el látigo en el aire. A veces, corrían tanto que el trillo se salía de la parva y rozaba la tierra con las púas y las chinas de la tabla. Lo cierto es que era un trabajo tedioso y los trilladores se quedaban adormecidos de dar vueltas y más vueltas al trote cansino de las yeguas, bajo el calor riguroso del verano. Como dijo un poeta: “Crujen los trillos, salta la gavilla, dormitan los gañanes”[1].

          Al primer anuncio de brisa ya estaban aventando. Las eras se situaban en montículos elevados para poder coger todo el viento posible. Los hombres cogían la parva con el bieldo y la lanzaban al aire. El viento hacía lo suyo, dejando caer el grano en un montón y llevándose la paja a otro lado. Después los animales cargaban los costales de cereal para ser guardado en las trojes.

          La vida en Mestanza no era fácil. Salir adelante constituía un ambicioso propósito ante unos medios escasos. El trabajo era desbordante. Se han llegado a contabilizar más de cuatrocientas decisiones en la sucesión de labores que iban desde la siembra del trigo aventando el trigo. gerda tarohasta su almacenamiento en el granero[2]. Donde se aprendía era en el campo -no en la escuela-. Trabajando desde pequeños y observando a los mayores y a su alrededor. La observación atenta y minuciosa de cuanto les rodeaba era la herramienta más valiosa con que contaban nuestros antepasados. A su alrededor no había más que señales. El color de la mies, el vuelo de los pájaros que presagiaba lluvia, el movimiento de las nubes. Su ojo no descansaba. Eran ávidos lectores de la enciclopedia natural que les rodeaba. Y no la leían sólo con los ojos. Su conocimiento se construía con todo tipo de percepciones. Vista, oído, olfato, tacto, gusto. Era el cuerpo en su conjunto el que percibía. Un conocimiento corporizado. De ahí las unidades de medida que utilizaban: el manojo, la brazada, el pie, la pulgada.

          Cuando llega el verano, las tardes se alargan por el cielo. El grillo recibe el canto de la cigarra. Caminamos por el rastrojo y cruje. Pero ya no vemos los instrumentos del verano. Las horcas, las palas, los bieldos, las carretas con sus varales. El sol inclemente de julio ya no encuentra trillos deslizándose sobre las eras de Mestanza.

 

[1] José Antonio Muñoz Rojas. Las cosas del campo. Editorial Pre-Textos. Valencia. 2007. Primera edición de 1950.

[2] Jan Douwe van der Ploeg. “El proceso de trabajo agrícola y la mercantilización”, en Ecología, campesinado e historia. Eduardo Sevilla Guzmán y Manuel Luis González de Molina Navarro (eds.). 1993.

 

Esquiladores

En verano mi abuelo Juanjo pasaba unos días esquilando ovejas en la aldea de Retamar. La cuadrilla madrugaba para recorrer a pie los quince kilómetros que esquileoseparaban esa pedanía del poblado minero de La Extranjera. Desde primera hora de la mañana ya estaban trabajando en la estancia, agachados en hilera. El manijero paseaba entre ellos, vigilando que alguno terminase para enrollar el vellón y llevarlo a la lanera. La esquila se comenzaba por la cabeza y terminaba por la falda. Las patas se dejaban para el final y su lana era la única que no salía unida al vellón. Con los sucesivos esquileos el proceso parecía una cuidada coreografía de giro, arrastre, corte y volteo de la oveja.

A media mañana ya apretaba el calor del estío y los hombres sudaban copiosamente. En el cuarto cargado de olor a ganado solo se escuchaba el sonido de las tijeras. Un tijereteo solo interrumpido para llamar al morenero, que acudía con un bote repleto de polvo de fragua para restañar las heridas del esquileo. Aunque la parte del cuerpo que se estaba esquilando se mantenía cuidadosamente estirada para evitar hendiduras o pliegues susceptibles de ser cortados por la tijera, siempre había heridas. Si eran profundas se cosían con una aguja gruesa. En ocasiones, los hombres tenían entretenidos a los niños recogiendo telarañas para cubrir los pellizcos y conseguir que la sangre se coagulara.

Tras un breve descanso para echar un trago a una botella de vino o para rebaño en dehesafumar un cigarro, se volvía al tajo hasta que se ponía el sol. En la primera jornada esquilaban unas treinta ovejas al día, pero en las siguientes podían llegar a las cuarenta. Como cada vellón pesaba entre dos y tres kilos, cada esquilador podía llegar a hacer cien kilos en un día. Las ovejas esquiladas encontraban de nuevo a sus corderos gracias a su balido, pero los corderos pequeños parecían confundidos ante la visión de aquella oveja escuálida y calva que salía a su encuentro, y huían en busca de otra madre en condiciones.

Hace milenios, las ovejas apenas tenían lana. Su aspecto era similar al de las cabras. Los vellones de estos herbívoros estaban constituidos por dos tipos de fibras bien diferenciadas. En el exterior, una jarra de pelos largos y gruesos cuya función era proteger al animal del viento y la lluvia. Por debajo, pegado a la piel, un pelo más corto y fino que servía como aislante térmico y que era la lana. Los pastores neolíticos fueron modificando el pelaje de las ovejas a fuerza de selección, aprovechando la lana y despreciando la jarra. Ésta fue desapareciendo y la lana se hizo más densa y abundante. Las mudas dejaron de ser anuales como en el resto de animales salvajes, por lo que el vellón crecía de forma continua y era necesario esquilarlo periódicamente.

Si hubieras soltado a un campesino del siglo XV en aquella estancia, entendería perfectamente que estaban haciendo mi abuelo y su cuadrilla. El esquileo tijeras esquilarseguía un patrón que se había mantenido inalterado desde hacía muchos siglos. Nadie sabe exactamente cuándo comenzó esta labor, pero los arqueólogos han encontrado herramientas diseñadas para esquilar datadas en la Edad de Hierro (1000 a.C.). Estas tijeras rudimentarias constaban de dos cuchillas enfrentadas y unidas por un arco de acero que actuaba de muelle.

Aún quedan muchos rebaños de ovejas en Mestanza, pero ya no queda nada de aquel mundo. Desde los tiempos del Neolítico, innumerables generaciones de campesinos modelaron el territorio dejándolo tal como lo vemos hoy. Pero de repente, desaparecieron como esas míticas civilizaciones perdidas de las que solo quedan ruinas ciclópeas. La diferencia es que fue ayer mismo, mis padres aún lo recuerdan y pueden dar testimonio de esa civilización extinguida. Aquel mundo había durado desde siempre y parecía estar dispuesto a prolongarse idéntico en el porvenir. Y desapareció en un suspiro, en el tránsito de unos pocos años.

Las Piedras del Hituero

A mis padres      

          Existe en Mestanza un sitio mágico donde parece manar una primitiva energía telúrica. Este lugar donde se cruzan el arbitrio de la naturaleza y el albedrío de los hituero1hombres es conocido desde tiempos inmemoriales como las Piedras del Hituero. Se trata de unas enormes piedras bruñidas por el paso de los siglos que sirvieron a nuestros antepasados como un hito en el camino –de ahí su nombre[1]– y como un lugar donde celebrar sus festividades paganas. No es casualidad que hasta hace pocos años, los mestanceños peregrinaran hasta este sitio para dar comienzo al carnaval, la más pagana de todas las fiestas. Era el llamado Jueves Lardero durante el cual las familias comían el célebre hornazo, una torta de masa cocida con un huevo y un chorizo, que servía de despedida antes del ayuno de la Cuaresma. La palabra lardero, que procede del latín lardum, significa precisamente tocino.

          En los carnavales de 1934 apareció una comparsa titulada Estudiantina de Diego Corrientes y su partida que ganaría diversos premios en varios pueblos de la provincia. diego corrientesSu autor, Juan Aranda Serna, versificó una antigua leyenda según la cual el famoso bandido Diego Corrientes (1757-1781), el llamado “bandido generoso” que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, habría pernoctado en las Piedras del Hituero:

Hemos dormido esta noche

en las Piedras del Hituero,

y llevamos a esta hembra

que la llamamos Consuelo.

Consuelo del alma mía,

lucero resplandeciente,

vente ya con la partida

que aquí está Diego Corrientes.

Diego Corrientes te jura

lo que tiene prometido:

que serás la capitana

de todos estos bandidos.

          Al Hituero se llega por el viejo camino de Fuencaliente. Este sendero, hollado por arrieros desde hace siglos, sirvió de retirada a las maltrechas tropas del brigadier Copons cuando fueron cercadas en Mestanza por los ejércitos de Napoleón. La noche del 20 de enero de 1810, con luna llena, los batallones de Copons cruzaron el pueblo en formación, y tras abrevar a sus caballos en el Pilar de los Huertos, se adentraron en la profundidad de la sierra. En su diario de operaciones, el brigadier anotó la penosa retirada:

En esta marcha de 7 leguas sufrió la tropa todas las incomodidades que se pueden reunir: casi desnudas, descalzas y sin cesar de nevar, atravesando un país montaraz, andando por sendas, teniendo que pasar continuamente arroyos crecidos y altas montañas.

          El mejor momento para visitar las Piedras del Hituero es al amanecer, cuando la niebla flota en jirones inmóviles sobre los árboles y el sol enciende los líquenes hituero2amarillos de las rocas. Solo se escucha el murmullo del arroyo de Valdecabras, rápido y caudaloso. Hace unos días estuvimos allí con los niños, buscando las armas que un familiar escondió en alguna hendidura al terminar la Guerra Civil. Como cabía esperar no encontramos nada, pero… ¡Quién sabe si alguna pistola Astra o Star[2] duerme aún entre estas piedras insignes!

 

 

[1] El topónimo Hituero significa hito o mojón, y su etimología procede del latín vulgar fictus, que significa “fijo” o “fijado” y que es precisamente la función que tienen los mojones como elementos delimitadores de un territorio.

[2] Estas fueron marcas más usuales que figuran en el listado de licencias de armas concedidas en Mestanza a finales de 1936.

El castillo de Mestanza

A mi amigo Eduardo Prieto         

          En 1086, tras más de tres siglos de ocupación musulmana, la bandera de Castilla ondeó por primera vez en las almenas del castillo de Mestanza. Las mesnadas del rey georgiano jinetered8Alfonso VI asaltaron la fortaleza con vigor, y tras duros combates, cayó finalmente en poder de las tropas cristianas[1]. La consternación de los musulmanes fue enorme, pues Al Ándalus parecía ya definitivamente perdido para el islam. El poeta Ben Al-Gassel cantaba: “Poneos en camino, ¡oh andaluces!, pues quedarse aquí sería una locura”. Tras la desaparición del califato de Córdoba en 1031, Al Ándalus se había dividido en pequeños estados, los reinos de taifas, frágiles y enfrentados entre sí. Los castellanos aprovecharon su debilidad para llevar a cabo una agresiva campaña de conquista. El rey Motámid de Sevilla, viendo peligrar sus dominios, pidió ayuda a los musulmanes del Norte de África. Las tribus almorávides al mando del caudillo Yusuf acudieron a su llamada de socorro. Se trataba de tropas durísimas y fanáticas que no solamente hicieron retirarse a los castellanos, sino que unificaron todos los reinos de taifas en un solo imperio, el imperio almorávide. Tras unos pocos meses en manos cristianas, Mestanza cayó de nuevo bajo el dominio musulmán.

          Como señala Menéndez Pidal en La España del Cid, el castillo pasó a ser la Almohadesfortaleza almorávide más al norte del imperio, expuesta a continuos combates con los cristianos[2]. Durante todo el siglo XII, pasaría varias veces de manos. En 1147 el emperador Alfonso VII lanzó una brutal campaña contra los moros que culminó con la reconquista de Mestanza[3]. El arzobispo toledano Rodrigo Jiménez de Rada indica que los cristianos arrasaron el pueblo sin piedad[4]. No obstante, pese a que destruyeron numerosas fortalezas de la región, dejaron en pie nuestro castillo, bien abastecido de tropas y vituallas[5]. Lo sabemos porque el geógrafo árabe Yaqut (1179-1229) dejó constancia de su existencia en su Libro de los Países[6].

          De nuevo fue necesaria la intervención de las tribus norteafricanas, en esta ocasión los almohades, para detener el avance cristiano. Los ejércitos almohade y castellano se enfrentaron el 18 de julio de 1195 en Alarcos, lugar a unos diez kilómetros de la actual Ciudad Real. El ejército castellano fue aniquilado. A los errores tácticos 20171012_183510-1cristianos se sumaron los devastadores efectos de una nueva y mortífera arma almohade: un numeroso cuerpo de arqueros turcos capaces de disparar sus flechas desde la misma grupa de sus cabalgaduras lanzadas a galope tendido. Mestanza quedó aislada en territorio almohade y el castillo volvió a pasar a manos musulmanas. Y así permaneció durante 17 años hasta el glorioso día del 16 de julio de 1212. La batalla de las Navas de Tolosa. El ejército almohade, el más numeroso que jamás reuniera el imperio (casi 60.000 guerreros), se enfrentó con el de los cruzados cristianos: una fuerza combinada de 27.000 hombres donde además de castellanos combatían navarros, aragoneses. La cosa se puso muy complicada para los cristianos. Llegados a un punto ya no peleaban por la victoria, sino por salvar la vida. Fue entonces cuando Alfonso VIII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón y le dijo al arzobispo Jiménez de Rada (el mismo que vimos antes): “Aquí, señor obispo, morimos todos”. Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y Navarra, con vergüenza torera, hicieron lo propio y fueron a la carga espada en mano. Se la llamó la carga de los tres reyes. El resto es historia: el ejército almohade resultó completamente derrotado y el degüello de almohades hizo época. Sobre el castillo de Mestanza volvió a ondear el pendón morado de Castilla, que aun hoy figura en el escudo del pueblo.

          Hoy día, aún quedan varios sillares que resisten el paso del tiempo. Ni la construcción del depósito de agua ni la antena han podido con ellos. Siempre que voy al pueblo, subo a verlos con mis hijos. Para mí tienen más valor que el Partenón de Atenas.

 

[1] “Construido este fuerte por los musulmanes para mantener en su devoción a la tierra y ser firme defensa y abrigo en sus intestinas luchas, fue atacado con vigor y prontamente tomado por el valeroso Alfonso VI en el año 1086”. Inocente Hervás y Buendía. Diccionario histórico geográfico, biográfico y bibliográfico de la provincia de Ciudad Real. Ciudad Real. 1914. Pág. 408.

[2] Ramón Menéndez Pidal. La España del Cid. Volumen II. Séptima Edición. Espasa Calpe. Madrid. 1969. Mapas de Pedro Muguruza en páginas 1022 y siguientes.

[3] “Gano dessa yda este rey don Alffonso demás a Alarcos que es y luego, non aluenne de Calatrava, que entonces era algo, et gano otrossi a Caracoy et al Pedroch et a Sancta Offimia et a Mestança et al Alcudia et Almodoval”. Primera Crónica General de España, editada por Ramón Menéndez Pidal. Volumen II. Madrid. 1977. Pág. 650.

[4] “(…) et eiusdem uille iurisditionis municipio, que municionibus preminebant, quedam retinuit, quedam solo diruta adequauit, scilicet, Alarcuris, Caracoy, Petrochium, Sancta Eufemiam, Mestanciam, Alcudiam, Almodouar”. En la traducción de Juan Fernández Valverde: “(…) y conservó algunas aldeas de su término, que tenían buenas defensas, y arrasó otras, a saber, Alarcos, Caracuel, Pedroche, Santa Eufemia, Mestanza, Alcudia y Almodóvar”. Rodrigo Jiménez de Rada. Historia de los hechos de España. Introducción, traducción, notas e índices de Juan Fernández Valverde. Alianza Editorial. Madrid. 1989. Pág. 271.

[5] “Y ganó los castillos de Alarcos, Caracuel, (…), Mestanza, (…), y otros muchos. Algunos de ellos los hizo asolar, porque no tenía gente para dejar en su guarda, y otros los dejó en pie, abastecidos de gente y mantenimientos, como convenía”. Francisco de Rades y Andrada. Crónica de la Orden de Calatrava. Toledo. 1572.

[6] Meçtaça, castillo de la amelía de Oreto, de la amelía del Llano de las Bellotas, en que hay minas de azogue; y es nombre de una cabila berberisca”. Es decir, el pueblo pertenecía al distrito (amelía) de Oreto (Granátula de Calatrava); su actividad económica principal era la minería de mercurio (azogue); y debía su nombre a la tribu bereber de los Mistasa.

Trilobites

          Puede parecer increíble, pero lo cierto es que hace 500 millones de años, todo el término municipal de Mestanza estaba sumergido bajo las aguas. Así lo atestiguan los restos fósiles encontrados, en especial los llamados trilobites. No es fácil convertirse en un fósil. El destino de casi todos los seres vivos es descomponerse y desaparecer para siempre. Así es como acabaremos todos nosotros, con nuestras moléculas diseminadas por el mundo. Para convertirse en fósil, el difunto debe ser enterrado en un sedimento en el que pueda dejar una impresión (como una hoja en el barro) y descomponerse sin exposición al oxígeno, permitiendo así que las moléculas de las partes duras de su cuerpo (huesos) sean sustituidas por moléculas de minerales, creándose así una copia petrificada del original. Se estima que sólo un hueso de cada mil millones aproximadamente llega a fosilizarse alguna vez. Como es lógico, el registro fósil que tenemos es totalmente sesgado a favor de las criaturas marinas, pues los animales terrestres (y el hombre entre ellos) no mueren en sedimentos. Caen en campo abierto y son devorados o se pudren sin dejar rastro. Es por eso que los fósiles encontrados en Mestanza pertenecen a criaturas marinas.

trilobites          Como digo, es difícil convertirse en un fósil, pero más difícil aún es que después de decenas de millones de años, alguien te encuentre y te identifique como algo digno de ser conservado. Don Daniel de Cortázar, ingeniero de minas y miembro de la Real Academia Española, fue el primer autor en mencionar la presencia de fósiles en Mestanza. En 1880 halló un par de trilobites, un molusco bivalvo y varias cruzianas (huellas que dejaban los trilobites al reptar por el fondo marino). Con posterioridad, otros investigadores descubrieron en el Puerto de Mestanza un verdadero afloramiento de fósiles. Los famosos trilobites aparecieron hace unos 540 millones de años en la llamada “explosión cámbrica” y se extinguieron 300 millones de años después. Durante todo ese periodo (los humanos solo llevamos en la tierra el 0,5% de ese tiempo) fueron los reyes absolutos de la creación. Los trilobites, como indica su nombre, tenían tres partes o lóbulos (cabeza, tórax y cola). Eran criaturas con extremidades, agallas, sistema nervioso, antenas sondeadoras y los ojos más extraños que se han visto jamás.

          En mi biblioteca guardo uno de estos misteriosos trilobites. A veces lo observo y me quedo pensando en su dilatada existencia. Sus 500 millones de años ponen en perspectiva los problemas humanos, los tornan insignificantes. Lo vuelvo a mirar y descubro que cuando yo me vaya, el seguirá aquí. Ya lo dijo Borges:

                                       Durarán más allá de nuestro olvido; 
                                       no sabrán nunca que nos hemos ido.

Las navajas

ED0            Desde pequeño he sentido fascinación por las navajas. Mis abuelos siempre andaban con una a mano. La inseparable navaja de los hombres del campo, que servía para comer, como herramienta de trabajo y, en ocasiones, como un arma letal. En mi mesilla de noche conservo dos navajas de hoja curva. Una es una navaja toscana que compré en un pueblito al pie de los Apeninos llamado Scarperia, cuya tradición navajera se remonta a la Edad Media. La otra es la clásica navaja jarota que utilizaban mis abuelos. En su hoja afilada se lee el nombre de su artesano – Bueno– que lleva fabricando estos artilugios en Villanueva de Córdoba desde 1920. Durante muchos siglos, nuestros ancestros peregrinaron por la vida con una navaja en el bolsillo. Era parte de nuestra cultura, como los toros, el Quijote o la guardia civil. En la mayoría de los casos sirvió para cortar un pan ganado con mucho esfuerzo o para tallar una madera de olivo en las horas de hastío. En la casa de Mestanza, por cierto, conservo un par de estas tallas de madera que replican sendos campanarios. ¡Cuantos artistas habrá dado la soledad de un páramo castellano!

            La navaja sirvió también, en otros tiempos, para dirimir controversias por la talla olivovía de urgencia. En algunos de los mejores cuentos y poemas de Borges, los cuchillos tienen una presencia obsesiva. Borges imaginaba la épica de los gauchos que celebraban peleas de puñales en las esquinas y en las tabernas bonaerenses al son de un bandoneón. En El Sur, que es mi relato favorito, Juan Dahlmann, un humilde secretario de biblioteca, cansado y enfermo, conoce un último instante de heroísmo al empuñar con firmeza un cuchillo frente al compadrito que lo ha provocado y que va a matarlo por el mero placer de segar una vida. Ciertamente, cuando apresamos en nuestra mano el mango de una navaja, nuestro instinto primitivo nos impulsa a apretar, a cerrar los dedos en torno a ese objeto. Nos invade una emoción turbia, un espíritu de romance como el de aquellos versos de Lorca:

En la mitad del barranco
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria,
relucen como los peces.

            Desde el siglo XVI, la historia de Mestanza registra duelos de navajas que habrían hecho las delicias de Borges y de Lorca. En la Navidad de 1503, unos pastores oriundos de Molina de Aragón asaltaron un cortijo cercano a la ermita medieval de la Virgen de la Antigua y robaron varios jamones y un buen montón de ristras de chorizo y morcilla. Los dueños de la casa de labor –padre e hijo- acompañados de un par de criados salieron en su busca armados hasta los dientes. Les encontraron en un quinto engullendo los manjares robados, y sin mediar palabra, les atravesaron con sus espadas y navajas sin dejar ni uno vivo.

navajas            Pero la edad de oro de las navajas comenzó en el siglo XIX de la mano de las innumerables partidas de bandoleros que campaban por nuestras sierras. En febrero de 1846 se produjo una larga reyerta en una taberna del pueblo entre un miliciano que estaba de permiso y otro vecino. A una bofetada del soldado respondió el paisano con “tres o cuatro navajazos” que dejaron al militar tan malherido que le creyeron muerto. Entre el asesino y sus amigos trasladaron el supuesto cadáver a las afueras del pueblo y lo dejaron tirado a la orilla de un camino, “volviéndose muy frescos a cenar y dormir con sus familias”. Milagrosamente, el miliciano volvió en sí y pudo regresar al pueblo arrastrándose por el camino medio desangrado. El periódico concluía la noticia indicando que: “El herido no ha muerto a estas horas; más como tenga dos cuchilladas en el pecho y el vientre bastante hondas, se teme que no dure mucho”.

            En el siglo XX, los vecinos de Mestanza también hicieron uso de la cachicuerna para solventar sus problemas. En diciembre de 1914, un vecino llamado Florentino Rodríguez sacó su navaja y amenazó a unos cuarenta paisanos que había dentro de una taberna.  Afortunadamente lograron encerrarse mientras el vecino acuchillaba la puerta como un demente. Finalmente fue detenido por la clásica pareja de la guardia civil. Unos años más tarde, en mayo de 1921, dos vecinos del pueblo comenzaron a discutir. Llegado un punto, uno de ellos, llamado Álvaro de León, se apeó del caballo en que iba montado y comenzó a golpear con su vara al otro, un hombre de sesenta años llamado Eusebio Hernández. Éste, ni corto ni perezoso, sacó una navaja “de grandes dimensiones” y le asestó al tal Álvaro una “tremenda puñalada” en el corazón que le produjo una muerte instantánea. Es curioso que un testigo presencial asegurase que tuvieron tan sólo unas “ligeras palabras, que no creyó él que llegaran a molestar a uno ni otro”. Menos mal.

 

Los datos de los siglos XIX y XX han sido extraídos del magnífico estudio “Casos y cosas de Mestanza” de Miguel Martín Gavillero.