El cerro del Castellar

Poco antes de llegar al puerto de Mestanza, según se viene de Puertollano, sale a la derecha una antigua vereda que asciende al cerro del Castellar. Desde sus 1.036 metros de altitud se divisan -y controlan- los valles de Alcudia (al sur) y del Ojailén (al norte). Este lugar estratégico conserva vestigios de construcciones que han sido datadas por los arqueólogos en la Edad de Bronce (II Milenio a.C.). De ser así, estamos hablando de las edificaciones más antiguas de nuestra comarca.

El cerro del Castellar era un poblado fortificado provisto de dos murallas concéntricas que cubrían todo el perímetro de la cima excepto las zonas protegidas de forma natural por rocas escarpadas. Dentro del recinto se conservan dos aljibes (cegados con piedras) y abundantes restos cerámicos. Estos asentamientos en altura -conocidos en el argot arqueológico como “castellones”- son propios del llamado “Bronce de la Mancha” y responden a las necesidades defensivas de una sociedad en guerra continua.

Durante la Edad de Bronce se produjo un desarrollo de la agricultura cerealista y de la ganadería diversificada (ovejas, gallinas, asnos). La revolución agrícola (cultivo de trigo y cebada) proporcionó mucha más comida al territorio y la población se multiplicó exponencialmente. Con el tiempo, la población creció por encima de la producción y no hubo cebada suficiente para todos; entonces comenzaron los conflictos entre los distintos poblados por las cosechas y los graneros. Toda persona sabía que en cualquier momento los vecinos podían invadir su territorio, derrotar a su ejército, masacrar a su gente y ocupar sus tierras. Esto explica el elevado número de castellones defensivos en la provincia de Ciudad Real (de los que solo el cerro de la Encantada, en Granátula de Calatrava, ha sido objeto de trabajos arqueológicos). Muchos de estos asentamientos serían utilizados en la Edad Media con la misma finalidad defensiva, como se ha podido documentar en el castillo de Mestanza.

El descubrimiento del bronce (aleación de cobre y estaño) no solo dio nombre al periodo (Edad de Bronce), sino que supuso la aparición de un nuevo elemento esencial para la guerra: la espada. En el Museo Arqueológico Nacional se conserva una espada de bronce con empuñadura de plata que fue hallada en el cerro de San Sebastián (Puertollano); en la Dehesa Boyal se hallaron catorce espadas y restos de lanzas y empuñaduras; en el Alamillo se descubrió una estela que mostraba a un guerrero con un casco de cuernos y una espada de lengua de carpa. Estos hallazgos arqueológicos y la propia existencia de los castellones corroboran la existencia de un alto grado de violencia organizada durante aquella época.

La fortificación del cerro del Castellar y las espadas de bronce nos recuerdan que la guerra ha formado parte de la cultura humana desde sus orígenes. El viejo debate entre Thomas Hobbes (“El hombre es un lobo para el hombre”) y Jean-Jacques Rousseau (El hombre es un “buen salvaje”) se ha cerrado a favor del filósofo inglés. La violencia es tan antigua como la humanidad.

El cementerio de Mestanza

Enterrar en los cementerios es una práctica moderna. Durante siglos, los difuntos eran inhumados en el interior de las iglesias. Así, en Mestanza, podemos afirmar que la inmensa mayoría de nuestros antepasados -o lo poco que queda de ellos- yacen bajo el suelo de la iglesia de San Esteban. Esta costumbre duró seiscientos años, desde que se fundara la iglesia primitiva sobre la antigua mezquita bereber, allá por el siglo XIII, hasta la creación del cementerio a mediados del siglo XIX. Cuanto más rica era la familia, más cerca del altar enterraba a sus muertos. A medida que pasaron los siglos, el espacio se fue quedando pequeño y se tenían que exhumar los huesos para depositarlos fuera del templo, en el llamado osario o carnero de los huesos. De hecho, en la cara norte de la iglesia, la actual calle Umbría era conocida como calle del Carnero. Es tal el volumen de huesos que descansa bajo nuestra iglesia y sus alrededores que, en cuanto remueves un poco, aparecen multitud de ellos. Así sucedió en el terremoto de 1969 o con motivo de la reciente instalación de tuberías de calefacción. Hasta hace poco, existía un muro terrero en la calle que baja desde la iglesia a la plaza. Si te acercabas, se apreciaba que estaba atestado de pequeños restos óseos.

La llamada peste de Pasajes (Guipúzcoa) en 1781 marcó el principio del fin de esta tradición y dio lugar a la creación de los cementerios extramuros. Por una parte, se sospechó que las miasmas -vapores fétidos que desprendían los cuerpos- podían estar en el origen de la epidemia; por otro lado, el mal olor provocado por el exceso de cadáveres sepultados en el templo se hizo totalmente insoportable. En una real Cédula de 1787, el rey Carlos III prohibió en España los enterramientos en las iglesias “con ocasión de la epidemia experimentada en la villa de Pasajes (…) causada por el hedor intolerable que se sentía en la iglesia parroquial de la multitud de cadáveres enterrados en ella”.

La Real Cédula de Carlos III no logró acabar con esta tradición, que en muchos lugares de España -y en Mestanza también- se prolongó hasta mediados del siglo XIX. El retraso tuvo una explicación: la iglesia se opuso a esta medida pues con los nuevos cementerios civiles perdía una fuente importante de ingresos derivada de la venta de sepulturas. No obstante, tras la muerte de Fernando VII en 1833, las medidas liberales y reformistas fueron ganando peso; no olvidemos que en 1836 iba a comenzar la primera desamortización de los bienes eclesiásticos. El alcalde Joaquín de Palma y Vinuesa, que debía ser un hombre netamente liberal, fue quien acometió la construcción del actual cementerio en 1834. El Libro de Defunciones señala que ese año, por primera vez, “se enterró en el Campo Santo de esta villa”; y el Diccionario de Pascual Madoz (1848) dice que “en las afueras del pueblo se halla el cementerio que no perjudica a la salud”. Don Joaquín no solo construyó el cementerio de Mestanza, sino también los de sus aldeas de Solana del Pino, San Lorenzo, el Hoyo y la Vera de la Antigua. En enero de 1834 recibió la felicitación gubernamental por haberlos edificado sin gastar ni un céntimo del erario. Fue un buen año para el alcalde: pocos meses después volvería a ser elogiado por el gobierno de Isabel II tras haber dado caza y muerte al sanguinario bandolero carlista Eugenio Ibarba, alias Barba.

Durante el primer tercio del siglo XX, el incremento de la población de Mestanza como consecuencia de la fiebre minera hizo necesarias varias ampliaciones. La primera se realizó en 1901 hacia el sur y hacia el este; también se construyó el puente del Santo para facilitar a los vecinos el acceso al cementerio. La segunda ampliación se llevó a cabo en 1931; se sembraron doce cipreses y ocho acacias y se incorporaron dos nuevas puertas de hierro -una de ellas con la fecha de 1931- en la tapia que da a la carrera del Hoyo. La última ampliación se realizó en 1997.

Cementerio en griego (koimetérion) significa dormitorio. La palabra, con sus variedades fonéticas, es la misma en francés, italiano, portugués e incluso en inglés. Me gusta visitar el cementerio de Mestanza por su interés histórico y porque allí reposan mis abuelos, algunos tíos e incluso se conserva la tumba de mi bisabuela Quica la Hornera (1879-1962). Un paseo entre sus lápidas te sitúa en perspectiva y te aleja de frivolidades. No existe ningún lugar tan idóneo para reflexionar acerca de la brevedad de la vida y la futilidad de las cosas.

Las calles de Mestanza

La mayoría de los nombres de las calles de Mestanza obedecen a un motivo práctico: indicar el destino al cual conducen, ya sean poblaciones cercanas (calles de Hinojosas y Puertollano), lugares en las afueras del pueblo (calles del Charco, de los Huertos, del Telégrafo, de la Cañada y del Prado) o sitios del propio pueblo (calles del Calvario, de la Iglesia, del Castillo, del Santo, del Pozo Nuevo y de la Fuente). Otros nombres aluden a establecimientos comerciales (calles del Estanco, del Botico y de la Carnicería), a personajes o hechos históricos (calle Real, de la Paz y de Hernán Cortés) o a alguna celebridad local (calles de Heliodoro Peñasco, Llaguno y Santa Catalina). Hay ciertos nombres que reflejan un rasgo característico de la calle (calles Nueva, de la Cuesta y Umbría) o algún elemento particular ubicado en la misma (plaza de los Carros, calles del Olivo y del Cristo). Por último, hay calles de reciente creación (calles de la Constitución, Virgen de la Antigua, Saturia Hidalgo y Juan Vallejo) y otras cuyo nombre nadie sabe a qué o a quien se debe (calle de Ñago y de la Salud).

                Empezaremos hablando de las calles que señalan un destino en las afueras del pueblo. Siento especial predilección por la calle del Charco, también conocida como de las Eras, pues es donde tenemos la casa familiar. Ya figuraba con ese nombre en el Catastro de Ensenada (1751), pero se desconoce su origen; en mi opinión se refiere a que conducía al charco formado por un manantial de Fuente Agria cuyo sendero desapareció hace años. Otra de mis calles “preferidas” es la calle del Telégrafo pues fue fundada por mi tatarabuelo Francisco Núñez. Al principio solo existía la vereda que conducía al telégrafo desde el Calvario, pero la decisión de Francisco de construir una casa frente a la de Cristóbal Pellitero dejando la vereda en medio, le otorgó rango de vía. La calle de los Huertos debe su nombre a que conducía al Pilar de los Huertos; de no haber existido este mítico lugar donde aprendieron a nadar tantos mestanceños, sería conocida como calle de Fuencaliente, pues de allí parte el camino a dicha población. La calle de la Cañada era conocida como la “calle que baja al Pozo Dulce”; este pozo se encontraba en el lugar conocido como “la Cañada” y al taparse el pozo, el sentido práctico fue modificando el nombre paulatinamente. La calle del Prado, por su parte, conducía al prado donde pastaba el ganado de los vecinos.

Respecto a las calles que indican un destino dentro del pueblo, destaca la calle del Calvario, que desemboca en la plaza homónima. Es un lugar emblemático donde antiguamente había una pequeña capilla conocida como la capilla del Calvario, donde se celebraban los actos de la Semana Santa. La calle de la Iglesia era conocida como la calle Empedrada, lo cual nos lleva a pensar que fue una de las primeras en empedrarse. En su parte baja aún se conserva el antiguo cartel donde figura “Yglesia” con la i griega. La calle del Castillo es la más alta del pueblo y nos trae el recuerdo de la antigua fortaleza árabe. La calle del Santo era conocida como la “callejuela que sale a San Sebastián” por hallarse una pequeña ermita dedicada a este santo al final de la calle, justo al otro lado del puente y del arroyo del Santo. La calle del Pozo Nuevo conducía al pozo situado en lo que se conoció hace años como “la fábrica”. Por último, la calle de la Fuente bajaba y baja a la fuente del Pocillo.

Hay ciertas calles cuya denominación viene dada por un establecimiento comercial concreto. Así sucede con la calle del Estanco, la del Botico o la de la Carnicería. Esta última se debe a la carnicería pública que existía justo donde hoy se alza la Casa de Cultura. En este grupo de calles estaba la callejuela de la Fragua de Andrés Barato (hoy plaza de los Carros), por ubicarse allí la herrería del pueblo.

Respecto a las calles que señalan hechos o personajes históricos destaca la calle Real, que cruza la villa de norte a sur. Antes era conocida como la calle Larga, cambiando su nombre con la llegada del rey Fernando VII El Deseado. Más tarde sería la calle del General Primo de Rivera y la calle de José Antonio. Como se ve, una de las prerrogativas de los alcaldes en los diferentes cambios de régimen ha sido la de poner patas arriba el callejero. La calle de la Paz quizá haga referencia al fin de la tercera guerra carlista; los guerrilleros carlistas atemorizaron a la población durante todo el siglo XIX, por lo que no es extraño que la conclusión del conflicto motivara la dedicatoria de una vía pública. La calle de Hernán Cortés fue un capricho municipal; antes se llamaba calle de Cristóbal Colón y, quien sabe, quizá algún día sea la calle de Cervantes o de Felipe II.

Hasta el día de hoy no ha habido ningún mestanceño universal. Las calles dedicadas a celebridades locales pertenecen a gente nacida fuera del pueblo. Heliodoro Peñasco era de Aldea del Rey; fue secretario del Ayuntamiento tan solo cuatro años pero se hizo famoso después de ser asesinado a tiros cuando salía de Argamasilla a lomos de su caballo. Las calles de Llaguno y Santa Catalina deben su nombre a la construcción de las escuelas en 1905. Las escuelas fueron erigidas por el maestro de obras don Manuel Llaguno y financiadas por el filántropo don Nicanor Hernán de los Heros y su hija doña Catalina. En agradecimiento, el pueblo otorgó sus nombres a la “plaza de Hernán de los Heros” (actualmente “plaza de los Carros”) y a las calles de Llaguno y Santa Catalina.

Hay tres calles bautizadas por algún rasgo característico de la misma: la calle Nueva (porque se hizo nueva allá por el siglo XVIII), la calle de la Cuesta (porque está en cuesta) y la calle Umbría (por que suele dar la sombra). Esta última fue conocida durante siglos como calle del Carnero. Antiguamente, el “carnero” era la denominación del “osario”: el lugar destinado para reunir los huesos que se sacaban de las sepulturas del interior de la iglesia a fin de volver a enterrar en ellas. Otras calles tenían un elemento tan particular que otorgaba su nombre a la misma, ya fueran unos carros agrícolas (plaza de los Carros), un olivo (calle del Olivo) o un Cristo en la hornacina de una de las fachadas (calle del Cristo).

                El lugar más importante del pueblo es la plaza de España. Allí se ubican el ayuntamiento y la iglesia. Desde la Edad Media la villa de Mestanza se rigió por un régimen de concejo abierto: todos los vecinos eran convocados a “campana tañida” en el interior de la iglesia para debatir y adoptar decisiones que afectaban a la comunidad. Así lo reflejan las Ordenanzas de Mestanza de 1530: “Estando ayuntados en la yglesia del señor Santiestevan desta dicha villa a campana tañida según lo que habemos de uso y costumbre”. No fue hasta el siglo XVIII cuando se erigió el edificio del ayuntamiento. El Catastro de Ensenada (1751) señala: “Hay una casa en esta población y plaza pública que sirve de audiencia donde la villa celebra sus decretos y ayuntamientos”.  El Diccionario de Pascual Madoz (1848) indica: “Hay casa de ayuntamiento bastante antigua y cárcel en el mismo edificio”. Es muy probable que el ayuntamiento a mediados del siglo XX fuera el edificio original del siglo XVIII, pues según diversas fuentes se encontraba en un estado absolutamente ruinoso. En 1958 se acometió la primera reconstrucción del mismo; en 1992 la segunda y definitiva hasta la fecha.

Ya pasaron los tiempos en que las recuas de mulos subían y bajaban las calles de Mestanza cargadas de paja, granos o lo que fuera. Jornaleros, mineros, mujeres que iban al Pocillo con sus cántaros… un trasiego constante. Hoy día, con el buen tiempo, los vecinos sacan las sillas a la puerta de sus casas y arman sus coloquios. Sus voces traen recuerdos de otros tiempos; peores en algunos aspectos; mejores en otros.

Una tumba olvidada

A Miguel Martín Gavillero, que descubrió la tumba del extranjero.

Ya nadie deja flores en su tumba, pues fue olvidado hace mucho tiempo. De su paso por el mundo solo queda una lápida de mármol blanco con un epitafio desgastado. Se llamaba Alberto Meyer-Orth, fue un héroe de guerra y vino a Mestanza para morir.

Meyer-Orth nació en la ciudad belga de Lieja en 1888. Eran los tiempos en que Bélgica, durante mucho tiempo oprimida por la dominación extranjera, estaba a punto de convertirse en una gran potencia mundial. Los flamencos y los valones, después de tantas disputas, extendieron sus empresas coloniales al continente africano y un raudal de riqueza fluyó hacia la metrópoli. El progreso parecía inexorable bajo los auspicios del rey Leopoldo II y los ciudadanos, desbordados de optimismo, ponían a sus hijos los nombres de la realeza. La familia Meyer no fue ajena a esta euforia. El padre se llamaba Leopoldo, como el monarca; a Alberto le bautizaron con el nombre del príncipe heredero.

Alberto apenas vivió en Bélgica, pues su familia se trasladó a España siendo él muy pequeño. La familia Meyer estaba compuesta por Leopoldo, su mujer Clara, sus dos hijos varones —Oswaldo y Alberto— y cuatro hijas —Juana, Margarita, Ana Luisa y Alicia—. Leopoldo Meyer, que era ingeniero, fue destinado a la aldea de El Horcajo para dirigir las minas de plomo. El cambio no pudo ser más brusco: la familia dejó atrás las comodidades de una urbe europea para irse a vivir a una aldea perdida del Valle de Alcudia. Un momento difícil de olvidar para la familia Meyer fue aquel lejano día de Año Nuevo de 1901. Tres niños de la aldea no regresaron a sus casas al atardecer. La noticia corrió como la pólvora y enseguida se organizaron las batidas por el monte. Todos los vecinos se volcaron en la búsqueda de los pequeños. Durante tres días y tres noches rastraron la sierra palmo a palmo. La búsqueda resultó infructuosa. El frío invernal de las noches y el aullido de los lobos presagiaban lo peor. Finalmente encontraron sus cadáveres completamente devorados por las fieras. Aquellos días quedaron grabados para siempre en la memoria de la aldea. Para recordar a los tres niños, los vecinos levantaron un monolito de mampostería en la parte más alta del monte. Una lápida a sus pies contenía la siguiente inscripción: “A la memoria de los niños / Bonifacio Rubio / Alejandro Muñoz / León Piernas / Aldea del Horcajo / Enero de 1901”. El monolito sigue allí y aún puede visitarse.

Con el paso de los años, la familia Meyer olvidó el estilo de vida urbano y europeo de Lieja y se enamoró de los paisajes y las gentes del Valle de Alcudia y Sierra Madrona. No extraña que, años más tarde, el duque de Westminster —el hombre más rico del Reino Unido— comprara la finca La Garganta junto a El Horcajo; justo al otro lado del espectacular viaducto de piedra se extienden sus 15.000 hectáreas de sierra virgen habitadas por ciervos y jabalíes. Leopoldo Meyer y su mujer Clara cayeron rendidos a los encantos de Sierra Madrona y adquirieron una finca conocida como El Manzano, en el paraje de Las Tiñosas. Leopoldo conocía bien la zona pues en sus alrededores se encontraba la legendaria mina romana de Diógenes. En la falda de la montaña, construyó una hermosa villa familiar de tres pabellones con todo el confort de la época. No reparó en gastos. Desde sus amplios ventanales se disfrutaba de unas vistas inmejorables para pasar las tardes sin más afán que mecer un whisky junto al fuego. Para las calurosas tardes del verano edificó un elegante balneario de aguas medicinales a la sombra de los olmos y los álamos. Se cuenta que Leopoldo estaba profundamente enamorado de Clara, su mujer. Para ella erigió el famoso templete que da cobijo a la Fuente Agria; también diseñó un deslumbrante jardín alrededor de la villa, repleto de todo tipo de flores: rosas, azucenas, claveles, narcisos, violetas, adelfas, lirios, hortensias, peonias, camelias, magnolias y dalias de infinitos colores. Por desgracia, Clara falleció de forma prematura. Leopoldo decidió enterrarla en el jardín que había creado para ella. La finca fue heredada por Oswaldo Meyer. Hoy día, aún la disfrutan sus herederos.

La vida de Alberto Meyer-Orth sufrió un cambio radical con el estallido de la Primera Guerra Mundial. En el verano de 1914, las tropas alemanas atacaron las doce fortalezas que protegían Lieja, su ciudad natal. Sus gruesos muros de hormigón no fueron capaces de soportar el impacto de los morteros Krupp de 420 milímetros y los Skoda austriacos de 305 milímetros. Tras una heroica resistencia de diez días, la ciudad cayó en manos de las tropas del káiser. Después le tocó el turno a Bruselas y a Lovaina. Finalmente, todo el país fue invadido por los germanos. Aquella brutal agresión sería conocida como la “violación de Bélgica”. Alberto sintió la llamada de la patria y se alistó en el ejército belga a finales de ese año. 

La Primera Guerra Mundial fue una guerra de trincheras. En los primeros compases del conflicto se siguieron los cauces habituales: cargas a pecho descubierto contra el enemigo; pero la aparición de las ametralladoras y las granadas de fragmentación obligaron a los ejércitos a refugiarse en trincheras. Sencillamente no había quintas de reclutas para reemplazar a los soldados muertos, ni hospitales suficientes para atender a los heridos, ni ánimo para soportar la imagen de tantos mutilados. Los combatientes quedaron varados en una guerra de posiciones. Entre las trincheras y las alambradas de espinos de los contrincantes quedaba un terreno fantasmagórico cubierto de embudos gigantescos provocados por los obuses; allí quedaban los cadáveres resecos como momias, junto a sus armas y a los jirones de sus uniformes. Alberto Meyer-Orth combatió durante cuatro años, tiempo suficiente para aprender que son los pequeños detalles los que deciden la suerte de uno. Sobrevivió a los asaltos suicidas a las posiciones alemanas, a la gripe española, a los francotiradores, al hambre y a la niebla mortal de los ataques de gas. Como recompensa a su tenacidad y a su heroísmo en combate, fue condecorado con la Cruz de Guerra del Reino de Bélgica.

La fortuna de Alberto Meyer-Orth declinó al final de la guerra. Fue diagnosticado de paludismo. En principio, todo hacía suponer que su cuerpo joven y robusto podría resistir con ayuda de quinina, pero con el tiempo surgieron complicaciones y la enfermedad derivó en un paludismo severo. Consciente de que ya le quedaba poco tiempo, Meyer-Orth decidió pasar en Mestanza los últimos meses de su vida. Se instaló en una casa situada en el número dos de la calle de la Paz, esquina con la calle del Calvario. Falleció el 4 de octubre de 1928.  A su entierro asistió su hermano Oswaldo y algunos vecinos del pueblo. Sus hermanas Juana y Margarita vivían en Bruselas, y Ana Luisa y Alicia en Berlín, por lo que no pudieron acudir. En su lápida se grabó el siguiente epitafio:

Alberto Meyer-Orth

Condecorado con la Cruz de Guerra

1888 – 1928

R. I. P

Los apellidos de Mestanza

Es curioso, pero la mayoría de la gente no piensa en sus apellidos. Aunque pasan toda la vida junto a ellos, ignoran su procedencia. Entiendo que esto suceda con los apellidos patronímicos, es decir, aquellos que se derivan de un nombre propio, como Juárez (de Suaro), Núñez (de Nuño), Ramírez (de Ramiro) o Ruiz (de Rui). Son ordinarios –en el buen sentido- y no cuentan nada de tus antepasados. Sin embargo, otros apellidos nos muestran de qué lugar procedían nuestros ancestros, dónde vivían o qué oficio desempeñaban. Incluso si sus vecinos les estimaban por su alegría, bondad, cortesía o clemencia.

En Mestanza son muy comunes los apellidos toponímicos. Tras la expulsión de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), los castellanos del norte peninsular se asentaron en nuestras tierras. Sus apellidos revelaban el pueblo desde el cual partieron: los Buendía de Cuenca, los Pareja de La Alcarria, los Molina de Guadalajara, los Aranda de Burgos o los Vozmediano de Soria. En menor proporción, también encontramos a los Palomeque de Toledo, los Yagüe de Yanguas -en Soria- y los Gascón, cuyo origen hay que buscarlo en la Gascuña francesa. Ofrece dudas el apellido Bastante, que algunos especialistas hacen proceder del Valle del Baztán, en el país vasco-navarro.

También son muy usuales en nuestro pueblo los apellidos relativos a ciertos oficios antiguos: Calero, que producía y vendía cal; Carrilero, que preparaba los caminos para el paso de los carros; Correal, que curtía la piel de los venados para elaborar vestidos; Gavillero, que amontonaba las gavillas en la siega; Montero, que perseguía la caza en los montes; o Pellitero, que adobaba y vendía las pieles de los animales.

Otros apellidos hacen referencia a ciertas zonas donde vivía la persona o la familia asociadas a los mismos. El apellido Céspedes alude a un lugar cubierto de hierba (del latín caespitem o campo); Navas apunta a una zona sin árboles, quizá pantanosa, situada entre dos montañas, como la Nava de Riofrío; Serna se refiere a una porción de tierra o sembradura; y Vallejo a un pequeño valle o llanura entre montes.

Por último, ciertos apellidos como Clemente destacaban una cualidad positiva de la persona. Podríamos considerar el apellido Hidalgo dentro de este grupo, si bien es probable que aludiera a una familia perteneciente al estamento inferior de la nobleza.

La desamortización

La desamortización del siglo XIX fue un proceso por el cual se pusieron a la venta los bienes que estaban en las llamadas “manos muertas”, es decir, la Iglesia Católica y las órdenes religiosas. Fue un hecho capital en la historia de Mestanza, pues supuso la privatización de todo su territorio, que durante seis siglos había pertenecido a la Orden de Calatrava y, en última instancia, a la Corona.

Desde la expulsión de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) todo el Valle de Alcudia pasó a depender de la Orden de Calatrava. Durante tres siglos la Orden mantuvo su independencia, hasta que en 1523 fue incorporada a la Corona de Castilla. En cualquier caso, la estructura de propiedad permaneció inalterada hasta la llegada de las primeras desamortizaciones a finales del siglo XVIII. La Mesa Maestral gestionaba directamente 147 millares del valle. El resto de su patrimonio lo delegó a sus encomiendas y a los Concejos de los pueblos (bienes propios del Concejo y bienes comunes de los vecinos) que le pagaban tributos como compensación.

Carlos III procedió a la primera desamortización (1769) con la venta de 48 de los 147 millares que tenía la Mesa Maestral en el Valle de Alcudia. Los 99 restantes pasaron a gestionarse por la Real Hacienda. En particular, por la Dirección de Temporalidades, que era una organización creada para administrar y vender las “temporalidades” (los bienes temporales, no espirituales) confiscados a la Compañía de Jesús. Por este motivo recibieron el nombre de “los 99 millares de las Temporalidades”. En este grupo se encontraban los 28 millares correspondientes a las cinco dehesas de la Mesa Maestral en Mestanza (Frey Domingo, Cuarto de la Cruz, Encina Montosa, El Zote y Las Tiñosas). En 1792, Carlos IV donó las temporalidades a Godoy, junto con el título de Duque de Alcudia, si bien, algunos de estos quintos fueron entregados en 1802 al infante Carlos de Borbón para el sostenimiento de su casa. En 1808, los millares de Godoy retornaron a la Corona y un año más tarde le fueron vendidos a José Bonaparte. En 1814, tras la Guerra de la Independencia, volvieron de nuevo a la Corona. Esto significa que, tras estos múltiples cambios de propiedad, todo seguía igual.

La desamortización de Mendizábal (1836) no afectó a los bienes de la Mesa Maestral, pero sí a sus encomiendas. Los 12 millares de la dehesa de Barrancos (Encomienda de Mestanza) fueron vendidos al financiero madrileño don Francisco de las Bárcenas en 1843. Los 4 millares de la dehesa de Encinilla Rasa (Encomienda de Almuradiel) fueron vendidos a doña María de la Salud Bravo-Murillo en 1841. Francisco de las Bárcenas era un importante hombre de negocios muy allegado a Mendizábal, el ministro que instigó la desamortización. María de la Salud Bravo Murillo era la hermana de Juan Bravo Murillo, que sería ministro de Justicia, Fomento y Hacienda en el reinado de Isabel II.

La desamortización de Madoz (1855) tuvo una importancia decisiva. El artículo 1 declaró en venta todas las propiedades de la Mesa Maestral y los terrenos que ésta había usufructuado a los Concejos municipales (tanto los bienes propios de los Concejos como los bienes comunes de los vecinos). En el territorio de Mestanza, los 28 millares pertenecientes a las cinco dehesas de la Mesa Maestral se vendieron a particulares entre 1871 y 1881. Como es natural, los vecinos de Mestanza no tenían suficientes recursos económicos para pujar en las subastas de los millares. Por tanto, al concluir el proceso de desamortización, la propiedad de todo el territorio había pasado de manos de la Corona a las manos particulares de ciertos oligarcas latifundistas.

Tanto para los oligarcas como para el Estado fue una operación sumamente beneficiosa. La descomunal inyección de dinero procedente de la subasta de los bienes de la Orden de Calatrava —previa expropiación— contribuyó a sanear las arcas de la hacienda pública española. Para los vecinos de Mestanza, por el contrario, la desamortización tuvo un impacto profundamente negativo. Los terrenos del Concejo habían contribuido durante siglos a la subsistencia de los mestanceños. Tras su expropiación y venta, el Ayuntamiento dejó de percibir las rentas derivadas del arrendamiento de pastos a ganaderos foráneos (bienes propios del Concejo) y los vecinos dejaron de tener tierras para cultivar sus alimentos, criar su propio ganado, cazar y recoger leña (bienes comunales de los vecinos). En definitiva, la desamortización de los terrenos concejiles supuso la destrucción de un modo de vida y una organización de autogestión centenarios y abocó a la población a unos mayores niveles de pobreza.

La cocina de Mestanza

El territorio de Mestanza y sus aldeas tiene unas peculiares características históricas y geográficas que han marcado el devenir de su gastronomía. Por un lado, destaca la impronta de los pastores trashumantes del norte de Castilla, que trajeron a nuestras tierras las migas o la caldereta. Por otro lado, su ubicación en las estribaciones de Sierra Morena nos ha legado la cocina propia de los serranos, con abundante caza de jabalís y venados.

Los pastores solían comenzar la jornada con unas migas. Se echaba aceite en un caldero y, cuando estaba caliente, se agregaban las migas de pan, muy bien picadas. Conforme se iban tostando se añadía agua y les daban vueltas una y otra vez conforme al dicho: “Las migas de pastor, cuantas más vueltas mejor”. Las migas eran la comida más común durante la época de la paridera, entre noviembre y diciembre. En un rebaño de mil ovejas podían parir unas ochocientas. Esto daba mucho trabajo y las migas eran una comida rápida y fácil de hacer. Con la llegada el calor, los pastores solían prepara diversos tipos de mojes. En Mestanza hay una gran querencia por estos platos sencillos que, como su propio nombre indica, se degustan mojando pan. Destacan el tumbalobos y la sobrehúsa, que comparten ingredientes: tomates, cebollas y bacalao desmigado.

Al terminar la paridera, con más tiempo libre, los pastores hacían mucho cocido. Por el día se echaban los garbanzos a remojo y por la noche se ponían a cocer en la lumbre. Si alguno se despertaba debía mirar la olla, para ver si se quedaban sin caldo. Y al amanecer, después de dar una vuelta al ganado, se almorzaba el cocido. Con las sobras se hacía una tortilla que era conocida como ropavieja. En mi casa es tradicional comer el cocido con pelluelas, una masa de pan rallado y huevos frita en abundante aceite con ajo y perejil. En Mestanza se suelen echar las pelluelas en leche hirviendo con azúcar, canela y cáscara de naranja.

Si se moría alguna oveja, lo más común era hacer salados. Tras desollarla y deshuesarla, se tenía la carne en sal durante dos o tres días, envuelta en su propia piel. Por último, se colgaba de una encina y a los pocos días estaba totalmente seca. Otras veces se hacía caldereta. Se echaba la carne, se cubría con agua y se ponía a cocer. Con una cuchara había que ir quitando la espuma. Y luego se echaban todos los condimentos: aceite, sal, pimentón, unos ajos machacados con mortero, guindillas y un poco de vino. Después se le daba vueltas hasta que apenas quedaba agua en el caldero. La gastronomía pastoril implicaba tener un fuego encendido de día y de noche. Al levantarse, los pastores echaban un par de leños de encina y prendían durante todo el día. Por la noche, removían con un hierro los tizones y echaban más leña.

El empedradillo (léase “empedraillo”) era un guiso de alubias con arroz al que se añadían pimiento, ajos y tomate. Se solía comer los viernes para guardar el precepto. Este plato tradicional aparece en el libro Valle de Alcudia (1962), de Vicente Romano y Fernando Sanz. Al llegar al cortijo de Sabas –en el Galayo Alto-, los viajeros se disponían a cenar. Entonces Sabas, levantando la tapa del puchero y moviendo su contenido, les preguntó: «¿Les gusta el empedraillo?». «¿Qué es eso?» interrogaron los viajeros. «Alubias con arroz. ¡Lástima que sea viernes y no pueda ofrecerles algo más sustancioso!».

Las criadillas o trufas blancas también aparecen en este libro memorable. Se trata de un manjar oculto en las entrañas del Valle de Alcudia. Los carboneros las buscaban con ahínco hurgando con sus palos en la hierba. Uno de ellos, Eliseo, explica a los viajeros: “Es difícil encontrarlas. Solo salen cuando llueve”. “Asadas están muy buenas” dice Gregorio, otro carbonero. Para hacer miguilla de hongos, se hacía un sofrito con las criadillas y se le añadía agua y miga de pan.

Los calandrajos eran uno de los platos más típicos de nuestro pueblo. Se trataba de un guiso de conejo o de bacalao al que se añadían unas tiras de masa de harina. Nuestros antepasados vieron una peculiar semejanza entre esas tiras de masa y los andrajos de las ropas, tan habituales antiguamente. De esa afinidad surgió el curioso nombre de esta comida.

El tiznao requería de horno de leña y brasas. Se asaban en el horno varias patatas, unos tomates, pimientos, cebollas y un par de cabezas de ajo morado. Al cabo de una hora, más o menos, se sacaban las verduras del horno y se hacía un majado con ellas, quedando una pasta cremosa. Mientras tanto, se ponían un par de tiras de bacalao desalado sobre un trozo de leña. Enseguida las brasas tiznaban el bacalao, que se desmigaba en lascas sobre el majado. El contraste del tizne negro con el blanco del pescado dio nombre a este plato singular que compensaba los aromas fuertes del ajo y el bacalao con la suavidad de las verduras. El pimiento y el tomate son la base de otros dos platos muy apreciados en Mestanza: el pisto y el asadillo. Además del bacalao, el otro pescado que entraba en el pueblo eran las sardinas arenques, baratas y nutritivas.

Las gachas de pitos están documentadas desde el siglo XV y se elaboran con harina de almorta. En una sartén se sofríe panceta, chorizo y unos dientes de ajo. Después se retiran del fuego y se añaden a la sartén la harina de almorta con pimentón. Se le va echando agua para cuajar la mezcla, dándole vueltas hasta que quede en su punto. Finalmente, se añaden los tropezones del sofrito. Las almortas tienen su leyenda negra. Durante los llamados “años del hambre” (al terminar la Guerra Civil), la población vio en la almorta un alimento recurrente para paliar la escasez de alimentos. Tanto se abusó en su ingesta que se multiplicaron los casos de calambres musculares, parálisis y afecciones hepáticas. Se llegó a tal extremo que el Gobierno prohibió la ingestión de almortas por Decreto del 15 de enero de 1944.

                Los galianos o gazpachos de pastor es un plato de la cocina del Quijote. Fueron inmortalizados por la pluma de Cervantes en aquel canto de Sancho a la vida sencilla: “Más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre”. Se trata de un guiso con carne de caza (perdiz, liebre o conejo) al que se añaden unas tortas de pan ácimo muy finas y desmigadas. Antiguamente, una de las tortas servía de cuchara. Otro plato cervantino son los famosos duelos y quebrantos. Bajo este nombre majestuoso se esconden unos sencillos y deliciosos huevos con torreznos que nuestro hidalgo degustaba todos los sábados: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”.

                La mayoría de estos platos estaban al alcance de todas las familias pues los ingredientes no costaban prácticamente nada. Era una cocina ligada a los productos de la tierra y a unos sabores básicos que reconfortaban el cuerpo y el espíritu. Unas migas, unas gachas o un tiznao son la decantación de las más viejas tradiciones castellanas y del espíritu de austeridad de nuestra tierra. Que vivan para siempre.

El maquis

                Tras el desembarco de Normandía en junio de 1944, parecía que la victoria aliada era inminente. Entre los republicanos españoles y los exiliados creció una ola de optimismo. Creyeron que Franco tenía los días contados. El Partido Comunista (PCE), deseoso de aprovechar el viento a favor, organizó un auténtico ejército guerrillero para combatir al régimen. Fueron conocidos como el maquis. Eran, en su mayor parte, comunistas decididos a levantar al pueblo en armas. El maquis en la provincia de Ciudad Real quedó a cargo de la llamada Segunda Agrupación. Estaba compuesta por tres divisiones: la 21, la 22 y la 23. A la División 21, al mando de Eusebio Liborio (a) Labija, se le asignó el valle de Alcudia como campo de operaciones. Durante el año 1945 cometieron varios secuestros y robaron en algunas fincas de Solana del Pino, Brazatortas y Abenójar. En 1946 atracaron la oficina del Banco Español de Crédito de Puertollano y se llevaron 250.000 pesetas. Una fortuna para la época. Unos días más tarde asaltaron un tren de correos entre las estaciones de Veredas y Caracollera. El botín fue memorable: trece baúles llenos de dinero. La alegría les duró poco. A finales de ese año, una delación puso a la Guardia Civil tras la pista de Labija. Le encontraron en Madrid y fue acribillado a balazos. Para sustituirle se nombró a un comunista del ala dura: Paco Expósito (a) El Gafas.              

                El Gafas organizó la División 21 en cuatro partidas. En Mestanza cobrarían fama las de “Trapichea” y “Sevillano hijo”, que eran conocidos como los de la sierra. Por el Valle de Alcudia había otras partidas que iban por libre, como la de Lazarete o el Lechuga, pero los guerrilleros del Gafas eran los más activos. Su silueta era inconfundible: cazadora de cuero, polainas, boina y escopeta de dos cañones. Protagonizaron un sinfín de escaramuzas, atracos y asaltos a polvorines. Llegaron incluso a editar el periódico clandestino Mi lucha para repartirlo entre los campesinos. Sufrieron fríos, lluvias, hambre, duras caminatas nocturnas y combates salvajes con la Guardia Civil. En 1947 el gobierno ofreció una recompensa de 150.000 pesetas a quien capturase al Gafas, vivo o muerto.

                La lucha contra el maquis recayó sobre todo en la Guardia Civil, un cuerpo idóneo por su disciplina y su histórica experiencia en la persecución de bandoleros. En agosto de 1947 se puso al frente de la 204 Comandancia de la Guardia Civil al teniente coronel Eugenio Limia. Entonces comentó una cacería implacable. Se desplegó a la Segunda Compañía de la Guardia Civil en Mestanza, Solana del Pino, El Hoyo, Villanueva de San Carlos y Fuencaliente. Limia implantó nuevos métodos de lucha contra la guerrilla. En particular la creación de las contrapartidas, falsas partidas de guerrilleros compuestas por siete u ocho guardias civiles al mando de un cabo y acompañadas de un paisano conocedor del terreno. Al ir vestidos como guerrilleros, los enlaces del maquis los confundían, cayendo así prisioneros y desvelando el escondite de sus compañeros. En 1948 se crearon los llamados grupos móviles, formados por un sargento, dos cabos y trece guardias. En la demarcación de la Segunda Compañía había cuatro grupos móviles, con bases en Riofrío, Coquiles, Ventillas y Venta de la Inés. Se encargaban de patrullar por los montes, vigilar cortijos sospechosos y asaltar los campamentos cuando los confidentes o las contrapartidas les daban aviso de su ubicación.

                Los hombres del Gafas no tenían piedad con aquellos que consideraban traidores. Los ejecutaban en el acto. En 2003 exhumaron en Solanilla del Tamaral los huesos de uno de ellos. Se llamaba Francisco Pacheco y era enlace entre el comité provincial y la guerrilla. Las contrapartidas de la Guardia Civil le capturaron en la sierra y fue obligado a servir de guía para localizar los campamentos del maquis. En un descuido de los guardias, Pacheco logró huir y fue a dar aviso al Gafas del peligro que corrían. Fue el gran error de su vida. Sus camaradas le acusaron de delator y le pegaron varios tiros. Su cuerpo fue abandonado a merced de los buitres.

                En Mestanza se narraban infinidad de historias del maquis. Hace poco me contaron una de ellas. Sucedió en el caserío de Manuel Pareja, conocido como el cortijo de los Manolillos. En mitad de la noche, un hombre tocó la puerta con una varilla y preguntó si estaba la Guardia Civil. Manuel respondió que allí no había nadie y abrió el portón. Hasta once guerrilleros de la partida del Gafas irrumpieron en la casa. Estaban hambrientos. Tras cerciorarse de que no había peligro, se dispusieron a cenar lo poco que había. Uno de ellos pidió cabo y lezna para coserse una bota. Le oyeron murmurar con resignación: “Lo que es la vida. De médico a zapatero”. Se conoce que ese hombre había sido galeno antes de la guerra. Manuel pensó avisar a la Guardia Civil, pero le aterraba que los intrusos le mataran su yunta de mulas en represalia. No obstante, un pastor que tenía en el chozo logró alcanzar el pueblo. Al poco tiempo, llegaron un sargento y un guardia y abrieron fuego contra la cuadrilla. Dos contra once. Una acción heroica, sin duda. Por no decir temeraria. El sargento cayó gravemente herido y el guardia escapó por los pelos. Los guerrilleros se acercaron al sargento para rematarlo, pero al verle tan malherido, le dieron por muerto. Por fortuna, pudieron curarle en la finca de Las Médicas y salvó la vida.

                Hacia 1948 el maquis acabaría aprendiendo dos amargas lecciones. La primera, que el pueblo estaba cansado de los asesinatos y los robos de ganado, alimentos y prendas de abrigo. La gente ya no quería más problemas y solo deseaba vivir en paz. La segunda, que el partido comunista les había abandonado a su suerte sin compasión. Sus jefes políticos, muchos de los cuales vivían cómodamente en Francia o en la Unión Soviética, acataron la orden de Stalin de abandonar la lucha armada. Los guerrilleros del Gafas, sin apoyos ni objetivos, se convirtieron en un puñado de tipos acosados como alimañas. Durante algunos meses libraron una lucha desesperada, vagando por la sierra como lobos hambrientos. Muchos se entregaron a la Guardia Civil, otros fueron cayendo. De ellos se puede decir que fueron tan criminales como heroicos. Muchos veteranos de las contrapartidas les recordaban con una mezcla de rencor y admiración. Contaban sus asesinatos y tropelías, y también su valor y firmeza. El Gafas huyó a Francia en septiembre. Siempre se situó en el marxismo más radical, opuesto a cualquier aperturismo. En sus últimos años fundó el Frente Marxista-Leninista, del que sería su presidente. Murió el 9 de abril de 1998.

Pozos, fuentes y lavaderos

                El emplazamiento de Mestanza no es casual. Sus primeros pobladores eligieron un cerro de elevada altitud y fuertes pendientes, rodeado de varios arroyos. Mientras que la altitud les permitía resistir un asedio o hacerse fuertes en tierra enemiga, la presencia de arroyos era un requisito indispensable para sobrevivir. Un viejo mapa de 1890 da cumplida cuenta de infinitos arroyos en nuestro territorio. Cuando iba por treinta me cansé de contar y aún quedaban bastantes. Lo cierto es que la mayoría están secos durante gran parte del año. El más cercano al pueblo es el arroyo del Santo, en el camino al cementerio. En 1902 se construyó un puente para sortearlo, aunque nunca he visto correr agua bajo sus arcos. Los arroyos de Valdecabras, Charco Botija o el Venero, sí llevan un caudal más constante, pero están algo alejados de la población y sujetos a sequías periódicas.

Fuente del Pocillo

                Para asegurarse un suministro de agua más estable y cercano, nuestros antepasados crearon pozos, fuentes, lavaderos y abrevaderos. Así surgieron la fuente del Médico, el pilar de los Huertos y, a lo largo del paseo, los pozos de la Rejada, de Enmedio y del Pocillo, donde las mujeres llenaban sus cántaros. Para lavar la ropa acudían al pilar de la Corchera o al lavadero de la huerta de Viruta. Estos lugares entrañables eran un punto de encuentro donde se renovaban los lazos afectivos y se rendían cuentas del estado anímico del pueblo. El chinchorreo era el denominador común de todos ellos. Las mujeres más jóvenes aprovechaban la coyuntura para ver a sus novios, que las esperaban en las esquinas o abrevando a sus animales. El agua de los pozos se extraía con cubos. En ocasiones, se les rompía la soga y eran necesarios unos ganchos de hierro llamados arrebañaderas para sacarlos del pozo. El agua del cubo se vertía en los cántaros. Las mujeres eran capaces de transportar un cántaro en la cabeza y otro en la cadera. Todo un arte, considerando las cuestas del pueblo y el empedrado de las calles.

Fuente del Pocillo

                El Pocillo es un lugar emblemático de Mestanza. Antiguamente, era solo uno de los tres pozos que había a lo largo del paseo. Actualmente, comprende toda el área del paseo, el quiosco, la pista de baile y la fuente del Pocillo. El frescor del arroyo y la brisa suave de la sierra lo convierten en un lugar ideal para las noches de verano. La fuente del Pocillo nació en el año 1901, con la instalación de una noria de hierro. Ese mismo año se comenzó a desbrozar y allanar el viejo camino del Olivar, sembrándolo de árboles para hacer el actual paseo. La fuente era un bello aljibe cubierto de ladrillo y rematado con una pequeña cúpula. Un brocal guarnecía la pileta, en la que varios grifos vertían el agua de los pozos. El agua sobrante iba a un gran pilón donde bebían los animales. La fuente actual es una reconstrucción de la antigua. Hasta la construcción del embalse del Montoro y la llegada de agua corriente a la población, estos tres pozos fueron la principal fuente de abastecimiento de agua de la población.

Pilar de la Corchera

                El pilar de la Corchera era un lavadero situado en la carretera de El Hoyo. Hoy día se llega a sus pilares por un camino muy agradable. Algunos vecinos ya lo conocen como la “Ruta del Colesterol”, quizá por los diversos aparatos de gimnasia que hay en sus inmediaciones. Más famosos fueron, sin duda, los lavaderos de la huerta de Viruta. Eloy Pedrero (a) Viruta era el único carpintero de Mestanza. Su huerta era un verdadero vergel gracias al enorme caudal de agua que brotaba de un manantial cercano. Eloy tuvo siete hijos, cuatro con su mujer y tres con su criada. Para sacar adelante a tanta prole, construyó un lavadero de veinte pilas techadas y empezó a cobrar tres pesetas por pila. Pese a que estaba a tres kilómetros del pueblo, las mujeres iban con sus cestas cargadas de ropa desde muy temprano. Pasaban el día lavando y charlando, cotilleando y bromeando. Muy pocas iban al lavadero municipal y ni siquiera cuando Viruta subió el precio a un duro dejaron de acudir.

Pilar de los Huertos

                La fuente del Médico está justo encima del pilar de los Huertos. En el famoso libro Espejo cristalino de las aguas de España (1697), el doctor Alfonso Limón, la cita como la “Fuente del Pilar”. En sus páginas señala que se trataba de un agua “delgada, cristalina y suave, (…), admirable para sanar los dolores nefríticos” y concluye: “Afirmamos que las aguas de esta fuente de Mestanza son dignas de toda estimación y recomendación”. Respecto al pilar de los Huertos, ¿Cuántas generaciones de niños aprendieron a nadar en sus aguas plagadas de sanguijuelas? El Catastro de Ensenada (1751) ya lo cita por este nombre, si bien la última remodelación data de 1909, cuando se crearon los tres pilones que vemos hoy en día. El pilón alargado servía de abrevadero y los otros dos, de baño para personas y para caballerías. El informe del secretario municipal don Norberto Moreno resaltaba el gran beneficio que suponía esta reforma, al evitar “las molestias y gastos que ocasionaba el tener que ir al río que dista seis kilómetros”. El informe señalaba que en las obras se hallaron “las ruinas del antiguo pilar que databa del tiempo de los árabes”, así como “un pocito redondo (…) que delataba fuera baño de personas aprovechando las aguas minerales procedentes de la fuente del Médico”. Esto convierte al pilar de los Huertos en la primera “piscina” de Mestanza. Cuando se abrieron los baños se contrató a un guarda que cobraba cinco céntimos a los bañistas y diez céntimos a las caballerías. Puede resultar sorprendente, pero incluso se instaló una caseta de madera para que los hombres pudieran ponerse el traje de baño. Las mujeres estaban excluidas de este privilegio, pese a que el pilón de los animales era conocido, irónicamente, como “el baño de las mujeres”. Del camino que conducía al pilar de los Huertos salía una senda a mano izquierda que llevaba al manantial de Fuente Agria. El sendero desapareció, pero hasta hace poco, aún se podía llegar cogiendo una vereda que salía a la izquierda desde la carretera al pantano, dejando a la derecha el huerto de Chicharito. Poco o nada pervive de aquella fuente de aguas ferruginosas. A mí, al menos, me queda el recuerdo de haber recorrido esos senderos con mi abuelo para coger higos y cardillos.

Fuente de los Tres Caños

                En 1952 se produjo un acontecimiento crucial en la historia de Mestanza. El 19 de mayo fue inaugurada la presa del Montoro por el jefe del Estado Francisco Franco. El diario Lanza señaló que “a su paso por Mestanza [el Caudillo] fue objeto de entusiastas muestras de adhesión por parte de todo el vecindario, que había levantado arcos en su honor y engalanado las fachadas de las casas del recorrido que había de realizar el Caudillo a través de la población”. Mi abuelo recordaba incluso algún espontáneo emocionado que se acercó al vehículo más de la cuenta, alarmando a la guardia mora que lo custodiaba. En 1963, por fin, llegó el agua corriente al pueblo. Desde entonces se produce el hecho (casi mágico) de abrir un grifo y ver fluir el agua a raudales. Ese mismo año se inauguró la famosa fuente de los Tres Caños, en los soportales del Ayuntamiento, y fue solemnemente bendecida. Más tarde llegarían las primeras lavadoras. Mi abuela nunca dejó de sorprenderse con este invento y siempre decía: “¡Que listo debía ser quien inventó la lavadora!”.

                Aunque las comodidades presentes pueden inducirnos a ello, no debemos olvidar nunca la enorme importancia de los pozos, las fuentes y los lavaderos. Durante generaciones, nuestros antepasados fueron allí a llenar sus cántaros de agua, el elemento esencial de la vida. De alguna manera, todos sus descendientes albergamos en nuestro interior algo de estos lugares.

Pantano del Montoro

Los datos han sido extraídos de los libros de Miguel Martín Gavillero: Manantiales, fuentes y pozos públicos en Mestanza; y de Rafael Muñoz Romero: Mestanza, entre la historia y la leyenda. Los datos relativos a la huerta de Viruta proceden del blog Dextrangis.

La Mesta

El escudo de Mestanza resume a la perfección la historia de nuestro pueblo. El mayor acierto de su diseño es poner juntos los símbolos de la Mesta (el carnero y la oveja) y de la Orden de Calatrava (la cruz de gules flordelisada). La Mesta es, junto con la Orden de Calatrava, el gran protagonista de estas tierras. Sin la trashumancia mesteña, la historia de Mestanza habría transcurrido en un aislamiento total. Pero la presencia periódica de los pastores del norte de Castilla trabó unos vínculos sólidos con el resto de la comunidad castellana. Tras la derrota de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), el Valle de Alcudia se convirtió en la gran dehesa de invernadero de la Orden. La comarca, que había sido escenario de sangrientos combates entre musulmanes y cristianos, pasó a ser un lugar tranquilo de ganados trashumantes.

La expansión de la ganadería ovina vino impulsada por dos hechos fundamentales acaecidos en la Edad Media. Por una parte, la fundación en 1273 por parte del rey Alfonso X el Sabio del Honrado Concejo de la Mesta, que concedía privilegios especiales a los ganados trashumantes. Por otra, la aparición, a finales del siglo XIII, de la oveja merina, como resultado del cruzamiento de ejemplares procedentes del norte de África con otros autóctonos. La lana de la oveja merina era muy superior al resto de lanas europeas, por lo que se convirtió desde entonces en la base de la economía de Castilla. La ganadería lanar trashumante progresó de forma espectacular durante las siguientes centurias, convirtiendo la industria textil en un negocio formidable. En el siglo XVIII la trashumancia alcanzó su culmen. Nunca fue tan numeroso el colectivo ganadero trashumante y jamás se exportó tanta lana merina.

Las cañadas fueron el auténtico fundamento infraestructural de la trashumancia castellana. Una reglamentación estricta aseguraba su buen funcionamiento. Su anchura máxima era de 90 varas castellanas (75 metros). También existía un profuso tejido de vías secundarias denominadas cordeles (37,5 metros), veredas (20 metros) y coladas (de anchura variable). El término de Mestanza estaba surcado por una intrincada red de vías pecuarias. Aún se conservan tramos de los viejos cordeles de la Sardina (31 km), de Pozo Medina (25 km), de la Dehesa Gamonita (7 km) o de la Laguna de la Alberquilla (5 km). También hay vestigios de la cañada del Terminillo (7 km) y de la vereda de la Antigua (12 km). Además de las vías pecuarias, existe un conjunto de elementos adicionales como los descansaderos de la Posadilla y del Charco de Botija, donde los reposaban los rebaños; los abrevaderos, donde los animales saciaban su sed; y los contaderos, donde la vía pecuaria se estrechaba y permitía contar el ganado.

La Mesta estaba formada por los llamados hermanos de la Mesta cuyos ganados formaban la cabaña real. Se celebraban dos juntas generales cada año: una durante el invierno en una localidad del sur (“los extremos”) y otra en otoño en algún lugar del norte (“la sierra”). Las decisiones se tomaban por votación y los cargos eran de carácter electivo. Al frente de la institución se hallaba el alcalde entregador mayor, cargo de designación real que era ocupado por nobles castellanos. En el segundo escalón estaban los alcaldes entregadores, que representaban al monarca e impartían justicia defendiendo los privilegios de la asociación. Un tercer escalón lo componían los alcaldes de cuadrilla que resolvían los pleitos de las diversas cabañas.

Los monarcas castellanos favorecieron decisivamente los intereses de la Mesta, concediéndole abundantes privilegios. No es de extrañar. En el Valle de Alcudia, las dehesas arrendadas eran propiedad de la Orden de Calatrava, que dependía a su vez de la Corona. Es decir, todas las rentas del arrendamiento iban a parar a las arcas del Estado. El procedimiento de arriendo se gestaba entre la Corona (a través de la Contaduría Mayor de las Órdenes Militares) y los ganaderos en base a un contrato denominado “Recudimiento”. Este documento regulaba la práctica totalidad de los aspectos de la trashumancia. Por otra parte, las Hacienda regia obtenía sustanciosos ingresos fiscales a través del servicio y montazgo que recaudaban los procuradores en los puertos reales.

El apoyo regio también respondía a consideraciones sociales y de política económica. En este sentido, el auge de la Mesta está ligado de manera inequívoca a la expansión del ganado ovino, y en particular de la oveja merina. De la exportación de lana merina dependían los ingresos de miles de ganaderos pequeños y medianos, y muy especialmente, los de buena parte de la oligarquía nobiliaria castellana e influyentes instituciones eclesiásticas. La lana merina era uno de los pocos renglones de la exportación que procuraba divisas en cantidad verdaderamente importante. Los privilegios de los ganaderos mesteños tenían una doble fuente institucional: unos eran concedidos por los reyes mediante disposiciones legales; otros eran acuerdos de los ganaderos en sus juntas anuales. Estos últimos adquirían automáticamente rango de ley en virtud del privilegio sin duda más trascendental de cuantos ostentó la Mesta, el otorgado por Alfonso X en 1273: mando que toda postura y toda avenencia que pusiereis en vuestras mestas, que vos entendieseis que son a mí servicio y a pro de todos vos, que valga.

La villa de Mestanza se opuso en varias ocasiones a los privilegios de la Mesta, pero perdió casi todos los pleitos que sostuvo, tanto en primera instancia como en el tribunal de apelación de la Chancillería de Granada. La llegada periódica de los ganados trashumantes de la Mesta –los llamados serranos– supuso con frecuencia la invasión de los pastos comunes y propios de la villa, lo cual restaba a los vecinos sus medios de subsistencia. El Concejo de Mestanza defendió con vehemencia sus intereses frente a los ganaderos mesteños, motivo por el cual fue encausada en múltiples ocasiones. En 1592, Mestanza fue denunciada por la Mesta ante un alcalde entregador por imponer una multa (“llevar penas y prendas”) a los ganados mesteños que invadieron las dehesas boyales de La Gamonita y La Dehesilla. La Villa replicó que tenía costumbre “desde tiempo inmemorial” de multar a los infractores con 2 reales de día y 4 de noche. La Mesta sostuvo que, conforme a los privilegios otorgados a su cabaña real, no se podían imponer esas penas, sino tan solo cobrar el daño causado en los pastos por los ganados infractores. Mestanza objetó que no entendía que a unos ganaderos se les pudiese imponer una multa y a los mesteños, por el mismo delito, solo se les cobrase, en caso de ser sorprendidos, el daño apreciado. La réplica de la villa concluía: “pues en lo susodicho no habían de ser los unos de mejor condición que los otros”. Finalmente, como era de esperar, Mestanza perdió el pleito-

En 1581, los caballeros de Mestanza prendaron diez machos cabríos a un hermano de la Mesta tras sorprender a su manada pastando en las dehesas comunales. La villa fue demandada por la Mesta y se defendió arguyendo que se trataba de un cabrero de la cercana comarca de Abenójar, es decir, que no era un trashumante del norte de Castilla (“que bajara de la sierra a los extremos”). El argumento de la demandada no fue acogido ni en primera instancia ni en la Chancillería. Ese mismo año, los guardias de Mestanza requisaron los rebaños de dos ganaderos andaluces. Tras la correspondiente denuncia de la Mesta, la villa alegó que eran ganaderos del reino de Jaén y Mestanza estaba en el reino de Toledo, es decir, que no iban “de sierras a extremos”. También perdieron la demanda. Tal era el poder de la Mesta.  

Con la guerra de la Independencia (1808-1814) comenzó la decadencia de la Mesta. El conflicto propició unas circunstancias favorables para la masiva extracción de España de ovejas merinas para aclimatarlas en otros países. Mediante el cruce con otras razas, varias naciones emprendieron una carrera en busca de lanas de mayor calidad. A partir de 1818 aparecieron los vellones de Sajonia y desde entonces, el precio de las lanas españolas en el mercado de Londres sufrió un brutal descenso. En 1836 se abolió la Mesta mediante una Real Orden. Desde esa fecha hasta la segunda mitad del siglo XX se produjo el ocaso de la trashumancia, al menos en su concepción tradicional. Hoy ya no es posible avistar a lo lejos, en el campo, grandes y espesas polvaredas como las formadas por aquellos ganados que la locura de Don Quijote confundió con los ejércitos del rey Pentapolín y el emperador Alifanfarón.