La Virgen de la Antigua

                  El culto a la Virgen de la Antigua, patrona de Mestanza, se remonta al siglo XIV. Así lo acredita la datación de su torso de madera policromada. La cabeza, las manos y el 20190402173646_001Niño se perdieron con el paso del tiempo, siendo los actuales del siglo XVIII. Por tanto, el torso de la Virgen es el objeto más antiguo que nos han legado nuestros antepasados. Tiene nada menos que 700 años. Hace tiempo, pude contemplarlo de cerca. Quedé fascinado por los suaves pliegues de su manto, recogido para sostener al Niño sobre el brazo izquierdo. La túnica, de tonos ocres, tiene un escote redondo enmarcado por una guarnición cuadrada de color rojo que era conocida como orfrés en la Edad Media.

                  En el siglo XIV, el Valle de Alcudia era una región muy famosa. Una de las obras cumbre de la literatura española, El Libro de buen amor, escrito hacia 1330 por Juan Ruíz, Arcipreste de Hita, ya cita “el campo de Alcudia e toda Calatrava”. Tras la expulsión definitiva de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), muchos castellanos del norte peninsular se asentaron en nuestro pueblo. Aquellos hombres trajeron sus costumbres y sus creencias. Fueron ellos quienes introdujeron la devoción a la Virgen de la Antigua. Al parecer, se trataría de una advocación castellano-leonesa. De hecho, en León se encuentra el pueblo de La Antigua, con un templo dedicado a esta virgen y una talla del siglo XII.

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              La ermita medieval de la Virgen se construyó en el paraje de La Vera, en el mismo sitio donde se levanta la ermita actual, en el término de Solana del Pino. Fue erigida en el siglo XIV para dar cobijo a la imagen recién tallada de la Virgen. La primera silosmención a la ermita de la Antigua la encontramos en el Bulario del papa Benedicto XIII (el Papa Luna). En una misiva fechada el 21 de abril de 1412, el papa ordena al arzobispo de Toledo que ratifique la donación del “eremitorio de Mestanza” hecha por don Lope Carrillo, comendador calatravo de la villa, al clérigo abulense Fernando Alfonso, pues “desea consagrarse allí al Señor en unión de otras personas”. Todavía pueden verse las ruinas de sus viviendas y del silo donde aquella congregación almacenaba los cereales. Como era usual en la Baja Edad Media, el silo tiene forma cilíndrica y está escavado en el terreno con una profundidad algo superior a un metro.

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La Cofradía de la Virgen de la Antigua aparece documentada por los visitadores calatravos en 1510, lo cual la convierte en la hermandad viva más antigua de Mestanza. La celebración del Voto, por su parte, aparece descrita en 1569:

Los vecinos de la dicha villa de Mestanza tienen por devoción ir (…) a la dicha ermita cada un año por el dicho día. [Ese día] dicen la misa, [y también dicen] misa al otro día siguiente, y comen en ella, y lo que en esto gastan lo contribuyen entre todos sin gastar cosa alguna de la renta de la dicha ermita. Y que esta es cofradía que tienen hecha los vecinos de la dicha villa por su devoción.

En un documento de 1603, el rey Felipe III autorizaba al Concejo de la Villa a dar “limosna y caridad” hasta la cantidad de 10.000 maravedís en cada uno de los tres días 20190418_233023de fiesta que se celebraban en honor de la Virgen: el domingo de Pascua y otros dos días en agosto por la Asunción de María. Más tarde, el Voto pasó a celebrarse el lunes de Pentecostés y no fue hasta hace poco que pasó a festejarse el último domingo de mayo. En 1905 se decidió trasladar la imagen a la Iglesia de San Esteban, si bien se siguió celebrando la romería en la Vera de la Antigua. Según contaban nuestros abuelos, la imagen se dejaba sobre una piedra en mitad del río Montoro, en el conocido como “Vado de la Virgen”. Allí acudían tanto los de Mestanza como los de Solana del Pino a celebrar la fiesta hasta que, en la década de 1920, se produjo una disputa entre ambos pueblos. La Virgen se quedó definitivamente en Mestanza y tanto la Vera de la Antigua como su ermita cayeron en el olvido.

        No existen fotografías ni grabados de la vieja Ermita de la Antigua. Tan solo disponemos de la descripción realizada en 1948 por Patricio Martín Albo, párroco de Mestanza. Podemos inferir que se trataba de una sencilla construcción de planta20190418_232536 rectangular levantada sobre un zócalo de sillares y con muros de mampostería. El eje mayor seguía una línea este-oeste, apuntando su cabecera (ábside) hacia oriente. Gracias a esta orientación particular, los rayos de sol de la mañana penetraban por las ventanas absidales, iluminando el altar donde estaba la Virgen. La ermita tendría un techo de madera, un tejado a dos aguas con teja curva y una espadaña con su campana. Está documentada la existencia de “dos grandes pórticos a los lados laterales”, esto es, al norte y al sur. La entrada se situaba en el pórtico sur. Una portada construida en ladrillo con un arco de medio punto guarnecía la puerta de doble hoja. El edificio disponía de una habitación para el santero y de una sacristía donde se guardaban varios objetos de culto. También se conservaba un antiguo retablo, una pila de agua bendita y un baptisterio.

          Todo parece indicar que se trataba de una ermita sobria y muy bella en su sencillez. Pero todo se echó a perder por la desidia. El informe del párroco Martín Albo portadaes desolador. Al llegar a la ermita en 1946 se encontró un pórtico lleno de paja y el otro medio derruido. Las puertas de madera estaban arrancadas de cuajo. El interior de la ermita servía para guardar el ganado y el suelo estaba cubierto de estiércol. La espadaña seguía en pie, pero la campana apareció partida en varios trozos. El informe culpaba a un tal Leandro Juárez, vecino de Solana del Pino, cuyo padre había adquirido la finca a los pocos años de concluir la celebración de la romería. Al parecer, tras expulsar a la última santera, aquel noble santuario pasó a convertirse en un cochambroso redil para el ganado. Fue reconstruida en la década de 1950. Del edificio original, parece que solo se conserva la portada de ladrillo, hoy pintada en un tono rojizo. Es el último vestigio de la antigua ermita.

               En 1926, tras la disputa con Solana del Pino, la romería pasó a celebrarse en “Las Pozas”, dentro de la finca de El Belesar. Los mestanceños se dispusieron a construir una nueva ermita en este sitio, pero según contaban, todo el trabajo realizado durante el día era destruido misteriosamente durante la noche. Hubo dos interpretaciones al respecto. Una era que la Virgen no deseaba tener allí su ermita. Otra explicación, más prosaica, sostenía que el propietario de la finca –un tal Pío Garagorri- ordenaba el derribo de las20190420_200801 obras. Por fortuna, un terrateniente llamado Germán Inza, ofreció su finca de Hato Castillo para la celebración de la romería. Se trataba de un hombre muy devoto de la Virgen y de un apasionado del Valle de Alcudia, del cual dejó escrito: “Su sencillez es lo eterno, lo real, lo sagrado y la elegancia máxima”. En el año 1962 se construyó la nueva ermita de Hato Castillo, en lo alto de un cerro situado en vereda de la Antigua, la misma que conducía a la ermita medieval. Muchos vecinos de Mestanza colaboraron en su construcción. Allí se celebran hoy día las fiestas patronales de la Virgen, que sigue gozando de gran aprecio y devoción por parte de los mestanceños. El sábado se celebra la Misa Mayor seguida de una procesión. El domingo tiene lugar la Romería en los alrededores del santuario. Continúan vigentes aquellas bellas palabras de Germán Inza: “La entrada de la Virgen en el pueblo es apoteósica. Cohetes, tracas, rondas de pólvora. Miles de personas. Entusiasmo. Delirio. ¡Viva la Virgen de la Antigua!”.

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Mestanza, un apellido literario

            Mestanza, además de ser el nombre de nuestro pueblo, es un apellido toponímico que se extiende por España y América. El personaje más famoso que lo ha ostentado fue IND119216el poeta Juan de Mestanza Rivera. En 1555, siendo muy joven, viajó a las Indias para hacer fortuna. Pasó muchos años en la ciudad yucateca de Mérida (México), donde alcanzó el grado de teniente general de aquella gobernación. En 1578 había pasado a residir en Guatemala, donde su fama de poeta se extendió hasta España. Miguel de Cervantes le dedica una octava en su Canto a Calíope, incluido en La Galatea (1585):

Y tú, que al patrio Betis has tenido

lleno de envidia, y con razón quejoso

de que otro cielo y otra tierra han sido

testigos de tu canto numeroso,

alégrate, que el nombre esclarecido

tuyo, Juan de Mestanza, generoso,

sin segundo será por todo el suelo

mientras diere su luz el cuarto cielo.

En 1586, al saberse que el corsario Drake había cruzado el estrecho de Magallanes, Juan de Mestanza partió hacia la villa de Sonsonate (El Salvador) para defenderla de los ingleses. Tras este episodio, quizá en agradecimiento, fue nombrado alcalde de la localidad. En 1614 ya había regresado a España, según se deduce de los bellos tercetos que le dedica Cervantes en El viaje del Parnaso (1614):

Llegó Juan de Mestanza, cifra y suma

de tanta erudición, donaire y gala,

que no hay muerte ni edad que la consuma.

Apolo le arrancó la Guatemala,

y le trujo en su ayuda para ofensa

de la canalla en todo extremo mala.

            En la literatura española hay varios personajes ficticios que lucen el apellido de Mestanza. El novelista Benito Pérez Galdós, en sus Bodas Reales (1900) de Los Episodiosgaldós Nacionales, nos habla de un tal Francisquillo Mestanza, natural de Puerto Lápice, de quien nos dice que era algo pendenciero, pues anduvo a puñaladas en la venta de la Tía Inés. Nada que ver con los marqueses de Mestanza, cuya existencia nos narra en su obra El caballero encantado (1909). De la hija de los marqueses, Mariquita de Castronuño, nos dice Galdós que era “riquísima heredera, buena chica, educada en Francia, de rostro no desagradable y figura esbeltísima”.

            El filósofo José Ortega y Gasset escribió las Memorias de Mestanza durante los primeros días de la Guerra Civil. En este libro relata cómo conoció en una posada de ortegaAlbarracín a don Gaspar de Mestanza, “uno de los pocos españoles interesantes que han nacido en los últimos cien años”. Este personaje ficticio había vivido muchos años fuera de España debido a su condición de diplomático. En sus extensas memorias, que el filósofo finge extractar, don Gaspar reflexiona sobre el carácter y la historia de los españoles. También sobre lo efímero de la vida: “Adiós, las penumbras deliciosas. Hay que vivir en adelante bajo una cruda luz de mediodía. Todo está claro, ferozmente diáfano: cada cosa es lo que es y nada más”.

 

 

 

Los carboneros

            El término de Mestanza, con sus extensos encinares, fue lugar de frecuente carboneo. La madera más gruesa, procedente de grandes ramas y troncos, era la carboneros-1utilizada para producir carbón vegetal. Los carboneros trabajaban en cuadrillas de tres o cuatro hombres, que solían ser miembros de la misma familia. En el mes de diciembre partían hacia la finca que habían de carbonear. Los propietarios de la misma, arrendaban esta labor a un contratista que se encargaba de reclutar a los trabajadores del pueblo. Al llegar a la finca, construían un chozo donde acomodar a su familia durante los cinco meses que duraba la faena. Entre enero y marzo se podaban y entresacaban las encinas. Tras terminar el corte, se juntaban los troncos y la leña en el lugar elegido para construir la carbonera. Primero se colocaban los troncos gruesos; después se apilaba la leña para dar al horno una forma redondeada; finalmente, se revestía todo con jara y retama y se cubría con un manto de tierra.

            El carbonero encendía el horno por arriba y tapaba la chimenea. Después abría varias humeras para propagar la combustión. El carbón tardaba en hacerse unos veinte días. Había que vigilarlo sin cesar desde la chabana, un pequeño chozo construido junto a la carbonera. El horno humeaba día y noche. El color del humo indicaba la marcha de la cochura. A veces se producía un hundimiento y había que echar troncos y leña por la brecha para evitar que se hiciera ceniza y se perdiera todo el trabajo. Conforme el horno se cocía, el carbonero iba pisando en lo alto para reducir su volumen. Para realizar esta faena vestía con sus peores ropas. Era un trabajo muy peligroso. Algunos hundieron las piernas y se quemaron vivos.

            La extracción del carbón duraba varios días. Era el trabajo más duro por el calor y el polvo que se tragaba. Al sacarlo no podía amontonarse porque ardía. Había que extenderlo durante tres días para que se enfriase. Un horno corriente proporcionabacarboneros-2 unas mil arrobas de carbón, aunque se hablaba de un carbonero de Alamillo conocido como El Lobo que habría construido un horno de doce mil arrobas en 1932. Una cuadrilla corriente podía sacar unas seis mil arrobas por temporada. Las ramas pequeñas también eran aprovechadas. En este caso no había que construir un horno, sino que una vez amontonado el ramaje, se le prendía fuego. Tras alcanzar la combustión idónea se apagaba el fuego con agua o con tierra. De ambas formas se conseguía un carbón vegetal muy fino, ideal para braseros, llamado picón. A principios del verano, una recua de mulas transportaba el carbón hasta Mestanza. Cada animal cargaba dos serones de cinco arrobas cada uno (más de cien kilos). Los carboneros regresaban al pueblo con sus familias para empezar la temporada de la siega.

            La película Tasiode Montxo Armendáriz muestra fielmente cómo era la vida de los carboneros. Durante una hora y media de metraje, los escuetos diálogos rezuman una emoción contenida. Es un canto a la existencia silenciosa y al amor por las cosas sencillas. En la película se muestra la importancia de la caza furtiva para los carboneros. No faltaba una perdiz o un conejo para vender de estraperlo o para sacar adelante a la familia. Un viejo dicho reflejaba con fidelidad aquella dura vida del carbonero:

                                    Almuerza pan y cebolla,

                                    merienda cebolla y pan.

                                    Y si a la noche no hay olla,

                                    vale más pan y cebolla

                                    que acostarse sin cenar.

Germán Vozmediano en las estepas del Don

                Cuando Germán Vozmediano salió de Mestanza en 1938 no imaginó que tardaría veinte años en regresar a su hogar. Como les sucedió a tantos jóvenes de su generación, la Guerra Civil marcaría su destino. Tras alistarse en un regimiento de img-20190108-wa0013artillería, la visión de un combate aéreo cambió por completo el rumbo de su vida. Eran los días en que mirabas al cielo y veías caer aviones envueltos en llamas. Germán quedó fascinado. A las pocas semanas ya estaba en el aeródromo de Los Alcázares pilotando los legendarios cazas soviéticos Polikárpov I-15 (Chatos) e I-16 (Moscas). Sus dotes como aviador impresionaron tanto los instructores, que fue uno de los elegidos para asistir a la célebre escuela de vuelo de Kirovabad (Azerbaiyán). Pero la suerte le duró poco tiempo. Al finalizar la Guerra Civil, los soviéticos suspendieron las clases de vuelo a los pilotos españoles. Consciente del peligro que suponía regresar a España, Germán decidió permanecer en la Unión Soviética. En junio de 1939, se trasladó a la ciudad rusa de Rostov, donde encontró trabajo como mecánico. Allí conoció a su futura esposa, Tamara Ivanovna. Y allí nacerían sus dos hijos.

               Los alemanes invadieron la Unión Soviética en junio de 1941. Rostov fue ocupada a finales de ese año y Germán decidió cruzar las líneas para incorporarse a los comandos guerrilleros. Durante varios meses permaneció en Moscú, donde recibióppsh-41 instrucción en explosivos, primeros auxilios y manejo de radios. La orientación era de vital importancia en la inmensa y uniforme estepa rusa, por lo que fue formado en lectura de mapas, uso de brújulas y navegación astronómica. De allí fue trasladado a Sukhumi, a orillas del Mar Negro, donde recibió un entrenamiento intensivo de salto en paracaídas. Durante el año 1942 participó en numerosas misiones con el objetivo de destruir líneas de comunicación, tender emboscadas a convoyes, poner minas en las carreteras y, en general, sembrar el caos en la retaguardia alemana. En las estepas del Don era muy difícil actuar. A diferencia de otros lugares de Rusia, no existía la protección del bosque. Tan solo una enorme soledad despoblada de vegetación, donde los guerrilleros vivían a la intemperie y era difícil moverse sin ser visto.

               Germán siempre recordaba una misión en particular. Junto a otros dos españoles se habían infiltrado en territorio enemigo para minar un ferrocarril. El frío trineoera extremo y el viento azotaba la estepa con violencia. En mitad de la noche divisaron varios trineos tirados por caballos. Era un convoy atestado de soldados alemanes. Decidieron atacar pese a ser inferiores en número. Tenían los dedos tan congelados que dudaban si serían capaces de apretar el gatillo. Se frotaron las manos con nieve para hacer circular la sangre. Después rodearon al convoy para atacar con fuego cruzado. No debía quedar ninguno con vida. A una señal de Germán abrieron fuego con sus fusiles PPSh-41. En apenas cinco segundos los españoles vaciaron sus cargadores. Todos los alemanes murieron en el acto. Tras cubrir los cadáveres con nieve siguieron adelante con la misión. Antes del amanecer el ferrocarril estaba minado.

               En enero de 1943 Germán Vozmediano realizó su última misión. Tras embolsar al Sexto Ejército alemán en Stalingrado, los soviéticos habían lanzado un ataque contra varias divisiones que intentaban romper el cerco. Esta ofensiva fue conocida como Operación Saturno. Una parte del plan consistía en destruir el nudo ferroviario de Kanebskaya que conectaba Rostov con Krasnodar. Dos comandos paracaidistas se habíanlisunov_li-2,_snow lanzado sobre el objetivo para dinamitarlo, pero fue un desastre sin paliativos. Todos habían muerto. La madrugada del día 19 de enero despegó un tercer comando del aeródromo Adler (Sochi) a bordo de un avión Lisunov Li-2. Eran seis paracaidistas. Vestían ropa blanca de camuflaje e iban armados con metralletas, pistolas, granadas y material explosivo. Germán era el comandante de esta pequeña fuerza de valientes. La noche era atroz. Soplaban vientos de más de treinta nudos, el doble de la velocidad máxima recomendada para un salto en paracaídas. Sabían que era una misión suicida, pero siguieron adelante. El historiador Antony Beevor decía que “paracaidista es de lo peor que puedes ser en la guerra; siempre tienes el miedo de que el paracaídas no se abra”. No cabe duda. Deben existir pocas muertes más horrendas que los lentos segundos en que una persona plenamente consciente se precipita al vacío. Los fuertes vientos arrastraron a los paracaidistas y al material muy lejos de su objetivo. En el caso de Germán, el aterrizaje fue tan brutal que le dejó ambas piernas destrozadas.

               Ni el científico más sutil ni el filósofo más lúcido han logrado nunca explicar ese absurdo que es la voluntad humana. Pero Germán sabía lo que se jugaba. La terrible narvikOrden sobre Comandos de Hitler exigía la ejecución sumaria de cualquier soldado descubierto detrás de las líneas con uniforme o sin él. Antes de despegar había advertido a su equipo: “Evitad ser capturados y, si os arrinconan, caed luchando”. Germán se arrastró a duras penas por la nieve en polvo, buscando un lugar donde refugiarse. Con la tensión del aterrizaje apenas sentía dolor en las piernas. Solo podía seguir avanzando sin parar, ahogándose con los cristales de hielo que le llenaban los pulmones, sollozando de cansancio y rabia. El termómetro marcaba más de 30 grados bajo cero. Germán agotó sus últimas fuerzas sobre aquel grueso colchón de nieve. Pero un corazón que se obstina en seguir latiendo tiene un gran valor en el tablero de la vida. Antes de caer desmayado, vislumbró un pajar en medio de la ventisca.

               Germán pasó la noche tiritando entre las gavillas de heno. Si se hubiera parado a pensar, le habría parecido que todo era inútil. Tenía la ropa empapada y sus piernas empezaban a congelarse. Los alemanes podían llegar de un momento a otro. Preparó las granadas y agarró la ametralladora dispuesto a morir matando. Al amanecer escuchó un ruido. Asomó la cabeza por encima de unas gavillas y vio a un niño que recogía paja con una pequeña horca. Se arrastró con sigilo hasta situarse a su espalda. En un rápido giro agarró al niño y le tapó la boca con una mano mientras con la otra le mostraba su cartilla militar. El niño, tras un primer momento de pánico, asintió con la cabeza. Parecía comprender la situación. Germán le soltó. Al niño se le iluminó el rostro y esbozó una sonrisa.

               Aunque Germán no podía saberlo, la Gestapo ya había capturado a sus compañeros. Sólo él y un paracaidista bielorruso llamado Vasili Kozhedub habíanzhivotovsky logrado escapar. Todos fueron torturados y ejecutados. La operadora de radio Valya Galtseva llevó la peor parte. Le cortaron todos los dedos, las orejas y los senos antes de dispararle en la nuca. Es obvio que confesaron. Lo que sale de tu boca cuando tienes el cerebro paralizado por las drogas y las torturas no es una simple cuestión de valentía; es algo que no se puede predecir ni controlar. Los alemanes buscaron a los supervivientes con ahínco mientras estrechaban el cerco. Los partisanos rusos pensaban que era imposible rescatar a Germán. Finalmente idearon un plan. Escondieron a Germán en un carro de heno tirado por un caballo viejo y escuálido que los alemanes no quisieran requisar. Lograron llegar a la aldea de Kanevskaya y le alojaron en casa de Iván Nefedov y su mujer Eudoquia.  Avivaron el fuego y le dieron cucharadas de té caliente con miel. Le ayudaron a quitarse su uniforme mojado y le envolvieron con mantas. Un viejo curandero llamado Pavel Nikitovich Zhivotovsky cogió un cuchillo bien afilado y le cortó las botas con cuidado. Al retirar los calcetines se reveló el horrible aspecto de sus pies y piernas. Estaban negras, en un avanzado estado de congelación. Se las frotaron con grasa de ganso, pero la gangrena estaba muy avanzada. Habría que amputar. Con vodka como anestesia y una navaja como bisturí, Zhivotovsky cercenó a Germán ambos pies.

               Lo que sucedió a la mañana siguiente muestra como la realidad supera con creces a la ficción. Al amanecer, dos soldados alemanes irrumpieron en casa de los Nefedov. Encontraron a Germán tumbado en una cama, demacrado. Ya no había nada que hacer. Había llegado el final. “¿Quien es éste?” –preguntaron-. “Es mi hijo” img-20190108-wa0012–respondió Eudoquia. Estaba aterrada. Sabía que los ejecutarían a todos. Balbuceante, acertó a decir: “Está moribundo, tiene tifus”. Al escuchar la palabra “tifus”, los soldados se miraron con horror y salieron despavoridos. Durante los días siguientes, la gangrena siguió trepando por las piernas de Germán. Todos creían que no sobreviviría. Por fortuna, el 2 de febrero de 1943 el Sexto Ejército alemán capituló en Stalingrado y dos días más tarde, un batallón del 1157º Regimiento de Fusileros liberó Kanevskaya. Germán fue trasladado de urgencia a un hospital de Tiflis (Georgia) donde le amputaron las piernas a la altura de la rodilla.

               Al terminar la guerra, Germán volvió a Rostov. Allí permaneció hasta 1957, cuando por fin pudieron regresar a España junto a otros exiliados. Lo hicieron a bordo del buque Krym (Crimea). Al arribar al puerto de Castellón, cientos de personas aguardaban tan emocionadas como los que viajaban en el barco. Allí le esperaban sus hermanos Carlos y Álvaro, y su amigo de la infancia Tomás Vallejo. Ese mismo año Germán regresó a Mestanza. Sus padres ya habían fallecido. Nunca supieron nada del paradero de su hijo. Con lágrimas en los ojos visitó la vieja casa familiar, en el número 16 de la calle de la Iglesia. Allí había venido al mundo cuarenta años antes, en febrero de 1918. Recordó su niñez, las mañanas de invierno recogiendo leña, las calles donde correteó con un trozo de pan y un puñado de higos secos en su alforja, los senderos que transitó armado con un palo por si tenía un mal encuentro canino, los atardeceres interminables junto a sus amigos en el Pilar de los Huertos.

               En 1977, veinte años después de su regreso a España, el gobierno ruso invitó a Germán a Kanevskaya para recibir un homenaje. Fue un acto muy emotivo. Lasimg-20190108-wa0009 autoridades locales le ofrecieron pan y sal conforme a la tradición. Acompañado de su mujer, Germán visitó las tumbas sus compañeros y depósito una corona de flores en el monumento a los caídos. En medio de un gran silencio, observó pensativo el obelisco. El momento más entrañable fue la visita a la casa de los Nefedov. Una anciana salió a recibirle. Era Eudoquia Nefedov. Un periodista ruso lo describió así: “Este reencuentro es difícil de explicar. Solo se miraban. No salían las palabras. Germán, con la emoción a flor de piel, mezclaba palabras rusas y españolas. Palpitaban los labios y había lágrimas”.

               En 1991 murió nuestro paisano Germán Vozmediano Espinosa, que sobrevivió a la implacable cacería del ejército alemán a temperaturas polares, que fue Héroe de la 4Unión Soviética, que obtuvo dos órdenes de la Guerra Patria de Primer Grado, la Orden de la Bandera Roja, la Orden de la Insignia de Honor y numerosas condecoraciones. Siempre se mostró reservado y modesto sobre su papel en la operación de Kanevskaya. Quien firma estas líneas tuvo el placer de charlar con su hijo Carlos. Mientras me mostraba las viejas medallas de su padre, me dijo emocionado que siempre se sintió orgulloso de haber nacido en Mestanza. Ni un solo día de su vida había dejado de acordarse de aquellas tardes luminosas en el Pilar de los Huertos.

 

FOTOGRAFÍAS

Foto 1: Germán Vozmediano, fotografía del Museo de Guerra de Kubán (Krasnodar).

Foto 2: Guerrillero soviético con fusil PPSh-41.

Foto 3: Soldados alemanes en trineo. Frente oriental.

Foto 4: Avión Lisunov Li-2 para el transporte de comandos paracaidistas.

Foto 5: Comando paracaidista.

Foto 6: Pavel Nikitovich Zhivotovsky, curandero que amputó ambas piernas a Germán Vozmediano.

Foto 7: Germán Vozmediano con su esposa Tamara Ivanovna (de pie a la derecha) y partisanos rusos (año 1977).

Foto 8: Germán Vozmediano abrazando a Eudoquia Nefedov.

Foto 9: Condecoraciones obtenidas por Germán Vozmediano.

Fotos 10 y 11: Homenaje de las autoridades rusas a Germán Vozmediano.

 

Los panaderos de Mestanza

            La invención del pan es uno de los grandes logros de la humanidad. Conseguir un alimento normal a partir de plantas es un trabajo difícil. El trigo es inútil como OLYMPUS DIGITAL CAMERAalimento hasta que se convierte en algo mucho más complejo como el pan. Y eso requiere mucho esfuerzo. Hay que separar el grano y molerlo hasta convertirlo en harina. Luego mezclar esa harina con levadura, agua y sal para formar la masa. Después hay que trabajar la masa para que adquiera una determinada consistencia. Finalmente debe hornearse con precisión y cuidado. Cualquier alteración puede dar al traste con todo el proceso.

            La tradición panadera de mi familia se remonta a 1929. Aquel año murió mi bisabuelo Canuto Montero (n. 1876) a resultas de la silicosis contraída en las minas de plomo. Su muerte dejó en un desamparo absoluto a su mujer Francisca Buendía (n. 1879), a sus cuatro hijas –Engracia, Brígida, Juana y Alvarita- y a su hijo Canuto, el más pequeño. Para sacar adelante a la familia, los hermanos de Francisca, Manuel y Acisclo, que eran albañiles, le construyeron un horno en su casa de la calle del Charco. Desde entonces, mi bisabuela sería conocida como Quica La Hornera.

            Para calentar el horno hacía falta mucha leña de encina. En los primeros años la compraban a dos reales la carga, pero cuando Canuto creció, la recogía él mismo concasa el carro de un vecino. Cada día, dos mujeres del pueblo iban a la casa de Quica con su harina y levadura. Era una harina poco cernida que amasaban en la artesa hasta llenar un tablero. Quica y sus hijas cocían el pan muy temprano. Una cochura diaria de hogazas de cuatro libras. De una fanega de trigo salían unos treinta panes. Hogazas redondas de miga prieta y gruesa corteza sobre la que se trazaba el signo de la cruz. Mi padre aún recuerda aquel olor a pan reciente que flotaba por la calle del Charco. Al amanecer, los pastores llenaban sus costales con docenas de hogazas para pasar largas temporadas en el campo. Los arrieros les daban pan con vino a las mulas y metían en su zurrón media hogaza y un par de torreznos. En 1962 murió Quica La Hornera, cuando estaba a punto de cumplir 83 años. Antes de morir, mi bisabuela expresó su deseo de ser enterrada junto a su hermano Acisclo, que había fallecido en 1945. Nunca olvidó que fue aquel horno construido por su hermano el que salvó a su familia.

 

         Con el correr de los años llegó savia nueva al negocio. Engracia, una de las hijas de Quica, se casó con José Rosa Ruiz. Era un hombre emprendedor que había sido josé rosamolinero desde muy joven. Al principio montó su propia panadería en el horno de su suegra, pero después se trasladó a un local más amplio en la calle Real, al lado del bar La Chencha. Junto a José Rosa trabajaba su yerno Graciano, primero recogiendo leña y luego haciendo pan. El negocio prosperó rápidamente. En aquellos tiempos el pan era un alimento esencial. Para muchos vecinos, el pan no era tan solo un acompañamiento importante para la comida, sino que era la comida. En el último tercio del siglo XX cogieron las riendas de la panadería Celestino, hermano de José Rosa, y su hijo José María. No sería justo olvidar a sus mujeres –María y Magdalena-. Con ellos llegó una cierta mecanización: una amasadora eléctrica, una pesadora, un horno de gas giratorio.

            Hoy día, la estirpe de panaderos pervive en David, un hijo de José María. Su mujer Mari Luz y él regentan la panadería de Mestanza. Gracias a ellos seguimos disfrutando del pan moreno. Un pan de miga hueca al que dan tres cortes en forma de triángulo antes de meterlo en el horno. Hay quien todavía lo llama por su antiguo y poético nombre: “pan de cogote de zorro”.

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FOTOGRAFÍAS

Foto 1: Mi bisabuela Quica La Hornera (sentada).

Foto 2: Casa-tahona de Quica La Hornera.

Fotos 3 y 4: Sepultura de Acisclo Buendía y su hermana Quica La Hornera.

Foto 5: José Rosa Ruiz en la mili. Fotografía del blog Dextrangis.

Foto 6: Mari Luz y David, panaderos de Mestanza. Fotografía de Ibán Yarza.

 

FUENTES

http://extrangis.blogspot.com/2017/10/panaderos-en-la-familia-de-mestanza.html

Ibán Yarza. Pan de pueblo: Recetas e historias de los panes y panaderías de España. Grijalbo. 2017.

La mina romana de Diógenes

            Los romanos comenzaron la conquista de Hispania en el año 197 a.C. atraídos por su riqueza minera y agrícola. Las minas de plomo y plata del Valle de Alcudia llamaron enseguida su atención. En especial, la mina Diógenes, en el paraje de Las Tiñosas, junto a un rico filón de galena argentífera de hasta 3,5 kg de plata por tonelada de plomo. A finales del s. II a.C. los romanos ya habían construido un poblado (el denominado Diógenes I) y una fundición junto a la explotación minera. Este asentamiento poseía una posición privilegiada, a medio camino entre Sisapo (La Bienvenida) y Castulo (Linares), que eran los dos principales centros mineros de la región íbera de Oretania. Un epígrafe romano hallado en Castulo (del cual solo se conserva una copia del s. XVI) menciona la existencia de un camino entre ambas ciudades, que serviría para transportar el mineral desde Diógenes a través de Sierra Morena hasta el río Guadalquivir.

         En su amplio estudio La mine antique de Diógenes (1967), el arqueólogo Claude Domergue describe la enorme longitud de los pozos (de hasta 170 m de profundidad) y muestra su asombro por las trincheras excavadas para trabajar en superficie, cuyalucerna_ceramica_romana visión le resulta impresionante. El estudio también detalla un abundante material arqueológico: lámparas, ánforas, monedas y diversas cerámicas. Las lámparas de aceite (lucernas), que servían para iluminar las galerías más profundas, aparecieron en hornacinas excavadas en la roca. La presencia de monedas está relacionada con la existencia de mano de obra asalariada, lo cual significa que los mineros no eran esclavos en su totalidad. Con la circulación monetaria, la población de Diógenes entró en un circuito comercial propiamente romano. Con el salario obtenido, los mineros compraban vino y aceite -como reflejan las numerosas ánforas encontradas- o cerámicas de importación.

            Roma era la propietaria de Diógenes y concedía a un individuo o a una sociedad el derecho a explotarla a cambio de una renta. El acceso a la mina se realizaba a través de pozos verticales que daban acceso a las distintas galerías. Los mineros bajaban por unas escaleras de madera o mediante poleas. En las galerías, la ventilación era escasa y el aire estaba bastante viciado por el polvo de la roca. En ocasiones los túneles eran tan estrechos que su explotación debía hacerse con niños. Una de las principales preocupaciones de los ingenieros romanos era la inundación de las zonas situadas por debajo del nivel freático. Prueba de ello es el hallazgo más sorprendente de Diógenes: un tornillo de Arquímedes que yacía a 170 m de profundidad. Este artilugio, descrito por Estrabón, consistía en un largo eje de madera con chapas de cobre clavadas en espiral que, al ser girado, subía el agua desde las galerías a la superficie.

            Una vez extraída la mena (mineral antes de ser limpiado), las mujeres y ancianos procedían a triturarlo con martillos. Después se procedía al lavado de los restos para sisapoeliminar la ganga y dejar el mineral puro (la galena). Para este cometido se empleaban cajones de madera con cribas que se sumergían varias veces en el agua. Finalmente se fundía la galena para obtener plomo y plata. Los hornos de fundición estaban situados en la zona alta del poblado para evitar los humos nocivos. La galena fundida daba como resultado unas tortas de plomo que, tras separar la plata, se moldeaban en forma de lingotes para su transporte a Sisapo o a Castulo.

            El auge de la mina Diógenes finalizó a mediados del siglo I a.C. y el poblado fue abandonado. Diversos autores achacan esta decadencia a varios factores, como la competencia de las minas de plomo británicas, el agotamiento de algunos filones o la baja rentabilidad de la explotación debido a su difícil acceso. No obstante, un siglo después, se levantó un segundo asentamiento (el denominado Diógenes II) al oeste del anterior. Este nuevo poblado, más modesto que su antecesor, reanudó la extracción de galena durante varias centurias más, hasta caer en el olvido con la invasión de los pueblos germánicos a principios del siglo V.

            No me deja de sorprender que mi abuelo trabajara en la mina Diógenes veinte siglos más tarde. Tras terminar la Guerra Civil había pasado dos años en un campo de diógenes 1944prisioneros del norte de África. Regresó a Mestanza en junio de 1942. La mina acababa de reiniciar su actividad con la instalación de un lavadero de minerales. En 1943 comenzó a trabajar como entibador. Era un oficio peligroso. Mi abuelo, como todos los mineros, sabía que enfermaría de los bronquios y moriría joven. Con solo once años había visto morir a su padre de silicosis. Pero los salarios eran mejores y garantizaban el sustento de las familias. Todas las mañanas una cuadrilla de mineros recorría a paso ligero los ocho kilómetros que separan Mestanza de Diógenes. Y otros ocho de vuelta tras finalizar la jornada. Mi abuelo extrajo galena de aquellos viejos filones romanos durante ocho años. En 1951 se trasladó a la mina La Extranjera, cambiando el plomo por el carbón.

            El antiguo balneario de Las Tiñosas está oculto en un bosque de grandes pinos, álamos y olmos. Es fama que sus aguas curan enfermedades de la piel. Los mineros de tiñosas 3Diógenes pasaban temporadas en unas casas cercanas conocidas como “los cuartelillos”. Las hileras de casas se hacinan en un saliente. Son muy bajas y pequeñas, a menudo no más de una pieza y la cocina. Un agradable camino conduce a la famosa fuente agria. Un bello templete de madera, que antaño lucía un tejado de pizarra, cobija la fuente. Está cubierta de óxido y verdín. El agua tiene un fuerte sabor ferruginoso. Otro camino asciende al balneario entre chopos y castaños. En el patio principal hay una pequeña piscina semicircular con gradas de ladrillos carcomidos. En el centro se encuentra el manantial. Un banco de mampostería, protegido por un porche, recorre las paredes. Aunque lleva derruido muchos años, yo me bañé en sus aguas heladas siendo muy niño, allá por 1980.

            La mina Diógenes cerró en 1979. Fue la última de la comarca. Del poblado moderno ya solo quedan ruinas. Ahora es solo una finca de ganado. Todavía se puede caminar por la calle principal, ancha y sin empedrar. Quedan restos de lo que un díabalneario_las_tinosas_foto_vicente_luchena fueron el economato, el cuartel de la Guardia Civil, la fonda, la residencia de ingenieros o el casino. Incluso un cine. Solo la iglesia se conserva en buen estado. Cada 12 de mayo, los antiguos vecinos y sus descendientes se reúnen aquí para celebrar la romería de la Virgen de las Minas. Vienen de Madrid, Valencia o Santander. En su DNI no figura que nacieron allí, porque el pueblo ya no existe. Comparten migas manchegas y recuerdos, alegrías y tristezas, nostalgia de lo que fue Diógenes. Una cruz de madera porta una corona de laurel con una banda que reza: “En recuerdo de los que ya no están”.

tiñosas 1
Cuartelillos de Las Tiñosas
iglesia diógenes
Iglesia de Diógenes

El Día de los Santos

¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

G.A. BÉCQUER, Rimas y Leyendas

                  Todo el mundo sabe que la noche de Santos a Difuntos los muertos regresan a casa para cenar. Desde hace siglos, los mestanceños han evitado este reencuentro estatua cementeriotapando con gachas las cerraduras de sus puertas. Además, para asegurarse de que ningún alma en pena entraba en sus hogares, solían embadurnar las fachadas con una pasta roja de arcilla. Esta tradición es una reminiscencia del libro del Éxodo. Durante la décima plaga de Egipto, Dios había ordenado a los hebreos marcar sus puertas con la sangre de un cordero. De esta forma, el ángel de la muerte no penetraría en sus casas para matar a los primogénitos. Otra de las costumbres de la noche de Difuntos era poner velas en las habitaciones menos frecuentadas de la casa. El pabilo iluminaba los muebles severos de la estancia vacía, resaltando la ausencia de los que habían vivido y ya no estaban. El blog Dextrangis destaca otra curiosa tradición: la de mirarse la sombra en la mañana de los Difuntos. Al parecer, si la sombra tiene adosada la cabeza, puedes estar tranquilo, pues no morirás en el año siguiente.

                  El mundo de los fantasmas y los espíritus errantes siempre ha estado presente en nuestro pueblo. Ya en el siglo XVIII existía la Cofradía de las Benditas Ánimas del Purgatorio, cuyo cometido era sufragar misas y rezos para que las almas en pena encontraran la paz eterna. Pedro Almodóvar recogió en su película Volver (2006) la volvercotidianidad de los aparecidos en nuestra comarca. Cuando se estrenó en Puertollano, el director afirmó: “Es una película sobre la cultura de la muerte en mi Mancha natal. Mis paisanos la viven con una naturalidad admirable. El modo en que los muertos continúan presentes en sus vidas, la riqueza y humanidad de sus ritos hace que los muertos no mueran nunca”. El libro Mitología y superstición en la Mancha (2014) recoge varios testimonios acerca de aparecidos en nuestro pueblo. Ramona Sánchez afirmaba que “a su prima Antonia, que vivía en Mestanza, se le aparecía un primo hermano para que pidiera a la familia que lo trasladaran a la tumba donde estaban sus padres porque en la suya se sentía muy solo”. Basilio Limón contaba que “a su prima Luisa se le aparecía su abuela y le pegaba bofetadas y tirones de pelo para que cumpliera no sé qué promesa”.

                  El cementerio es el escenario donde, al menos una vez al año, los vivos honran a sus muertos. En el Día de los Santos, se mantiene imperturbable el rito de limpiar las cementerio 2lápidas y poner flores a los que se fueron. Las mujeres barren entre las tumbas mientras charlan. Echan las hojas al pasillo central. La vida y la muerte van de la mano. El actual cementerio se construyó en torno a 1834. El Libro de Defunciones señala que ese año “se enterró en el Campo Santo de esta villa” y el Diccionario de Pascual Madoz (1848) dice que “en las afueras se halla el cementerio que no perjudica a la salud”. Con anterioridad a esa fecha, los muertos eran enterrados en los alrededores de la iglesia. Hasta hace poco existía un muro terrero en la calle que baja desde la iglesia a la plaza. Si te acercabas un poco, podías ver que estaba lleno huesos.

                  Hoy día la fiesta de Halloween se ha impuesto a la tradicional celebración del Día de los Santos. El nombre es una contracción del inglés All Hallows´Eve, en español halloween“Víspera de Todos los Santos”. Su origen parece ser la fiesta celta de fin del verano llamada Samhain. El famoso “truco o trato” y las calabazas demoniacas han ido arrinconando, poco a poco, a las representaciones de Don Juan Tenorio y a los huesos de santo. Por este motivo, Halloween tiene muchos detractores. En mi opinión, ambas celebraciones son compatibles. Es sumar una fiesta, no dejar de celebrar otra. La asimilación de otras culturas es algo normal, necesario y beneficioso. En especial, Halloween es una fiesta que aporta alegría, diversión y pasar un buen rato con los amigos. Por si fuera poco, a los niños les encanta.

                  Nunca es un mal momento para divertirse.