La siega y la trilla

          Cuando llegaba el tiempo de la siega, los hombres se dirigían con sus hoces a los campos de trigo y de cebada. La jornada empezaba temprano, para evitar los calores del verano. Entonces, las cuadrillas de segadores comenzaban a avanzar por los prados siegacomo un ejército implacable. Con una mano cogían la mies y con la otra la cortaban. Y así durante horas, con movimientos recios y acompasados. La mano que cogía la mies se protegía de los cortes de la hoz con dediles de cuero. Cuando tenían un manojo lo dejaban en el suelo. Los atadores marchaban tras ellos haciendo gavillas con los manojos y atándolas con cuerdas de esparto para formar los haces. En las horas de fuerte calor, el sudor que los inundaba producía un agradable frescor, y el sol les quemaba la espalda, la cabeza y los brazos descubiertos hasta el codo. Por todos los lados aparecían niños llevando hatillos de pan y gazpacho. También botijos con la boca y el pitorro cuidadosamente tapados por una redecilla. Los hombres no creían haber tomado una bebida más agradable que aquella agua con regusto a anís. Ahora podían enjugarse el sudor y respirar a pleno pulmón, admirando el nuevo aspecto que ofrecía el prado. Se extendía ante sus ojos un gran espacio segado, con alineados haces de olorosa mies, resplandeciente bajo el sol.

          Tras la siega venía el tiempo de la trilla. Había muchas eras para trillar alrededor del pueblo: las del Manzanillo, las del Telégrafo, las del Cementerio… pero las más famosas eran las que había al final de la calle del Charco, donde yo tanto jugué trilla -ilustración del s. XVI-durante mi infancia. Los hombres hacían la parva tendiendo la mies sobre la era. Después, una yegua tiraba del trillo quebrando la parva y separando así el grano de la paja. En ocasiones, dejaban a los niños montar en el trillo, pues disfrutaban dando vueltas como en un tiovivo, azuzando a las bestias y sacudiendo el látigo en el aire. A veces, corrían tanto que el trillo se salía de la parva y rozaba la tierra con las púas y las chinas de la tabla. Lo cierto es que era un trabajo tedioso y los trilladores se quedaban adormecidos de dar vueltas y más vueltas al trote cansino de las yeguas, bajo el calor riguroso del verano. Como dijo un poeta: “Crujen los trillos, salta la gavilla, dormitan los gañanes”[1].

          Al primer anuncio de brisa ya estaban aventando. Las eras se situaban en montículos elevados para poder coger todo el viento posible. Los hombres cogían la parva con el bieldo y la lanzaban al aire. El viento hacía lo suyo, dejando caer el grano en un montón y llevándose la paja a otro lado. Después los animales cargaban los costales de cereal para ser guardado en las trojes.

          La vida en Mestanza no era fácil. Salir adelante constituía un ambicioso propósito ante unos medios escasos. El trabajo era desbordante. Se han llegado a contabilizar más de cuatrocientas decisiones en la sucesión de labores que iban desde la siembra del trigo aventando el trigo. gerda tarohasta su almacenamiento en el granero[2]. Donde se aprendía era en el campo -no en la escuela-. Trabajando desde pequeños y observando a los mayores y a su alrededor. La observación atenta y minuciosa de cuanto les rodeaba era la herramienta más valiosa con que contaban nuestros antepasados. A su alrededor no había más que señales. El color de la mies, el vuelo de los pájaros que presagiaba lluvia, el movimiento de las nubes. Su ojo no descansaba. Eran ávidos lectores de la enciclopedia natural que les rodeaba. Y no la leían sólo con los ojos. Su conocimiento se construía con todo tipo de percepciones. Vista, oído, olfato, tacto, gusto. Era el cuerpo en su conjunto el que percibía. Un conocimiento corporizado. De ahí las unidades de medida que utilizaban: el manojo, la brazada, el pie, la pulgada.

          Cuando llega el verano, las tardes se alargan por el cielo. El grillo recibe el canto de la cigarra. Caminamos por el rastrojo y cruje. Pero ya no vemos los instrumentos del verano. Las horcas, las palas, los bieldos, las carretas con sus varales. El sol inclemente de julio ya no encuentra trillos deslizándose sobre las eras de Mestanza.

 

[1] José Antonio Muñoz Rojas. Las cosas del campo. Editorial Pre-Textos. Valencia. 2007. Primera edición de 1950.

[2] Jan Douwe van der Ploeg. “El proceso de trabajo agrícola y la mercantilización”, en Ecología, campesinado e historia. Eduardo Sevilla Guzmán y Manuel Luis González de Molina Navarro (eds.). 1993.

 

Esquiladores

          En verano mi abuelo Juanjo pasaba unos días esquilando ovejas en la aldea de Retamar. La cuadrilla madrugaba para recorrer a pie los quince kilómetros que esquileoseparaban esa pedanía del poblado minero de La Extranjera. Desde primera hora de la mañana ya estaban trabajando en la estancia, agachados en hilera. El manijero paseaba entre ellos, vigilando que alguno terminase para enrollar el vellón y llevarlo a la lanera. La esquila se comenzaba por la cabeza y terminaba por la falda. Las patas se dejaban para el final y su lana era la única que no salía unida al vellón. Con los sucesivos esquileos el proceso parecía una cuidada coreografía de giro, arrastre, corte y volteo de la oveja.

          A media mañana ya apretaba el calor del estío y los hombres sudaban copiosamente. En el cuarto cargado de olor a ganado solo se escuchaba el sonido de las tijeras. Un tijereteo solo interrumpido para llamar al morenero, que acudía con un bote repleto de polvo de fragua para restañar las heridas del esquileo. Aunque la parte del cuerpo que se estaba esquilando se mantenía cuidadosamente estirada para evitar hendiduras o pliegues susceptibles de ser cortados por la tijera, siempre había heridas. Si eran profundas se cosían con una aguja gruesa. En ocasiones, los hombres tenían entretenidos a los niños recogiendo telarañas para cubrir los pellizcos y conseguir que la sangre se coagulara.

          Tras un breve descanso para echar un trago a una botella de vino o para rebaño en dehesafumar un cigarro, se volvía al tajo hasta que se ponía el sol. En la primera jornada esquilaban unas treinta ovejas al día, pero en las siguientes podían llegar a las cuarenta. Como cada vellón pesaba entre dos y tres kilos, cada esquilador podía llegar a hacer cien kilos en un día. Las ovejas esquiladas encontraban de nuevo a sus corderos gracias a su balido, pero los corderos pequeños parecían confundidos ante la visión de aquella oveja escuálida y calva que salía a su encuentro, y huían en busca de otra madre en condiciones.

          Hace milenios, las ovejas apenas tenían lana. Su aspecto era similar al de las cabras. Los vellones de estos herbívoros estaban constituidos por dos tipos de fibras bien diferenciadas. En el exterior, una jarra de pelos largos y gruesos cuya función era249 proteger al animal del viento y la lluvia. Por debajo, pegado a la piel, un pelo más corto y fino que servía como aislante térmico y que era la lana. Los pastores neolíticos fueron modificando el pelaje de las ovejas a fuerza de selección, aprovechando la lana y despreciando la jarra. Ésta fue desapareciendo y la lana se hizo más densa y abundante. Las mudas dejaron de ser anuales como en el resto de animales salvajes, por lo que el vellón crecía de forma continua y era necesario esquilarlo periódicamente.

          Si hubieras soltado a un campesino del siglo XV en aquella estancia, entendería perfectamente que estaban haciendo mi abuelo y su cuadrilla. El esquileo seguía un patrón que se había mantenido inalterado desde hacía muchos siglos. Nadie sabe exactamente cuándo comenzó esta labor, pero los arqueólogos han encontrado herramientas diseñadas para esquilar datadas en la Edad de Hierro (1000 a.C.). Estas tijeras rudimentarias constaban de dos cuchillas enfrentadas y unidas por un arco de acero que actuaba de muelle.

          Aún quedan muchos rebaños de ovejas en Mestanza, pero ya no queda nada de aquel mundo. Desde los tiempos del Neolítico, innumerables generaciones de campesinos modelaron el territorio dejándolo tal como lo vemos hoy. Pero de repente, desaparecieron como esas míticas civilizaciones perdidas de las que solo quedan ruinas ciclópeas. La diferencia es que fue ayer mismo, mis padres aún lo recuerdan y pueden dar testimonio de esa civilización extinguida. Aquel mundo había durado desde siempre y parecía estar dispuesto a prolongarse idéntico en el porvenir. Y desapareció en un suspiro, en el tránsito de unos pocos años.

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Las Piedras del Hituero y el Jueves Lardero

A mis padres      

          Existe en Mestanza un sitio mágico donde parece manar una primitiva energía telúrica. Este lugar donde se cruzan el arbitrio de la naturaleza y el albedrío de los hituero1hombres es conocido desde tiempos inmemoriales como las Piedras del Hituero. Se trata de unas enormes piedras bruñidas por el paso de los siglos que sirvieron a nuestros antepasados como un hito en el camino –de ahí su nombre[1]– y como un lugar donde celebrar sus festividades paganas. No es casualidad que hasta hace pocos años, los mestanceños peregrinaran hasta este sitio para dar comienzo al carnaval, la más pagana de todas las fiestas. Era el llamado Jueves Lardero durante el cual las familias comían el célebre hornazo, una torta de masa cocida con un huevo y un chorizo, que servía de despedida antes del ayuno de la Cuaresma. La palabra lardero, que procede del latín lardum, significa precisamente tocino.

          En los carnavales de 1934 apareció una comparsa titulada Estudiantina de Diego Corrientes y su partida que ganaría diversos premios en varios pueblos de la provincia. diego corrientesSu autor, Juan Aranda Serna, versificó una antigua leyenda según la cual el famoso bandido Diego Corrientes (1757-1781), el llamado “bandido generoso” que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, habría pernoctado en las Piedras del Hituero:

Hemos dormido esta noche

en las Piedras del Hituero,

y llevamos a esta hembra

que la llamamos Consuelo.

Consuelo del alma mía,

lucero resplandeciente,

vente ya con la partida

que aquí está Diego Corrientes.

Diego Corrientes te jura

lo que tiene prometido:

que serás la capitana

de todos estos bandidos.

          Al Hituero se llega por el viejo camino de Fuencaliente. Este sendero, hollado por arrieros desde hace siglos, sirvió de retirada a las maltrechas tropas del brigadier Copons cuando fueron cercadas en Mestanza por los ejércitos de Napoleón. La noche del 20 de enero de 1810, con luna llena, los batallones de Copons cruzaron el pueblo en formación, y tras abrevar a sus caballos en el Pilar de los Huertos, se adentraron en la profundidad de la sierra. En su diario de operaciones, el brigadier anotó la penosa retirada:

En esta marcha de 7 leguas sufrió la tropa todas las incomodidades que se pueden reunir: casi desnudas, descalzas y sin cesar de nevar, atravesando un país montaraz, andando por sendas, teniendo que pasar continuamente arroyos crecidos y altas montañas.

          El mejor momento para visitar las Piedras del Hituero es al amanecer, cuando la niebla flota en jirones inmóviles sobre los árboles y el sol enciende los líquenes hituero2amarillos de las rocas. Solo se escucha el murmullo del arroyo de Valdecabras, rápido y caudaloso. Hace unos días estuvimos allí con los niños, buscando las armas que un familiar escondió en alguna hendidura al terminar la Guerra Civil. Como cabía esperar no encontramos nada, pero… ¡Quién sabe si alguna pistola Astra o Star[2] duerme aún entre estas piedras insignes!

 

 

[1] El topónimo Hituero significa hito o mojón, y su etimología procede del latín vulgar fictus, que significa “fijo” o “fijado” y que es precisamente la función que tienen los mojones como elementos delimitadores de un territorio.

[2] Estas fueron marcas más usuales que figuran en el listado de licencias de armas concedidas en Mestanza a finales de 1936.

El castillo de Mestanza

A mi amigo Eduardo Prieto         

          En 1086, tras más de tres siglos de ocupación musulmana, la bandera de Castilla ondeó por primera vez en las almenas del castillo de Mestanza. Las mesnadas del rey georgiano jinetered8Alfonso VI asaltaron la fortaleza con vigor, y tras duros combates, cayó finalmente en poder de las tropas cristianas[1]. La consternación de los musulmanes fue enorme, pues Al Ándalus parecía ya definitivamente perdido para el islam. El poeta Ben Al-Gassel cantaba: “Poneos en camino, ¡oh andaluces!, pues quedarse aquí sería una locura”. Tras la desaparición del califato de Córdoba en 1031, Al Ándalus se había dividido en pequeños estados, los reinos de taifas, frágiles y enfrentados entre sí. Los castellanos aprovecharon su debilidad para llevar a cabo una agresiva campaña de conquista. El rey Motámid de Sevilla, viendo peligrar sus dominios, pidió ayuda a los musulmanes del Norte de África. Las tribus almorávides al mando del caudillo Yusuf acudieron a su llamada de socorro. Se trataba de tropas durísimas y fanáticas que no solamente hicieron retirarse a los castellanos, sino que unificaron todos los reinos de taifas en un solo imperio, el imperio almorávide. Tras unos pocos meses en manos cristianas, Mestanza cayó de nuevo bajo el dominio musulmán.

          Como señala Menéndez Pidal en La España del Cid, el castillo pasó a ser la Almohadesfortaleza almorávide más al norte del imperio, expuesta a continuos combates con los cristianos[2]. Durante todo el siglo XII, pasaría varias veces de manos. En 1147 el emperador Alfonso VII lanzó una brutal campaña contra los moros que culminó con la reconquista de Mestanza[3]. El arzobispo toledano Rodrigo Jiménez de Rada indica que los cristianos arrasaron el pueblo sin piedad[4]. No obstante, pese a que destruyeron numerosas fortalezas de la región, dejaron en pie nuestro castillo, bien abastecido de tropas y vituallas[5]. Lo sabemos porque el geógrafo árabe Yaqut (1179-1229) dejó constancia de su existencia en su Libro de los Países[6].

          De nuevo fue necesaria la intervención de las tribus norteafricanas, en esta ocasión los almohades, para detener el avance cristiano. Los ejércitos almohade y castellano se enfrentaron el 18 de julio de 1195 en Alarcos, lugar a unos diez kilómetros de la actual Ciudad Real. El ejército castellano fue aniquilado. A los errores tácticos 20171012_183510-1cristianos se sumaron los devastadores efectos de una nueva y mortífera arma almohade: un numeroso cuerpo de arqueros turcos capaces de disparar sus flechas desde la misma grupa de sus cabalgaduras lanzadas a galope tendido. Mestanza quedó aislada en territorio almohade y el castillo volvió a pasar a manos musulmanas. Y así permaneció durante 17 años hasta el glorioso día del 16 de julio de 1212. La batalla de las Navas de Tolosa. El ejército almohade, el más numeroso que jamás reuniera el imperio (casi 60.000 guerreros), se enfrentó con el de los cruzados cristianos: una fuerza combinada de 27.000 hombres donde además de castellanos combatían navarros, aragoneses. La cosa se puso muy complicada para los cristianos. Llegados a un punto ya no peleaban por la victoria, sino por salvar la vida. Fue entonces cuando Alfonso VIII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón y le dijo al arzobispo Jiménez de Rada (el mismo que vimos antes): “Aquí, señor obispo, morimos todos”. Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y Navarra, con vergüenza torera, hicieron lo propio y fueron a la carga espada en mano. Se la llamó la carga de los tres reyes. El resto es historia: el ejército musulmán resultó completamente derrotado y el degüello de almohades hizo época. El desastre fue de tal calibre que, de la noche a la mañana, Al Ándalus se quedó sin gente de armas. Murieron prácticamente todos los que podían usarlas. El botín cristiano fue incalculable. Tanto, que el precio del oro se hundió en los mercados europeos. Sobre el castillo de Mestanza volvió a ondear el pendón morado de Castilla, que aun hoy figura en el escudo del pueblo.

          Hoy día, aún quedan varios sillares que resisten el paso del tiempo. Ni la construcción del depósito de agua ni la antena han podido con ellos. Siempre que voy al pueblo, subo a verlos con mis hijos. Para mí tienen más valor que el Partenón de Atenas.

[1] “Construido este fuerte por los musulmanes para mantener en su devoción a la tierra y ser firme defensa y abrigo en sus intestinas luchas, fue atacado con vigor y prontamente tomado por el valeroso Alfonso VI en el año 1086”. Inocente Hervás y Buendía. Diccionario histórico geográfico, biográfico y bibliográfico de la provincia de Ciudad Real. Ciudad Real. 1914. Pág. 408.

[2] Ramón Menéndez Pidal. La España del Cid. Volumen II. Séptima Edición. Espasa Calpe. Madrid. 1969. Mapas de Pedro Muguruza en páginas 1022 y siguientes.

[3] “Gano dessa yda este rey don Alffonso demás a Alarcos que es y luego, non aluenne de Calatrava, que entonces era algo, et gano otrossi a Caracoy et al Pedroch et a Sancta Offimia et a Mestança et al Alcudia et Almodoval”. Primera Crónica General de España, editada por Ramón Menéndez Pidal. Volumen II. Madrid. 1977. Pág. 650.

[4] “(…) et eiusdem uille iurisditionis municipio, que municionibus preminebant, quedam retinuit, quedam solo diruta adequauit, scilicet, Alarcuris, Caracoy, Petrochium, Sancta Eufemiam, Mestanciam, Alcudiam, Almodouar”. En la traducción de Juan Fernández Valverde: “(…) y conservó algunas aldeas de su término, que tenían buenas defensas, y arrasó otras, a saber, Alarcos, Caracuel, Pedroche, Santa Eufemia, Mestanza, Alcudia y Almodóvar”. Rodrigo Jiménez de Rada. Historia de los hechos de España. Introducción, traducción, notas e índices de Juan Fernández Valverde. Alianza Editorial. Madrid. 1989. Pág. 271.

[5] “Y ganó los castillos de Alarcos, Caracuel, (…), Mestanza, (…), y otros muchos. Algunos de ellos los hizo asolar, porque no tenía gente para dejar en su guarda, y otros los dejó en pie, abastecidos de gente y mantenimientos, como convenía”. Francisco de Rades y Andrada. Crónica de la Orden de Calatrava. Toledo. 1572.

[6] Meçtaça, castillo de la amelía de Oreto, de la amelía del Llano de las Bellotas, en que hay minas de azogue; y es nombre de una cabila berberisca”. Es decir, el pueblo pertenecía al distrito (amelía) de Oreto (Granátula de Calatrava); su actividad económica principal era la minería de mercurio (azogue); y debía su nombre a la tribu bereber de los Mistasa.

Trilobites

          Puede parecer increíble, pero lo cierto es que hace 500 millones de años, todo el término municipal de Mestanza estaba sumergido bajo las aguas. Así lo atestiguan los restos fósiles encontrados, en especial los llamados trilobites. No es fácil convertirse en un fósil. El destino de casi todos los seres vivos es descomponerse y desaparecer para siempre. Así es como acabaremos todos nosotros, con nuestras moléculas diseminadas por el mundo. Para convertirse en fósil, el difunto debe ser enterrado en un sedimento en el que pueda dejar una impresión (como una hoja en el barro) y descomponerse sin exposición al oxígeno, permitiendo así que las moléculas de las partes duras de su cuerpo (huesos) sean sustituidas por moléculas de minerales, creándose así una copia petrificada del original. Se estima que sólo un hueso de cada mil millones aproximadamente llega a fosilizarse alguna vez. Como es lógico, el registro fósil que tenemos es totalmente sesgado a favor de las criaturas marinas, pues los animales terrestres (y el hombre entre ellos) no mueren en sedimentos. Caen en campo abierto y son devorados o se pudren sin dejar rastro. Es por eso que los fósiles encontrados en Mestanza pertenecen a criaturas marinas.

trilobites          Como digo, es difícil convertirse en un fósil, pero más difícil aún es que después de decenas de millones de años, alguien te encuentre y te identifique como algo digno de ser conservado. Don Daniel de Cortázar, ingeniero de minas y miembro de la Real Academia Española, fue el primer autor en mencionar la presencia de fósiles en Mestanza. En 1880 halló un par de trilobites, un molusco bivalvo y varias cruzianas (huellas que dejaban los trilobites al reptar por el fondo marino). Con posterioridad, otros investigadores descubrieron en el Puerto de Mestanza un verdadero afloramiento de fósiles. Los famosos trilobites aparecieron hace unos 540 millones de años en la llamada “explosión cámbrica” y se extinguieron 300 millones de años después. Durante todo ese periodo (los humanos solo llevamos en la tierra el 0,5% de ese tiempo) fueron los reyes absolutos de la creación. Los trilobites, como indica su nombre, tenían tres partes o lóbulos (cabeza, tórax y cola). Eran criaturas con extremidades, agallas, sistema nervioso, antenas sondeadoras y los ojos más extraños que se han visto jamás.

          En mi biblioteca guardo uno de estos misteriosos trilobites. A veces lo observo y me quedo pensando en su dilatada existencia. Sus 500 millones de años ponen en perspectiva los problemas humanos, los tornan insignificantes. Lo vuelvo a mirar y descubro que cuando yo me vaya, el seguirá aquí. Ya lo dijo Borges:

                                       Durarán más allá de nuestro olvido; 
                                       no sabrán nunca que nos hemos ido.

Las navajas

ED0 Desde pequeño he sentido fascinación por las navajas. Mis abuelos siempre andaban con una a mano. La inseparable navaja de los hombres del campo, que servía para comer, como herramienta de trabajo y, en ocasiones, como un arma letal. En mi mesilla de noche conservo dos navajas de hoja curva. Una es una navaja toscana que compré en un pueblito al pie de los Apeninos llamado Scarperia, cuya tradición navajera se remonta a la Edad Media. La otra es la clásica navaja jarota que utilizaban mis abuelos. En su hoja afilada se lee el nombre de su artesano – Bueno– que lleva fabricando estos artilugios en Villanueva de Córdoba desde 1920. Durante muchos siglos, nuestros ancestros peregrinaron por la vida con una navaja en el bolsillo. Era parte de nuestra cultura, como los toros, el Quijote o la guardia civil. En la mayoría de los casos sirvió para cortar un pan ganado con mucho esfuerzo o para tallar una madera de olivo en las horas de hastío. En la casa de Mestanza, por cierto, conservo un par de estas tallas de madera que replican sendos campanarios. ¡Cuantos artistas habrá dado la soledad de un páramo castellano!

          El arte pastoril no necesitaba escuela ni taller donde formarse. Cada zagal aprendía de sus mayores las pautas para elaborar los útiles que necesitaría en el campo, lejos de las comodidades de su hogar. En los interminables meses de invierno, los pastores trashumantes se entretenían tallando los más variados objetos de madera, de cuerno o de hueso. Desde colodras, badajos y albarcas hasta cucharas, peines o pasadores… Uno de esos artistas fue Pantaleón Ruiz Fernández (El Hoyo de Mestanza, 1913-2000). Durante las largas horas que cuidaba el rebaño, comenzó a tallar madera con su navaja. Tras un breve paso por la Escuela de Artes y Oficios de Granada su obra se evolucionó desde un estilo naíf hacia un realismo inspirado en la naturaleza, el trasiego campesino y las labores mineras propias de nuestra región. Nuestro vecino Pantaleón compaginó su trabajo en una empresa metalúrgica de Puertollano con su vocación como escultor. Expuso en varios centros culturales y recibió numerosos premios.

          La navaja sirvió también, en otros tiempos, para dirimir controversias por la talla olivovía de urgencia. En algunos de los mejores cuentos y poemas de Borges, los cuchillos tienen una presencia obsesiva. Borges imaginaba la épica de los gauchos que celebraban peleas de puñales en las esquinas y en las tabernas bonaerenses al son de un bandoneón. En El Sur, que es mi relato favorito, Juan Dahlmann, un humilde secretario de biblioteca, cansado y enfermo, conoce un último instante de heroísmo al empuñar con firmeza un cuchillo frente al compadrito que lo ha provocado y que va a matarlo por el mero placer de segar una vida. Ciertamente, cuando apresamos en nuestra mano el mango de una navaja, nuestro instinto primitivo nos impulsa a apretar, a cerrar los dedos en torno a ese objeto. Nos invade una emoción turbia, un espíritu de romance como el de aquellos versos de Lorca:

En la mitad del barranco
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria,
relucen como los peces.

            Desde el siglo XVI, la historia de Mestanza registra duelos de navajas que habrían hecho las delicias de Borges y de Lorca. En la Navidad de 1503, unos pastores oriundos de Molina de Aragón asaltaron un cortijo cercano a la ermita medieval de la Virgen de la Antigua y robaron varios jamones y un buen montón de ristras de chorizo y morcilla. Los dueños de la casa de labor –padre e hijo- acompañados de un par de criados salieron en su busca armados hasta los dientes. Les encontraron en un quinto engullendo los manjares robados, y sin mediar palabra, les atravesaron con sus espadas y navajas sin dejar ni uno vivo.

navajas            Pero la edad de oro de las navajas comenzó en el siglo XIX de la mano de las innumerables partidas de bandoleros que campaban por nuestras sierras. En febrero de 1846 se produjo una larga reyerta en una taberna del pueblo entre un miliciano que estaba de permiso y otro vecino. A una bofetada del soldado respondió el paisano con “tres o cuatro navajazos” que dejaron al militar tan malherido que le creyeron muerto. Entre el asesino y sus amigos trasladaron el supuesto cadáver a las afueras del pueblo y lo dejaron tirado a la orilla de un camino, “volviéndose muy frescos a cenar y dormir con sus familias”. Milagrosamente, el miliciano volvió en sí y pudo regresar al pueblo arrastrándose por el camino medio desangrado. El periódico concluía la noticia indicando que: “El herido no ha muerto a estas horas; más como tenga dos cuchilladas en el pecho y el vientre bastante hondas, se teme que no dure mucho”.

            En el siglo XX, los vecinos de Mestanza también hicieron uso de la cachicuerna para solventar sus problemas. En diciembre de 1914, un vecino llamado Florentino Rodríguez sacó su navaja y amenazó a unos cuarenta paisanos que había dentro de una taberna.  Afortunadamente lograron encerrarse mientras el vecino acuchillaba la puerta como un demente. Finalmente fue detenido por la clásica pareja de la guardia civil. Unos años más tarde, en mayo de 1921, dos vecinos del pueblo comenzaron a discutir. Llegado un punto, uno de ellos, llamado Álvaro de León, se apeó del caballo en que iba montado y comenzó a golpear con su vara al otro, un hombre de sesenta años llamado Eusebio Hernández. Éste, ni corto ni perezoso, sacó una navaja “de grandes dimensiones” y le asestó al tal Álvaro una “tremenda puñalada” en el corazón que le produjo una muerte instantánea. Es curioso que un testigo presencial asegurase que tuvieron tan sólo unas “ligeras palabras, que no creyó él que llegaran a molestar a uno ni otro”. Menos mal.

Los datos de los siglos XIX y XX han sido extraídos del magnífico estudio “Casos y cosas de Mestanza” de Miguel Martín Gavillero.

Historia de un reloj

Dedicado a mi tío Higinio, relojero.

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Castillete de la mina La Extranjera.

            El 13 de octubre de 1953, martes, una explosión de grisú dejó once muertos en el pozo Calvo Sotelo. Quienes lo vivieron recordaban un torrente de fuego recorriendo las galerías. Todo ardía. Tras largas horas de esfuerzos y peligros, cuando por fin penetraron en las profundidades de la mina, pudieron ver los cuerpos cubiertos de heridas espantosas y exhalando un fuerte olor a carne quemada. Con todo, según contaban, lo peor eran los aullidos continuos de los heridos a consecuencia de sus pulmones abrasados. La subida de las víctimas fue lúgubre. En la boca de la mina, una multitud estremecida se descubrió al paso de aquella funesta comitiva.

            La causa más evidente de los accidentes en las minas eran las explosiones de gas. Éste siempre está presente, en mayor o menor cantidad, en el aire de los pozos. El gas podía ser inflamado por una chispa durante las operaciones de voladura, por una chispa arrancada de la piedra por un pico, por una lámpara defectuosa o por unos fuegos que nacían espontáneamente, que ardían sin llama en el polvo del carbón y eran muy difíciles de apagar. Las grandes catástrofes que se producían en las minas, con más de una decena de fallecidos, solían ser motivadas por las explosiones; de ahí la creencia de que estas constituían el principal peligro para los mineros. En realidad, la gran mayoría de los accidentes se debían a los desprendimientos. Los mineros veteranos afirmaban saber por instinto cuando el techo se les podía venir encima. Un leve crujido de los maderos al curvarse era un aviso temible.

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Mi abuelo Juanjo (a la derecha).

            Mi abuelo Juanjo tenía 38 años cuando explotó el pozo Calvo Sotelo. Trabajaba como entibador en la mina La Extranjera, por lo que estaba muy expuesto a los derrumbes. Aquel día fatídico tomó una decisión trascendental: comprar un reloj de pulsera para que su hijo –mi padre- le recordara en caso de perecer en un accidente. Adquirió un Certina de carga manual: muelles, ruedas dentadas y volantes. Por fortuna, mi abuelo sobrevivió a la mina y pudo disfrutar del reloj hasta su muerte en 1997. Creo que le gustaba la rutina de darle cuerda todos los días. En la actualidad, en nuestro ajetreado mundo, dar cuerda nos supone un esfuerzo intolerable, así que el diseñador de relojes nos ahorra esta tarea. El Hamilton que me regaló mi mujer por mi cuarenta cumpleaños solo exige mover el brazo normalmente en mi actividad cotidiana para que el muelle real impulse el tren de ruedas automáticamente y las manecillas avancen con precisión.

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El viejo reloj Certina (1953).

El reloj de mi abuelo descansa hoy en mi mesilla de noche. A veces me quedo mirándolo, sorprendido por su mecanismo. Un muelle real, parecido a un caracol, impulsa un engranaje que, a su vez, hace que el volante oscile varias veces por segundo. Dicha oscilación es regulada por el llamado escape, que hace que las tres manecillas del reloj giren la amplitud del arco a una velocidad constante y diferente cada una de ellas. Pero lo que más me fascina es que es todo un superviviente. En un mundo donde la tecnología de más de diez años de antigüedad queda totalmente obsoleta, el viejo Certina del año 53 no resulta extraño en mi muñeca. La tradición y la artesanía de un reloj suizo siguen siendo importantes en el mundo de internet. Llevar un reloj mecánico sencillamente nos hace más humanos.

 

 

            Decía Julio Cortázar que cuando te regalan un reloj también te regalan “el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa”. Es cierto. Y en mi caso lo es porque no me siento el propietario del reloj, sino un mero custodio hasta la siguiente generación. No es extraño que el último objeto de valor que conservaba Walter Benjamin en su huida de los nazis fuera un reloj antiguo, un recuerdo de familia. Como el reloj de Benjamin, el Certina de mi abuelo apela a mi instinto familiar y al anhelo por proseguir con su legado.

Una tribu misteriosa

            Lehnert_Landrock_-_Ouled_Naïl_Girl_-_Algeria_-_1905El pueblo de Mestanza debe su nombre a la tribu bereber de los Mestasa, de la rama de los Baranis. Esta tribu habitaba (y aún habita) una franja costera al oeste de la bahía de Alhucemas. Allí, rodeado de chumberas, olivos, almendros y frutales, sigue existiendo un pequeño aduar llamado Mestassa. Apenas unas casas y una bella mezquita del siglo XIV que seduce por su poder de evocación. En 2004 un terremoto dañó su estructura y la fundación holandesa del Príncipe Claus donó 25.000 euros para restaurarla. Gracias a esta actuación, aun podemos admirar su blanca luminosidad, el fuerte contraste de sus tejados rojos y la sobria belleza de su minarete de almenas dentadas.

Este aduar es un tenue recuerdo de aquella tribu que el geógrafo El Bekri (1014-1094) citaba como una de las más importantes del Rif junto a los Temsamán, Bocoya, Gueznaya, Beni Urriaguel o los Kebdana. Nada hace pensar que de estas tierras partió un grupo de indómitos guerreros que campearían invictos por las tierras de Ispaniya. Pero lo cierto es que sus jinetes se contaron entre aquellos que acompañaron al caudillo bereber Tariq en el cruce del Estrecho (la montaña Yebel-Tariq, Gibraltar, le debe el nombre) en el año 711. Así lo narra el historiador Ibn Jaldun (1332-1406), quien destaca además la alta estima de que gozaron varios de sus miembros como Abd el-Karim el Mestaci o Abu Doleim Ibn Khattab, cuyos descendientes acabarían ocupando importantes cargos legislativos en Córdoba.

En pocos años los bereberes alcanzaron los valles de Alcudia y los Pedroches, MEZQUITAbautizando la región como Fahs al-Ballut (Llano de las Bellotas) por la abundancia de encinas. Nuestro fértil valle y sus ásperas sierras les recordarían su Rif natal. No en vano Ruiz Albéniz, en la descripción geográfica con que comienza su España en el Rif, describe aquellas tierras como semejantes a La Mancha y Ciudad Real. En esos primeros años de conquista, la tribu Mestasa se encontró con un poblado hispano-visigodo y tras someterlo le dio su nombre tribal. Así nos lo indica el geógrafo árabe Yaqut (1179-1229) en su Libro de los Países: “Mestasa, castillo del distrito de Oreto, de la provincia de Fahs al-Ballut, en que hay minas de azogue; y es nombre de una cabila berberisca”. Con el paso de los siglos la evolución fonética convertiría aquel “Mestasa” en el actual “Mestanza”.

Los bereberes se llamaban a sí mismos imazighen (“los hombres libres”). No es casual. Su principal seña de identidad era el rechazo a cualquier autoridad. Prueba de ello es que la región de Fahs al-Ballut se mostró hostil a todos los gobiernos, tanto al Califato de Córdoba como a los reinos de taifas de Sevilla y Toledo. Sus constantes rebeliones motivaron innumerables incursiones punitivas, entre las que destacó la expedición de castigo dirigida por Abd al-Rahman III en el año 912. Para defender su territorio, los bereberes erigieron numerosos castillos, torres y atalayas que erizaban todo el territorio. Los Mestasa construyeron el castillo en esta época y desarrollaron un urbanismo defensivo, con las casas apiñadas en la ladera oriental de la fortaleza, escapando de la llanura, con las calles retorcidas en pequeños laberintos al estilo de las medinas árabes. Es obvio que quienes construyeron el pueblo estaban preocupados por cómo resistir un asedio o hacerse fuertes en tierra enemiga.

El historiador Ibn Said (1213-1286) dijo de ellos: “Son unos pueblos a los que Dios ha distinguido particularmente con la turbulencia y la ignorancia, y a los que en su totalidad ha marcado con la hostilidad y la violencia”. Me gusta pensar que algo de ese espíritu rebelde aún persiste en nosotros. El espíritu de los imazighem, los hombres libres.

En el Barranco del Lobo


barranco loboLa mañana del 27 de julio de 1909 el pueblo de Mestanza
se preparaba para festejar, un año más, la festividad de su glorioso patrón San Pantaleón. En los carteles se anunciaba una fastuosa novillada con toros de don Germán Adán, vecino de la villa, con divisa encarnada y blanca. La faena correría a cargo de los espadas sevillanos Llaverito y Moreno, así como de los banderilleros cordobeses Serrano y Sordillo. En El ruedo ibérico, Valle Inclán describió así las fiestas de un pueblo situado “en los confines de La Mancha con Sierra Morena”: “con los calores, las calles eran bocanas de lumbre, y un agobio el aire con polvo de trillas y moscas tabaneras”. El escritor gallego concluía que aquellas fiestas eran “un alarde berebere”. Para el tema que nos ocupa, no anduvo muy afortunado Valle en su comparación. Esa misma mañana, como contrapunto a la alegría del pueblo, varios mestanceños estaban a punto de entrar en combate con auténticos bereberes del Rif. Mi bisabuelo Félix Núñez era uno de ellos.


El 27 de julio era martes. La brigada de Cazadores de Madrid
había completado sus cartel torosdesembarques el domingo 25. La tropa, mareada y encogido el ánimo, bajaba por las escalas de los buques entre aclamaciones del pueblo de Melilla. Una mala cena, un desayuno peor, un rancho igual de malo, la misma mala cena el lunes. Por la noche los
soldados pudieron ver las hogueras humeantes en la cumbre del Gurugú como un desafío, como un mal presagio. Se decía que la harca estaba quemando los cadáveres de los guerreros que no habían tenido tiempo de enterrar. Se esperaba una venganza de los rifeños, una nueva y más sangrienta acometida. La mañana del martes se dio la instrucción de avanzar hacia el Gurugú. La orden recorrió los seis batallones de la brigada como fichas de dominó cayendo en cadena. Se disponían a morir en la mañana de su tercer día en Melilla. Los que se iban a jugar el pellejo eran aquellos que no habían podido pagar las mil quinientas pesetas de la llamada “redención en metálico” por las que los hijos de las familias ricas se libraban del servicio militar.

Tras cuatro horas de marcha nocturna, las tropas fueron entrando en la trampa. Al alba, los españoles se vieron cercados por alturas cubiertas de tiradores rifeños. Suicida el avance, imposible la retirada. A la una de la tarde se alcanzó el Barranco del Lobo. Los soldados ofrecieron al enemigo una vistosa línea blanca (por el color de su uniforme de bisabuelorayadillo). A las 13:22, cegados por el sol de frente, la brigada penetró en el campo de la muerte: los 300 metros de distancia a las trincheras rifeñas que aseguraban a sus defensores un disparo fácil y preciso. De repente una lluvia de disparos brotó de las rocas. La harca utilizaba fusiles modernos (Gras, Lebel, Maúser) y alguno antiguo pero muy eficaz (el Remington cuya bala de 11 mm podía destrozar un cuerpo fácilmente). La matanza fue instantánea. El general Pintos, jefe de la brigada, fue de los primeros en caer de un pacazo en la frente. Durante una hora la brigada porfió por no rendirse, pero a las tres de la tarde la retirada se generalizó. Resultado: 153 militares muertos y casi 600 heridos. Mi bisabuelo estuvo entre los afortunados que lograron salvarse, gracias a lo cual estoy aquí contando esta historia. Sobre el terreno quedaron abandonados no menos de 110 cuerpos esperando a los salteadores rifeños. Durante varias noches pudo escucharse el susurro incansable de los muertos cuando el frío aire del Gurugú contraía sus rígidos diafragmas.

Al poco tiempo de regresar a Mestanza, mi bisabuelo se casó[1]. Tendría cuatro hijas y un varón[2], mi abuelo Juan José, que irónicamente acabaría recluido en un campo de trabajo cercano al Barranco del Lobo al terminar la Guerra Civil. Conservo una vieja foto de sus años en África, vestido con el uniforme de gala, el bigote de mosquetero, el puro entre los dedos y la mirada perdida en el horizonte. Trabajó en las minas de plomo y murió de silicosis una noche de agosto de 1926. Tenía tan sólo cuarenta años, la misma edad que yo al escribir estas líneas[3]. Fue el mismo año en que se incendió la iglesia del pueblo.

 

[1] Contrajo matrimonio con María Petronila Clemente Bastante el 1 de octubre de 1910.

[2] Petra (1912), Juan José (1915), María Teresa (1918), Rosalía (1921) y Juana (1924).

[3] Había nacido el 20 de noviembre de 1885. Murió a las diez y dos minutos de la noche del 25 de agosto de 1926.

Bandoleros carlistas: el ángel exterminador

          Con la muerte de Barba dio comienzo en Mestanza la primera guerra carlista[1]. Muchos guerrilleros que habían combatido contra los franceses en la Guerra de la Independencia volvieron a las armas en apoyo del pretendiente don Carlos de Borbón. Las gavillas carlistas, enardecidas por los párrocos, estaban formadas por campesinos, carpinteros, herreros, arrieros, carreteros, sastres; y por bandidos y salteadores que se amparaban en la impunidad de llamarse cruzados de la Causa o partidarios del Pretendiente. La sierra de Mestanza les ofreció un amparo inmejorable[2]. Todos eran expertos conocedores del terreno y de la táctica de la guerrilla y muchos habían sido héroes populares de la Guerra de la Independencia, como El Locho, Chaleco, Chambergo, Palillos, El Arcipreste o El Apañado. Entre todos ellos, brilló con luz propia el atroz Manuel García de la Parra, alias Orejita.

          OrejitaEn abril de 1835, justo un año después de la muerte de su correligionario Barba, el susodicho Orejita se plantó en Mestanza al mando de veintiún hombres mal uniformados, peor encarados y armados hasta los dientes. Tenía la sana intención de fusilar al artífice de aquel homicidio y, de paso, a un oficial retirado que pasaba por allí. Por suerte para ellos, Orejita apreciaba el dinero y se abstuvo de ejecutarlos por “la módica cantidad de 6.500 reales” que le ofreció el Ayuntamiento. Era la llamada “santa limosna”. En los años siguientes, Orejita caería sobre el pueblo como un ángel exterminador, ejecutando sin piedad a sus oponentes. La lista de asesinados que dieron con sus huesos en el cementerio municipal es apabullante[3]. Estaba claro que Mestanza era uno de esos sitios que, como dijo Germond de Lavigne, no se podía visitar sin haber hecho testamento.

          Uno de los episodios más sangrientos tuvo lugar en Calzada de Calatrava, su pueblo natal. Al llegar la famosa expedición del general carlista Basilio García al lugar, muchos liberales se refugiaron en la iglesia. Pío Baroja lo cuenta en Las aventuras del capitán Chimista: entre Orejita y el prior don Valeriano decidieron que era una vergüenza dejar a los cristinos tranquilos en la iglesia. Ante la negativa de los sitiados a rendirse los soldados carlistas entraron en ella e hicieron un montón de haces de leña, sarmientos, ramas y maderas de altares y retablos, lo encendieron y cerraron de nuevo las puertas. Al poco, por las ventanas de la iglesia, comenzó a salir un humo terrible y una explosión de gritos y lamentos de mujeres y niños.

– ¡Qué bien templado está el órgano! –dijo el ingenioso prior don Valeriano.

Los liberales comenzaron a tocar la campana, a pedir socorro desesperadamente y a decir que se rendían. Pero los carlistas, a todo el que aparecía por las ventanas y los tejados, le acribillaban a tiros. Finalmente se hundió la bóveda de la iglesia y perecieron ciento sesenta personas, en su mayoría mujeres y niños.

          199Su fama llegó a tal extremo que George Borrow, el célebre vendedor de biblias protestantes, expresó en su libro La Biblia en España su temor a “caer en manos de Palillos y Orejita”. En 1836 fue nombrado general en jefe de los ejércitos carlistas de La Mancha y Extremadura, con nueve mil hombres bajo sus órdenes. En 1837 fue proclamado brigadier del Regimiento de caballería de Cazadores de Carlos V. El Gobierno puso precio a su cabeza como en el lejano Oeste: se busca a Orejita vivo o muerto, recompensa: 6.000 reales. Mientras tanto, el cabecilla carlista ya había hecho de Mestanza su cuartel general, y paseaba por el pueblo como Perico por su casa protegido por el llamado Tercio Sagrado, una guardia personal compuesta de veinte fanáticos exreligiosos procedentes de los conventos de La Mancha. En 1837, ante el cariz que estaba tomando la situación, el Gobierno encargó al general liberal Ramón María Narváez el exterminio de los facciosos en La Mancha. Desde ese momento, la crueldad por ambas partes llegó a extremos impensables. Narváez fusiló a la madre de Palillos, que contaba ochenta y un años; el doctor Máximo García, en su libro Diario de un médico, advertía que “verá usted todavía diseminados por diferentes parajes huesos insepultos, que confundidos con los de los animales yacen sobre la tierra”.

          Finalmente, el 5 de octubre de 1838 moría Orejita en un combate cerca de El Hoyo de Mestanza. Varios mestanceños de su partida, como Basilio Serna o Pascasio Barrera, optaron por entregar las armas y acogerse al indulto del Gobierno. Los guardias urbanos de Mestanza, al igual que habían hecho con Barba, escoltaron el cadáver de Orejita hasta Ciudad Real para ser expuesto al escarnio público. Al salir de Almagro, fueron atacados por un grupo de carlistas que pretendían recuperar el cuerpo de su líder, pero los de Mestanza lograron rechazarlos. La noticia de su muerte se extendió por toda Europa. El periódico alemán Allgemeine Zeitung publicó en letra gótica el siguiente titular: “Auch der bekannte Orejita fiel am 1 in der Sierra de Mestanza den Truppen der Königin in die Hände, und wurrde erschossen”. Es decir:

“El famoso Orejita fue el primero en caer en la Sierra de Mestanza tras ser rodeado por las tropas de la Reina, que le abatieron a tiros”.

 

[1] La primera guerra carlista (1833-1840) enfrentó a los partidarios de la reina María Cristina, que defendía los intereses de su hija Isabel para suceder a Fernando VII, y los carlistas o partidarios de proclamar como rey a Carlos María Isidro, hermano del monarca fallecido. María Cristina fue regente desde la muerte de su esposo en 1833 hasta que fue destituida en 1840. Su apoyo a los liberales (también llamados cristinos) para rechazar las pretensiones de los carlistas originó la primera de estas guerras.

[2] La historiadora Manuela Asensio, en su libro El carlismo en la provincia de Ciudad Real (1987) señala que el término de Mestanza se hallaba “enjambrado” de facciosos, que se hicieron invencibles en sus sierras.

[3] En su magnífico ensayo Las gavillas carlistas en la jurisdicción de Mestanza (2016), Miguel Martín Gavillero enumera con precisión los asesinatos cometidos en Mestanza, El Hoyo y Solana del Pino.