El hueso de San Lorenzo

          San Lorenzo de Calatrava fue fundado oficialmente en 1588. Y digo oficialmente porque ya existían en la zona algunas chozas que daban cobijo a corcheros, cazadores, colmeneros y pastores provenientes de Mestanza. Ese año, un vecino llamado Gonzalo 20191124_171349Hernández de Medina, solicitó al rey Felipe II la construcción de una ermita pues “por vivir en descampado, ellos y sus mujeres e hijos no podían oír misa”. El 24 de marzo el rey autorizó la erección de un templo bajo la advocación de San Lorenzo. La elección de este mártir no fue casual. Se trataba del santo predilecto de Felipe II desde su victoria en la batalla de San Quintín el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo.

          San Lorenzo de Calatrava se segregó de Mestanza en 1842. Durante el resto del siglo XIX, sus sierras escarpadas fueron una guarida de bandoleros. Cobró especial fama la partida de Agustín Ramón Castellanos, alias Bartolo. Este bandido atemorizó a los vecinos junto a sus compinches Malas Harinas, Perdigón y Correales, hasta que fue abatido por la Guardia Civil en 1869. Sus restos descansan en algún lugar del cementerio municipal. Al terminar la guerra civil (1939), volvió un nuevo bandolerismo con los maquis. Conocidos en el pueblo como los forajidos o los de la sierra, vivían escondidos durante el día en la espesura de los montes y salían por la noche para atracar los cortijos en busca de alimentos y armas. Por los alrededores de San Lorenzo se llegaron a contabilizar partidas de más de treinta hombres, como las cuadrillas del Manco y del Gafas.

          Las sierras de San Lorenzo vieron desaparecer a los bandidos hace mucho tiempo. Hoy son los cazadores quienes recorren sus hondos valles. Las monterías del pueblo atraen a numerosos aficionados de toda España. La temporada comienza en octubre. Las20191124_160649 rehalas de perros remueven el monte, suenan disparos, se comen migas y se bebe vino tinto. Al finalizar la jornada, al calor de una hoguera, los vecinos comentan con los foráneos su devoción por San Lorenzo. Toda la historia de este pueblo gira alrededor de su patrón. De hecho, sus dos festividades principales -la Reliquia (el 10 de abril) y la Fiesta del Santo (el 10 de agosto)- se celebran en su honor. Quizá el lector se pregunte ahora qué reliquia es esa que festejan. Pues ni más ni menos que un hueso de la cabeza del mártir.

          Es bien sabido que San Lorenzo fue quemado vivo en una parrilla. La tradición sitúa su martirio en Roma, el 10 de agosto del año 258. Tras su muerte, numerosas reliquias se dispersaron por el mundo cristiano. No solo sus huesos, sino los objetos que habían tenido contacto con su sepulcro e incluso las limaduras de la parrilla podían encontrarse en varios lugares desde Túnez hasta Constantinopla. La reliquia más importante es, sin duda, la cabeza quemada del mártir. Se conserva en el Vaticano y se expone a la veneración de los fieles cada 10 de agosto. Fuera de Roma, donde más reliquias laurentinas se veneran es en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde conservan un pie con carne y dedos, un muslo entero desde la cadera, un pedazo de leña en que fue asado, dos muelas, un trozo de sus vestiduras, una barra de la parrilla y varios huesos: uno quemado, tres tostados y otro hecho carbón.

          En el año 1920, los padres agustinos de El Escorial donaron uno de estos huesos, concretamente uno de la cabeza, a la Basílica de San Lorenzo de Huesca, lugar natal del mártir. Algunos años más tarde, el obispo de Huesca recibió una carta proveniente de un 20191125_102559pequeño pueblo de Sierra Morena. La firmaba el reverendo don José María Martínez, párroco de San Lorenzo de Calatrava. La misiva solicitaba la concesión de una reliquia de San Lorenzo Mártir para su veneración. El obispo concedió la gracia y tras extraer un pequeño trozo de hueso del cráneo, se introdujo en un relicario de metal plateado enviado desde San Lorenzo de Calatrava. A las 5´30 de la tarde del día 10 de abril de 1958 la reliquia llegó al pueblo. Todos los vecinos salieron a recibirla con pancartas, estandartes y gallardetes. Los cofrades de San Lorenzo llevaban sus banderas, cetros y alabardas (los típicos pinchos). La procesión se dirigió hacia la plaza mayor, donde se había instalado un altar en forma de parrilla. Había numerosos arcos de bienvenida y las casas estaban engalanadas con vistosas colgaduras. Tras los discursos pertinentes, la reliquia fue depositada en la iglesia parroquial. El párroco oscense don Damián Iguacen, que trasladó el hueso desde Huesca hasta San Lorenzo, recordaba el “entusiasmo enardecido de la multitud” y lo hermoso que era “oír en plena Sierra Morena el himno del Santo”.

San Damas

          La fiesta de San Damas, pese a su nombre, es una celebración de carácter laico. Su origen tiene una fecha muy concreta: el sábado, 11 de diciembre de 1745. ¿Qué sucedió aquel día? Pues acaeció algo inédito en la historia de nuestro pueblo. Una explosión de júbilo como nunca antes se había visto. En aquella jornada inverosímil, los vecinos de Mestanza, armados con garrotes y cencerros, expulsaron de sus tierras a todos pastores foráneos y a sus ganados. ¿Por qué? Es una historia que viene de lejos.

          Tras la expulsión de los musulmanes en el siglo XIII, todo el territorio de Mestanza pasó a pertenecer a la Orden de Calatrava. No obstante, para facilitar la repoblación, la trashumanciaOrden cedió a nuestra villa algunas tierras alrededor del pueblo. Estas tierras eran para usufructo de los vecinos y ni siquiera el ganado de la Mesta podía pastar en ellas sin el permiso del Concejo municipal. Hasta aquí todo iba bien. Pero, adicionalmente, se instituyó una Comunidad de Pastos entre Mestanza y Puertollano. Esta comunidad permitía a los ganados de Puertollano el aprovechamiento de todos los pastizales de Mestanza a excepción de algunas redondas y de la dehesa boyal de La Gamonita. Y aquí empezaron los problemas.

          Como cabía esperar, los pleitos entre los concejos de ambos pueblos se multiplicaron. La dinámica era siempre la misma. Primero los de Mestanza apresaban el ganado de Puertollano que pastaba en los terrenos comunales y le imponía una multa. Después los de Puertollano llevaban el caso a los tribunales. Por último, los jueces (tanto en primera instancia como en el tribunal de apelación de la Real Chancillería de Granada) fallaban, invariablemente, a favor de Puertollano. Y así una y otra vez. Hasta 1745.

          El 22 de octubre de 1745, por primera vez, el tribunal de primera instancia falló a favor del Concejo de Mestanza dictaminando que “como dueño que es de su territorio,119 pueda única y libremente gozar de sus aprovechamientos, sin que Puertollano ni alguno otro se lo embarace o limite”. ¿Qué había pasado? ¿A qué se debió esa histórica sentencia? Al parecer, el abogado de Mestanza presentó ante el tribunal una antigua escritura de venta otorgada en 1590 por el rey Felipe II. Dicha escritura reconocía que el Concejo y vecinos de Mestanza eran los propietarios de todo el término que les había donado la Orden de Calatrava.

          Siete semanas más tarde, el correo de postas llegó a Mestanza con el fallo judicial. Era la mañana del sábado 11 de diciembre. Inmediatamente, se convocó al vecindario en la iglesia parroquial para informarles del laudo favorable. Los vecinos escucharon atónitos. Que el Concejo dispusiera a voluntad de las tierras comunales suponía de facto que podía alquilarlas a los serranos de la Mesta y obtener unas rentas nada desdeñables para la población. Una ola de emoción se apoderó de los asistentes. Preguntado el párroco qué santo se celebraba ese día, respondió éste que “San Dámaso”.  En aquel mismo instante se declaró San Dámaso como fiesta solemne con sus oficios litúrgicos y su convite a los vecinos a cargo del ayuntamiento.

          Pero no quedó aquí la cosa. El vecindario, llevado por el entusiasmo, decidió que había que expulsar a los ganaderos de Puertollano sin más dilación. Dicho y hecho. Los 110vecinos se desbordaron por los terrenos comunales. Una gran cencerrada atronó en los pastos de El Castillejo, Peralosa, Palancares, Cabriles, Cabeza del Puerco, Lebrachos, Las Plazuelas y La Antigua. La estampida de los animales fue inmediata. Los de Mestanza blandieron sus garrotes para disuadir a los desterrados de cualquier ánimo defensivo. Los rebaños huyeron despavoridos hacia a los puertos de montaña. Al caer la noche nuestro municipio quedó libre de ganados invasores. Para evitar su regreso los pastores montaron guardia en los puertos y en los cruces de caminos. La luna llena favorecía a los centinelas. Los pastores encendieron grandes hogueras para calentarse pues la noche era fría. Había fogatas en los puertos del Roble y de Mestanza, en los cordeles de Pozo Medina y de la Dehesa Gamonita, en los descansaderos de la Posadilla y del Charco de Botija. Durante toda la noche no pararon sonar los cencerros.

          El Concejo de Puertollano presentó un recurso ante la Real Chancillería de Granada. Seis años más tarde, en octubre de 1751, el tribunal de apelación dio la razón alhoguera pueblo vecino. La sentencia señalaba que aunque, efectivamente, los pastos comunales eran usufructo de Mestanza, Puertollano tenía derecho como co-usufructuario de los mismos. No obstante, los mestanceños nunca olvidaron su primera victoria ni aquella jornada de cencerros y hogueras. Cada año los vecinos volvían a celebrar San Dámaso con alegrías renovadas. Corría el vino y se repartían raciones de pan con caldereta. Había música y bailes. Se encendían hogueras en la plaza, en las eras, en el Calvario. Un estruendo de cencerros recorría las calles. La fiesta pasó a conocerse como la Cancelaria de San Damas.

          Con el paso del tiempo, la fiesta fue perdiendo vigor hasta desaparecer. Pero su recuerdo se trasmitió de padres a hijos. Al terminar la Guerra Civil, un vecino llamado Dámaso Ramírez Ruiz decidió recuperarla. Todos los años, en cumplimiento de una promesa, llevaba a la plaza una carga de leña. Poco a poco, los vecinos se fueron animando y aportaron pequeños haces a la pira. A día de hoy, el pueblo de Mestanza celebra la candelaria con una gran hoguera y una parrillada popular. Cada diciembre, los cencerros vuelven a repicar con fuerza en recuerdo de nuestros antepasados y de aquella lejana jornada de San Damas.

 

Este artículo se ha basado íntegramente en la magnífica investigación de Miguel Martín Gavillero titulada San Damas.

La colección de cencerros que muestra la fotografía pertenece a Diego Cascos y data del año 1940. Están hechos de chapa de hierro o de cobre e iban atadas al pescuezo de las reses mediante correas de cuero con hebillas.

La colección de badajos que muestra la fotografía pertenece a Manuel Cardo. Son piezas artesanales hechas a mano en madera de boj, retama y encina.

La iglesia de San Esteban

          Se cree que la iglesia de San Esteban Protomártir se erigió sobre una primitiva mezquita bereber. Aunque no hay testimonios arqueológicos que confirmen esta hipótesis, es posible que los sillares que sustentan la torre del campanario sean los 20181223_133945últimos vestigios de aquel templo musulmán. Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) las tropas castellanas ocuparon definitivamente nuestro pueblo y debió ser entonces cuando se consagró la mezquita para el culto cristiano. La primera mención escrita a la iglesia mayor data de 1493 y corresponde a un informe de los visitadores de la Orden de Calatrava. Este documento da cuenta de sus abundantes bienes: varias sobrepellices, un libro de santos, un libro de bautizos, un cuaderno de oficios, un pasionario con historias de mártires, tres cirios de madera policromada, un candelero, un misal, una campanilla “para levar el Corpus Christi”, un incensario de cobre, un acetre “para el agua bendita” y un baptisterio. Los calatravos hicieron constar, además, que las ermitas de San Cristóbal –en las afueras del pueblo- y de San Ildefonso en El Hoyo, dependían de la iglesia de Mestanza.

          El templo tiene planta rectangular. En el extremo occidental se levanta un ábside poligonal que acoge la sacristía. En el extremo oriental se sitúa el coro, sobre el cual se alza la torre del campanario. Sus tres naves están cubiertas por bóvedas de arista y una cúpula sobre pechinas que ilumina el presbiterio y el altar mayor. La iglesia está construida con grandes sillares, ladrillos y mampostería. La parte más valiosa son sus portadas barrocas. En la portada sur se elevan dos pilastras estriadas que culminan en un bello arquitrabe de triglifos y metopas con rosetas. El frontón, en cuyos extremos hay dos pirámides rematadas por esferas, está quebrado en su cúspide para albergar una cruz de Calatrava. Uno de los sillares del frontón tiene grabada una fecha -1657- que muestra el año en que fue esculpido este conjunto. La portada norte está enmarcada por dos pilastras almohadilladas y un sencillo arquitrabe. Dentro del frontón hay una hornacina que quizá acogió una imagen, hoy desaparecida, de San Esteban.

 

 

        Una escalera de caracol conduce a lo alto del campanario. Hay dos campanas: una grande –llamada Nuestra Señora del Pilar– que se fabricó en 1947 por suscripción popular y otra más pequeña de 1923. Antiguamente, el tañido de las campanas marcaba el ritmo de la vida en el pueblo. Con el toque del alba comenzaban las labores del campo. 198Al llegar el mediodía, el toque del ángelus invitaba a parar las tareas para rezar en grupo. El toque de oración -el último del día- ponía fin a la jornada laboral. El toque de misa diaria convocaba a los fieles a visitar la iglesia. En las celebraciones y en los actos solemnes las campanas tañían con viveza. El final de la última guerra carlista en 1876 fue saludado con “repiques de campanas, salvas y otros festejos”. También había toques de alarma en los que se avisaba de que algo grave ocurría en el pueblo, ya fuera un incendio, un accidente o un suceso inoportuno. En 1872 un fuerte repique alertó al pueblo de la amenaza de una partida carlista. El volteo incontrolado de las campanas atemorizó a la cuadrilla y desistieron de atacar. Por último estaba el toque de difuntos –el más triste-, que anunciaba el fallecimiento de algún vecino. Una epidemia de viruela acaecida en 1869 provocó tantas muertes que las campanas sonaban a todas horas. El alcalde tuvo que pedir al párroco José Arenillas que cesaran los toques de difuntos pues tenían “sobresaltado al vecindario”.

          Nuestra iglesia ha sufrido múltiples percances a lo largo de la historia, pero quizá los más graves fueron el terremoto de Lisboa en 1755 y el incendio de 1926. El terremoto dejó “muchas casas [de Mestanza] totalmente arruinadas, otras casi inhabitables y todas, sin diferencia, destruidas”. La iglesia acabó “bastante quebrantada, todos sus tejados desplomados, la torre algo vencida a la parte de poniente y su muralla abierta, de que amenaza no poco peligro”. Respecto al incendio del 18 de abril de 1926, mi abuelo aun recordaba el horror de los vecinos al descubrir que toda la cubierta de madera y el rico artesonado del coro habían sido pasto de las llamas. El interior de la iglesia tuvo que ser reconstruido en su totalidad. Las obras se ejecutaron con una rapidez pasmosa. Al concluir el año 1928 ya se habían erigido las “hercúleas columnas” y las “monumentales bóvedas” que citaba el diario El Pueblo Manchego. El templo actual es el fruto de aquel esfuerzo.

          La iglesia alberga varios objetos e imágenes antiguas. La talla de Nuestra Señora de la Antigua, cuyo torso data del siglo XIV, es la pieza más notable. Del siglo XVI son la pila bautismal y la custodia de plata confeccionada por el maestro toledano Francisco de Vargas. El Cristo Crucificado fue fechado en el siglo XVII y la talla de San José en el siglo XVIII. Estos objetos y la iglesia misma son el patrimonio más valioso que tiene Mestanza. No es baladí recordar la importancia de preservarlo en buen estado para nuestros hijos y nietos. Es el mejor legado que podemos dejar a las futuras generaciones.

pila bautismal (s.XVI)

La ermita de San Cristóbal

          Es muy probable que la ermita de San Cristóbal, hoy desaparecida, fuera la más antigua de las existentes en el término de Mestanza. El Catastro de Ensenada (1751) la 20190420_201702ubica “en el sitio del cerro de San Cristóbal, que dista de la villa cerca de medio cuarto de legua”, es decir, medio kilómetro. Debió erigirse en la primera mitad del siglo XIII, sobre la base de una torre árabe cuyos restos aún se pueden apreciar. No en vano, desde su cima se controlan las principales rutas hacia el sur: el camino de El Hoyo y la vereda de la Antigua. Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) el dominio cristiano quedó totalmente consolidado y al lugar se le empezó a dar un nuevo uso para el culto que perduró hasta bien entrado el siglo XVIII. ¿Por qué desapareció la ermita tras más de 500 años de devoción? Es un misterio que quizá nunca se resuelva.

          La primera referencia histórica a la ermita la tenemos en el siglo XV. En los legajos de los visitadores calatravos de 1493 se la cita a menudo junto a la de San Ildefonso de El Hoyo. En las Ordenanzas de la Cofradía de la Vera Cruz (1707) se indica que los cofrades debían salir en procesión el Jueves Santo desde la Iglesia Mayor hasta la Ermita de San Cristóbal:

Ordenamos y tenemos por bien que: por reverencia a la pasión que Nuestro Señor Jesucristo padeció en el árbol de la Santísima Vera Cruz [y] para salvar el Jueves Santo de cada año por siempre jamás, los hermanos todos salgamos en procesión desde la Iglesia Mayor hasta San Cristóbal.

          San Cristóbal fue un santo muy venerado en la Edad Media. Era el patrón de los arrieros, caminantes, viajeros y, por extensión, de los ganaderos trashumantes. Dado que la ermita estaba, como se ha dicho, situada entre las veredas de El Hoyo y La Antigua,20190420_201727 cabe pensar que era muy popular entre los pastores que hacían la invernada en nuestros pastos. La leyenda afirma que en una ocasión, el santo ayudó al niño Jesús a cruzar un río. El nombre de Cristóbal (del griego Christóforos, es decir “portador de Cristo”) provenía de esta hazaña. También por ese motivo, se le solía representar llevando sobre el hombro a un niño Jesús. Una de las numerosas leyendas medievales tejidas en torno a su figura afirmaba que San Cristóbal era protector contra las muertes repentinas en las que no daba tiempo a la confesión. Los pastores trashumantes podrían asomarse a la ermita para ver su imagen y estar protegidos todo el día. Así lo decía el refrán: “Si del gran San Cristóbal hemos visto el retrato, ese día la muerte no ha de darnos mal trato».

La Sepultura del Moro

          La Sepultura del Moro es una tumba excavada en un afloramiento rocoso cuyo origen parece remontarse al periodo visigodo (siglos V-VII). Está situada al este de la villa, junto al cordel de la Dehesa Gamonita.

          Los sepulcros labrados en la roca natural se extienden por toda la Península Ibérica. Durante el siglo XIX, los estudiosos los consideraron de época íbera; no fue hasta 20190419_204908bien entrado el siglo XX cuando se reconoció su carácter altomedieval. Los primeros estudios arqueológicos realizados con rigor los efectuó el profesor Alberto del Castillo en las décadas de 1960-70. Este investigador estableció la siguiente cronología: las sepulturas más sencillas (con forma ovalada o de bañera) se situaban, sin ambigüedad, en la época visigoda; las tumbas mejor talladas (con forma antropomórfica donde se distingue claramente la cabecera) serían posteriores (siglo IX en adelante). La Sepultura del Moro tiene forma de bañera –ovalada con un estrechamiento progresivo desde la cintura a los pies- por lo que cabría situarla cronológicamente en la época visigoda.

          Los estudios más recientes consideran superado el tiempo en que solo se estudiaban las sepulturas en relación a su evolución tipológica y tienen en cuenta muchos otros factores. No obstante, como sucede en Mestanza y en la mayoría de los20190419_205230 casos, estas tumbas carecen de ajuares, de restos óseos y de contextos arqueológicos claros. De ellas se puede decir, parafraseando a Churchill, que son un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma. En lo que sí hay consenso a día de hoy es en que corresponden a la época altomedieval. También en que se utilizarían ex profeso para un individuo concreto y que eran tapadas con planchas de piedra para proteger al difunto. La Sepultura del Moro no conserva ni esta plancha ni mucho menos restos de un ajuar. Es lógico. Se trata de una zona muy expuesta y cabe suponer que fue expoliada de antiguo.

          ¿Por qué solo se conserva un sepulcro? ¿Por qué no encontramos una necrópolis? Estas fueron las primeras preguntas que me hice al ver la Sepultura del Moro. Lo cierto es que, observando los alrededores, no vi ningún otro afloramiento rocoso de suficiente envergadura como para contener un cuerpo humano. Quizá esta sea la única respuesta.

          ¿Por qué alguien invirtió tanto tiempo en labrar esta sepultura? Con las herramientas de la época podía tardarse varios meses en excavar una tumba de este tipo. Hubiera sido menos trabajoso haber enterrado el cuerpo bajo tierra y revestir el hueco con lajas en los laterales y en la parte superior, pero supongo que el difunto prefería ser inhumado de forma más selecta que sus paisanos. No es tan raro si lo comparamos –salvando las distancias- con las pirámides faraónicas o con otros monumentos funerarios.

          La Sepultura del Moro sigue ahí, resistiendo el paso de los siglos. Ha visto pasar a los duros visigodos, a los invasores musulmanes, a los impetuosos cristianos, a los pastores trashumantes, a los tenaces mineros… Contemplar su silueta es un ejercicio de humildad. Nos recuerda nuestra insignificancia en el colosal torrente de la historia. También nos enseña que el pasado es, muchas veces, un pozo insondable en cuya oscuridad apenas alcanzamos a percibir algunos destellos de verdad.

Julián Bonillo en la División Azul

A Miguel Ángel Pareja

 

          Durante la Segunda Guerra Mundial, el azar quiso que dos mestanceños combatieran frente a frente. Uno –Julián Bonillo- en el bando alemán; otro –Germán Vozmediano- en el soviético. Hoy sabemos que ambos lucharon por una causa equivocada, pero también que lo hicieron con mucho valor y mucha decencia.

          A finales de 1942, nuestro paisano Julián Bonillo Barato salió de su casa –en el número 24 de la calle Cristo- para alistarse en la 250ª División de Voluntarios Españoles de la Wehrmacht, más conocida como la División Azul. No se sabe si lo hizo por convicción, por deseo de aventura o por necesidad. Lo que sí sabemos es que eran años muy difíciles, que su madre Hermógina había quedado viuda y que los divisionarios tenían derecho a dos pagas, una española y otra alemana.

          Al llegar a Baviera, Julián ya vestía el elegante uniforme feldgrau del ejército alemán y el feldmütze schiffchen, ese característico gorro de churrero conocido como “el barquito”. En el campamento de Grafenwöhr, los divisionarios recibieron un duro columna de la División azul en marchaentrenamiento para cumplir en unos pocos días lo que normalmente llevaba un trimestre. Los rudimentos de la instrucción los aprendieron sin problema. Lo que llevaron peor fue la rígida disciplina prusiana. Los alemanes los veían como gente indisciplinada, descuidada con la pulcritud del uniforme y el cuidado del armamento e incapaz de saludar correctamente a los superiores. Se acumularon las quejas contra los españoles por llevar la guerrera desabrochada, fumar en las guardias, organizar fiestas, pasear del brazo con mujeres, practicar el trueque y confraternizar con la población civil. Parece que incluso llegaron a ofrecer víveres y cigarrillos a los judíos, lo cual les ocasionó serios problemas con la estricta policía militar alemana.

          El Batallón en Marcha nº 20 llegó a Leningrado en febrero de 1943, tras varias semanas con marchas de 50 kilómetros diarios y 40 kilos de equipo encima. Por esas fechas, los efectivos de la División Azul estaban al completo. Desde 1942 se recibían con regularidad estos “Batallones en Marcha” con centenares de nuevos voluntarios que cubrían las numerosas bajas. Los veteranos (o “guripas”) motejaban a los novatos recién llegados como “mortadelas”. Julián fue destinado al Regimiento 269 Esparza, III Batallón, 9ª compañía de fusiles. La misión consistía en cubrir un frente de más de veinte kilómetros desde Krasny Bor a Pushkin, atravesado por el río Ishora y por la carretera Leningrado-Moscú. El paisaje era aterrador: temperaturas nocturnas de más de 50 grados bajo cero, el río helado, la nieve hasta la cintura. Cuando iban a orinar, los soldados se ponían un viejo calcetín sin puntera en el miembro para evitar que se les congelara. Se cuenta que, como la orina se helaba antes de llegar al suelo, los guripas solían hacer creaciones artísticas con sus micciones.

          Aquel mes de febrero se produjo el combate más sangriento de la División: la batalla de Krasny Bor. El día 10, 5.000 españoles resistieron un ataque devastador de cuatro divisiones soviéticas compuestas por 44.000 hombres y un centenar de carroskrasny bor blindados. Abandonados a su suerte, durante todo el día pelearon como fieras, a la desesperada. Los oficiales llegaron a pedir fuego artillero sobre su propia posición por estar inundados de rusos. Hubo unos 2.200 españoles muertos, heridos o desaparecidos, pero frenaron la embestida de los rusos, les hicieron 10.000 bajas y obtuvieron de Hitler este comentario: «Extraordinariamente duros para las privaciones y ferozmente indisciplinados».

          A los divisionarios les costaba hablar de sus experiencias y ocultaban el haber matado. Pero lo cierto es que no solo se mató mucho, sino que gran parte de las muertes se ejecutaron en combates cuerpo a cuerpo, con bayoneta y cuchillo. De ahí la famosa canción: Nada nos importa el frío / tenemos la sangre ardiente / si se nos hiela el fusil / el machete es suficiente. El 26 de mayo, Julián celebró su 22 cumpleaños en el frente. Por esas fechas recibió el mejor regalo posible: la nueva ametralladora MG-34. Los españoles estaban fascinados con ella. Era tan extraordinaria que muchos ejércitos la mantienen en activo hoy en día. Un mes después, Julián cayó herido de bala en la mano derecha. Fue evacuado al hospital de Riga (Letonia) y después le trasladaron al hospital de Vilna (Lituania) donde recibió el alta a mediados de julio. Tras su regreso al frente, Julián pudo lucir en su manga izquierda el galón dorado en ángulo que servía como distintivo de herido en combate.

          Nuestro paisano fue repatriado a España el 7 de diciembre de 1943, después de permanecer casi un año en el frente. Numerosos testimonios de los rusos recuerdan a los españoles como “alegres”, “ruidosos” y “ladrones”. La población local aprendió pronto que “pese a todo, eran mucho más humanos que los alemanes”. En las fotografías, los divisionarios aparecen a menudo con las manos en los bolsillos. Este sencillo comportamiento era contrario a las normas básicas de la etiqueta imperante en el ejército alemán y molestaba terriblemente a éstos. Quizá justamente por ello los españoles –soldados y mandos- iban a todas horas con las manos en los bolsillos.

          Creo que Julián Bonillo podría haber hecho suyas aquellas palabras de George Orwell: “Esta guerra, en la que desempeñé un papel tan irrelevante, me ha dejado sobre todo malos recuerdos y, sin embargo, no me hubiera gustado perdérmela”.

manos bolsillos

 

 

Don Quijote en Sierra Morena

En su segunda salida, don Quijote y Sancho se adentran en el Valle de Alcudia por el Camino Real que comunicaba Toledo y Córdoba. En las Relaciones topográficas de Felipe II, la villa de Almodóvar del Campo señala este camino como “el paso y camino real y ordinario de Castilla la Vieja para el Andalucía”; y añade: “y es paso forzoso y necesario venta inésentre las dichas dos provincias”. Recordemos que el paso de Despeñaperros no se abrió hasta el siglo XVIII. Cervantes conocía el Camino Real a la perfección, pues lo había transitado en numerosas ocasiones como comisario real de abastos de la Armada Invencible. En el comienzo de Rinconete y Cortadillo ya menciona la venta del Molinillo, “que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla a la Andalucía”. El escritor Julio Llamazares, que siguió los pasos del caballero, señala en su obra El viaje de don Quijote (2016) que “las ventas del Molinillo y del Alcalde, hoy de la Inés, eran las dos últimas que los viajeros hallaban antes de adentrarse en Sierra Morena de lleno, que son palabras mayores y más en tiempos de don Quijote, en los que estaba llena de bandoleros”. En las cercanías de estas ventas tiene lugar el encuentro de don Quijote con la cadena de galeotes que se dirigían por el Camino Real a las costas andaluzas para penar sus pecados en las galeras del rey. Tras liberar a estos cautivos, temerosos de las represalias de la Santa Hermandad, don Quijote y Sancho se adentran en Sierra Morena “que allí junto estaba”.

Es en este punto cuando entran en los términos de Solana del Pino y Mestanza, en “mitad de las entrañas de Sierra Morena”. Según indica Cervantes, Sancho tenía la firme intención de atravesar toda la sierra “e ir a salir al Viso o a Almodóvar del Campo”. Comoventa-de-la-ines--almodovar-del-campo señala Astrana Marín, el gran biógrafo de Cervantes, en ambos casos debían “apartarse del Camino Real” y dirigirse hacia el este a través de senderos. Si querían salir a Almódovar, lo más razonable era alcanzar el camino que comunicaba Fuencaliente con Mestanza. Las Relaciones topográficas de Felipe II señalan que eran “cinco leguas de muy mal camino (…) fragoso y áspero de cerros y montes”. La idea de Sancho era “esconderse algunos días por aquellas asperezas, por no ser hallados si la Hermandad los buscase”. Si por el contrario preferían salir al Viso del Marqués, no había que pasar por el pueblo de Mestanza, sino continuar hacia el este por sus aldeas de Solanilla del Tamaral y San Lorenzo de Calatrava.

En algún paraje de nuestras sierras, don Quijote y Sancho se encuentran con un cabrero. Éste les cuenta la historia del desafortunado Cardenio, que se hallaba saltando “de risco en risco y de mata en mata”. El cabrero les informa que tiene intención de encontrar a Cardenio y “ya por fuerza, ya por grado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas, y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura”. Se trata de una de las precisiones geográficas más puntuales de la inmortal novela.

El mejor homenaje al paso de don Quijote y Sancho por nuestras sierras se lo debemos a nuestros vecinos de Solana del Pino. La Plaza de Sierra Madrona, junto a la iglesia, está bellamente decorada con cerámicas de motivos quijotescos. Con un criterio excelente, se alternan las estampas cervantinas y textos de los capítulos de El Quijote relativos a su estancia en Sierra Morena. Decía Borges que El Quijote era la historia de “una amistad y de una alegría”. No hay una definición mejor. El caballero y su escudero forman ya parte de la historia de Mestanza, y como tales, cualquier ocasión es buena para celebrar su paso por nuestra tierra.

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El volcán de la Alberquilla

            La Laguna de la Alberquilla está situada a unos siete kilómetros al este de Mestanza, en lo alto de la sierra que separa los valles de Alcudia y del Ojailén. El caminante asciende a la cumbre por un camino asequible. En la primavera, el aroma del laguna alberquillatomillo y la lavanda van llenando la mañana. Un viento suave agita las hojas crujientes de las encinas, mostrando su haz verde oscuro y su envés grisáceo. Las mariposas revolotean entre los enebros, encendiendo el aire y alegrando la vera del sendero. Aquí se han visto ciervos, jabalíes, zorros; también especies amenazadas como el lince ibérico. En el cielo se contemplan joyas ornitológicas como la cigüeña negra, el águila imperial o el buitre negro. La laguna, con más de 20 metros de profundidad, está llena de agua después de las lluvias.

            Esta inocua laguna es en realidad el cráter de un volcán. Hace varios millones de años se produjo aquí una explosión formidable. Este maar o cráter, con una dimensión de 800 x 500 metros, fue el brutal resultado de la vaporización de las aguas freáticas al entrar en contacto con el magma ascendente. Miles de toneladas de rocas volcánicas salieron despedidas de las entrañas de la tierra. Los depósitos piroclásticos que sevolcan observan alrededor del cráter nos recuerdan la magnitud de aquella enorme erupción. El Campo de Calatrava es una de las zonas de vulcanismo reciente más importantes de la Península Ibérica. La palabra “reciente” puede resultar engañosa. Hablamos de un periodo comprendido entre hace 8,7 millones de años y 1,7 millones de años. Pero en términos geológicos, es como decir “hace un rato”. Por este motivo los edificios volcánicos conservan su morfología original y sus productos se han preservado en muy buenas condiciones de observación. En el término municipal de Mestanza hay cinco volcanes catalogados: Tres de ellos –La Gitana, Villalba y El Burcio– son de tipo estromboliano; el volcán de La Cayetana es de tipo efusivo; y La Alberquilla es el único volcán de tipo hidromagmático. En 1999 la Laguna de la Alberquilla fue declarada Monumento Natural por ser “la única laguna de origen volcánico que se encuentra colgada en la parte alta de una sierra cuarcítica”.

            El nombre de “Alberquilla” proviene de la palabra árabe “alberca” (bírka) que significa “estanque”. El Libro de la Montería (s. XIV) se hace eco de este hermoso lugar:

La Sierra de la Alberquilla es buen monte del oso y del puerco en invierno y [también] en el comienzo del verano. Y son las vocerías: una desde el Puerto del Burcio por [la] cima de la sierra hasta el Puerto de la Alberquilla; [y la otra] por el campo de Alcudia hasta la huerta de la Alberquilla. Y la primera vez que corrimos este monte, matamos un oso de los [más] grandes que matamos hasta ese día.

En este libro excepcional se describen los montes donde se podían cazar osos y jabalíes. Los cazadores medievales cercaban a los osos y jabalíes en la Alberquilla. Mientras un grupo comenzaba la batida (vocería) ascendiendo a la sierra desde el valle, el otro lo hacía a través de la sierra partiendo del cercano Puerto del Burcio. Una vez rodeados, los animales eran acorralados por los perros, dejándolos a tiro de arco o de ballesta.

            El caminante desciende de la cumbre por el mismo sendero. El monte está cubierto de jaras y retamas. En la ladera el matorral –romero, cantueso y espliego- ha desplazado a la hierba. El valle se llena con los sonidos del campo: los balidos de las ovejas, el tintineo de sus esquilas, los ladridos de los mastines, el piar de los pájaros. La brisa trae olores frescos de manzanilla, magarzas y campanitas. Recuerdo las palabras del filósofo John Cowper Powys: “No hay razón para que le neguemos a las plantas una lenta, débil, vaga, amplia y relajada semiconsciencia”. ¿Es posible que el tomillo y el romero estén despiertos en cierto sentido? ¿Pueden sentir las encinas mi tránsito por estos parajes?

La Virgen de la Antigua

                  El culto a la Virgen de la Antigua, patrona de Mestanza, se remonta al siglo XIV. Así lo acredita la datación de su torso de madera policromada. La cabeza, las manos y el 20190402173646_001Niño se perdieron con el paso del tiempo, siendo los actuales del siglo XVIII. Por tanto, el torso de la Virgen es el objeto más antiguo que nos han legado nuestros antepasados. Tiene nada menos que 700 años. Hace tiempo, pude contemplarlo de cerca. Quedé fascinado por los suaves pliegues de su manto, recogido para sostener al Niño sobre el brazo izquierdo. La túnica, de tonos ocres, tiene un escote redondo enmarcado por una guarnición cuadrada de color rojo que era conocida como orfrés en la Edad Media.

                  En el siglo XIV, el Valle de Alcudia era una región muy famosa. Una de las obras cumbre de la literatura española, El Libro de buen amor, escrito hacia 1330 por Juan Ruíz, Arcipreste de Hita, ya cita “el campo de Alcudia e toda Calatrava”. Tras la expulsión definitiva de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), muchos castellanos del norte peninsular se asentaron en nuestro pueblo. Aquellos hombres trajeron sus costumbres y sus creencias. Fueron ellos quienes introdujeron la devoción a la Virgen de la Antigua. Al parecer, se trataría de una advocación castellano-leonesa. De hecho, en León se encuentra el pueblo de La Antigua, con un templo dedicado a esta virgen y una talla del siglo XII.

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              La ermita medieval de la Virgen se construyó en el paraje de La Vera, en el mismo sitio donde se levanta la ermita actual, en el término de Solana del Pino. Fue erigida en el siglo XIV para dar cobijo a la imagen recién tallada de la Virgen. La primera silosmención a la ermita de la Antigua la encontramos en el Bulario del papa Benedicto XIII (el Papa Luna). En una misiva fechada el 21 de abril de 1412, el papa ordena al arzobispo de Toledo que ratifique la donación del “eremitorio de Mestanza” hecha por don Lope Carrillo, comendador calatravo de la villa, al clérigo abulense Fernando Alfonso, pues “desea consagrarse allí al Señor en unión de otras personas”. Todavía pueden verse las ruinas de sus viviendas y del silo donde aquella congregación almacenaba los cereales. Como era usual en la Baja Edad Media, el silo tiene forma cilíndrica y está escavado en el terreno con una profundidad algo superior a un metro.

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La Cofradía de la Virgen de la Antigua aparece documentada por los visitadores calatravos en 1510, lo cual la convierte en la hermandad viva más antigua de Mestanza. La celebración del Voto, por su parte, aparece descrita en 1569:

Los vecinos de la dicha villa de Mestanza tienen por devoción ir (…) a la dicha ermita cada un año por el dicho día. [Ese día] dicen la misa, [y también dicen] misa al otro día siguiente, y comen en ella, y lo que en esto gastan lo contribuyen entre todos sin gastar cosa alguna de la renta de la dicha ermita. Y que esta es cofradía que tienen hecha los vecinos de la dicha villa por su devoción.

En un documento de 1603, el rey Felipe III autorizaba al Concejo de la Villa a dar “limosna y caridad” hasta la cantidad de 10.000 maravedís en cada uno de los tres días 20190418_233023de fiesta que se celebraban en honor de la Virgen: el domingo de Pascua y otros dos días en agosto por la Asunción de María. Más tarde, el Voto pasó a celebrarse el lunes de Pentecostés y no fue hasta hace poco que pasó a festejarse el último domingo de mayo. En 1905 se decidió trasladar la imagen a la Iglesia de San Esteban, si bien se siguió celebrando la romería en la Vera de la Antigua. Según contaban nuestros abuelos, la imagen se dejaba sobre una piedra en mitad del río Montoro, en el conocido como “Vado de la Virgen”. Allí acudían tanto los de Mestanza como los de Solana del Pino a celebrar la fiesta hasta que, en la década de 1920, se produjo una disputa entre ambos pueblos. La Virgen se quedó definitivamente en Mestanza y tanto la Vera de la Antigua como su ermita cayeron en el olvido.

        No existen fotografías ni grabados de la vieja Ermita de la Antigua. Tan solo disponemos de la descripción realizada en 1948 por Patricio Martín Albo, párroco de Mestanza. Podemos inferir que se trataba de una sencilla construcción de planta20190418_232536 rectangular levantada sobre un zócalo de sillares y con muros de mampostería. El eje mayor seguía una línea este-oeste, apuntando su cabecera (ábside) hacia oriente. Gracias a esta orientación particular, los rayos de sol de la mañana penetraban por las ventanas absidales, iluminando el altar donde estaba la Virgen. La ermita tendría un techo de madera, un tejado a dos aguas con teja curva y una espadaña con su campana. Está documentada la existencia de “dos grandes pórticos a los lados laterales”, esto es, al norte y al sur. La entrada se situaba en el pórtico sur. Una portada construida en ladrillo con un arco de medio punto guarnecía la puerta de doble hoja. El edificio disponía de una habitación para el santero y de una sacristía donde se guardaban varios objetos de culto. También se conservaba un antiguo retablo, una pila de agua bendita y un baptisterio.

          Todo parece indicar que se trataba de una ermita sobria y muy bella en su sencillez. Pero todo se echó a perder por la desidia. El informe del párroco Martín Albo portadaes desolador. Al llegar a la ermita en 1946 se encontró un pórtico lleno de paja y el otro medio derruido. Las puertas de madera estaban arrancadas de cuajo. El interior de la ermita servía para guardar el ganado y el suelo estaba cubierto de estiércol. La espadaña seguía en pie, pero la campana apareció partida en varios trozos. El informe culpaba a un tal Leandro Juárez, vecino de Solana del Pino, cuyo padre había adquirido la finca a los pocos años de concluir la celebración de la romería. Al parecer, tras expulsar a la última santera, aquel noble santuario pasó a convertirse en un cochambroso redil para el ganado. Fue reconstruida en la década de 1950. Del edificio original, parece que solo se conserva la portada de ladrillo, hoy pintada en un tono rojizo. Es el último vestigio de la antigua ermita.

               En 1926, tras la disputa con Solana del Pino, la romería pasó a celebrarse en “Las Pozas”, dentro de la finca de El Belesar. Los mestanceños se dispusieron a construir una nueva ermita en este sitio, pero según contaban, todo el trabajo realizado durante el día era destruido misteriosamente durante la noche. Hubo dos interpretaciones al respecto. Una era que la Virgen no deseaba tener allí su ermita. Otra explicación, más prosaica, sostenía que el propietario de la finca –un tal Pío Garagorri- ordenaba el derribo de las20190420_200801 obras. Por fortuna, un terrateniente llamado Germán Inza, ofreció su finca de Hato Castillo para la celebración de la romería. Se trataba de un hombre muy devoto de la Virgen y de un apasionado del Valle de Alcudia, del cual dejó escrito: “Su sencillez es lo eterno, lo real, lo sagrado y la elegancia máxima”. En el año 1962 se construyó la nueva ermita de Hato Castillo, en lo alto de un cerro situado en vereda de la Antigua, la misma que conducía a la ermita medieval. Muchos vecinos de Mestanza colaboraron en su construcción. Allí se celebran hoy día las fiestas patronales de la Virgen, que sigue gozando de gran aprecio y devoción por parte de los mestanceños. El sábado se celebra la Misa Mayor seguida de una procesión. El domingo tiene lugar la Romería en los alrededores del santuario. Continúan vigentes aquellas bellas palabras de Germán Inza: “La entrada de la Virgen en el pueblo es apoteósica. Cohetes, tracas, rondas de pólvora. Miles de personas. Entusiasmo. Delirio. ¡Viva la Virgen de la Antigua!”.

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Mestanza, un apellido literario

            Mestanza, además de ser el nombre de nuestro pueblo, es un apellido toponímico que se extiende por España y América. El personaje más famoso que lo ha ostentado fue IND119216el poeta Juan de Mestanza Rivera. En 1555, siendo muy joven, viajó a las Indias para hacer fortuna. Pasó muchos años en la ciudad yucateca de Mérida (México), donde alcanzó el grado de teniente general de aquella gobernación. En 1578 había pasado a residir en Guatemala, donde su fama de poeta se extendió hasta España. Miguel de Cervantes le dedica una octava en su Canto a Calíope, incluido en La Galatea (1585):

Y tú, que al patrio Betis has tenido

lleno de envidia, y con razón quejoso

de que otro cielo y otra tierra han sido

testigos de tu canto numeroso,

alégrate, que el nombre esclarecido

tuyo, Juan de Mestanza, generoso,

sin segundo será por todo el suelo

mientras diere su luz el cuarto cielo.

En 1586, al saberse que el corsario Drake había cruzado el estrecho de Magallanes, Juan de Mestanza partió hacia la villa de Sonsonate (El Salvador) para defenderla de los ingleses. Tras este episodio, quizá en agradecimiento, fue nombrado alcalde de la localidad. En 1614 ya había regresado a España, según se deduce de los bellos tercetos que le dedica Cervantes en El viaje del Parnaso (1614):

Llegó Juan de Mestanza, cifra y suma

de tanta erudición, donaire y gala,

que no hay muerte ni edad que la consuma.

Apolo le arrancó la Guatemala,

y le trujo en su ayuda para ofensa

de la canalla en todo extremo mala.

            En la literatura española hay varios personajes ficticios que lucen el apellido de Mestanza. El novelista Benito Pérez Galdós, en sus Bodas Reales (1900) de Los Episodiosgaldós Nacionales, nos habla de un tal Francisquillo Mestanza, natural de Puerto Lápice, de quien nos dice que era algo pendenciero, pues anduvo a puñaladas en la venta de la Tía Inés. Nada que ver con los marqueses de Mestanza, cuya existencia nos narra en su obra El caballero encantado (1909). De la hija de los marqueses, Mariquita de Castronuño, nos dice Galdós que era “riquísima heredera, buena chica, educada en Francia, de rostro no desagradable y figura esbeltísima”.

            El filósofo José Ortega y Gasset escribió las Memorias de Mestanza durante los primeros días de la Guerra Civil. En este libro relata cómo conoció en una posada de ortegaAlbarracín a don Gaspar de Mestanza, “uno de los pocos españoles interesantes que han nacido en los últimos cien años”. Este personaje ficticio había vivido muchos años fuera de España debido a su condición de diplomático. En sus extensas memorias, que el filósofo finge extractar, don Gaspar reflexiona sobre el carácter y la historia de los españoles. También sobre lo efímero de la vida: “Adiós, las penumbras deliciosas. Hay que vivir en adelante bajo una cruda luz de mediodía. Todo está claro, ferozmente diáfano: cada cosa es lo que es y nada más”.