Caso horroroso de una mujer que sacó de su cuerpo 48 lagartos en la Villa de Mestanza

A mediados del siglo XIX circuló por España un romance que narraba un truculento suceso acaecido en Mestanza. Durante años, los ciegos lo cantaron de pueblo en pueblo y lo vendieron impreso en pliegos de cordel, es decir, en hojas de papel atadas por un cordel o caña, en forma de cuadernillo.

Este tipo de romances, que se solían divulgar en ferias y que algunos coleccionaban y encuadernaban formando los denominados cancioneros, narraban hechos históricos, líricos, religiosos o simplemente sucesos tremebundos, que eran contados con el máximo detalle para convencer al público de la veracidad de lo narrado.

caso-horrorosoA diferencia de los romances tradicionales, de carácter culto, los romances de ciego eran un género literario de baja calidad, pues estaban pensados para el consumo de masas en una sociedad analfabeta. Por este mismo motivo, los poemas iban acompañados de  xilografías[1] o ilustraciones de marcado carácter sensacionalista.

Nuestro romance en cuestión narra el “caso horroroso de una mujer que sacó de su cuerpo 48 animales parecidos a unos lagartos en la villa de Mestanza”. La xilografía de portada muestra a la mujer en cuestión vomitando lagartos en una caldera mientras el médico del pueblo le sostiene la cabeza. Al cada lado de esta peculiar escena aparecen otros dos personajes. Uno de ellos, que debe ser el marido de la desafortunada, mueve los brazos angustiado, mientras que otra mujer, sentada en una silla de anea, llora desconsoladamente.

Encontré este romance en una biblioteca de Barcelona. Fue impreso en 1859 en la librería de José Tauló y se vendía en la librería de Juan Llorens, que estaba situada en la calle de la Palma de Santa Catalina.

El romance dice así:

CASO HORROROSO DE UNA MUJER QUE SACÓ DE SU CUERPO 48 ANIMALES PARECIDOS A UNOS LAGARTOS EN LA VILLA DE MESTANZA INMEDIATA A PUERTOLLANO, PROVINCIA DE CIUDAD REAL EN CASTILLA LA NUEVA

El pasmo añuda mi lengua

Mi alma amarga el pesar,

Y es tal mi asombro y espanto

Que no sé como empezar.

Porque el caso que pretendo

Brevemente referir

Es sobremanera extraño

Cual nunca se pudo oír.

Yo aquí para referirlo

Al cielo pido favor,

Perseverancia a la pluma

Y a mi corazón valor.

Que todo esto necesito

Para explicar con acierto

Un caso tan admirable

Como por desgracia cierto.

En la villa de Mestanza

Inmediata a Puertollano,

Pueblo en Castilla la Nueva

De Ciudad Real cercano,

Hace dos años que estaba

Mala una pobre mujer

De enfermedad que los médicos

No sabían entender.

Tan sólo conjeturaban

En razón de ser casada,

Que tal vez por tanto tiempo

No estuviese embarazada.

Aunque el plazo de dos años

Que su enfermedad tenía

Sus conjeturas ahora

Más vacilantes hacía.

Dabanle remedios mil,

Que de nada le servían;

Y cuanto más le duraba

Tanto menos lo entendían.

Durante su enfermedad

Su comida era en exceso

Sin que con tanto alimento

Se saciase por eso.

Dos panes ni mas ni menos

Y además por compañía

Siete libras[2] de patatas

Diariamente comía.

Y aún con hacerlo así

Acabado de comer

Se hallaba en disposición

Todavía de volver.

Nada le satisfacía;

Y al agravarse su mal,

Aumentaba en proporción

Su hambre atroz y fatal.

Y cuanto más apurada

Se hacía su posición,

Más de su esposo y parientes

Aumentaba la aflicción.

A fuerza de sufrimiento

Aunque era grave su mal,

Empezaba con el tiempo

A hacérsele habitual.

Mas un día esta mujer

Sintiose en peor estado;

Pareciole que del cuello

Tenía algo atravesado.

En vano por vomitarlo

Vivamente se esforzaba,

Sentía vivos dolores

Y aún casi se ahogaba

Al cabo de vivas ansias

Y de un acerbo sufrir

Llegó a sacar por la boca

Lo que vamos a decir.

Dos fetos de una figura

Tan raramente formada,

Que ni son cuerpos de niño,

Ni de humano ni de nada.

Y aunque sapos o lagartos

Son más estos animales,

Tampoco puede decirse

Sean en efecto tales.

¿Quien ponderará el asombro

De los que tal cosa vieron

Y lágrimas que de pena

Por la paciente vertieron?

¿Y quien podrá ponderar

De esta infeliz los dolores,

Que el funesto resultado

Acabó de hacer mayores?

¿Y quien podrá hacerse cargo,

De angustia el pecho oprimido,

Del dolor cruel, amargo

Del asombrado marido?

Mas tal tristeza y dolor

Aumentaron por demás

Al conocer que en el cuerpo

Aún le quedaban más.

El facultativo entonces

Como muy bien conocía

Que otro vómito tan raro

Sin duda la ahogaría,

Recetole una bebida

A fin de poder lograr

Que los otros por abajo

Los pudiese ella arrojar.

Y en efecto arrojó tres

Con vivísimos dolores

En un todo parecidos

A los otros anteriores.

Aumentando el pasmo así

De los que viéndolo estaban,

Que al mirar caso tan raro

Mudos de asombro quedaban.

Ni aún está todo aquí;

Porque la infeliz mujer

Aún tenía en su cuerpo

Otros más al parecer.

En efecto fue arrojando

Con sufrimientos extraños

Hasta hacer cuarenta y ocho

De dos distintos tamaños.

Yo no diré la amargura

Pena y desesperación

De toda aquella familia

En tan atroz situación.

Porque puede cada uno

En su mente concebir,

Lo que no puede la pluma

De ningún modo escribir.

Lo que en este instante siento

No lo quisiera explicar,

Porque me falta el aliento

Para poderlo pintar.

El caso es tremendo y raro

Y falso parecería

Si no fuese confirmado

Por quién saberlo debía.

Del pueblo de Puertollano

El médico ha remitido

A Ciudad Real un oficio

Noticiando lo ocurrido.

Y como el Jefe político

El tal oficio ha enviado,

No hay aquí el menor recelo

De que le hayan engañado.

Un vecino de Mestanza

Fue a Ciudad Real también

Y dijo ser cierto el caso

Y que él lo había visto bien.

Y confirmando lo dicho

Tal como está escrito aquí,

Añadió otra circunstancia

Que vino a explicar así.

Una caldera de leche

En el acto calentaron

Y a aquella pobre mujer

La tal caldera acercaron.

Fue entonces que saltó un bicho

Que un lagarto parecía

Y tras él saltó la hembra;

Quizás habían hecho cría.

Y aunque al vomitarlos ella

En la caldera cayeron,

Saltó la hembra y se escapó

Y cogerla no pudieron.

¿Ahora quien no se admira

De un caso tan singular,

Cuyas causas no se alcanzan

A fuerza de meditar?

Aquellos dos animales

¿Como han podido vivir,

Como allí han podido entrarse

Y a los otros producir?

Se pierde el entendimiento,

No lo alcanza la ciencia,

Es en vano el pensamiento

Y es inútil la experiencia.

Nada podemos hacer

Sino humillar nuestra voz

Y venerar asombrados

El alto poder de Dios.

Rogando que en ningún caso

Víctimas nos deje ser

De desgracia tan horrible,

Que tanto hace estremecer.

FIN

[1] La xilografía es una técnica de impresión con plancha de madera. La imagen deseada se talla a mano con un cincel sobre una matriz de madera. Después se impregna ésta con tinta y se presiona contra el papel, quedando grabada la imagen. Las maderas más adecuadas son las de boj, cerezo y peral.

[2] La libra es una antigua medida de peso que en Castilla equivalía a 460 gramos. Siete libras de patatas equivalían pues a más de tres kilos de tubérculos.

 

(Publicado en el Catálogo de Fiestas de 2011)

Anuncios

Fundación de la Cofradía de San Pantaleón

El día 25 de julio de 1777 fue fundada la cofradía de San Pantaleón. Mestanza era entonces una villa de doscientas casas de barro y retama cuyos vecinos vivían apegados a sus antiguas costumbres, santificadas por curas y comendadores calatravos a lo largo de los siglos. En aquella época, el pueblo se vio sometido a un compendio de desgracias: inundaciones, heladas, sequías primaverales, plagas de langosta, epidemias de viruela e incluso un terremoto que destruyó la mayoría de las casas. Ante tanta calamidad, los vecinos recurrieron a la imagen de San Pantaleón, por la que sentían una gran devoción desde “inmemorial tiempo”, y quedaron tan satisfechos con la intercesión del santo que decidieron fundar una cofradía “en honor del glorioso mártir”. Ya existían por entonces otras tres cofradías en Mestanza: la del Santísimo Sacramento, la del Señor de la Columna y la de las Benditas Ánimas del Purgatorio.

La cofradía se estructuró como una compañía de soldados que anunciaban los festejos desfilando al son del tambor. Al frente iba el alférez con la bandera principal; le seguía un capitán empuñando una jineta y dos sargentos que dirigían a los soldados con voces de mando. El tamborilero debía disponer de comida y alojamiento a cargo del alférez. Todos los cofrades debían asistir a la procesión del santo con una vela encendida y aquellos que por fuerza mayor no pudieran cumplirlo, debían enviar otra persona en su nombre. Los que faltaban a la procesión eran sancionados con el pago de media libra de cera. Los cofrades con el grado de oficial, que eran seis hermanos elegidos anualmente, tenían además una obligación inexcusable: asistir al entierro de los hermanos que falleciesen. El incumplimiento de esta norma acarreaba la expulsión inmediata de la cofradía.

san-pantaleonEl número de cofrades se limitó inicialmente a cincuenta, de forma que sólo había plazas vacantes cuando fallecía algún hermano. En ese caso, cualquier vecino podía acceder a la nueva plaza, si bien tenían preferencia los parientes cercanos del difunto. El aspirante debía presentar al escribano de la cofradía un informe acreditando que era virtuoso. Los jueces de la hermandad, tras leer ese informe, decretaban si era digno de ser admitido. En caso de disputa, el capellán tenía el voto decisivo. Aparte de los cincuenta hermanos numerarios, se admitían más cofrades como hermanos supernumerarios, que debían pagar un extra anual de ocho reales de vellón. Dentro de esta categoría se permitió la entrada de niños y mujeres siempre que tuvieran el consentimiento de sus padres y maridos respectivamente. Dado que pagaban una cantidad considerable de dinero, la cofradía debía darles alguna contraprestación, por lo que solicitaron permiso para obtener una bula papal de Pío VI que concediera la “indulgencia plenaria para todos los hermanos que, confesados y comulgados el día del santo glorioso, asistan a su función y rogaren a Dios por la paz y la concordia de los príncipes cristianos, (por) la extirpación de las herejías y (por el) aumento de nuestra católica fe”.

El día de San Pantaleón, la celebración consistía en una misa cantada con diáconos seguida de una procesión. Como colofón se celebraba un convite al que sólo podían asistir los cofrades, prohibiéndose la entrada a “parientes y amigos de ninguno de los soldados por ningún motivo”. Se instituyó la costumbre del refresco, que debía contener alcohol, pues las ordenanzas especificaban que debía tomarse “sin exceso, para evitar contiendas”. Este asunto del refresco estuvo a punto de costarle un disgusto a la cofradía ya que una misiva fechada en 1793 decretó que “se prohíba tengan convite o refresco para persona alguna porque la experiencia tiene acreditado no ser fácil precaver los excesos a que se arrojan con el tiempo”. Es de imaginar el revuelo que se debió armar en la hermandad ante semejante impedimento. Inmediatamente, los hermanos solicitaron al Arzobispado de Toledo que se levantase esa prohibición del convite alegando que en Mestanza apenas se bebía: “Respecto al citado refresco, es tan limitado, que no lleva su costo a vetarlo; y que es costumbre el que se haga”. Durante varios meses no obtuvieron respuesta. Finalmente, poco antes de las fiestas llegó una carta del Arzobispado. Al leerla, los hermanos respiraron aliviados. Un escueto mensaje: “Se aprueban de la forma ordinaria” les autorizaba a celebrar el convite con refresco. Y así hasta el día de hoy.

 

(Publicado en el Catálogo de Fiestas de 2010)