Caminos y senderos

          Mientras escribo estas líneas, tengo delante dos mapas de Mestanza. El primero es una vieja litografía del año 1890 que conseguí en la Biblioteca Nacional de Madrid. El segundo es un plano militar del año 1994. Un siglo separa a ambos. Me he pasado horas comparándolos y lo más sorprendente es la desaparición de la mayoría de los caminos y senderos. En 1890 todo el término de Mestanza se hallaba surcado por una densa red de caminos carreteros, senderos, atajos, cañadas de pastores y veredas. Nuestros antepasados se movieron por ellos durante siglos y, de repente, se esfumaron en el tránsito de unos pocos años. ¿Quién los creó? ¿Por qué existían? Los caminos nacen y evolucionan constantemente para servir a las necesidades de sus usuarios. En muchas ocasiones era el ganado -vacas, ovejas- quien encontraba los pasos más bajos a través de las sierras y los vados menos profundos para cruzar los ríos. Con el paso de los años, los sucesivos caminantes recortaron curvas innecesarias y eliminaron obstáculos, mejorando el camino con cada viaje.

          Solo se aprecia el valor de un camino cuando imaginas lo que supondría atravesar un paraje agreste sin su ayuda. En 1950, mi abuela Alvarita (era la hermana pequeña y siempre la llamaron por su diminutivo) y su sobrina Antonia fueron caminando descalzas desde Mestanza hasta Villanueva de San Carlos. Cumplían una promesa por laFB_IMG_1587064520795 milagrosa curación de su hijo -mi padre-, que había caído enfermo de fiebres tifoideas (o al menos eso decían). Una gran parte de este “milagro” se debió a la adquisición de 5 gramos de penicilina en el mercado de estraperlo a razón de 100 pesetas por gramo. Un precio nada despreciable para la época. Pese a todo, mi abuela atribuyó la curación a una causa divina y, en agradecimiento, se echó a andar al monte con su sobrina. Recorrieron unos 12 kilómetros a través de la sierra de la Alberquilla y llegaron sin problemas a la iglesia de San Antonio de Padua. Quien tenga ánimo que pruebe a hacerlo hoy día. El camino de Villanueva de San Carlos ha desaparecido totalmente. La maleza ha borrado su rastro y casi su recuerdo. Claro que ya, a nadie se le ocurre ir caminando desde Mestanza hasta Villanueva de San Carlos. Y ahí reside la clave del asunto. Los caminos se han perdido por la falta de uso. Ya no son necesarios.

          Los caminos no representaban únicamente un medio de viajar, sino que constituían las venas y arterias de la cultura de nuestros antepasados. El mejor ejemplo es la vereda de la Antigua, que conducía a la ermita medieval. Su existencia se debía vereda antiguaexclusivamente a la devoción por la virgen. Su trazado se conserva idéntico a como era en el pasado, pero por desgracia se interrumpe a la altura del Zote (804 m). La clave de su pervivencia es que se sigue utilizando para la romería a la ermita de Hato Castillo. Otra ruta que conserva su carácter primitivo es el camino de Fuencaliente. Nace en el Pilar de los Huertos y, desafortunadamente, se corta a la altura de las Piedras del Hituero. La construcción del embalse del Montoro inundó el viejo camino que sirvió a las tropas del brigadier Copons para huir del ejército de Napoleón. En su diario de operaciones, el brigadier recordaba siete leguas de un camino terrible, “atravesando un país montaraz, andando por sendas, teniendo que pasar continuamente arroyos crecidos y altas montañas”. Las aguas del embalse sumergieron también cinco antiguos molinos de agua que existían desde la Edad Media (el molino de las Ánimas en el río Tablillas; y los molinos de Canuto Fernández, del Sordo, de la Junta y del Médico, en el río Montoro). Hoy día, tan solo el molino de Flor de Ribera sigue en pie.

          Los caminos, unas veces polvorientos y otras encharcados, se asocian a la historia de los pueblos y de sus gentes. Cuando era niño, mientras el coche serpenteaba por el camino de Puertollano (sobre el cual se construyó la carretera), mi abuelo solía describirme acontecimientos que se habían producido en un determinado lugar. “En este rincón recogíamos leña. En aquella pedriza se dice que había un tesoro oculto. Por este sendero huyó un bandido conocido como El Castor”. Y así una y otra vez. Cada parte del camino tenía una historia que te unía a él. Cada recodo albergaba un recuerdo que le daba un significado especial.

          El camino del Hoyo no pasaba por Mestanza, sino que venía desde Puertollano a través del puerto del Roble. Desde el cementerio de Mestanza partía el camino de San Lorenzo de Calatrava. Ambas rutas se cruzaban a la altura de la Casa de la Encomienda yBurcio 1 seguían caminos divergentes. Por tanto, la actual carretera del Hoyo es, con menos curvas, una combinación del camino de San Lorenzo -hasta la Casa de la Encomienda- y del camino de Puertollano al Hoyo -a partir de ese punto-. El camino del Hoyo y el puerto del Roble tuvieron una importancia crucial a finales del siglo XIX, pues servían de ruta para el transporte del plomo obtenido en las minas de la Gitana, Encinarejo, Burcio, Guerra y la Nava de Riofrío. En una fecha tan tardía como 1914, todavía existían bandidos en estas sierras. En noviembre, unos bandoleros asaltaron al administrador de la mina La Gitana y a su sirviente en el puerto del Roble. Les robaron 750 pesetas, un reloj y una pistola. Después, tras atarles a un árbol, los dejaron toda la noche al raso.

          Los caminos sufrieron su primer golpe con la llegada del ferrocarril y el segundo con la aparición del telégrafo. La doble función de los caminos (transportar mercancías y puente_soldado_1_copiatransmitir información) quedó muy mermada: muchos productos pasaron a llevarse en vagones de tren y la información pasó a transmitirse a través de cables, por donde podía viajar mucho más rápido. Hay que decir que los comienzos del ferrocarril en el Valle de Alcudia fueron trágicos. El 27 de abril de 1884 se hundió el puente sobre el río Alcudia provocando el descarrilamiento de un tren cargado de soldados. Hubo 59 muertos, la mayoría ahogados. Un vecino de Almadén, llamado Eduardo Hervás se sumergió más de cien veces en el río y extrajo 52 cadáveres del interior de los vagones. Los fallecidos fueron sepultados en las cercanías del puente. Una cruz de piedra aún recuerda aquel trágico suceso.

          Por lo que respecta al telégrafo, en el año 1850 se instaló en Cabezarrubias una torre telegráfica correspondiente a la línea Madrid-Cádiz. Fue un acontecimiento trascendental. La vereda donde comenzaba el camino de Cabezarrubias pasó a conocerse como “vereda del telégrafo”. A finales del siglo XIX, mi tatarabuelo Francisco Núñez le dio el estatus de “calle” a este sendero. Al principio solo existía la vereda que conducía al telégrafo desde el Calvario, pero la decisión de Francisco de construir una casa frente a la de Cristóbal Pellitero dejando la vereda en medio, le otorgó rango de vía.

          Los caminos tuvieron una importancia crucial en la historia de nuestro pueblo y en la vida de nuestros antepasados. No es casualidad que el término “camino” sea usado con frecuencia para describir nuestro propio devenir. Hablamos de “elegir nuestro camino”, de “encrucijadas vitales”, de “trayectorias profesionales”. Quienes llevamos algo de vida a cuestas sabemos que el camino te va cambiando y que, en muchos aspectos, ya no eres la misma persona que lo empezó. Así lo supo ver nuestro poeta Antonio Machado cuando dijo aquello de “Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”.

 

(*) La fotografía de la chimenea corresponde a la mina del Burcio.