Las guerras de nuestros abuelos

          Sentarse a charlar en las puertas de las casas o en un banco del vecindario es una de las costumbres más bellas de Mestanza. Cuando llega el buen tiempo, los vecinos salen a tomar el fresco mientras el tiempo fluye lento y tranquilo. Camús anotó en sus cuadernos la belleza de una tarde y pensó sin rencor que seguiría habiendo tardes exactamente así cuando él hubiera muerto.

         Yo recuerdo muchas de esas tardes escuchando historias de la guerra civil a mis mayores. Para mí la guerra eran las películas americanas plagadas de héroes y por eso atardecerme intrigaba que aquellos hombres tan poco novelescos que pertenecían a mi familia o sus conocidos del pueblo hubieran participado en una guerra. La guerra de la que hablaban tenía ya medio siglo, pero para ellos era un recuerdo próximo y diáfano. Había grandes narradores y otros que hablaban muy poco o guardaban silencio limitándose a asentir con la cabeza. Mi abuelo Juanjo pertenecía a los primeros. Recordaba todos los lugares donde había combatido –Torredonjimeno, Arjona, Brunete, Teruel-, los nombres de los mandos, los compañeros caídos. Los relatos eran siempre los mismos, idénticos en el tono con que los contaba, y despojados de jactancia o entusiasmo bélico. Tan sólo se mostraba callado y taciturno al hablar de los campos de trabajo africanos donde penó su desafección al régimen al terminar la guerra. El grado de espanto que padeció en el desierto excluía aquella experiencia de cualquier narración. Por lo demás, no faltaba nunca el relato amable del intercambio de tabaco por papel de liar, que dejaba en suspenso el desgarro de los combates para que pudiera celebrarse el rito inmemorial de fumar y conversar.

          Mi abuelo Pepe solía relatar su experiencia en Alcazarquivir (Marruecos), donde sirvió durante aquel año terrible de 1942. Fue uno de los llamados años del hambre. En el campo no crecía nada, nadie tenía lo suficiente para comprar pan en el mercado negro ypepe militar la gente se moría de hambre en las calles. La mañana del 8 de noviembre, los mandos comunicaron que quedaban suspendidos los permisos y se ordenó a la tropa que permaneciera acuartelada. Seiscientos buques de guerra habían desembarcado a 70.000 soldados estadounidenses en las playas cercanas. Mi abuelo recordaba a aquellos soldados con sus uniformes caquis, tan sanos, tan altos, tan bien equipados… Eran las tropas del general Patton que se disponían a conquistar el Norte de África.

          La historia de mi abuelo Pepe siempre me trae a la cabeza la famosa arenga del general Patton sobre abuelos y nietos: “Hay algo magnífico que vosotros, muchachos, podréis decir una vez haya acabado la guerra y estéis de vuelta en casa. Cuando os halléis sentados al calor de la lumbre con vuestro nieto en la rodilla y os pregunte que hicisteis en la guerra, no tendréis que toser, cambiarlo de rodilla y decirle: ´Bueno, tu abuelito cargaba estiércol en Luisiana`. No señor. Le podréis mirar a los ojos y decirle: Hijo, tu abuelito marchó con el Gran Tercer Ejército y con un maldito hijo de perra llamado George Patton”.

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La fotografía del atardecer en Mestanza ha sido realizada por Rubén Pareja.