El Cerro del Mosquito

A los mestanceños de la XVI Brigada Mixta.

            En julio de 1937, la 16 Brigada Mixta fue destinada al Frente de Madrid para participar en la gran ofensiva de Brunete. En esta batalla, que se desarrolló entre el 5 y el 26 de julio de 1937 con temperaturas elevadísimas, se enfrentaron unas fuerzas republicanas de 80.000 hombres contra un contingente franquista de brunete la nueve60.000 soldados. Los consejeros militares soviéticos habían convencido al nuevo jefe de gobierno, Juan Negrín, y al ministro de defensa, Indalecio Prieto, para que desencadenasen una ofensiva cerca de Madrid, con objeto de aliviar la presión rebelde en el Cantábrico y sobre la capital. El mejor estratega republicano, Vicente Rojo, planeó la operación. Atacarían por Brunete, un pueblo a treinta kilómetros de Madrid, en medio de un llano carente de defensas naturales, que los nacionales tenían casi desguarnecido. El 5 de julio, varios regimientos penetraron con sigilo en territorio enemigo y atacaron Brunete por la retaguardia, al mismo tiempo que otros lo hicieron de frente. El pueblo cayó a media mañana, vencida la resistencia de sus escasos defensores. Las tropas republicanas, apoyadas por carros de combate y abundante artillería, abrieron una amplia brecha en las líneas nacionales. Franco se vio obligado a enviar tropas del norte (lo que ralentizó la conquista del Cantábrico), pero a los dos días logró taponar la brecha. Como señala Juan Eslava Galán, lo que vino a continuación fue el clásico forcejeo de carnero, cada ejército quemando material y hombres contra el otro.

          El día 9 de julio, tras conquistar Villanueva de la Cañada, la 16 Brigada Mixta acudió en auxilio de la XV brigada angloamericana que llevaba el nombre del legendario Lincoln. Ante su línea de avance se encontraron con un altozano que los lincoln batallionbrigadistas bautizarían como el Cerro del Mosquito, por el característico ruido de las balas. Aquí tendrían lugar los combates más espantosos de la batalla de Brunete. Ambas brigadas pasaron a depender del coronel húngaro János Gálicz, más conocido como el General Gal. Todas las crónicas le señalan como el oficial más misterioso e incompetente de las brigadas internacionales. Unos hablan de su mal carácter, otros de sus delirios de grandeza. Lo que parece cierto es que sus tácticas suicidas provocaron un número de bajas intolerablemente alto. En su obra Por quién doblan las campanas, Hemingway fue tajante: “De ser cierto la mitad de lo que se decía de él, merecía que lo fusilaran. Y aunque solo lo fuese el diez por ciento”. Al terminar la guerra fue ejecutado en Moscú por orden de Stalin.

          Durante varios días, la 16 y la Lincoln trataron de tomar el cerro, pero la aviación alemana lo hacía imposible. Uno de los primeros en caer fue Oliver Law, el oficial negro que mandaba el batallón Washington. Sería enterrado allí mismo bajo el epitafio: “Aquí yace Oliver Law, el primer americano negro que mandó a los americanos blancos en combate”. El parte de operaciones del 11 de julio destaca:

Los insistentes ataques se han visto paralizados varias veces por las frecuentes visitas de la aviación enemiga, que ha ametrallado y bombardeado las líneas y fuerzas republicanas con saña. Además de los muertos y heridos, existe un alto número de soldados evacuados en estado de agotamiento físico y nervioso.

Los cazas alemanes se lanzaban en vuelo rasante ametrallando a las tropas republicanas, mientras los brigadistas, tumbados de espaldas, trataban infructuosamente de alcanzarlos con sus fusiles. Mi abuelo recordaba aquel monoplano compacto, elegante y de un solo motor que se movía con una celeridad sin precedentes. Era el Messerschmitt Bf-109, que estaba haciendo su debut en combate. Este caza se convertiría en el mortífero pilar de la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial. El brigadista Harry Fisher recordaba:

Primero se escuchaba el chirrido terrible de las bombas mientras caían desde los aviones, después el rugido de las explosiones y finalmente el silbido de los trozos de metralla que pasaban volando por encima nuestro (…) Cuando ya habían soltado todas sus bombas, los aviones volvían, ahora para ametrallarnos…

        El día 12 de julio los republicanos reciben órdenes de mantener las posiciones alcanzadas en el Cerro del Mosquito. A partir de ese momento, la 16 Brigada intentó resistir en la loma en condiciones extremas. Durante dos semanas proseguirían los combates para intentar mantener las líneas. Dos semanas sin poder lavarse ni apenas dormir, sintiendo día y noche sobre sus cabezas el ruido de los aviones y el estampido de los obuses. El parte de operaciones del día 19 de julio muestra claramente la tensión de todo un día de combate, desde la madrugada hasta la noche:

Frustrado el contraataque republicano de la madrugada, al poco se inicia la acción ofensiva del enemigo sobre el subsector de la 16 brigada (…) Se inicia a las 10 horas y a las 13 adquiere un carácter violentísimo (…). A las 19:30 comunica la 16 brigada (…) que está recibiendo un violento ataque enemigo. Inmediatamente se ordena a la artillería que abra fuego de barrera delante de las líneas de esta brigada y a los tanques que apoyen su acción defensiva, pero a pesar de estas medidas la 16 brigada se ve obligada a retroceder (…). La 16 brigada pasa al contraataque en torno a las 21 horas.

          Pero quizá lo peor era el calor y la carencia de agua. Hasta el Guadarrama bajaba seco. Los tanquistas se consumían de sed dentro de sus carros de combate mientras los artilleros, para refrigerar sus ametralladoras Maxim, orinaban dentro de las camisas de enfriamiento que rodeaban los cañones. El sol era tan fuerte que carro t26algunos soldados experimentaron una especie de ceguera de la nieve en la que todo se veía blanco. Las bombas y la metralla incendiaban la hierba y los matojos secos. El comisario George Aitken recordaba como “caía casi todo el mundo medio muerto por la fatiga, con el calor, la sed y la falta de comida”. El explorador Frank Graham relataba: “Estábamos extenuados, el calor era terrible. Tuvimos pérdidas terribles. No podíamos conseguir agua para la tropa”. La sed era tan fuerte que los soldados cavaban agujeros en el lecho seco de un arroyo, para beber un agua turbia que, como dijo un soldado, sabía a mula muerta. Apareció la diarrea. Los apretones eran tan súbitos y repetidos que algunos hombres se cortaron los pantalones para poder responder a tiempo. El enfermero Menai Williams recordaba aquel arroyo: “Tuve mucha gente que murió yendo al puesto de socorro que yo tenía en el Cerro del Mosquito (…) en el lecho de un río seco (…). Pedían a gritos agua. Estaban muriéndose”.

        La contraofensiva franquista fue implacable. El general Varela sabía lo delicado de la situación y exigió las mejores y más numerosas unidades del ejército rebelde. En la llanura, los carros de combate republicanos T26 eran un blanco fácil para la aviación. La mitad fueron destruidos o capturados. Desde el aire, los bombarderos Junker 52 y los cazas Heinkel 51 bombardearon y ametrallaron las trincheras enemigas mediante el sistema de “cadena”: una circunferencia de avionesPolikarpov-102 El chato que iba rotando de manera que siempre había uno disparando. Ni los Chatos ni las Moscas soviéticos pudieron hacer nada contra ellos. El parte de operaciones del día 23 de julio informa de que “la 16 brigada (…) empujada por el ataque enemigo fuera de sus líneas de vanguardia, las (…) ha tenido que abandonar combatiendo”. El parte de operaciones del día siguiente señala que “un fortísimo ataque (…) consigue derrumbar (…) las líneas (…) de la 16 brigada”. Mi abuelo y sus compañeros se retiraron finalmente el día 25 de julio. Como señala Antony Beevor, atrás quedaba una zona cubierta de cadáveres ennegrecidos, hinchados, pudriéndose al sol porque los camilleros no daban abasto para recogerlos.

          La ofensiva de Brunete no cumplió los objetivos previstos y la 16 Brigada se retiró del Frente de Madrid para ser trasladada al Frente de Aragón. El día 25 de julio, Wolfram von Richthofen, comandante de la Legión Cóndor, anotó en su diario:

Todos los ataques rojos han sido rechazados. Incontables rojos muertos se descomponen al sol. Hay tanques rojos fuera de combate por todas partes. ¡Qué gran panorama!…

4.1.2
Messerschmitt Bf 109
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Las Piedras del Hituero

A mis padres      

          Existe en Mestanza un sitio mágico donde parece manar una primitiva energía telúrica. Este lugar donde se cruzan el arbitrio de la naturaleza y el albedrío de los hituero1hombres es conocido desde tiempos inmemoriales como las Piedras del Hituero. Se trata de unas enormes piedras bruñidas por el paso de los siglos que sirvieron a nuestros antepasados como un hito en el camino –de ahí su nombre[1]– y como un lugar donde celebrar sus festividades paganas. No es casualidad que hasta hace pocos años, los mestanceños peregrinaran hasta este sitio para dar comienzo al carnaval, la más pagana de todas las fiestas. Era el llamado Jueves Lardero durante el cual las familias comían el célebre hornazo, una torta de masa cocida con un huevo y un chorizo, que servía de despedida antes del ayuno de la Cuaresma. La palabra lardero, que procede del latín lardum, significa precisamente tocino.

          En los carnavales de 1934 apareció una comparsa titulada Estudiantina de Diego Corrientes y su partida que ganaría diversos premios en varios pueblos de la provincia. diego corrientesSu autor, Juan Aranda Serna, versificó una antigua leyenda según la cual el famoso bandido Diego Corrientes (1757-1781), el llamado “bandido generoso” que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, habría pernoctado en las Piedras del Hituero:

Hemos dormido esta noche

en las Piedras del Hituero,

y llevamos a esta hembra

que la llamamos Consuelo.

Consuelo del alma mía,

lucero resplandeciente,

vente ya con la partida

que aquí está Diego Corrientes.

Diego Corrientes te jura

lo que tiene prometido:

que serás la capitana

de todos estos bandidos.

          Al Hituero se llega por el viejo camino de Fuencaliente. Este sendero, hollado por arrieros desde hace siglos, sirvió de retirada a las maltrechas tropas del brigadier Copons cuando fueron cercadas en Mestanza por los ejércitos de Napoleón. La noche del 20 de enero de 1810, con luna llena, los batallones de Copons cruzaron el pueblo en formación, y tras abrevar a sus caballos en el Pilar de los Huertos, se adentraron en la profundidad de la sierra. En su diario de operaciones, el brigadier anotó la penosa retirada:

En esta marcha de 7 leguas sufrió la tropa todas las incomodidades que se pueden reunir: casi desnudas, descalzas y sin cesar de nevar, atravesando un país montaraz, andando por sendas, teniendo que pasar continuamente arroyos crecidos y altas montañas.

          El mejor momento para visitar las Piedras del Hituero es al amanecer, cuando la niebla flota en jirones inmóviles sobre los árboles y el sol enciende los líquenes hituero2amarillos de las rocas. Solo se escucha el murmullo del arroyo de Valdecabras, rápido y caudaloso. Hace unos días estuvimos allí con los niños, buscando las armas que un familiar escondió en alguna hendidura al terminar la Guerra Civil. Como cabía esperar no encontramos nada, pero… ¡Quién sabe si alguna pistola Astra o Star[2] duerme aún entre estas piedras insignes!

 

 

[1] El topónimo Hituero significa hito o mojón, y su etimología procede del latín vulgar fictus, que significa “fijo” o “fijado” y que es precisamente la función que tienen los mojones como elementos delimitadores de un territorio.

[2] Estas fueron marcas más usuales que figuran en el listado de licencias de armas concedidas en Mestanza a finales de 1936.