La iglesia de San Esteban

          Se cree que la iglesia de San Esteban Protomártir se erigió sobre una primitiva mezquita bereber. Aunque no hay testimonios arqueológicos que confirmen esta hipótesis, es posible que los sillares que sustentan la torre del campanario sean los 20181223_133945últimos vestigios de aquel templo musulmán. Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) las tropas castellanas ocuparon definitivamente nuestro pueblo y debió ser entonces cuando se consagró la mezquita para el culto cristiano. La primera mención escrita a la iglesia mayor data de 1493 y corresponde a un informe de los visitadores de la Orden de Calatrava. Este documento da cuenta de sus abundantes bienes: varias sobrepellices, un libro de santos, un libro de bautizos, un cuaderno de oficios, un pasionario con historias de mártires, tres cirios de madera policromada, un candelero, un misal, una campanilla “para levar el Corpus Christi”, un incensario de cobre, un acetre “para el agua bendita” y un baptisterio. Los calatravos hicieron constar, además, que las ermitas de San Cristóbal –en las afueras del pueblo- y de San Ildefonso en El Hoyo, dependían de la iglesia de Mestanza.

          El templo tiene planta rectangular. En el extremo occidental se levanta un ábside poligonal que acoge la sacristía. En el extremo oriental se sitúa el coro, sobre el cual se alza la torre del campanario. Sus tres naves están cubiertas por bóvedas de arista y una cúpula sobre pechinas que ilumina el presbiterio y el altar mayor. La iglesia está construida con grandes sillares, ladrillos y mampostería. La parte más valiosa son sus portadas barrocas. En la portada sur se elevan dos pilastras estriadas que culminan en un bello arquitrabe de triglifos y metopas con rosetas. El frontón, en cuyos extremos hay dos pirámides rematadas por esferas, está quebrado en su cúspide para albergar una cruz de Calatrava. Uno de los sillares del frontón tiene grabada una fecha -1657- que muestra el año en que fue esculpido este conjunto. La portada norte está enmarcada por dos pilastras almohadilladas y un sencillo arquitrabe. Dentro del frontón hay una hornacina que quizá acogió una imagen, hoy desaparecida, de San Esteban.

 

 

        Una escalera de caracol conduce a lo alto del campanario. Hay dos campanas: una grande –llamada Nuestra Señora del Pilar– que se fabricó en 1947 por suscripción popular y otra más pequeña de 1923. Antiguamente, el tañido de las campanas marcaba el ritmo de la vida en el pueblo. Con el toque del alba comenzaban las labores del campo. 198Al llegar el mediodía, el toque del ángelus invitaba a parar las tareas para rezar en grupo. El toque de oración -el último del día- ponía fin a la jornada laboral. El toque de misa diaria convocaba a los fieles a visitar la iglesia. En las celebraciones y en los actos solemnes las campanas tañían con viveza. El final de la última guerra carlista en 1876 fue saludado con “repiques de campanas, salvas y otros festejos”. También había toques de alarma en los que se avisaba de que algo grave ocurría en el pueblo, ya fuera un incendio, un accidente o un suceso inoportuno. En 1872 un fuerte repique alertó al pueblo de la amenaza de una partida carlista. El volteo incontrolado de las campanas atemorizó a la cuadrilla y desistieron de atacar. Por último estaba el toque de difuntos –el más triste-, que anunciaba el fallecimiento de algún vecino. Una epidemia de viruela acaecida en 1869 provocó tantas muertes que las campanas sonaban a todas horas. El alcalde tuvo que pedir al párroco José Arenillas que cesaran los toques de difuntos pues tenían “sobresaltado al vecindario”.

          Nuestra iglesia ha sufrido múltiples percances a lo largo de la historia, pero quizá los más graves fueron el terremoto de Lisboa en 1755 y el incendio de 1926. El terremoto dejó “muchas casas [de Mestanza] totalmente arruinadas, otras casi inhabitables y todas, sin diferencia, destruidas”. La iglesia acabó “bastante quebrantada, todos sus tejados desplomados, la torre algo vencida a la parte de poniente y su muralla abierta, de que amenaza no poco peligro”. Respecto al incendio del 18 de abril de 1926, mi abuelo aun recordaba el horror de los vecinos al descubrir que toda la cubierta de madera y el rico artesonado del coro habían sido pasto de las llamas. El interior de la iglesia tuvo que ser reconstruido en su totalidad. Las obras se ejecutaron con una rapidez pasmosa. Al concluir el año 1928 ya se habían erigido las “hercúleas columnas” y las “monumentales bóvedas” que citaba el diario El Pueblo Manchego. El templo actual es el fruto de aquel esfuerzo.

          La iglesia alberga varios objetos e imágenes antiguas. La talla de Nuestra Señora de la Antigua, cuyo torso data del siglo XIV, es la pieza más notable. Del siglo XVI son la pila bautismal y la custodia de plata confeccionada por el maestro toledano Francisco de Vargas. El Cristo Crucificado fue fechado en el siglo XVII y la talla de San José en el siglo XVIII. Estos objetos y la iglesia misma son el patrimonio más valioso que tiene Mestanza. No es baladí recordar la importancia de preservarlo en buen estado para nuestros hijos y nietos. Es el mejor legado que podemos dejar a las futuras generaciones.

pila bautismal (s.XVI)

Nuestros antepasados

Pensar en nuestros antepasados es constatar la inmensa fortuna de existir. Durante siglos, nuestros ancestros de ambas ramas estuvieron lo bastante sanos para vivir, encontrar una pareja y reproducirse. Ninguno pereció de una enfermedad, de hambre o herido en una guerra antes de cumplir con su objetivo vital: entregar una pequeña carga de material genético a la pareja adecuada en el momento oportuno para perpetuar la única secuencia posible de combinaciones hereditarias que pudiese desembocar en nosotros.

Poco o nada se sabe de mis antepasados. Las referencias escritas de sus vidas se limitan al registro de su nacimiento, matrimonio y defunción. Pasaron de puntillas por la pila bautismal (s.XVI)historia aplicando con esmero el consejo que Epicuro daba a sus discípulos: Lathe Biósas –pasa desapercibido mientras vivas-. La puerta de la iglesia de San Esteban, sobre la cual campea el escudo de la Orden de Calatrava, fue durante siglos un testigo mudo de sus vidas. Bajo su arco de piedra cruzaron recién nacidos para ser bautizados, por allí salieron con la felicidad del matrimonio recién contraído y, finalmente, fue esa vieja puerta la que dio el último adiós a sus féretros.

Hace unos años realicé el árbol genealógico de mi familia hasta el siglo XVI. índiceAl principio de la investigación descubrí con gran frustración que habían desaparecido todos los libros de bautismos, matrimonios y defunciones anteriores al siglo XIX. Por fortuna, encontré un Índice General Alfabético de Matrimonios realizado en 1860 por el párroco don José Arenillas. Este libro sumamente peculiar, registraba por orden alfabético todos los matrimonios habidos en Mestanza durante tres siglos y medio, desde 1607 hasta 1860. Piénsese en el enorme esfuerzo que le debió suponer a dicho párroco transcribir, uno a uno, y por orden alfabético, todos los desposorios celebrados a lo largo de 350 años. Allí estaban anotadas, con rigor matemático, las nupcias de mis antepasados hasta llegar a los primeros años de 1600, cuando un tal don Tomás Núñez, hijo de don Juan Núñez, contrajo matrimonio con doña Magdalena Ruíz de Córdoba.

Es imposible saber cuándo y en qué circunstancias llegó a Mestanza el primer Núñez. Lo más probable es que fuera uno de tantos castellanos del norte peninsular que PuertaMestanzarepoblaron el Valle de Alcudia durante el siglo XIII tras la expulsión definitiva de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212). Muchos de los apellidos más comunes del pueblo delatan su lugar de procedencia: los Buendía de Cuenca, los Pareja de La Alcarria, los Molina de Guadalajara, los Aranda de Burgos o los Vozmediano de Soria. No obstante, hay otras opciones. Pudo ser uno de los guerreros bereberes de la tribu Mestasa que dieron nombre al pueblo en el siglo VIII. O uno de los visigodos de estirpe escandinava que ocuparon la región en el siglo V. O un oretano germánico de aquellos que citaba Plinio el Viejo[1]. Remontándonos en el tiempo, no es descartable que fuera uno de los cazadores que dibujaron figuras abstractas en las cuevas de Riofrío hace 5.000 años. Pero todo son hipótesis. El Núñez más antiguo del que se tiene constancia escrita es el citado Juan Núñez, que nació en el último tercio del siglo XVI, bajo el reinado de Felipe II.

El Catastro de Ensenada (1751) ilumina algunos datos de otro de mis antepasados. Juan Francisco Núñez era tataranieto de aquel primer Juan Núñez que vivió en el Siglo de Oro y sería el tatarabuelo de mi tatarabuelo Francisco Núñez, del que hablaremos a continuación. Parece ser que vivía con su mujer Jerónima Robisco y sus hijos en lo alto de la calle del Castillo. Su casa habría hecho las delicias de los escritores románticos, pues estaba situada junto a las ruinas del castillo medieval y por encima de la Casa de las Ánimas, propiedad de la Cofradía de las Benditas Ánimas del Purgatorio. El Catastro también arroja otro dato curioso: poseía 33 colmenas.

Mi tatarabuelo Francisco Núñez nació en 1848. Vivió con su mujer Juana Correal (n. 1850) en el Calvario, frente a la antigua Capilla de San Sebastián, hoy desaparecida. Allí nacieron sus cuatro hijos: Antonio, Margarita, Miguel (al que apodarían “el Bravo” al regresar de la Guerra de Cuba) y mi bisabuelo Félix (al que debo mi nombre). A principios del siglo XX, Francisco fundó la calle del Telégrafo. Así lo indica un documento municipal. Al principio sólo existía una vereda que conducía al telégrafo desde el Calvario, pero la decisión de Francisco de construir una casa frente a la de Cristóbal Pellitero dejando la vereda en medio, le otorgó rango de vía. En abril de 1902 el Ayuntamiento procedió a la apertura oficial de la nueva calle pública ampliando el ancho del sendero y autorizando para edificar en los laterales del mismo.

Mi bisabuelo Félix Núñez (n. 1885) combatió en la Guerra de Melilla durante el desastre del Barranco del Lobo (1909). Al regresar a Mestanza se casó con María 002Clemente[2] y tuvieron cuatro hijas -Petra, Rosalía, María Teresa y Juana- y un hijo varón: mi abuelo Juan José (n. 1915). Durante unos años la familia vivió en la casa del Calvario, hasta que la vendieron por 8.000 reales para mudarse a una otra más pequeña en el número 4 de la calle de Hernán Cortés, en la parte alta del pueblo. De esta casa aún se conservan algunas paredes y un ventanuco. Aquí moriría mi bisabuelo el 25 de agosto de 1926. La silicosis se lo llevó, como a muchos otros mineros, a la corta edad de 42 años. A veces pienso que quizá fue esa pequeña ventana el último objeto sobre el que se posaron sus ojos.

(Publicado parcialmente en el Catálogo de Fiestas de 2019)

 

[1]Oretani qui et Germani cognominatur, es decir, los oretanos a los que también se llama germanos. Historia Natural, III, 25.

[2]El 1 de octubre de 1910.