La Mesta

El escudo de Mestanza resume a la perfección la historia de nuestro pueblo. El mayor acierto de su diseño es poner juntos los símbolos de la Mesta (el carnero y la oveja) y de la Orden de Calatrava (la cruz de gules flordelisada). La Mesta es, junto con la Orden de Calatrava, el gran protagonista de estas tierras. Sin la trashumancia mesteña, la historia de Mestanza habría transcurrido en un aislamiento total. Pero la presencia periódica de los pastores del norte de Castilla trabó unos vínculos sólidos con el resto de la comunidad castellana. Tras la derrota de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), el Valle de Alcudia se convirtió en la gran dehesa de invernadero de la Orden. La comarca, que había sido escenario de sangrientos combates entre musulmanes y cristianos, pasó a ser un lugar tranquilo de ganados trashumantes.

La expansión de la ganadería ovina vino impulsada por dos hechos fundamentales acaecidos en la Edad Media. Por una parte, la fundación en 1273 por parte del rey Alfonso X el Sabio del Honrado Concejo de la Mesta, que concedía privilegios especiales a los ganados trashumantes. Por otra, la aparición, a finales del siglo XIII, de la oveja merina, como resultado del cruzamiento de ejemplares procedentes del norte de África con otros autóctonos. La lana de la oveja merina era muy superior al resto de lanas europeas, por lo que se convirtió desde entonces en la base de la economía de Castilla. La ganadería lanar trashumante progresó de forma espectacular durante las siguientes centurias, convirtiendo la industria textil en un negocio formidable. En el siglo XVIII la trashumancia alcanzó su culmen. Nunca fue tan numeroso el colectivo ganadero trashumante y jamás se exportó tanta lana merina.

Las cañadas fueron el auténtico fundamento infraestructural de la trashumancia castellana. Una reglamentación estricta aseguraba su buen funcionamiento. Su anchura máxima era de 90 varas castellanas (75 metros). También existía un profuso tejido de vías secundarias denominadas cordeles (37,5 metros), veredas (20 metros) y coladas (de anchura variable). El término de Mestanza estaba surcado por una intrincada red de vías pecuarias. Aún se conservan tramos de los viejos cordeles de la Sardina (31 km), de Pozo Medina (25 km), de la Dehesa Gamonita (7 km) o de la Laguna de la Alberquilla (5 km). También hay vestigios de la cañada del Terminillo (7 km) y de la vereda de la Antigua (12 km). Además de las vías pecuarias, existe un conjunto de elementos adicionales como los descansaderos de la Posadilla y del Charco de Botija, donde los reposaban los rebaños; los abrevaderos, donde los animales saciaban su sed; y los contaderos, donde la vía pecuaria se estrechaba y permitía contar el ganado.

La Mesta estaba formada por los llamados hermanos de la Mesta cuyos ganados formaban la cabaña real. Se celebraban dos juntas generales cada año: una durante el invierno en una localidad del sur (“los extremos”) y otra en otoño en algún lugar del norte (“la sierra”). Las decisiones se tomaban por votación y los cargos eran de carácter electivo. Al frente de la institución se hallaba el alcalde entregador mayor, cargo de designación real que era ocupado por nobles castellanos. En el segundo escalón estaban los alcaldes entregadores, que representaban al monarca e impartían justicia defendiendo los privilegios de la asociación. Un tercer escalón lo componían los alcaldes de cuadrilla que resolvían los pleitos de las diversas cabañas.

Los monarcas castellanos favorecieron decisivamente los intereses de la Mesta, concediéndole abundantes privilegios. No es de extrañar. En el Valle de Alcudia, las dehesas arrendadas eran propiedad de la Orden de Calatrava, que dependía a su vez de la Corona. Es decir, todas las rentas del arrendamiento iban a parar a las arcas del Estado. El procedimiento de arriendo se gestaba entre la Corona (a través de la Contaduría Mayor de las Órdenes Militares) y los ganaderos en base a un contrato denominado “Recudimiento”. Este documento regulaba la práctica totalidad de los aspectos de la trashumancia. Por otra parte, las Hacienda regia obtenía sustanciosos ingresos fiscales a través del servicio y montazgo que recaudaban los procuradores en los puertos reales.

El apoyo regio también respondía a consideraciones sociales y de política económica. En este sentido, el auge de la Mesta está ligado de manera inequívoca a la expansión del ganado ovino, y en particular de la oveja merina. De la exportación de lana merina dependían los ingresos de miles de ganaderos pequeños y medianos, y muy especialmente, los de buena parte de la oligarquía nobiliaria castellana e influyentes instituciones eclesiásticas. La lana merina era uno de los pocos renglones de la exportación que procuraba divisas en cantidad verdaderamente importante. Los privilegios de los ganaderos mesteños tenían una doble fuente institucional: unos eran concedidos por los reyes mediante disposiciones legales; otros eran acuerdos de los ganaderos en sus juntas anuales. Estos últimos adquirían automáticamente rango de ley en virtud del privilegio sin duda más trascendental de cuantos ostentó la Mesta, el otorgado por Alfonso X en 1273: mando que toda postura y toda avenencia que pusiereis en vuestras mestas, que vos entendieseis que son a mí servicio y a pro de todos vos, que valga.

La villa de Mestanza se opuso en varias ocasiones a los privilegios de la Mesta, pero perdió casi todos los pleitos que sostuvo, tanto en primera instancia como en el tribunal de apelación de la Chancillería de Granada. La llegada periódica de los ganados trashumantes de la Mesta –los llamados serranos– supuso con frecuencia la invasión de los pastos comunes y propios de la villa, lo cual restaba a los vecinos sus medios de subsistencia. El Concejo de Mestanza defendió con vehemencia sus intereses frente a los ganaderos mesteños, motivo por el cual fue encausada en múltiples ocasiones. En 1592, Mestanza fue denunciada por la Mesta ante un alcalde entregador por imponer una multa (“llevar penas y prendas”) a los ganados mesteños que invadieron las dehesas boyales de La Gamonita y La Dehesilla. La Villa replicó que tenía costumbre “desde tiempo inmemorial” de multar a los infractores con 2 reales de día y 4 de noche. La Mesta sostuvo que, conforme a los privilegios otorgados a su cabaña real, no se podían imponer esas penas, sino tan solo cobrar el daño causado en los pastos por los ganados infractores. Mestanza objetó que no entendía que a unos ganaderos se les pudiese imponer una multa y a los mesteños, por el mismo delito, solo se les cobrase, en caso de ser sorprendidos, el daño apreciado. La réplica de la villa concluía: “pues en lo susodicho no habían de ser los unos de mejor condición que los otros”. Finalmente, como era de esperar, Mestanza perdió el pleito-

En 1581, los caballeros de Mestanza prendaron diez machos cabríos a un hermano de la Mesta tras sorprender a su manada pastando en las dehesas comunales. La villa fue demandada por la Mesta y se defendió arguyendo que se trataba de un cabrero de la cercana comarca de Abenójar, es decir, que no era un trashumante del norte de Castilla (“que bajara de la sierra a los extremos”). El argumento de la demandada no fue acogido ni en primera instancia ni en la Chancillería. Ese mismo año, los guardias de Mestanza requisaron los rebaños de dos ganaderos andaluces. Tras la correspondiente denuncia de la Mesta, la villa alegó que eran ganaderos del reino de Jaén y Mestanza estaba en el reino de Toledo, es decir, que no iban “de sierras a extremos”. También perdieron la demanda. Tal era el poder de la Mesta.  

Con la guerra de la Independencia (1808-1814) comenzó la decadencia de la Mesta. El conflicto propició unas circunstancias favorables para la masiva extracción de España de ovejas merinas para aclimatarlas en otros países. Mediante el cruce con otras razas, varias naciones emprendieron una carrera en busca de lanas de mayor calidad. A partir de 1818 aparecieron los vellones de Sajonia y desde entonces, el precio de las lanas españolas en el mercado de Londres sufrió un brutal descenso. En 1836 se abolió la Mesta mediante una Real Orden. Desde esa fecha hasta la segunda mitad del siglo XX se produjo el ocaso de la trashumancia, al menos en su concepción tradicional. Hoy ya no es posible avistar a lo lejos, en el campo, grandes y espesas polvaredas como las formadas por aquellos ganados que la locura de Don Quijote confundió con los ejércitos del rey Pentapolín y el emperador Alifanfarón.

Los pastores trashumantes

          La historia de Mestanza es, en gran medida, la historia de los miles de pastores trashumantes procedentes del norte de Castilla que vivieron y murieron en sus tierras. Eran segovianos, sorianos, leoneses, conquenses, burgaleses o alcarreños que llegaban ovejas2en otoño y regresaban a sus lugares de origen en primavera. Desde la fundación de la Mesta (1273) por el rey Alfonso X el Sabio hasta la segunda mitad del siglo XX, el Valle de Alcudia fue la mayor dehesa de invernadero de Castilla y se la conocía como el “criadero del reino”. La cabaña invernante llegó a alcanzar las 300.000 cabezas de ganado ovino. El ganado de un propietario particular era gobernado por un mayoral y se dividía en rebaños de unas 1.000 ovejas, atendidas por cinco pastores: un rabadán, jefe y responsable del rebaño ante el mayoral; un compañero o segundo, un sobrado o tercero, un ayudador o cuarto y, por último, un zagal, que cuidaba del hato de los pastores, de los perros y de las bestias de carga.

          Durante siete siglos, los grandes rebaños trashumantes acompañados de pastores, perros y recuas de yeguas o mulos hateros fueron la estampa secular de Castilla. Para Fray Luis de León, el oficio de pastor trashumante era “la mejor escuela de gobierno”. En esta tarea, los perros eran una ayuda inestimable. Además de los mastines guardianes, cada pastor tenía otro perro para carear el rebaño. Conducían a las ovejas, las hacían salvar una corriente, zanja o seto, las cerraban en un redil y evitaban su dispersión. Un sistema de silbidos y gestos de la mano bastaban para gestionar rebaños enormes. Las bestias de carga, por su parte, transportaban la ropa, la comida y un sinfín de utensilios -sacos, alforjas, sartenes, calderetas, mantas, pellejos curtidos, cuerdas y estacas del redil-. Por último, los pastores trashumantes solían llevar varias cabras, pues además de tirar del rebaño, daban leche y varios chivos para carne.

          Hasta mediados del siglo XX, en la indumentaria pastoril destacaba el coleto, que era un chaleco largo entallado en la cintura. La segunda prenda básica era la zamarra, hecha con piel de carnero y capaz de resistir el frío, la lluvia y la nieve. También eran característicos los zahones, que eran unas perneras de cuero que resguardaban la ropa. La protección de los pies era clave y para ello estaban las albarcas. Para cubrir la pierna hasta la rodilla se usaban polainas o leguis de cuero. Muchas de estas prendas (zahones, leguis, albarcas) se hacían con pieles de cabra u oveja mediante el estezado. En un tronco de alcornoque vaciado, se echaba la piel del animal y cascaras de encina. Luego se añadía agua y se dejaba una semana. Cuando se sacaba, se curtía frotando la piel una y otra vez. Si se deseaba una piel sin pelo, había que echarle ceniza antes de meterla en el tronco. Como complemento a la vestimenta, los pastores siempre llevaban una cayada y un zurrón donde guardaban la navaja y la honda.

          Si un animal representa la historia de Mestanza es, sin duda, la oveja. Su imagen resulta consustancial al paisaje de esta tierra. A mediados del siglo XVIII, las seis dehesas de nuestro territorio tenían capacidad para más 30.000 cabezas. Si lo comparamos con la presencia humana, la proporción es abrumadora. En el corazón de cada oveja late una tensión intrínseca entre la obediencia y el desorden. Por una parte, la oveja es el arquetipo de animal que siempre anda en rebaños; de hecho, la expresión “ser un borrego” es sinónimo de tener una obediencia ciega. Este rasgo llevó a Aristóteles a considerar a las ovejas “los animales más tontos del mundo”. Sin embargo, los antiguos pastores trashumantes sabían que cada oveja tenía su propia personalidad y temperamento. A los más curtidos no les hacía falta mirar la cara a una oveja. Solo con ver como andaba sabían cuál era. Incluso las diferenciaban de noche por sus balidos. El pastor también sabía lo que estaban haciendo las ovejas por el ruido de los cencerros. Si estaban comiendo el tintineo era constante. Cuando era más rápido es que había algún peligro. Si balaban dos, después diez y después todo el rebaño era señal de que habían encontrado comida en un buen pasto. Muchos pastores atribuían a las ovejas el don de la predicción meteorológica. Confiaban en su capacidad para barruntar el agua. Si por la mañana la oveja andaba un poco y luego se quedaba parada, eso era síntoma de que iba a llover ese día. Y si la oveja estaba metida en la red y se sacudía, agua más segura todavía.

          Las heridas y las enfermedades eran habituales en el rebaño. Lo más común eran las roturas de pata, que requerían un entablillado con cuatro palos y un trapo. Lo peor ovejas1eran las enfermedades. La modorra, causada por la presencia de larvas en el cerebro, era una de las peores. Los pastores contaban como “aparecía una nube en los ojos” y había que empajar. Se metía una paja por desde el hocico hasta el ojo y la nube salía sola. La roña o sarna era una afección cutánea contagiosa provocada por un ácaro, que excavaba túneles bajo la piel del animal produciendo hinchazón y un picor intenso. Si se vislumbraba un grano extraño en una oveja había que curarlo pues se corría el riesgo de que, en poco tiempo, se cayera la lana de todo el rebaño. La patera era una enfermedad de la pezuña que obligaba a recortársela y se atribuía a la excesiva humedad de las dehesas. La basquilla era una enfermedad infecciosa muy común que algunos pastores atribuían al mal sitio del pasto. Para evitarlo, era común referir aquel dicho de “pastor, suéltame por la solana y ciérrame por la umbría”. Parece que lo peor era el carbunco, pues podía transmitirse al hombre. Otro problema eran las serpientes. La picadura de una víbora podía incluso matar a una oveja. Hasta los perros las temían. En Mestanza era famoso un dicho que decía: “Si la víbora oyese y la alicántara viese, no habría hombre que al campo saliese”.

          Los ajustes entre el patrón y los pastores se hacían por San Miguel (29 de septiembre). Uno de los principales motivos de debate era la escusa, es decir, el número de ovejas propiedad del pastor que el amo permitía que fueran en el rebaño, apacentando en los mismos pastos sin pagar renta alguna. La marcha de los pastores hacia el Valle de Alcudia –ir cañada abajo- solía emprenderse en el mes de octubre, y suponía una triste efeméride en sus pueblos, donde dejaban a sus familias. Los rebaños avanzaban por las cañadas a razón de tres leguas diarias –entre 15 y 20 kilómetros-. Un pastor segoviano tardaba unas tres semanas en llegar a Mestanza. En el camino había mucha picaresca. Especialmente temido era el paso por Malagón, del que se decía que “en cada casa, un ladrón”. Los pastores relataban como, tras su paso por ese pueblo, siempre se perdían siete u ocho ovejas. Parece ser que los vecinos dejaban abiertas las puertas de las casas y, cuando los animales se asomaban a curiosear, los agarraban por una pata y los metían dentro.

          A primeros de noviembre, todos los rebaños estaban en las dehesas de nuestro territorio. Los pastos que tenían capacidad para alimentar a un millar de cabezas se denominaban “millares”, y aquellos que solo tenían pasto para quinientas ovejas recibían por nombre “quintos”. La primera misión del mayoral consistía en dividir elchozo rebaño en hatajos. La siguiente operación era acondicionar las majadas que acogían a los pastores y sus rebaños. En particular, era muy importante reparar los chozos donde vivirían los pastores. Eran de planta cilíndrica. Algunos estaban levantados íntegramente con retama o paja, mientras que otros contaban con una base de mampostería. En ambos casos, el techo era cónico, de retama y estiércol. La lumbre se situaba en el centro. Siempre estaban llenos de hollín. De vez en cuando saltaba una pavesa del fuego y prendía toda la cubierta. Sobre el chozo anidaban las cigüeñas con frecuencia. En las inmediaciones se construía el burrero, totalmente de ramaje, para los animales de tiro y los diversos útiles de los pastores.

          Al caer la noche llegaba la hora de los lobos. Aunque los chozos tenían capacidad para cinco o seis pastores, solo dormían allí el mayoral y el zagal. El resto de los pastores carlancase marchaba junto a la red para defender al rebaño. Muchos construían un chozo transportable, a modo de parihuela, para poder dormir algo. Cada red tenía dos perros. Uno se ataba junto a la red y otro se dejaba suelto. Se hacía así para evitar que ambos perros salieran corriendo tras la manada mientras el resto hacía la lobada. Para protegerse de las dentelladas, los mastines llevaban carlancas con grandes pinchos en el cuello. La red donde se guardaban las ovejas era bastante frágil. Estaba hecha de esparto y con cuatro estacas clavadas en el suelo. Era habitual que, con los aullidos y ladridos, las ovejas derribaran la red y se perdieran por los montes.

          Nada más llegar al Valle de Alcudia, empezaba la paridera. Duraba dos meses (noviembre y diciembre) y era la época de mayor trabajo. Además, coincidía con la montanera, con las ovejas corriendo por todas partes en busca de bellotas. Lo más importante era saber ahijar, es decir, poner a cada borrego con su madre. Si alguno nacía muerto, se le desollaba y se ponía su piel encima de otro cordero, para que la oveja parida creyera que era el suyo y lo criara. También era importante separar a las ovejas por hatajos. Los carneros iban en un hatajo aparte, pues no se podían juntar con las ovejas hasta mediados de junio para asegurar las fechas de la paridera. Luego estaba el hatajo de las “ovejas tempranas” (las que habían parido); después el hatajo de las “ovejas tardías” (las que estaban preñadas). Por lo general se dejaba el mejor pasto para las ovejas paridas y el peor para las ovejas horras. Por último, había un hatajo pequeño donde se metía a las madres que no querían criar a su cordero, para lo cual se ataba juntos a ambos.

          Durante los meses de la paridera, había que levantarse temprano y desayunar una gran sartén de migas para aguantar todo el día sin comer, excepto algún mendrugo y algo de tocino o salado. Al llegar la primavera, con más tiempo libre, los pastores hacían mucho cocido. En raras ocasiones cambiaban de comida. En Nochebuena se permitían una botella de anís, algunos higos y un poco de turrón. En Carnaval podían incluso hacer caldereta con alguna oveja machorra. En ocasiones cazaban alguna liebre. Si una oveja estaba comiendo y, de repente, se paraba y retrocedía, solía haber alguna escondida. El pastor debía acercarse con sigilo y acertar a la liebre con la garrota.

          Con la llegada de la primavera volvía la tranquilidad. Las ovejas estaban ahítas con la abundante hierba y apenas daban quehacer. Los pastores aprovechaban para tallar bellas piezas con sus navajas y para tocar viejas melodías. La música pastoril se basaba en instrumentos aerófonos. Sonaban las zambombas, hechas con barriles y la piel de un desdichado gato. También las hueseras, confeccionadas con huesos de caña de cordero lechal, que se rasgaban con una castañuela. A falta de buenos instrumentos, bastaba con los útiles de cocina. Un caldero, unas tijeras de esquilar o los mismos cencerros sonaron por nuestros campos en los suaves atardeceres de primavera.

          Durante los meses de trashumancia, los pastores tenían poco trato con la gente de Mestanza. Llevaban vida aparte. Algunos se acercaban para comprar pan. Llenaban sus costales con docenas de hogazas para aguantar una larga temporada. No obstante, lo habitual era que los hateros del pueblo les llevasen los víveres. A mediados de mayo los serranos regresaban a sus hogares en el norte de Castilla. Habían pasado siete meses alejados de sus familias. Nuestros antepasados les despedían hasta el invierno próximo: “A tu tierra, serrano, que canta el cuco. No esperes a que cante el abejaruco”.

 

FOTOGRAFÍAS

La mayoría de las fotos pertenecen a las Jornadas de la Trashumancia que se celebraron en Mestanza en mayo de 2018.

Fotografía 1. Zahones pertenecientes a la familia Benito-Navarro. San Lorenzo de Calatrava. 1930.

Fotografía 2. Marcadores para ovejas. Familia Fernández-Juárez. Mestanza. 1960.

Fotografía 3. Honda. Juan Fernández Mora. Mestanza. 1950.

Fotografía 4. Albarcas. Museo Jacinto y Juana. Brazatortas. 1900.

Fotografía 5. Estezadera. Familia Benito-Navarro. san Lorenzo de Calatrava. 1920.

Fotografía 6. Carlancas. Familia Molina-Plaza. alcolea de Calatrava. 1930.