Nombres antiguos

Una de las tradiciones más arraigadas de Mestanza era la de escoger nombres peculiares y extraños, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos; algunos griegos, otros latinos, muchos de estirpe visigoda. El espléndido blog dextrangis recoge esta costumbre. Su autor fisgoneó en las lápidas del cementerio y apuntó los siguientes: Heleodora, Maximina, Saturia, Victorio, Eulalia, Isidra, Vedasto, Teófilo, Emperatriz, Desposorio, Gasparo, Constanza, Epafrodito, Elexámpite, Orosia, Higinio, Magdesigildo, Maximiano, Melitona, Graciano, Octaviano, Benigna, Isabelino, Porfirio, Pantaleón, Domitila, Canuto, Engracia, Ubaísla, Griselda, Florentina, Quiterio, Brígida, Genara, Emeterio, Aniasia, Marceliano, Onésima, Vidala, Asincrito, Getulio, Olayo, Primitiva, Antigua, Silverio, Silvestra, Amanda, Sila, Sipa, Eulogia, Cipriana, Eleuteria, Teodosila, Amadora, Afrodisio, Evasio, Danilo, Desiderio, Nabusiel, Enelina, Umbelina, Llorel y Herminia.

Los tiempos cambian y los nombres que antaño eran comunes hoy nos resultan singulares. Mi propio nombre, Félix, es buena prueba de ello. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), a principios del siglo XX era un nombre bastante común en la provincia de Ciudad Real, pues figuraba en el puesto 17 de los más usados. No en vano yo lo llevo por mi bisabuelo. Hoy nadie lo utiliza. El aplicativo del INE ni siquiera lo recoge entre los 200 primeros nombres. Este asunto me da pie para plantear la siguiente cuestión: ¿Cómo se llamaba el primer mestanceño cuyo nombre aparece registrado en la historia?

lápida            El sacerdote e investigador Luis Delgado Merchán, que escribió la monumental Historia documentada de Ciudad Real (1893), exploró minuciosamente el cerro del castillo y encontró numerosos vestigios arqueológicos. Entre sus hallazgos destaca un trozo de lápida sepulcral que nos ofrece un dato crucial: el primer mestanceño cuyo nombre nos es conocido. El difunto se llamaba Abu Mohámmed Abdalá, hijo de Soleimán. Es revelador que el primer nombre registrado en la historia de Mestanza pertenezca a un bereber. La lápida está encabezada por una palabra que probablemente sea el resto del versículo 109 del sura 18 del Corán, que dice: “Si el mar fuera tinta para las palabras de mi Señor, se agotaría antes que las palabras de mi Señor”. Las dos siguientes líneas corresponden al versículo 33 del sura 31: “La promesa de Allah es verdadera; que no te seduzca la vida del mundo ni te seduzca, apartándote de Allah, el Seductor”. La última línea es la que revela el nombre de aquel lejano bereber, que recorrió hace tantos siglos los mismos campos que hoy recorremos nosotros. Me gusta imaginarlo al amanecer, cuando los primeros rayos de sol despuntaran por la sierra de la Alberquilla, escuchando la voz monótona de un almuédano ciego: Allahu akbar, Alá es el más grande.

 

 

 

Anuncios