La Mesta

El escudo de Mestanza resume a la perfección la historia de nuestro pueblo. El mayor acierto de su diseño es poner juntos los símbolos de la Mesta (el carnero y la oveja) y de la Orden de Calatrava (la cruz de gules flordelisada). La Mesta es, junto con la Orden de Calatrava, el gran protagonista de estas tierras. Sin la trashumancia mesteña, la historia de Mestanza habría transcurrido en un aislamiento total. Pero la presencia periódica de los pastores del norte de Castilla trabó unos vínculos sólidos con el resto de la comunidad castellana. Tras la derrota de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), el Valle de Alcudia se convirtió en la gran dehesa de invernadero de la Orden. La comarca, que había sido escenario de sangrientos combates entre musulmanes y cristianos, pasó a ser un lugar tranquilo de ganados trashumantes.

La expansión de la ganadería ovina vino impulsada por dos hechos fundamentales acaecidos en la Edad Media. Por una parte, la fundación en 1273 por parte del rey Alfonso X el Sabio del Honrado Concejo de la Mesta, que concedía privilegios especiales a los ganados trashumantes. Por otra, la aparición, a finales del siglo XIII, de la oveja merina, como resultado del cruzamiento de ejemplares procedentes del norte de África con otros autóctonos. La lana de la oveja merina era muy superior al resto de lanas europeas, por lo que se convirtió desde entonces en la base de la economía de Castilla. La ganadería lanar trashumante progresó de forma espectacular durante las siguientes centurias, convirtiendo la industria textil en un negocio formidable. En el siglo XVIII la trashumancia alcanzó su culmen. Nunca fue tan numeroso el colectivo ganadero trashumante y jamás se exportó tanta lana merina.

Las cañadas fueron el auténtico fundamento infraestructural de la trashumancia castellana. Una reglamentación estricta aseguraba su buen funcionamiento. Su anchura máxima era de 90 varas castellanas (75 metros). También existía un profuso tejido de vías secundarias denominadas cordeles (37,5 metros), veredas (20 metros) y coladas (de anchura variable). El término de Mestanza estaba surcado por una intrincada red de vías pecuarias. Aún se conservan tramos de los viejos cordeles de la Sardina (31 km), de Pozo Medina (25 km), de la Dehesa Gamonita (7 km) o de la Laguna de la Alberquilla (5 km). También hay vestigios de la cañada del Terminillo (7 km) y de la vereda de la Antigua (12 km). Además de las vías pecuarias, existe un conjunto de elementos adicionales como los descansaderos de la Posadilla y del Charco de Botija, donde los reposaban los rebaños; los abrevaderos, donde los animales saciaban su sed; y los contaderos, donde la vía pecuaria se estrechaba y permitía contar el ganado.

La Mesta estaba formada por los llamados hermanos de la Mesta cuyos ganados formaban la cabaña real. Se celebraban dos juntas generales cada año: una durante el invierno en una localidad del sur (“los extremos”) y otra en otoño en algún lugar del norte (“la sierra”). Las decisiones se tomaban por votación y los cargos eran de carácter electivo. Al frente de la institución se hallaba el alcalde entregador mayor, cargo de designación real que era ocupado por nobles castellanos. En el segundo escalón estaban los alcaldes entregadores, que representaban al monarca e impartían justicia defendiendo los privilegios de la asociación. Un tercer escalón lo componían los alcaldes de cuadrilla que resolvían los pleitos de las diversas cabañas.

Los monarcas castellanos favorecieron decisivamente los intereses de la Mesta, concediéndole abundantes privilegios. No es de extrañar. En el Valle de Alcudia, las dehesas arrendadas eran propiedad de la Orden de Calatrava, que dependía a su vez de la Corona. Es decir, todas las rentas del arrendamiento iban a parar a las arcas del Estado. El procedimiento de arriendo se gestaba entre la Corona (a través de la Contaduría Mayor de las Órdenes Militares) y los ganaderos en base a un contrato denominado “Recudimiento”. Este documento regulaba la práctica totalidad de los aspectos de la trashumancia. Por otra parte, las Hacienda regia obtenía sustanciosos ingresos fiscales a través del servicio y montazgo que recaudaban los procuradores en los puertos reales.

El apoyo regio también respondía a consideraciones sociales y de política económica. En este sentido, el auge de la Mesta está ligado de manera inequívoca a la expansión del ganado ovino, y en particular de la oveja merina. De la exportación de lana merina dependían los ingresos de miles de ganaderos pequeños y medianos, y muy especialmente, los de buena parte de la oligarquía nobiliaria castellana e influyentes instituciones eclesiásticas. La lana merina era uno de los pocos renglones de la exportación que procuraba divisas en cantidad verdaderamente importante. Los privilegios de los ganaderos mesteños tenían una doble fuente institucional: unos eran concedidos por los reyes mediante disposiciones legales; otros eran acuerdos de los ganaderos en sus juntas anuales. Estos últimos adquirían automáticamente rango de ley en virtud del privilegio sin duda más trascendental de cuantos ostentó la Mesta, el otorgado por Alfonso X en 1273: mando que toda postura y toda avenencia que pusiereis en vuestras mestas, que vos entendieseis que son a mí servicio y a pro de todos vos, que valga.

La villa de Mestanza se opuso en varias ocasiones a los privilegios de la Mesta, pero perdió casi todos los pleitos que sostuvo, tanto en primera instancia como en el tribunal de apelación de la Chancillería de Granada. La llegada periódica de los ganados trashumantes de la Mesta –los llamados serranos– supuso con frecuencia la invasión de los pastos comunes y propios de la villa, lo cual restaba a los vecinos sus medios de subsistencia. El Concejo de Mestanza defendió con vehemencia sus intereses frente a los ganaderos mesteños, motivo por el cual fue encausada en múltiples ocasiones. En 1592, Mestanza fue denunciada por la Mesta ante un alcalde entregador por imponer una multa (“llevar penas y prendas”) a los ganados mesteños que invadieron las dehesas boyales de La Gamonita y La Dehesilla. La Villa replicó que tenía costumbre “desde tiempo inmemorial” de multar a los infractores con 2 reales de día y 4 de noche. La Mesta sostuvo que, conforme a los privilegios otorgados a su cabaña real, no se podían imponer esas penas, sino tan solo cobrar el daño causado en los pastos por los ganados infractores. Mestanza objetó que no entendía que a unos ganaderos se les pudiese imponer una multa y a los mesteños, por el mismo delito, solo se les cobrase, en caso de ser sorprendidos, el daño apreciado. La réplica de la villa concluía: “pues en lo susodicho no habían de ser los unos de mejor condición que los otros”. Finalmente, como era de esperar, Mestanza perdió el pleito-

En 1581, los caballeros de Mestanza prendaron diez machos cabríos a un hermano de la Mesta tras sorprender a su manada pastando en las dehesas comunales. La villa fue demandada por la Mesta y se defendió arguyendo que se trataba de un cabrero de la cercana comarca de Abenójar, es decir, que no era un trashumante del norte de Castilla (“que bajara de la sierra a los extremos”). El argumento de la demandada no fue acogido ni en primera instancia ni en la Chancillería. Ese mismo año, los guardias de Mestanza requisaron los rebaños de dos ganaderos andaluces. Tras la correspondiente denuncia de la Mesta, la villa alegó que eran ganaderos del reino de Jaén y Mestanza estaba en el reino de Toledo, es decir, que no iban “de sierras a extremos”. También perdieron la demanda. Tal era el poder de la Mesta.  

Con la guerra de la Independencia (1808-1814) comenzó la decadencia de la Mesta. El conflicto propició unas circunstancias favorables para la masiva extracción de España de ovejas merinas para aclimatarlas en otros países. Mediante el cruce con otras razas, varias naciones emprendieron una carrera en busca de lanas de mayor calidad. A partir de 1818 aparecieron los vellones de Sajonia y desde entonces, el precio de las lanas españolas en el mercado de Londres sufrió un brutal descenso. En 1836 se abolió la Mesta mediante una Real Orden. Desde esa fecha hasta la segunda mitad del siglo XX se produjo el ocaso de la trashumancia, al menos en su concepción tradicional. Hoy ya no es posible avistar a lo lejos, en el campo, grandes y espesas polvaredas como las formadas por aquellos ganados que la locura de Don Quijote confundió con los ejércitos del rey Pentapolín y el emperador Alifanfarón.

Crónica negra

Hace tan solo cien años, Mestanza era un lugar muy peligroso. Me refiero, lógicamente, para los estándares actuales. Para los criterios de entonces quizá se tratase de algo más normal. Lo cierto es que en el primer tercio del siglo XX se registraron en el pueblo nada menos que nueve intentos de asesinato, seis de ellos mortales. De suceder esto hoy día, Mestanza sería portada frecuente de los telediarios.

El asesinato de Heliodoro Peñasco fue el más famoso de todos. Heliodoro era natural de Aldea del Rey y fue secretario del Ayuntamiento de Mestanza entre 1891 y 1895. En nuestro pueblo conoció a Ramona Rodríguez Herráez, con la que contrajo matrimonio en 1896. Tras afiliarse al Partido Republicano Radical de Lerroux comenzó a combatir con dureza al caciquismo de la región, lo cual le granjeó numerosos enemigos. El 24 de marzo de 1913, varios disparos le derribaron del caballo a las afueras de Argamasilla. El cadáver presentó agujeros de bala en la cabeza y en la espalda. Tenía 43 años. Se acusó a un cacique de Argamasilla de instigar el crimen, pero finalmente solo se condenó el autor material de los hechos, un tal Cándido Pérez, alias Pernales. Mestanza le dedicó una plaza que aún lleva su nombre.

En septiembre de 1906 fue detenido Urbano Carrilero alias Matamoros. Se le acusaba de haber disparado a su vecino Segundo Hidalgo mientras paseaba junto a dos amigos por las afueras del pueblo. Por suerte la bala solo le atravesó una pierna.

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En marzo de 1911 un pastor trashumante de Segovia mató a su compañero en la quinta del Hinojo. Parece que, tras robarle 600 pesetas le arrojó a un pozo cercano, aunque el cadáver nunca fue encontrado. El procesado negó en todo momento la autoría del crimen y aseguró que su compañero había emigrado a Argentina. Esta coartada resultó extraña pues el finado había dejado toda su ropa en el chozo.

En noviembre de 1913 dispararon al vecino Antonio Gómez. Las sospechas recayeron sobre dos forasteros que nunca fueron encontrados.

En enero de 1914 la Guardia Civil detuvo a Lorenzo Calero por el asesinato de su vecino Evaristo Ruiz. El robo fue el móvil del crimen. El cadáver estaba cosido a balazos. El periodista de El Pueblo Manchego afirmaba que “en el vecindario de Mestanza ha impresionado mucho el suceso”.

En noviembre de 1914 una partida de bandidos asaltó al administrador de la mina La Gitana y a su sirviente en el Puerto del Roble. Se llevaron 750 pesetas, un reloj y una pistola. Tras atarles a un árbol, los dejaron allí toda la noche. En pleno invierno. Un paisano los encontró a la mañana siguiente ateridos de frío. Esta historia es sorprendente, en cuanto que muestra la pervivencia del bandolerismo en nuestra comarca en una fecha tan tardía como 1914.

En agosto de 1920 fue detenido Simón Lara acusado de disparar a su vecina Críspula Bazote con su escopeta. Por fortuna no tenía muy buena puntería y solo logró herirla en la mano derecha.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEn mayo de 1921 un hombre de sesenta años llamado Eusebio Hernández asestó una puñalada en el corazón a su vecino Álvaro de León. Todo empezó por una leve discusión. Murió en el acto.

En agosto de 1933 la Guardia Civil detuvo a Adolfo Ruiz alias El Borreguillo por el asesinato de un guarda de El Hoyo. La Benemérita fue muy elogiada por conseguir arrancarle una confesión al asesino.

Ya en la segunda mitad del siglo XX, fue famoso el conocido como Crimen del Suicida. En agosto de 1959 la Brigada de Investigación Criminal detuvo en Madrid a Juan Montalvo alias El Suicida. Se trataba de un hombre de 31 años natural de Cabezarrubias. Se le acusaba de haber matado a su mujer Encarnación y a su hijo en el Arroyo del Venero. Así lo narraba el diario ABC:

“Atrajo a su esposa por medio de engaños al lugar en que se cometió el crimen e invitó a ésta para que le ayudase a poner en movimiento una motocicleta, en la que previamente había fingido una avería, con el fin de que la víctima se desprendiera del niño, que llevaba en brazos, y lo depositara, envuelto en una manta, al borde de la carretera. Instantes después Juan golpeó brutalmente a Encarnación hasta dejarla sin sentido. Luego la precipitó en una poceta y hundió su cabeza en el agua hasta ahogarla. Recogió el cuerpo del pequeño y lo depositó envuelto en la manta, a un metro de la boca de la poceta. Con todo ello, el criminal se proponía hacer creer que su esposa se había suicidado. No obstante, después de ir a la mina donde trabajaba y cambiarse allí de ropa, volvió al lugar del suceso y encontró que el niño se había salido de la manta en que estaba envuelto y también había perecido ahogado”.

Fuente

Los datos han sido extraídos en su totalidad del estudio Casos y cosas de Mestanza, de nuestro vecino Miguel Martín Gavillero.

 

La Gitana

A Soledad Azorit, bisnieta del descubridor del filón de La Gitana.

          Una mañana de 1867, un carromato destartalado apareció dando tumbos por el camino que descendía desde el puerto del Roble. Al llegar a una mina abandonada, aquella antigualla hizo un alto. De su interior emergió una familia de tez oscura y vestimentas de colores abigarrados. Cualquiera los hubiera tomado por zíngaros, pero no llevaban monos ni osos amaestrados. Tampoco trompetas ni platillos. Eran gitanos autóctonos. De Madrid para más señas. El patriarca se acercó a la mina y estuvo un buen rato indagando entre sus ruinas. Al regresar al carromato, asintió con la cabeza e hizo una mueca de aprobación. Antes de la puesta de sol ya estaba en Mestanza dispuesto a reclamar la explotación del yacimiento. Aquel gitano se llamaba Faustino Santa Romana. La mina que tanto le intrigó había sido excavada en balde por varios buscadores de tesoros. Los gitanos también fracasaron en su intento de hacerse ricos. Al cabo de un tiempo abandonaron la explotación, pero dejaron una huella imborrable en nuestro pueblo. Aquella mina pasó a ser conocida como La Gitana. Cuenta la tradición que antes de seguir su camino, los gitanos lanzaron una profecía: “El plomo de La Gitana ha de hacer millonarios algún día”.

          La profecía no tardó en cumplirse. En 1891 llegaron a Mestanza dos barreneros naturales de Baños de la Encina. Eran hermanos y se llamaban José María y Diego. Eran buenos mineros con el ojo adiestrado en el rastreo de filones. Al ver La Gitana no tuvieron dudas. Vendieron las pocas pertenencias que tenían –una casa, dos burros y dos mulos- y registraron la concesión con el nombre de La Lealtad. José María trajo a su mujer Carmen y Diego se casó con una mestanceña llamada Onofra Núñez Correal. Entreonofra nuñez correal los cuatro comenzaron a trabajar en la mina. Los hombres hacían el pozo y las mujeres tiraban de una garrucha para sacar las espuertas de tierra. Trabajaban descalzos pues no había botas que aguantaran más de dos días. Durante meses cavaron sin descanso. Todo indicaba que iban a fracasar igual que sus predecesores. Desesperados por el hambre y las deudas se dispusieron a abandonar la búsqueda. Pero la fortuna salió en su auxilio. La explosión de uno de sus últimos cartuchos de dinamita hizo aflorar un filón de una riqueza inimaginable. Aquel día, no solo su vida, sino la vida de Mestanza, dieron un vuelco extraordinario. Junto a un amigo llamado Juan Agudo constituyeron la sociedad Los tres amigos y a los pocos años vendieron la mina por una cantidad exorbitante. De la noche a la mañana, aquellos tres hombres pasaron de la miseria a la riqueza, tal y como habían predicho los gitanos.

          El nuevo dueño de La Gitana se llamaba Sebastián Izquierdo Martín. En 1896 comenzó la explotación a gran escala obteniendo 160 toneladas de galena. Numerosas concesiones cercanas se fueron añadiendo al grupo. En apenas un lustro la producción anual ya rozaba las 3.000 toneladas. El pozo maestro llegó a tener 9 plantas (225 metros de profundidad). Cuando se agotó el filón en 1913 se habían extraído 25.000 toneladas de las entrañas de aquellas minas. El increíble éxito del filón de La Gitana desencadenó la fiebre del plomo por todo el valle. Al albur de su leyenda se abrieron nuevos pozos por todas partes, en particular dentro de los grupos mineros situados al este del pueblo: Victoria Eugenia, Santa Bárbara, El Encinarejo, El Burcio… Hoy día aún podemos admirar las bellas construcciones de mampostería y ladrillo de estas dos últimas y, por supuesto, de La Gitana. En sus elegantes castilletes y esbeltas chimeneas anidan las cigüeñas. La luz del atardecer sobre estos viejos edificios es una de las imágenes más arrebatadoras que se pueden contemplar.

          Mestanza se convirtió en una fértil cuenca minera. La gran demanda de plomo motivada por la Primera Guerra Mundial trajo una prosperidad nunca vista en el pueblo. Una infinidad de recuas de mulos llevaban el mineral a Puertollano a través del puerto del Roble. La mayoría de los vecinos abandonaron las labores agrícolas y ganaderas para convertirse en picadores, barreneros o entibadores. La población comenzó a crecer. En 1930 nuestro municipio alcanzó los 5.050 habitantes, el pico poblacional más alto de su historia. Las enfermedades pulmonares también se dispararon. Mis dos bisabuelos paternos son un triste ejemplo de ello. Ambos murieron de la silicosis contraída en las minas de plomo: Félix Núñez falleció en 1926, con 42 años; Canuto Montero lo hizo en 1929, con 53 años.

          Un refrán dice que la fortuna es un montoncillo de arena… un viento la trae y otro se la lleva. Al comenzar los años 30 casi todos los filones estaban agotados. Parecía una riqueza que no se iba a acabar nunca, pero desapareció tan pronto como vino. Los mineros quisieron retornar al campo, pero no había trabajo para tanta gente. La población del municipio se había doblado en tan solo 30 años (de 2.829 habitantes en 1897 a 5.050 habitantes en 1930). La pobreza y el hambre se dispararon a tales niveles que el asunto llegó al Congreso de los Diputados en 1933. Allí se planteó el dilema clásico entre agricultura y ganadería. El terreno de Mestanza era riquísimo para pastos pero estéril para el cultivo. Este hecho condenaba a buena parte de la población a morir de hambre o a emigrar. Como resultado, en 1940 la población ya había descendido a 3.607 habitantes. Fue el comienzo de una caída demográfica que, salvo un leve repunte en los años 50, dura hasta la actualidad.

          En los años 60 se instaló al sur de la mina un nuevo lavadero de flotación para relavar las antiguas escombreras y sacar algo de galena. Algunos vecinos pagaban un arriendo al Estado y sacaban algo de plomo trabajando de sol a sol. En 1967 los trabajos en la mina se cerraron para siempre. Sus ruinas son los últimos fragmentos de un mundo desaparecido. La patina del tiempo ha convertido las cosas que un día fueron cotidianas en un tesoro arqueológico. Solo nos queda visitarlas de vez en cuando y recordar a aquellos hombres tenaces que fueron nuestros ancestros.

 

FOTOGRAFÍAS

La foto en b/n muestra a Onofra Núñez Correal. Su bisnieta Soledad Azorit la encontró hace algunos años olvidada en un viejo arcón. Se animó a contactar conmigo tras descubrir en este blog que nuestros bisabuelos compartían los mismos apellidos. Fue ella quien me relató la fabulosa historia del descubrimiento del filón de La Gitana.

Las guerras de nuestros abuelos

          Sentarse a charlar en las puertas de las casas o en un banco del vecindario es una de las costumbres más bellas de Mestanza. Cuando llega el buen tiempo, los vecinos salen a tomar el fresco mientras el tiempo fluye lento y tranquilo. Camús anotó en sus cuadernos la belleza de una tarde y pensó sin rencor que seguiría habiendo tardes exactamente así cuando él hubiera muerto.

         Yo recuerdo muchas de esas tardes escuchando historias de la guerra civil a mis mayores. Para mí la guerra eran las películas americanas plagadas de héroes y por eso atardecerme intrigaba que aquellos hombres tan poco novelescos que pertenecían a mi familia o sus conocidos del pueblo hubieran participado en una guerra. La guerra de la que hablaban tenía ya medio siglo, pero para ellos era un recuerdo próximo y diáfano. Había grandes narradores y otros que hablaban muy poco o guardaban silencio limitándose a asentir con la cabeza. Mi abuelo Juanjo pertenecía a los primeros. Recordaba todos los lugares donde había combatido –Torredonjimeno, Arjona, Brunete, Teruel-, los nombres de los mandos, los compañeros caídos. Los relatos eran siempre los mismos, idénticos en el tono con que los contaba, y despojados de jactancia o entusiasmo bélico. Tan sólo se mostraba callado y taciturno al hablar de los campos de trabajo africanos donde penó su desafección al régimen al terminar la guerra. El grado de espanto que padeció en el desierto excluía aquella experiencia de cualquier narración. Por lo demás, no faltaba nunca el relato amable del intercambio de tabaco por papel de liar, que dejaba en suspenso el desgarro de los combates para que pudiera celebrarse el rito inmemorial de fumar y conversar.

          Mi abuelo Pepe solía relatar su experiencia en Alcazarquivir (Marruecos), donde sirvió durante aquel año terrible de 1942. Fue uno de los llamados años del hambre. En el campo no crecía nada, nadie tenía lo suficiente para comprar pan en el mercado negro ypepe militar la gente se moría de hambre en las calles. La mañana del 8 de noviembre, los mandos comunicaron que quedaban suspendidos los permisos y se ordenó a la tropa que permaneciera acuartelada. Seiscientos buques de guerra habían desembarcado a 70.000 soldados estadounidenses en las playas cercanas. Mi abuelo recordaba a aquellos soldados con sus uniformes caquis, tan sanos, tan altos, tan bien equipados… Eran las tropas del general Patton que se disponían a conquistar el Norte de África.

          La historia de mi abuelo Pepe siempre me trae a la cabeza la famosa arenga del general Patton sobre abuelos y nietos: “Hay algo magnífico que vosotros, muchachos, podréis decir una vez haya acabado la guerra y estéis de vuelta en casa. Cuando os halléis sentados al calor de la lumbre con vuestro nieto en la rodilla y os pregunte que hicisteis en la guerra, no tendréis que toser, cambiarlo de rodilla y decirle: ´Bueno, tu abuelito cargaba estiércol en Luisiana`. No señor. Le podréis mirar a los ojos y decirle: Hijo, tu abuelito marchó con el Gran Tercer Ejército y con un maldito hijo de perra llamado George Patton”.

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La fotografía del atardecer en Mestanza ha sido realizada por Rubén Pareja.

Los pastores trashumantes

          La historia de Mestanza es, en gran medida, la historia de los miles de pastores trashumantes procedentes del norte de Castilla que vivieron y murieron en sus tierras. Eran segovianos, sorianos, leoneses, conquenses, burgaleses o alcarreños que llegaban ovejas2en otoño y regresaban a sus lugares de origen en primavera. Desde la fundación de la Mesta (1273) por el rey Alfonso X el Sabio hasta la segunda mitad del siglo XX, el Valle de Alcudia fue la mayor dehesa de invernadero de Castilla y se la conocía como el “criadero del reino”. La cabaña invernante llegó a alcanzar las 300.000 cabezas de ganado ovino. El ganado de un propietario particular era gobernado por un mayoral y se dividía en rebaños de unas 1.000 ovejas, atendidas por cinco pastores: un rabadán, jefe y responsable del rebaño ante el mayoral; un compañero o segundo, un sobrado o tercero, un ayudador o cuarto y, por último, un zagal, que cuidaba del hato de los pastores, de los perros y de las bestias de carga.

          Durante siete siglos, los grandes rebaños trashumantes acompañados de pastores, perros y recuas de yeguas o mulos hateros fueron la estampa secular de Castilla. Para Fray Luis de León, el oficio de pastor trashumante era “la mejor escuela de gobierno”. En esta tarea, los perros eran una ayuda inestimable. Además de los mastines guardianes, cada pastor tenía otro perro para carear el rebaño. Conducían a las ovejas, las hacían salvar una corriente, zanja o seto, las cerraban en un redil y evitaban su dispersión. Un sistema de silbidos y gestos de la mano bastaban para gestionar rebaños enormes. Las bestias de carga, por su parte, transportaban la ropa, la comida y un sinfín de utensilios -sacos, alforjas, sartenes, calderetas, mantas, pellejos curtidos, cuerdas y estacas del redil-. Por último, los pastores trashumantes solían llevar varias cabras, pues además de tirar del rebaño, daban leche y varios chivos para carne.

          Hasta mediados del siglo XX, en la indumentaria pastoril destacaba el coleto, que era un chaleco largo entallado en la cintura. La segunda prenda básica era la zamarra, hecha con piel de carnero y capaz de resistir el frío, la lluvia y la nieve. También eran característicos los zahones, que eran unas perneras de cuero que resguardaban la ropa. La protección de los pies era clave y para ello estaban las albarcas. Para cubrir la pierna hasta la rodilla se usaban polainas o leguis de cuero. Muchas de estas prendas (zahones, leguis, albarcas) se hacían con pieles de cabra u oveja mediante el estezado. En un tronco de alcornoque vaciado, se echaba la piel del animal y cascaras de encina. Luego se añadía agua y se dejaba una semana. Cuando se sacaba, se curtía frotando la piel una y otra vez. Si se deseaba una piel sin pelo, había que echarle ceniza antes de meterla en el tronco. Como complemento a la vestimenta, los pastores siempre llevaban una cayada y un zurrón donde guardaban la navaja y la honda.

          Si un animal representa la historia de Mestanza es, sin duda, la oveja. Su imagen resulta consustancial al paisaje de esta tierra. A mediados del siglo XVIII, las seis dehesas de nuestro territorio tenían capacidad para más 30.000 cabezas. Si lo comparamos con la presencia humana, la proporción es abrumadora. En el corazón de cada oveja late una tensión intrínseca entre la obediencia y el desorden. Por una parte, la oveja es el arquetipo de animal que siempre anda en rebaños; de hecho, la expresión “ser un borrego” es sinónimo de tener una obediencia ciega. Este rasgo llevó a Aristóteles a considerar a las ovejas “los animales más tontos del mundo”. Sin embargo, los antiguos pastores trashumantes sabían que cada oveja tenía su propia personalidad y temperamento. A los más curtidos no les hacía falta mirar la cara a una oveja. Solo con ver como andaba sabían cuál era. Incluso las diferenciaban de noche por sus balidos. El pastor también sabía lo que estaban haciendo las ovejas por el ruido de los cencerros. Si estaban comiendo el tintineo era constante. Cuando era más rápido es que había algún peligro. Si balaban dos, después diez y después todo el rebaño era señal de que habían encontrado comida en un buen pasto. Muchos pastores atribuían a las ovejas el don de la predicción meteorológica. Confiaban en su capacidad para barruntar el agua. Si por la mañana la oveja andaba un poco y luego se quedaba parada, eso era síntoma de que iba a llover ese día. Y si la oveja estaba metida en la red y se sacudía, agua más segura todavía.

          Las heridas y las enfermedades eran habituales en el rebaño. Lo más común eran las roturas de pata, que requerían un entablillado con cuatro palos y un trapo. Lo peor ovejas1eran las enfermedades. La modorra, causada por la presencia de larvas en el cerebro, era una de las peores. Los pastores contaban como “aparecía una nube en los ojos” y había que empajar. Se metía una paja por desde el hocico hasta el ojo y la nube salía sola. La roña o sarna era una afección cutánea contagiosa provocada por un ácaro, que excavaba túneles bajo la piel del animal produciendo hinchazón y un picor intenso. Si se vislumbraba un grano extraño en una oveja había que curarlo pues se corría el riesgo de que, en poco tiempo, se cayera la lana de todo el rebaño. La patera era una enfermedad de la pezuña que obligaba a recortársela y se atribuía a la excesiva humedad de las dehesas. La basquilla era una enfermedad infecciosa muy común que algunos pastores atribuían al mal sitio del pasto. Para evitarlo, era común referir aquel dicho de “pastor, suéltame por la solana y ciérrame por la umbría”. Parece que lo peor era el carbunco, pues podía transmitirse al hombre. Otro problema eran las serpientes. La picadura de una víbora podía incluso matar a una oveja. Hasta los perros las temían. En Mestanza era famoso un dicho que decía: “Si la víbora oyese y la alicántara viese, no habría hombre que al campo saliese”.

          Los ajustes entre el patrón y los pastores se hacían por San Miguel (29 de septiembre). Uno de los principales motivos de debate era la escusa, es decir, el número de ovejas propiedad del pastor que el amo permitía que fueran en el rebaño, apacentando en los mismos pastos sin pagar renta alguna. La marcha de los pastores hacia el Valle de Alcudia –ir cañada abajo- solía emprenderse en el mes de octubre, y suponía una triste efeméride en sus pueblos, donde dejaban a sus familias. Los rebaños avanzaban por las cañadas a razón de tres leguas diarias –entre 15 y 20 kilómetros-. Un pastor segoviano tardaba unas tres semanas en llegar a Mestanza. En el camino había mucha picaresca. Especialmente temido era el paso por Malagón, del que se decía que “en cada casa, un ladrón”. Los pastores relataban como, tras su paso por ese pueblo, siempre se perdían siete u ocho ovejas. Parece ser que los vecinos dejaban abiertas las puertas de las casas y, cuando los animales se asomaban a curiosear, los agarraban por una pata y los metían dentro.

          A primeros de noviembre, todos los rebaños estaban en las dehesas de nuestro territorio. Los pastos que tenían capacidad para alimentar a un millar de cabezas se denominaban “millares”, y aquellos que solo tenían pasto para quinientas ovejas recibían por nombre “quintos”. La primera misión del mayoral consistía en dividir elchozo rebaño en hatajos. La siguiente operación era acondicionar las majadas que acogían a los pastores y sus rebaños. En particular, era muy importante reparar los chozos donde vivirían los pastores. Eran de planta cilíndrica. Algunos estaban levantados íntegramente con retama o paja, mientras que otros contaban con una base de mampostería. En ambos casos, el techo era cónico, de retama y estiércol. La lumbre se situaba en el centro. Siempre estaban llenos de hollín. De vez en cuando saltaba una pavesa del fuego y prendía toda la cubierta. Sobre el chozo anidaban las cigüeñas con frecuencia. En las inmediaciones se construía el burrero, totalmente de ramaje, para los animales de tiro y los diversos útiles de los pastores.

          Al caer la noche llegaba la hora de los lobos. Aunque los chozos tenían capacidad para cinco o seis pastores, solo dormían allí el mayoral y el zagal. El resto de los pastores carlancase marchaba junto a la red para defender al rebaño. Muchos construían un chozo transportable, a modo de parihuela, para poder dormir algo. Cada red tenía dos perros. Uno se ataba junto a la red y otro se dejaba suelto. Se hacía así para evitar que ambos perros salieran corriendo tras la manada mientras el resto hacía la lobada. Para protegerse de las dentelladas, los mastines llevaban carlancas con grandes pinchos en el cuello. La red donde se guardaban las ovejas era bastante frágil. Estaba hecha de esparto y con cuatro estacas clavadas en el suelo. Era habitual que, con los aullidos y ladridos, las ovejas derribaran la red y se perdieran por los montes.

          Nada más llegar al Valle de Alcudia, empezaba la paridera. Duraba dos meses (noviembre y diciembre) y era la época de mayor trabajo. Además, coincidía con la montanera, con las ovejas corriendo por todas partes en busca de bellotas. Lo más importante era saber ahijar, es decir, poner a cada borrego con su madre. Si alguno nacía muerto, se le desollaba y se ponía su piel encima de otro cordero, para que la oveja parida creyera que era el suyo y lo criara. También era importante separar a las ovejas por hatajos. Los carneros iban en un hatajo aparte, pues no se podían juntar con las ovejas hasta mediados de junio para asegurar las fechas de la paridera. Luego estaba el hatajo de las “ovejas tempranas” (las que habían parido); después el hatajo de las “ovejas tardías” (las que estaban preñadas). Por lo general se dejaba el mejor pasto para las ovejas paridas y el peor para las ovejas horras. Por último, había un hatajo pequeño donde se metía a las madres que no querían criar a su cordero, para lo cual se ataba juntos a ambos.

          Durante los meses de la paridera, había que levantarse temprano y desayunar una gran sartén de migas para aguantar todo el día sin comer, excepto algún mendrugo y algo de tocino o salado. Al llegar la primavera, con más tiempo libre, los pastores hacían mucho cocido. En raras ocasiones cambiaban de comida. En Nochebuena se permitían una botella de anís, algunos higos y un poco de turrón. En Carnaval podían incluso hacer caldereta con alguna oveja machorra. En ocasiones cazaban alguna liebre. Si una oveja estaba comiendo y, de repente, se paraba y retrocedía, solía haber alguna escondida. El pastor debía acercarse con sigilo y acertar a la liebre con la garrota.

          Con la llegada de la primavera volvía la tranquilidad. Las ovejas estaban ahítas con la abundante hierba y apenas daban quehacer. Los pastores aprovechaban para tallar bellas piezas con sus navajas y para tocar viejas melodías. La música pastoril se basaba en instrumentos aerófonos. Sonaban las zambombas, hechas con barriles y la piel de un desdichado gato. También las hueseras, confeccionadas con huesos de caña de cordero lechal, que se rasgaban con una castañuela. A falta de buenos instrumentos, bastaba con los útiles de cocina. Un caldero, unas tijeras de esquilar o los mismos cencerros sonaron por nuestros campos en los suaves atardeceres de primavera.

          Durante los meses de trashumancia, los pastores tenían poco trato con la gente de Mestanza. Llevaban vida aparte. Algunos se acercaban para comprar pan. Llenaban sus costales con docenas de hogazas para aguantar una larga temporada. No obstante, lo habitual era que los hateros del pueblo les llevasen los víveres. A mediados de mayo los serranos regresaban a sus hogares en el norte de Castilla. Habían pasado siete meses alejados de sus familias. Nuestros antepasados les despedían hasta el invierno próximo: “A tu tierra, serrano, que canta el cuco. No esperes a que cante el abejaruco”.

 

FOTOGRAFÍAS

La mayoría de las fotos pertenecen a las Jornadas de la Trashumancia que se celebraron en Mestanza en mayo de 2018.

Fotografía 1. Zahones pertenecientes a la familia Benito-Navarro. San Lorenzo de Calatrava. 1930.

Fotografía 2. Marcadores para ovejas. Familia Fernández-Juárez. Mestanza. 1960.

Fotografía 3. Honda. Juan Fernández Mora. Mestanza. 1950.

Fotografía 4. Albarcas. Museo Jacinto y Juana. Brazatortas. 1900.

Fotografía 5. Estezadera. Familia Benito-Navarro. san Lorenzo de Calatrava. 1920.

Fotografía 6. Carlancas. Familia Molina-Plaza. alcolea de Calatrava. 1930.

 

Caminos y senderos

          Mientras escribo estas líneas, tengo delante dos mapas de Mestanza. El primero es una vieja litografía del año 1890 que conseguí en la Biblioteca Nacional de Madrid. El segundo es un plano militar del año 1994. Un siglo separa a ambos. Me he pasado horas comparándolos y lo más sorprendente es la desaparición de la mayoría de los caminos y senderos. En 1890 todo el término de Mestanza se hallaba surcado por una densa red de caminos carreteros, senderos, atajos, cañadas de pastores y veredas. Nuestros antepasados se movieron por ellos durante siglos y, de repente, se esfumaron en el tránsito de unos pocos años. ¿Quién los creó? ¿Por qué existían? Los caminos nacen y evolucionan constantemente para servir a las necesidades de sus usuarios. En muchas ocasiones era el ganado -vacas, ovejas- quien encontraba los pasos más bajos a través de las sierras y los vados menos profundos para cruzar los ríos. Con el paso de los años, los sucesivos caminantes recortaron curvas innecesarias y eliminaron obstáculos, mejorando el camino con cada viaje.

          Solo se aprecia el valor de un camino cuando imaginas lo que supondría atravesar un paraje agreste sin su ayuda. En 1950, mi abuela Alvarita (era la hermana pequeña y siempre la llamaron por su diminutivo) y su sobrina Antonia fueron caminando descalzas desde Mestanza hasta Villanueva de San Carlos. Cumplían una promesa por laFB_IMG_1587064520795 milagrosa curación de su hijo -mi padre-, que había caído enfermo de fiebres tifoideas (o al menos eso decían). Una gran parte de este “milagro” se debió a la adquisición de 5 gramos de penicilina en el mercado de estraperlo a razón de 100 pesetas por gramo. Un precio nada despreciable para la época. Pese a todo, mi abuela atribuyó la curación a una causa divina y, en agradecimiento, se echó a andar al monte con su sobrina. Recorrieron unos 12 kilómetros a través de la sierra de la Alberquilla y llegaron sin problemas a la iglesia de San Antonio de Padua. Quien tenga ánimo que pruebe a hacerlo hoy día. El camino de Villanueva de San Carlos ha desaparecido totalmente. La maleza ha borrado su rastro y casi su recuerdo. Claro que ya, a nadie se le ocurre ir caminando desde Mestanza hasta Villanueva de San Carlos. Y ahí reside la clave del asunto. Los caminos se han perdido por la falta de uso. Ya no son necesarios.

          Los caminos no representaban únicamente un medio de viajar, sino que constituían las venas y arterias de la cultura de nuestros antepasados. El mejor ejemplo es la vereda de la Antigua, que conducía a la ermita medieval. Su existencia se debía vereda antiguaexclusivamente a la devoción por la virgen. Su trazado se conserva idéntico a como era en el pasado, pero por desgracia se interrumpe a la altura del Zote (804 m). La clave de su pervivencia es que se sigue utilizando para la romería a la ermita de Hato Castillo. Otra ruta que conserva su carácter primitivo es el camino de Fuencaliente. Nace en el Pilar de los Huertos y, desafortunadamente, se corta a la altura de las Piedras del Hituero. La construcción del embalse del Montoro inundó el viejo camino que sirvió a las tropas del brigadier Copons para huir del ejército de Napoleón. En su diario de operaciones, el brigadier recordaba siete leguas de un camino terrible, “atravesando un país montaraz, andando por sendas, teniendo que pasar continuamente arroyos crecidos y altas montañas”. Las aguas del embalse sumergieron también cinco antiguos molinos de agua que existían desde la Edad Media (el molino de las Ánimas en el río Tablillas; y los molinos de Canuto Fernández, del Sordo, de la Junta y del Médico, en el río Montoro). Hoy día, tan solo el molino de Flor de Ribera sigue en pie.

          Los caminos, unas veces polvorientos y otras encharcados, se asocian a la historia de los pueblos y de sus gentes. Cuando era niño, mientras el coche serpenteaba por el camino de Puertollano (sobre el cual se construyó la carretera), mi abuelo solía describirme acontecimientos que se habían producido en un determinado lugar. “En este rincón recogíamos leña. En aquella pedriza se dice que había un tesoro oculto. Por este sendero huyó un bandido conocido como El Castor”. Y así una y otra vez. Cada parte del camino tenía una historia que te unía a él. Cada recodo albergaba un recuerdo que le daba un significado especial.

          El camino del Hoyo no pasaba por Mestanza, sino que venía desde Puertollano a través del puerto del Roble. Desde el cementerio de Mestanza partía el camino de San Lorenzo de Calatrava. Ambas rutas se cruzaban a la altura de la Casa de la Encomienda yBurcio 1 seguían caminos divergentes. Por tanto, la actual carretera del Hoyo es, con menos curvas, una combinación del camino de San Lorenzo -hasta la Casa de la Encomienda- y del camino de Puertollano al Hoyo -a partir de ese punto-. El camino del Hoyo y el puerto del Roble tuvieron una importancia crucial a finales del siglo XIX, pues servían de ruta para el transporte del plomo obtenido en las minas de la Gitana, Encinarejo, Burcio, Guerra y la Nava de Riofrío. En una fecha tan tardía como 1914, todavía existían bandidos en estas sierras. En noviembre, unos bandoleros asaltaron al administrador de la mina La Gitana y a su sirviente en el puerto del Roble. Les robaron 750 pesetas, un reloj y una pistola. Después, tras atarles a un árbol, los dejaron toda la noche al raso.

          Los caminos sufrieron su primer golpe con la llegada del ferrocarril y el segundo con la aparición del telégrafo. La doble función de los caminos (transportar mercancías y puente_soldado_1_copiatransmitir información) quedó muy mermada: muchos productos pasaron a llevarse en vagones de tren y la información pasó a transmitirse a través de cables, por donde podía viajar mucho más rápido. Hay que decir que los comienzos del ferrocarril en el Valle de Alcudia fueron trágicos. El 27 de abril de 1884 se hundió el puente sobre el río Alcudia provocando el descarrilamiento de un tren cargado de soldados. Hubo 59 muertos, la mayoría ahogados. Un vecino de Almadén, llamado Eduardo Hervás se sumergió más de cien veces en el río y extrajo 52 cadáveres del interior de los vagones. Los fallecidos fueron sepultados en las cercanías del puente. Una cruz de piedra aún recuerda aquel trágico suceso.

          Por lo que respecta al telégrafo, en el año 1850 se instaló en Cabezarrubias una torre telegráfica correspondiente a la línea Madrid-Cádiz. Fue un acontecimiento trascendental. La vereda donde comenzaba el camino de Cabezarrubias pasó a conocerse como “vereda del telégrafo”. A finales del siglo XIX, mi tatarabuelo Francisco Núñez le dio el estatus de “calle” a este sendero. Al principio solo existía la vereda que conducía al telégrafo desde el Calvario, pero la decisión de Francisco de construir una casa frente a la de Cristóbal Pellitero dejando la vereda en medio, le otorgó rango de vía.

          Los caminos tuvieron una importancia crucial en la historia de nuestro pueblo y en la vida de nuestros antepasados. No es casualidad que el término “camino” sea usado con frecuencia para describir nuestro propio devenir. Hablamos de “elegir nuestro camino”, de “encrucijadas vitales”, de “trayectorias profesionales”. Quienes llevamos algo de vida a cuestas sabemos que el camino te va cambiando y que, en muchos aspectos, ya no eres la misma persona que lo empezó. Así lo supo ver nuestro poeta Antonio Machado cuando dijo aquello de “Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”.

 

(*) La fotografía de la chimenea corresponde a la mina del Burcio.

 

Epidemias, plagas y tormentas

          La actual pandemia de coronavirus nos recuerda, una vez más, que la naturaleza es siempre ajena e inhumana. En ocasiones, incluso diabólica. El culto a la naturaleza es una invención moderna. Nuestros antepasados no entraban en éxtasis con los colores encendidos del amanecer, ni con las lágrimas de rocío sobre las hojas, ni con los reflejos argentinos de una bandada de grullas. Ninguna de estas visiones les transportaba a lo más profundo de su ser. Ante ellas no les asaltaban los grandes misterios de la existencia. Su relación con el entorno era demasiado cercana. Sabían que una epidemia de malaria, una plaga de langosta, una repentina ola de frío o la caída de un rayo podían arrebatarles la cosecha, el ganado e incluso la vida. Sin piedad.

          La malaria -o paludismo- eran más conocidos con el nombre de tercianas. En Mestanza tenía un carácter endémico. En su descripción del pueblo, el Diccionario de Pascual plaga langostasMadoz (1826) señala: “Situado en una colina de cerros, es de clima templado, reinan vientos sur y oeste, y se padecen tercianas”. Muchos documentos se hacen eco de una triste alternancia de las epidemias de tercianas y las plagas de langosta. Esta plaga bíblica asolaba Mestanza con asiduidad. En 1921, un naturalista ruso llamado Uvarov descubrió que las langostas son saltamontes que se han vuelto locos. Durante el verano, debido a la sequía, los saltamontes se apilan cerca de la comida disponible. Este hacinamiento los altera. Sus alas y élitros se alargan. Su color apagado se convierte en amarillo y rosa. Se inquietan, se excitan, se vuelven voraces. Ponen más vainas de huevos y sus tropas aumentan. Hasta que ya no son saltamontes. Son una plaga de langosta que bulle por los valles y oscurece el cielo. Las numerosas rogativas religiosas no impidieron la destrucción de cosechas y pastos; y las consiguientes hambrunas de la población.

          La provincia de Ciudad Real ostentaba el récord de muertes por rayos. Así lo aseguraba Fernando F. Sanz en su libro Valle de Alcudia (1967). Al llegar al quinto del Cañaveral el escritor se sorprendió al ver dos pararrayos en el cortijo. Eran los únicos que había visto en todo el término de Mestanza. En 1921 un rayo acabó con la vida de nuestro vecinorayo Avelino Pérez Vozmediano. Tenía solo veinte años. Se encontraba trabajando en el sitio conocido como Cerro Pozo cuando le sorprendió una fuerte tormenta eléctrica. Encontraron su cuerpo completamente carbonizado. En 1954, una tempestad de granizo, rayos y truenos envolvió la finca de Cabeza del Puerco. Llegaron los relámpagos. Y enseguida, los truenos. Todo se oscureció por un instante. El cielo se agrietó con fragor y los rayos irrumpieron entre las nubes. Caían como lanzas. Quebraron algunos árboles y sus ramas comenzaron a arder. Un rayo alcanzó a los jóvenes Josefa Ayuso y Avelino Castellanos, que murieron en el acto. Hubo ocho heridos que se salvaron de milagro.

          En la naturaleza no hay bondad ni maldad. Lo bueno y lo malo son conceptos humanos. Somos criaturas morales en un mundo amoral. La naturaleza va a lo suyo y un buen día dice aquí estoy y se cobra de golpe sus diezmos y primicias. Nuestros antepasados sabían que a la naturaleza no le importa si morimos o vivimos. La desgracia era tan común que estaban preparados para enfrentarla y seguir adelante en la lucha por la vida. Hoy hemos perdido esta filosofía. Y como dijo el poeta, sólo más tarde comprendemos que la vida iba en serio.

Solana del Pino

          Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212), toda la serranía alrededor de la ermita medieval de la Antigua se fue poblando de caseríos. La zona pasó a ser conocida como 375“el sitio de La Vera” y comprendía los lugares de El Corchuelo, Eras Altas, Casas Quemadas y Solana del Pino. No fue hasta finales del siglo XVIII cuando los habitantes de estos caseríos aislados decidieron agruparse en el sitio de Solana del Pino, así llamado por un gran pino piñonero que existía en una huerta cercana. Hasta ese momento, según indica el Catastro de Ensenada (1751), se trataba de un lugar con quince casas diseminadas, sin orden ni formación de calles. El aluvión de vecinos motivó la construcción de una iglesia parroquial propia, que se consagró en 1791 en honor a la Inmaculada Concepción. Justo un siglo después, en 1891, Solana del Pino se independizó de Mestanza.

          La carretera que conduce de Mestanza a Solana del Pino cruza los bellos parajes que rodean al embalse del Montoro. Tras dejar a la derecha el volcán del Alhorín se asciende al puerto de los Rehoyos (980 m), donde las vistas del Valle de Alcudia son376 extraordinarias. El pueblo descansa en una ladera –una solana- de la sierra sur de Alcudia. Sus calles están salpicadas de antiguos pilares y lavaderos que recogen el agua de la montaña. La iglesia parroquial está en la plaza de Sierra Madrona, quizá el lugar más simbólico del municipio. En el centro de la plaza se erige la escultura de una cabra montesa. La cabra y el ciervo son dos animales emblemáticos de Solana del Pino, y como tales, blasonan su escudo de armas.

          Otra carretera conduce de Solana del Pino a la Basílica de Nuestra Señora de la Cabeza. Un recorrido extraordinario de 52 kilómetros a través de la naturaleza en estado puro. Enormes roquedales se elevan en las montañas. En sus fisuras y repisas, aparentemente inhóspitas, habitan multitud de plantas rupícolas de nombres sugerentes: enebros, codesos, dedaleras, clavelinas, uvas de gato y ombligos de Venus. Nada más comenzar la ruta, la capilla de San Antonio nos advierte de que estamos entrando en la las profundidades de la sierra: “Viajero, estás en Sierra Morena”. Un poco más abajo encontramos una casa tradicional de peones camineros, junto al puente del 390río Robledillo. El río discurre entre frondosos bosques de ribera. Los fresnos, adelfas, sauces y alisos impiden la penetración del sol. En sus prístinas aguas reinan la nutria y el martín pescador. Tras cruzar el puente aparece la mítica fuente de San Lorenzo, una parada obligatoria. El agua, fresca y clara, brota de la roca en la trinchera que se construyó para el paso de la carretera. Si tuviera que elegir una fecha para recorrer Sierra Madrona sería en otoño. Es la época de la berrea. Los ciervos realizan sus demostraciones de poder mediante berreos y luchas rituales. En la soledad de los montes, tan solo se escuchan sus bramidos y el crujido de las cornamentas al chocar. Los machos vencedores tendrán derecho a reunir un inmenso harén de hembras y marcarán el territorio hasta la pelea del próximo año.

 

Las caserías de San Ildefonso

          El término municipal de Mestanza comprende las aldeas de El Hoyo y El Tamaral. Están enclavadas, como dijo el poeta Miguel Hernández, “en el corazón de Sierra 348Morena, la sierra de los bandidos”. Su ubicación en un paisaje tan agreste motivó que la luz eléctrica no llegara hasta 1982. Fueron los últimos reductos de la provincia en tener alumbrado público. Hoy resulta difícil de imaginar, pues disponemos de iluminación a todas horas. Pero antiguamente, tras la puesta de sol, sus calles solo contaban con la luz de la luna y en los hogares apenas se veían las imágenes tenues que alumbraban quinqués, candiles, velas o la lumbre de una hoguera. Y no fue hasta 1997 cuando se construyó una nueva carretera, recta y bien señalizada, que dejó en el olvido aquel famoso dicho: “Tiene más curvas que la carretera de El Hoyo”.

          Desde la Edad Media, ambas aldeas fueron conocidas como las Caserías de San Ildefonso. Pese a estar separadas por el río Jándula –Riofrío para los lugareños–, la ermita medieval de San Ildefonso les otorgaba un carácter unitario. El Catastro de Ensenada (1751) señala que compartían incluso un alcalde común: “alcalde pedáneo de350 las Caserías de San Yldephonso, que comprende el Oyo y Solana del Tamaral”. La ermita de San Ildefonso estaba en la cima de un monte homónimo situado entre el río Jándula y la aldea de El Hoyo. La primera referencia histórica a esta ermita la tenemos en el siglo XV. En los legajos de los visitadores calatravos de 1493 se la cita a menudo junto a la de San Cristóbal (en las afueras de Mestanza). En 1763 se construyó dentro de El Hoyo la iglesia parroquial de San Ildefonso y la antigua ermita cayó en el olvido. El Tamaral, por su parte, pasó a utilizar para el culto una añosa encina donde tenían colgada una campana. No fue hasta 1958 cuando edificaron su propia iglesia consagrada a San Antonio de Padua.

          Miguel Hernández visitó El Tamaral en la primavera de 1936. Así se lo comunicó por carta a su novia Josefina: “Me dices que sé dibujar muy bien y no te dibujo otra vez porque no tengo tiempo. Se me va haciendo la hora de salir para el Tamaral…”. El poeta debió quedar impresionado al contemplar las grandes peñas que se ciernen sobre la aldea. El Boletín Oficial de Ciudad Real publicó en 1865 que:

La copiosísima lluvia de estos días ha ocasionado grandes desprendimientos de piedras en El Tamaral. Un solo peñón (…) hubiera destruido todo el pueblo de no haberlo evitado la Providencia.

Con todo, lo peor eran las crecidas de los ríos Montoro y Fresneda, que al desembocar en el Jándula dejaban a las aldeas completamente aisladas, sin comida ni atención médica, durante largos periodos de tiempo. Las continuas reivindicaciones para construir un 383viaducto que solventara el problema, cayeron en saco roto. No fue hasta 1924 cuando, gracias al auge minero de la Nava de Riofrío, la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya (SMMP) construyó dos puentes. El primero, que se mantiene en pie, se levantó sobre el río Montoro, 400 metros aguas arriba de su confluencia con el río Fresneda. El segundo, se erigió sobre el río Jándula para comunicar El Hoyo y El Tamaral. Este último sería destruido por una riada quince años más tarde. Algunos políticos provinciales llegaron a cuestionarse si no sería más conveniente evacuar a todos los habitantes de El Hoyo antes que gastar dinero en construir un nuevo viaducto. En 1956 levantaron un badén, que era más barato. Como quedaba inundado con las primeras crecidas, se habilitó una barquita para cruzar el río. Hubo que esperar hasta 1971 para que se levantara un puente en condiciones. Se le bautizó como “Puente Mercedes” en honor a la “Excelentísima Señora doña Mercedes Canals de Roger”, a la sazón esposa del gobernador civil.

          En la actualidad, las caserías de San Ildefonso son un paraíso para los amantes de la caza. Al llegar la temporada cinegética, abundan las monterías de venados, gamos, muflones y jabalíes. También la caza menor, con el ojeo del faisán y la perdiz roja. Pero para mí, lo mejor de estas aldeas son sus gentes, esos hombres y mujeres que las367 mantienen en pie pese a las dificultades, conservando sus tradiciones y su apego a la tierra. En El Tamaral es donde mejor se conserva la arquitectura tradicional en piedra. Entre sus casas abundan los pequeños huertos frutales. El viajero no debe perderse los inmensos castaños que se yerguen tras el pilón de piedra de la carretera. Quien los visite en otoño se sorprenderá al ver el suelo alfombrado de erizos. En El Hoyo hay que visitar su antiguo horno y el pilar junto al camino de los nacederos de agua. Y por supuesto, es esencial recorrer el sendero que conduce al monte del Santo Viejo, donde aún se conservan las piedras de la ermita medieval de San Ildefonso. Al bajar, el viajero puede reponer fuerzas en la plaza, a la sombra de la iglesia, mientras disfruta de unas tapas en el Bar de Santi.

 

Foto 1: Iglesia de San Ildefonso de El Hoyo (1763).

Foto 2: Sitio de la ermita medieval de San Ildefonso.

Foto 3: Puente sobre el río Montoro (1924).

Foto 4: Vista de El Tamaral.

Foto 5: Castaños del Tamaral junto al pilón de piedra.

Foto 6: Pilar junto al camino de los nacederos de agua (El Hoyo).

Foto 7: Casas tradicionales de piedra (El Tamaral).

Foto 8: Pila bautismal de El Hoyo (1764).

Foto 9: Antiguo horno tradicional (El Hoyo).

Este artículo debe su existencia a dos estudios de Miguel Martín Gavillero (La Casería de San Yldephonso nombrado El Oyo y En un lugar de la historia: Solanilla del Tamaral). También a María Jesús, que tuvo la amabilidad de mostrarme la iglesia parroquial y me guio por el sendero que conduce al monte del Santo Viejo.

El hueso de San Lorenzo

          San Lorenzo de Calatrava fue fundado oficialmente en 1588. Y digo oficialmente porque ya existían en la zona algunas chozas que daban cobijo a corcheros, cazadores, colmeneros y pastores provenientes de Mestanza. Ese año, un vecino llamado Gonzalo 20191124_171349Hernández de Medina, solicitó al rey Felipe II la construcción de una ermita pues “por vivir en descampado, ellos y sus mujeres e hijos no podían oír misa”. El 24 de marzo el rey autorizó la erección de un templo bajo la advocación de San Lorenzo. La elección de este mártir no fue casual. Se trataba del santo predilecto de Felipe II desde su victoria en la batalla de San Quintín el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo.

          San Lorenzo de Calatrava se segregó de Mestanza en 1842. Durante el resto del siglo XIX, sus sierras escarpadas fueron una guarida de bandoleros. Cobró especial fama la partida de Agustín Ramón Castellanos, alias Bartolo. Este bandido atemorizó a los vecinos junto a sus compinches Malas Harinas, Perdigón y Correales, hasta que fue abatido por la Guardia Civil en 1869. Sus restos descansan en algún lugar del cementerio municipal. Al terminar la guerra civil (1939), volvió un nuevo bandolerismo con los maquis. Conocidos en el pueblo como los forajidos o los de la sierra, vivían escondidos durante el día en la espesura de los montes y salían por la noche para atracar los cortijos en busca de alimentos y armas. Por los alrededores de San Lorenzo se llegaron a contabilizar partidas de más de treinta hombres, como las cuadrillas del Manco y del Gafas.

          Las sierras de San Lorenzo vieron desaparecer a los bandidos hace mucho tiempo. Hoy son los cazadores quienes recorren sus hondos valles. Las monterías del pueblo atraen a numerosos aficionados de toda España. La temporada comienza en octubre. Las20191124_160649 rehalas de perros remueven el monte, suenan disparos, se comen migas y se bebe vino tinto. Al finalizar la jornada, al calor de una hoguera, los vecinos comentan con los foráneos su devoción por San Lorenzo. Toda la historia de este pueblo gira alrededor de su patrón. De hecho, sus dos festividades principales -la Reliquia (el 10 de abril) y la Fiesta del Santo (el 10 de agosto)- se celebran en su honor. Quizá el lector se pregunte ahora qué reliquia es esa que festejan. Pues ni más ni menos que un hueso de la cabeza del mártir.

          Es bien sabido que San Lorenzo fue quemado vivo en una parrilla. La tradición sitúa su martirio en Roma, el 10 de agosto del año 258. Tras su muerte, numerosas reliquias se dispersaron por el mundo cristiano. No solo sus huesos, sino los objetos que habían tenido contacto con su sepulcro e incluso las limaduras de la parrilla podían encontrarse en varios lugares desde Túnez hasta Constantinopla. La reliquia más importante es, sin duda, la cabeza quemada del mártir. Se conserva en el Vaticano y se expone a la veneración de los fieles cada 10 de agosto. Fuera de Roma, donde más reliquias laurentinas se veneran es en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde conservan un pie con carne y dedos, un muslo entero desde la cadera, un pedazo de leña en que fue asado, dos muelas, un trozo de sus vestiduras, una barra de la parrilla y varios huesos: uno quemado, tres tostados y otro hecho carbón.

          En el año 1920, los padres agustinos de El Escorial donaron uno de estos huesos, concretamente uno de la cabeza, a la Basílica de San Lorenzo de Huesca, lugar natal del mártir. Algunos años más tarde, el obispo de Huesca recibió una carta proveniente de un 20191125_102559pequeño pueblo de Sierra Morena. La firmaba el reverendo don José María Martínez, párroco de San Lorenzo de Calatrava. La misiva solicitaba la concesión de una reliquia de San Lorenzo Mártir para su veneración. El obispo concedió la gracia y tras extraer un pequeño trozo de hueso del cráneo, se introdujo en un relicario de metal plateado enviado desde San Lorenzo de Calatrava. A las 5´30 de la tarde del día 10 de abril de 1958 la reliquia llegó al pueblo. Todos los vecinos salieron a recibirla con pancartas, estandartes y gallardetes. Los cofrades de San Lorenzo llevaban sus banderas, cetros y alabardas (los típicos pinchos). La procesión se dirigió hacia la plaza mayor, donde se había instalado un altar en forma de parrilla. Había numerosos arcos de bienvenida y las casas estaban engalanadas con vistosas colgaduras. Tras los discursos pertinentes, la reliquia fue depositada en la iglesia parroquial. El párroco oscense don Damián Iguacen, que trasladó el hueso desde Huesca hasta San Lorenzo, recordaba el “entusiasmo enardecido de la multitud” y lo hermoso que era “oír en plena Sierra Morena el himno del Santo”.