La Gitana

A Soledad Azorit, bisnieta del descubridor del filón de La Gitana.

          Una mañana de 1867, un carromato destartalado apareció dando tumbos por el camino que descendía desde el puerto del Roble. Al llegar a una mina abandonada, aquella antigualla hizo un alto. De su interior emergió una familia de tez oscura y vestimentas de colores abigarrados. Cualquiera los hubiera tomado por zíngaros, pero no llevaban monos ni osos amaestrados. Tampoco trompetas ni platillos. Eran gitanos autóctonos. De Madrid para más señas. El patriarca se acercó a la mina y estuvo un buen rato indagando entre sus ruinas. Al regresar al carromato, asintió con la cabeza e hizo una mueca de aprobación. Antes de la puesta de sol ya estaba en Mestanza dispuesto a reclamar la explotación del yacimiento. Aquel gitano se llamaba Faustino Santa Romana. La mina que tanto le intrigó había sido excavada en balde por varios buscadores de tesoros. Los gitanos también fracasaron en su intento de hacerse ricos. Al cabo de un tiempo abandonaron la explotación, pero dejaron una huella imborrable en nuestro pueblo. Aquella mina pasó a ser conocida como La Gitana. Cuenta la tradición que antes de seguir su camino, los gitanos lanzaron una profecía: “El plomo de La Gitana ha de hacer millonarios algún día”.

          La profecía no tardó en cumplirse. En 1891 llegaron a Mestanza dos barreneros naturales de Baños de la Encina. Eran hermanos y se llamaban José María y Diego. Eran buenos mineros con el ojo adiestrado en el rastreo de filones. Al ver La Gitana no tuvieron dudas. Vendieron las pocas pertenencias que tenían –una casa, dos burros y dos mulos- y registraron la concesión con el nombre de La Lealtad. José María trajo a su mujer Carmen y Diego se casó con una mestanceña llamada Onofra Núñez Correal. Entreonofra nuñez correal los cuatro comenzaron a trabajar en la mina. Los hombres hacían el pozo y las mujeres tiraban de una garrucha para sacar las espuertas de tierra. Trabajaban descalzos pues no había botas que aguantaran más de dos días. Durante meses cavaron sin descanso. Todo indicaba que iban a fracasar igual que sus predecesores. Desesperados por el hambre y las deudas se dispusieron a abandonar la búsqueda. Pero la fortuna salió en su auxilio. La explosión de uno de sus últimos cartuchos de dinamita hizo aflorar un filón de una riqueza inimaginable. Aquel día, no solo su vida, sino la vida de Mestanza, dieron un vuelco extraordinario. Junto a un amigo llamado Juan Agudo constituyeron la sociedad Los tres amigos y a los pocos años vendieron la mina por una cantidad exorbitante. De la noche a la mañana, aquellos tres hombres pasaron de la miseria a la riqueza, tal y como habían predicho los gitanos.

          El nuevo dueño de La Gitana se llamaba Sebastián Izquierdo Martín. En 1896 comenzó la explotación a gran escala obteniendo 160 toneladas de galena. Numerosas concesiones cercanas se fueron añadiendo al grupo. En apenas un lustro la producción anual ya rozaba las 3.000 toneladas. El pozo maestro llegó a tener 9 plantas (225 metros de profundidad). Cuando se agotó el filón en 1913 se habían extraído 25.000 toneladas de las entrañas de aquellas minas. El increíble éxito del filón de La Gitana desencadenó la fiebre del plomo por todo el valle. Al albur de su leyenda se abrieron nuevos pozos por todas partes, en particular dentro de los grupos mineros situados al este del pueblo: Victoria Eugenia, Santa Bárbara, El Encinarejo, El Burcio… Hoy día aún podemos admirar las bellas construcciones de mampostería y ladrillo de estas dos últimas y, por supuesto, de La Gitana. En sus elegantes castilletes y esbeltas chimeneas anidan las cigüeñas. La luz del atardecer sobre estos viejos edificios es una de las imágenes más arrebatadoras que se pueden contemplar.

          Mestanza se convirtió en una fértil cuenca minera. La gran demanda de plomo motivada por la Primera Guerra Mundial trajo una prosperidad nunca vista en el pueblo. Una infinidad de recuas de mulos llevaban el mineral a Puertollano a través del puerto del Roble. La mayoría de los vecinos abandonaron las labores agrícolas y ganaderas para convertirse en picadores, barreneros o entibadores. La población comenzó a crecer. En 1930 nuestro municipio alcanzó los 5.050 habitantes, el pico poblacional más alto de su historia. Las enfermedades pulmonares también se dispararon. Mis dos bisabuelos paternos son un triste ejemplo de ello. Ambos murieron de la silicosis contraída en las minas de plomo: Félix Núñez falleció en 1926, con 42 años; Canuto Montero lo hizo en 1929, con 53 años.

          Un refrán dice que la fortuna es un montoncillo de arena… un viento la trae y otro se la lleva. Al comenzar los años 30 casi todos los filones estaban agotados. Parecía una riqueza que no se iba a acabar nunca, pero desapareció tan pronto como vino. Los mineros quisieron retornar al campo, pero no había trabajo para tanta gente. La población del municipio se había doblado en tan solo 30 años (de 2.829 habitantes en 1897 a 5.050 habitantes en 1930). La pobreza y el hambre se dispararon a tales niveles que el asunto llegó al Congreso de los Diputados en 1933. Allí se planteó el dilema clásico entre agricultura y ganadería. El terreno de Mestanza era riquísimo para pastos pero estéril para el cultivo. Este hecho condenaba a buena parte de la población a morir de hambre o a emigrar. Como resultado, en 1940 la población ya había descendido a 3.607 habitantes. Fue el comienzo de una caída demográfica que, salvo un leve repunte en los años 50, dura hasta la actualidad.

          En los años 60 se instaló al sur de la mina un nuevo lavadero de flotación para relavar las antiguas escombreras y sacar algo de galena. Algunos vecinos pagaban un arriendo al Estado y sacaban algo de plomo trabajando de sol a sol. En 1967 los trabajos en la mina se cerraron para siempre. Sus ruinas son los últimos fragmentos de un mundo desaparecido. La patina del tiempo ha convertido las cosas que un día fueron cotidianas en un tesoro arqueológico. Solo nos queda visitarlas de vez en cuando y recordar a aquellos hombres tenaces que fueron nuestros ancestros.

 

FOTOGRAFÍAS

La foto en b/n muestra a Onofra Núñez Correal. Su bisnieta Soledad Azorit la encontró hace algunos años olvidada en un viejo arcón. Se animó a contactar conmigo tras descubrir en este blog que nuestros bisabuelos compartían los mismos apellidos. Fue ella quien me relató la fabulosa historia del descubrimiento del filón de La Gitana.