Los pastores trashumantes

          La historia de Mestanza es, en gran medida, la historia de los miles de pastores trashumantes procedentes del norte de Castilla que vivieron y murieron en sus tierras. Eran segovianos, sorianos, leoneses, conquenses, burgaleses o alcarreños que llegaban ovejas2en otoño y regresaban a sus lugares de origen en primavera. Desde la fundación de la Mesta (1273) por el rey Alfonso X el Sabio hasta la segunda mitad del siglo XX, el Valle de Alcudia fue la mayor dehesa de invernadero de Castilla y se la conocía como el “criadero del reino”. La cabaña invernante llegó a alcanzar las 300.000 cabezas de ganado ovino. El ganado de un propietario particular era gobernado por un mayoral y se dividía en rebaños de unas 1.000 ovejas, atendidas por cinco pastores: un rabadán, jefe y responsable del rebaño ante el mayoral; un compañero o segundo, un sobrado o tercero, un ayudador o cuarto y, por último, un zagal, que cuidaba del hato de los pastores, de los perros y de las bestias de carga.

          Durante siete siglos, los grandes rebaños trashumantes acompañados de pastores, perros y recuas de yeguas o mulos hateros fueron la estampa secular de Castilla. Para Fray Luis de León, el oficio de pastor trashumante era “la mejor escuela de gobierno”. En esta tarea, los perros eran una ayuda inestimable. Además de los mastines guardianes, cada pastor tenía otro perro para carear el rebaño. Conducían a las ovejas, las hacían salvar una corriente, zanja o seto, las cerraban en un redil y evitaban su dispersión. Un sistema de silbidos y gestos de la mano bastaban para gestionar rebaños enormes. Las bestias de carga, por su parte, transportaban la ropa, la comida y un sinfín de utensilios -sacos, alforjas, sartenes, calderetas, mantas, pellejos curtidos, cuerdas y estacas del redil-. Por último, los pastores trashumantes solían llevar varias cabras, pues además de tirar del rebaño, daban leche y varios chivos para carne.

          Hasta mediados del siglo XX, en la indumentaria pastoril destacaba el coleto, que era un chaleco largo entallado en la cintura. La segunda prenda básica era la zamarra, hecha con piel de carnero y capaz de resistir el frío, la lluvia y la nieve. También eran característicos los zahones, que eran unas perneras de cuero que resguardaban la ropa. La protección de los pies era clave y para ello estaban las albarcas. Para cubrir la pierna hasta la rodilla se usaban polainas o leguis de cuero. Muchas de estas prendas (zahones, leguis, albarcas) se hacían con pieles de cabra u oveja mediante el estezado. En un tronco de alcornoque vaciado, se echaba la piel del animal y cascaras de encina. Luego se añadía agua y se dejaba una semana. Cuando se sacaba, se curtía frotando la piel una y otra vez. Si se deseaba una piel sin pelo, había que echarle ceniza antes de meterla en el tronco. Como complemento a la vestimenta, los pastores siempre llevaban una cayada y un zurrón donde guardaban la navaja y la honda.

          Si un animal representa la historia de Mestanza es, sin duda, la oveja. Su imagen resulta consustancial al paisaje de esta tierra. A mediados del siglo XVIII, las seis dehesas de nuestro territorio tenían capacidad para más 30.000 cabezas. Si lo comparamos con la presencia humana, la proporción es abrumadora. En el corazón de cada oveja late una tensión intrínseca entre la obediencia y el desorden. Por una parte, la oveja es el arquetipo de animal que siempre anda en rebaños; de hecho, la expresión “ser un borrego” es sinónimo de tener una obediencia ciega. Este rasgo llevó a Aristóteles a considerar a las ovejas “los animales más tontos del mundo”. Sin embargo, los antiguos pastores trashumantes sabían que cada oveja tenía su propia personalidad y temperamento. A los más curtidos no les hacía falta mirar la cara a una oveja. Solo con ver como andaba sabían cuál era. Incluso las diferenciaban de noche por sus balidos. El pastor también sabía lo que estaban haciendo las ovejas por el ruido de los cencerros. Si estaban comiendo el tintineo era constante. Cuando era más rápido es que había algún peligro. Si balaban dos, después diez y después todo el rebaño era señal de que habían encontrado comida en un buen pasto. Muchos pastores atribuían a las ovejas el don de la predicción meteorológica. Confiaban en su capacidad para barruntar el agua. Si por la mañana la oveja andaba un poco y luego se quedaba parada, eso era síntoma de que iba a llover ese día. Y si la oveja estaba metida en la red y se sacudía, agua más segura todavía.

          Las heridas y las enfermedades eran habituales en el rebaño. Lo más común eran las roturas de pata, que requerían un entablillado con cuatro palos y un trapo. Lo peor ovejas1eran las enfermedades. La modorra, causada por la presencia de larvas en el cerebro, era una de las peores. Los pastores contaban como “aparecía una nube en los ojos” y había que empajar. Se metía una paja por desde el hocico hasta el ojo y la nube salía sola. La roña o sarna era una afección cutánea contagiosa provocada por un ácaro, que excavaba túneles bajo la piel del animal produciendo hinchazón y un picor intenso. Si se vislumbraba un grano extraño en una oveja había que curarlo pues se corría el riesgo de que, en poco tiempo, se cayera la lana de todo el rebaño. La patera era una enfermedad de la pezuña que obligaba a recortársela y se atribuía a la excesiva humedad de las dehesas. La basquilla era una enfermedad infecciosa muy común que algunos pastores atribuían al mal sitio del pasto. Para evitarlo, era común referir aquel dicho de “pastor, suéltame por la solana y ciérrame por la umbría”. Parece que lo peor era el carbunco, pues podía transmitirse al hombre. Otro problema eran las serpientes. La picadura de una víbora podía incluso matar a una oveja. Hasta los perros las temían. En Mestanza era famoso un dicho que decía: “Si la víbora oyese y la alicántara viese, no habría hombre que al campo saliese”.

          Los ajustes entre el patrón y los pastores se hacían por San Miguel (29 de septiembre). Uno de los principales motivos de debate era la escusa, es decir, el número de ovejas propiedad del pastor que el amo permitía que fueran en el rebaño, apacentando en los mismos pastos sin pagar renta alguna. La marcha de los pastores hacia el Valle de Alcudia –ir cañada abajo- solía emprenderse en el mes de octubre, y suponía una triste efeméride en sus pueblos, donde dejaban a sus familias. Los rebaños avanzaban por las cañadas a razón de tres leguas diarias –entre 15 y 20 kilómetros-. Un pastor segoviano tardaba unas tres semanas en llegar a Mestanza. En el camino había mucha picaresca. Especialmente temido era el paso por Malagón, del que se decía que “en cada casa, un ladrón”. Los pastores relataban como, tras su paso por ese pueblo, siempre se perdían siete u ocho ovejas. Parece ser que los vecinos dejaban abiertas las puertas de las casas y, cuando los animales se asomaban a curiosear, los agarraban por una pata y los metían dentro.

          A primeros de noviembre, todos los rebaños estaban en las dehesas de nuestro territorio. Los pastos que tenían capacidad para alimentar a un millar de cabezas se denominaban “millares”, y aquellos que solo tenían pasto para quinientas ovejas recibían por nombre “quintos”. La primera misión del mayoral consistía en dividir elchozo rebaño en hatajos. La siguiente operación era acondicionar las majadas que acogían a los pastores y sus rebaños. En particular, era muy importante reparar los chozos donde vivirían los pastores. Eran de planta cilíndrica. Algunos estaban levantados íntegramente con retama o paja, mientras que otros contaban con una base de mampostería. En ambos casos, el techo era cónico, de retama y estiércol. La lumbre se situaba en el centro. Siempre estaban llenos de hollín. De vez en cuando saltaba una pavesa del fuego y prendía toda la cubierta. Sobre el chozo anidaban las cigüeñas con frecuencia. En las inmediaciones se construía el burrero, totalmente de ramaje, para los animales de tiro y los diversos útiles de los pastores.

          Al caer la noche llegaba la hora de los lobos. Aunque los chozos tenían capacidad para cinco o seis pastores, solo dormían allí el mayoral y el zagal. El resto de los pastores carlancase marchaba junto a la red para defender al rebaño. Muchos construían un chozo transportable, a modo de parihuela, para poder dormir algo. Cada red tenía dos perros. Uno se ataba junto a la red y otro se dejaba suelto. Se hacía así para evitar que ambos perros salieran corriendo tras la manada mientras el resto hacía la lobada. Para protegerse de las dentelladas, los mastines llevaban carlancas con grandes pinchos en el cuello. La red donde se guardaban las ovejas era bastante frágil. Estaba hecha de esparto y con cuatro estacas clavadas en el suelo. Era habitual que, con los aullidos y ladridos, las ovejas derribaran la red y se perdieran por los montes.

          Nada más llegar al Valle de Alcudia, empezaba la paridera. Duraba dos meses (noviembre y diciembre) y era la época de mayor trabajo. Además, coincidía con la montanera, con las ovejas corriendo por todas partes en busca de bellotas. Lo más importante era saber ahijar, es decir, poner a cada borrego con su madre. Si alguno nacía muerto, se le desollaba y se ponía su piel encima de otro cordero, para que la oveja parida creyera que era el suyo y lo criara. También era importante separar a las ovejas por hatajos. Los carneros iban en un hatajo aparte, pues no se podían juntar con las ovejas hasta mediados de junio para asegurar las fechas de la paridera. Luego estaba el hatajo de las “ovejas tempranas” (las que habían parido); después el hatajo de las “ovejas tardías” (las que estaban preñadas). Por lo general se dejaba el mejor pasto para las ovejas paridas y el peor para las ovejas horras. Por último, había un hatajo pequeño donde se metía a las madres que no querían criar a su cordero, para lo cual se ataba juntos a ambos.

          Durante los meses de la paridera, había que levantarse temprano y desayunar una gran sartén de migas para aguantar todo el día sin comer, excepto algún mendrugo y algo de tocino o salado. Al llegar la primavera, con más tiempo libre, los pastores hacían mucho cocido. En raras ocasiones cambiaban de comida. En Nochebuena se permitían una botella de anís, algunos higos y un poco de turrón. En Carnaval podían incluso hacer caldereta con alguna oveja machorra. En ocasiones cazaban alguna liebre. Si una oveja estaba comiendo y, de repente, se paraba y retrocedía, solía haber alguna escondida. El pastor debía acercarse con sigilo y acertar a la liebre con la garrota.

          Con la llegada de la primavera volvía la tranquilidad. Las ovejas estaban ahítas con la abundante hierba y apenas daban quehacer. Los pastores aprovechaban para tallar bellas piezas con sus navajas y para tocar viejas melodías. La música pastoril se basaba en instrumentos aerófonos. Sonaban las zambombas, hechas con barriles y la piel de un desdichado gato. También las hueseras, confeccionadas con huesos de caña de cordero lechal, que se rasgaban con una castañuela. A falta de buenos instrumentos, bastaba con los útiles de cocina. Un caldero, unas tijeras de esquilar o los mismos cencerros sonaron por nuestros campos en los suaves atardeceres de primavera.

          Durante los meses de trashumancia, los pastores tenían poco trato con la gente de Mestanza. Llevaban vida aparte. Algunos se acercaban para comprar pan. Llenaban sus costales con docenas de hogazas para aguantar una larga temporada. No obstante, lo habitual era que los hateros del pueblo les llevasen los víveres. A mediados de mayo los serranos regresaban a sus hogares en el norte de Castilla. Habían pasado siete meses alejados de sus familias. Nuestros antepasados les despedían hasta el invierno próximo: “A tu tierra, serrano, que canta el cuco. No esperes a que cante el abejaruco”.

 

FOTOGRAFÍAS

La mayoría de las fotos pertenecen a las Jornadas de la Trashumancia que se celebraron en Mestanza en mayo de 2018.

Fotografía 1. Zahones pertenecientes a la familia Benito-Navarro. San Lorenzo de Calatrava. 1930.

Fotografía 2. Marcadores para ovejas. Familia Fernández-Juárez. Mestanza. 1960.

Fotografía 3. Honda. Juan Fernández Mora. Mestanza. 1950.

Fotografía 4. Albarcas. Museo Jacinto y Juana. Brazatortas. 1900.

Fotografía 5. Estezadera. Familia Benito-Navarro. san Lorenzo de Calatrava. 1920.

Fotografía 6. Carlancas. Familia Molina-Plaza. alcolea de Calatrava. 1930.

 

Una tribu misteriosa

            Lehnert_Landrock_-_Ouled_Naïl_Girl_-_Algeria_-_1905El pueblo de Mestanza debe su nombre a la tribu bereber de los Mestasa, de la rama de los Baranis. Esta tribu habitaba (y aún habita) una franja costera al oeste de la bahía de Alhucemas. Allí, rodeado de chumberas, olivos, almendros y frutales, sigue existiendo un pequeño aduar llamado Mestassa. Apenas unas casas y una bella mezquita del siglo XIV que seduce por su poder de evocación. En 2004 un terremoto dañó su estructura y la fundación holandesa del Príncipe Claus donó 25.000 euros para restaurarla. Gracias a esta actuación, aun podemos admirar su blanca luminosidad, el fuerte contraste de sus tejados rojos y la sobria belleza de su minarete de almenas dentadas.

Este aduar es un tenue recuerdo de aquella tribu que el geógrafo El Bekri (1014-1094) citaba como una de las más importantes del Rif junto a los Temsamán, Bocoya, Gueznaya, Beni Urriaguel o los Kebdana. Nada hace pensar que de estas tierras partió un grupo de indómitos guerreros que campearían invictos por las tierras de Ispaniya. Pero lo cierto es que sus jinetes se contaron entre aquellos que acompañaron al caudillo bereber Tariq en el cruce del Estrecho (la montaña Yebel-Tariq, Gibraltar, le debe el nombre) en el año 711. Así lo narra el historiador Ibn Jaldun (1332-1406), quien destaca además la alta estima de que gozaron varios de sus miembros como Abd el-Karim el Mestaci o Abu Doleim Ibn Khattab, cuyos descendientes acabarían ocupando importantes cargos legislativos en Córdoba.

En pocos años los bereberes alcanzaron los valles de Alcudia y los Pedroches, MEZQUITAbautizando la región como Fahs al-Ballut (Llano de las Bellotas) por la abundancia de encinas. Nuestro fértil valle y sus ásperas sierras les recordarían su Rif natal. No en vano Ruiz Albéniz, en la descripción geográfica con que comienza su España en el Rif, describe aquellas tierras como semejantes a La Mancha y Ciudad Real. En esos primeros años de conquista, la tribu Mestasa se encontró con un poblado hispano-visigodo y tras someterlo le dio su nombre tribal. Así nos lo indica el geógrafo árabe Yaqut (1179-1229) en su Libro de los Países: “Mestasa, castillo del distrito de Oreto, de la provincia de Fahs al-Ballut, en que hay minas de azogue; y es nombre de una cabila berberisca”. Con el paso de los siglos la evolución fonética convertiría aquel “Mestasa” en el actual “Mestanza”.

Los bereberes se llamaban a sí mismos imazighen (“los hombres libres”). No es casual. Su principal seña de identidad era el rechazo a cualquier autoridad. Prueba de ello es que la región de Fahs al-Ballut se mostró hostil a todos los gobiernos, tanto al Califato de Córdoba como a los reinos de taifas de Sevilla y Toledo. Sus constantes rebeliones motivaron innumerables incursiones punitivas, entre las que destacó la expedición de castigo dirigida por Abd al-Rahman III en el año 912. Para defender su territorio, los bereberes erigieron numerosos castillos, torres y atalayas que erizaban todo el territorio. Los Mestasa construyeron el castillo en esta época y desarrollaron un urbanismo defensivo, con las casas apiñadas en la ladera oriental de la fortaleza, escapando de la llanura, con las calles retorcidas en pequeños laberintos al estilo de las medinas árabes. Es obvio que quienes construyeron el pueblo estaban preocupados por cómo resistir un asedio o hacerse fuertes en tierra enemiga.

El historiador Ibn Said (1213-1286) dijo de ellos: “Son unos pueblos a los que Dios ha distinguido particularmente con la turbulencia y la ignorancia, y a los que en su totalidad ha marcado con la hostilidad y la violencia”. Me gusta pensar que algo de ese espíritu rebelde aún persiste en nosotros. El espíritu de los imazighem, los hombres libres.