El alcalde Antonio Carrilero

           

La Segunda República española debió significar el triunfo de la democracia. Por desgracia, las derechas, las izquierdas y los nacionalismos periféricos se conjuraron para liquidarla desde el mismo año de su proclamación (1931). Durante todo el periodo republicano, los sindicatos anarquistas (CNT) desencadenaron sucesivas rebeliones violentas (en especial la revolución de Casas Viejas en 1933); en 1932 se produjo el absurdo y fracasado golpe de estado del general Sanjurjo; en 1934 el PSOE optó por la insurrección contra el gobierno de derechas (CEDA) en la llamada revolución de Asturias; ese mismo año se autoproclamó un estado catalán; por último, cuando una coalición de izquierdas (Frente Popular) encabezada por Manuel Azaña e Indalecio Prieto ganó las elecciones en febrero de 1936, un grupo de militares empezó a organizar la conspiración. Tras una primavera plagada de desórdenes públicos por ambos bandos (asesinatos políticos, huelgas, etc.) estalló el golpe de estado el 18 de julio de 1936 y la consiguiente guerra civil.

            La insurrección contra el gobierno de la República promovida por el PSOE (1934) tuvo su eco en Mestanza. En la madrugada del 6 de octubre, una decena de hombres armados con escopetas irrumpió en el ayuntamiento. El alcalde Antonio Carrilero (del PSOE), que estaba a la cabeza de los insurrectos, izó una bandera roja en el balcón y proclamó el comunismo libertario. A la mañana siguiente, una multitud se concentró en la plaza gritando: ¡Viva el comunismo libertario! ¡Viva la revolución social!. La revuelta duró poco. La llegada de la guardia civil acabó con la insurrección y se produjeron numerosas detenciones. El alcalde fue suspendido de sus funciones y condenado a prisión en Cartagena. No estuvo mucho tiempo en la cárcel: el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936 declaró la amnistía de los detenidos y todos fueron puestos en libertad. El nombre de Antonio Carrilero habría pasado sin pena ni gloria, más allá de este acontecimiento. Sin embargo, el alcalde merece ser recordado porque cuando llegó el momento de la verdad, demostró ser una de esas escasas personas que se rebelan contra la crueldad institucionalizada y preservan intacto el fuego de su humanidad.

            Es bien sabido que, en todas las guerras y en ambos bandos, las retaguardias son lugares donde proliferan oportunistas, ladrones y asesinos que se pasean con armas cómodamente alejados de los rigores del frente. Esta chusma que se dedica a matar, torturar, violar y robar fue la que se presentó en Mestanza el día 7 de agosto de 1936 procedente de Puertollano. Se trataba de un grupo de anarquistas de la CNT que, en nombre del pueblo y de la República, detuvieron a 32 vecinos con el propósito firme de asesinarlos en una cuneta o en la tapia del cementerio. El alcalde se encontraba de viaje en Madrid pero, por suerte, regresó ese mismo día. Sobre las seis de la tarde, al llegar al pueblo, se encontró con los anarquistas dispuestos a fusilar a los detenidos aquella misma tarde. Lo que sucedió a continuación lo describieron numerosas personas presentes y su relato coincide punto por punto. Antonio Carrilero se plantó frente a los anarquistas y les espetó: “El pueblo de Mestanza no se mancha en sangre mientras yo sea alcalde”, a lo que añadió: “si ustedes no abandonan este pueblo, procederé contra ustedes”. La firmeza del alcalde hizo que los anarquistas recularan: “Nos marchamos, pero conste que nosotros hemos venido aquí viendo la cobardía de ustedes, ya que no son capaces de matar a los fascistas de este pueblo”.

            El 1 de abril de 1939 terminó la Guerra Civil con la victoria del bando sublevado. Pocos días antes, Mestanza había sido ocupada por un tabor de las Fuerzas Regulares Indígenas marroquíes. Antonio Carrilero fue encarcelado en la prisión de Astorga (León) y condenado a doce años. El 7 de agosto de 1940, justo cuatro años después de su heroica acción, 42 vecinos del pueblo adictos al Régimen firmaron una carta dirigida a la Auditoría Militar de Ciudad Real en la que pedían su libertad. La misiva explicaba con detalle cómo Antonio Carrilero había arriesgado su vida evitando un baño de sangre y le describía como un “hombre honrado en extremo y digno entre los buenos”, “de buenos antecedentes y de sentido humanitario” y que “supo conducir a su pueblo al extremo de la honradez”. Las autoridades rebajaron la condena a seis años.

El 3 de octubre de 1951, Antonio Carrilero moriría de un infarto en su casa de la calle de los Huertos. En Mestanza, su nombre permanece como un símbolo de dignidad y de libertad de espíritu frente a la barbarie.

Este artículo ha utilizado los estudios El fin del comunismo en Mestanza y Héroes que parió la nada de Miguel Martín Gavillero.

El cerro del Castellar

Poco antes de llegar al puerto de Mestanza, según se viene de Puertollano, sale a la derecha una antigua vereda que asciende al cerro del Castellar. Desde sus 1.036 metros de altitud se divisan -y controlan- los valles de Alcudia (al sur) y del Ojailén (al norte). Este lugar estratégico conserva vestigios de construcciones que han sido datadas por los arqueólogos en la Edad de Bronce (II Milenio a.C.). De ser así, estamos hablando de las edificaciones más antiguas de nuestra comarca.

El cerro del Castellar era un poblado fortificado provisto de dos murallas concéntricas que cubrían todo el perímetro de la cima excepto las zonas protegidas de forma natural por rocas escarpadas. Dentro del recinto se conservan dos aljibes (cegados con piedras) y abundantes restos cerámicos. Estos asentamientos en altura -conocidos en el argot arqueológico como “castellones”- son propios del llamado “Bronce de la Mancha” y responden a las necesidades defensivas de una sociedad en guerra continua.

Durante la Edad de Bronce se produjo un desarrollo de la agricultura cerealista y de la ganadería diversificada (ovejas, gallinas, asnos). La revolución agrícola (cultivo de trigo y cebada) proporcionó mucha más comida al territorio y la población se multiplicó exponencialmente. Con el tiempo, la población creció por encima de la producción y no hubo cebada suficiente para todos; entonces comenzaron los conflictos entre los distintos poblados por las cosechas y los graneros. Toda persona sabía que en cualquier momento los vecinos podían invadir su territorio, derrotar a su ejército, masacrar a su gente y ocupar sus tierras. Esto explica el elevado número de castellones defensivos en la provincia de Ciudad Real (de los que solo el cerro de la Encantada, en Granátula de Calatrava, ha sido objeto de trabajos arqueológicos). Muchos de estos asentamientos serían utilizados en la Edad Media con la misma finalidad defensiva, como se ha podido documentar en el castillo de Mestanza.

El descubrimiento del bronce (aleación de cobre y estaño) no solo dio nombre al periodo (Edad de Bronce), sino que supuso la aparición de un nuevo elemento esencial para la guerra: la espada. En el Museo Arqueológico Nacional se conserva una espada de bronce con empuñadura de plata que fue hallada en el cerro de San Sebastián (Puertollano); en la Dehesa Boyal se hallaron catorce espadas y restos de lanzas y empuñaduras; en el Alamillo se descubrió una estela que mostraba a un guerrero con un casco de cuernos y una espada de lengua de carpa. Estos hallazgos arqueológicos y la propia existencia de los castellones corroboran la existencia de un alto grado de violencia organizada durante aquella época.

La fortificación del cerro del Castellar y las espadas de bronce nos recuerdan que la guerra ha formado parte de la cultura humana desde sus orígenes. El viejo debate entre Thomas Hobbes (“El hombre es un lobo para el hombre”) y Jean-Jacques Rousseau (El hombre es un “buen salvaje”) se ha cerrado a favor del filósofo inglés. La violencia es tan antigua como la humanidad.

El cementerio de Mestanza

Enterrar en los cementerios es una práctica moderna. Durante siglos, los difuntos eran inhumados en el interior de las iglesias. Así, en Mestanza, podemos afirmar que la inmensa mayoría de nuestros antepasados -o lo poco que queda de ellos- yacen bajo el suelo de la iglesia de San Esteban. Esta costumbre duró seiscientos años, desde que se fundara la iglesia primitiva sobre la antigua mezquita bereber, allá por el siglo XIII, hasta la creación del cementerio a mediados del siglo XIX. Cuanto más rica era la familia, más cerca del altar enterraba a sus muertos. A medida que pasaron los siglos, el espacio se fue quedando pequeño y se tenían que exhumar los huesos para depositarlos fuera del templo, en el llamado osario o carnero de los huesos. De hecho, en la cara norte de la iglesia, la actual calle Umbría era conocida como calle del Carnero. Es tal el volumen de huesos que descansa bajo nuestra iglesia y sus alrededores que, en cuanto remueves un poco, aparecen multitud de ellos. Así sucedió en el terremoto de 1969 o con motivo de la reciente instalación de tuberías de calefacción. Hasta hace poco, existía un muro terrero en la calle que baja desde la iglesia a la plaza. Si te acercabas, se apreciaba que estaba atestado de pequeños restos óseos.

La llamada peste de Pasajes (Guipúzcoa) en 1781 marcó el principio del fin de esta tradición y dio lugar a la creación de los cementerios extramuros. Por una parte, se sospechó que las miasmas -vapores fétidos que desprendían los cuerpos- podían estar en el origen de la epidemia; por otro lado, el mal olor provocado por el exceso de cadáveres sepultados en el templo se hizo totalmente insoportable. En una real Cédula de 1787, el rey Carlos III prohibió en España los enterramientos en las iglesias “con ocasión de la epidemia experimentada en la villa de Pasajes (…) causada por el hedor intolerable que se sentía en la iglesia parroquial de la multitud de cadáveres enterrados en ella”.

La Real Cédula de Carlos III no logró acabar con esta tradición, que en muchos lugares de España -y en Mestanza también- se prolongó hasta mediados del siglo XIX. El retraso tuvo una explicación: la iglesia se opuso a esta medida pues con los nuevos cementerios civiles perdía una fuente importante de ingresos derivada de la venta de sepulturas. No obstante, tras la muerte de Fernando VII en 1833, las medidas liberales y reformistas fueron ganando peso; no olvidemos que en 1836 iba a comenzar la primera desamortización de los bienes eclesiásticos. El alcalde Joaquín de Palma y Vinuesa, que debía ser un hombre netamente liberal, fue quien acometió la construcción del actual cementerio en 1834. El Libro de Defunciones señala que ese año, por primera vez, “se enterró en el Campo Santo de esta villa”; y el Diccionario de Pascual Madoz (1848) dice que “en las afueras del pueblo se halla el cementerio que no perjudica a la salud”. Don Joaquín no solo construyó el cementerio de Mestanza, sino también los de sus aldeas de Solana del Pino, San Lorenzo, el Hoyo y la Vera de la Antigua. En enero de 1834 recibió la felicitación gubernamental por haberlos edificado sin gastar ni un céntimo del erario. Fue un buen año para el alcalde: pocos meses después volvería a ser elogiado por el gobierno de Isabel II tras haber dado caza y muerte al sanguinario bandolero carlista Eugenio Ibarba, alias Barba.

Durante el primer tercio del siglo XX, el incremento de la población de Mestanza como consecuencia de la fiebre minera hizo necesarias varias ampliaciones. La primera se realizó en 1901 hacia el sur y hacia el este; también se construyó el puente del Santo para facilitar a los vecinos el acceso al cementerio. La segunda ampliación se llevó a cabo en 1931; se sembraron doce cipreses y ocho acacias y se incorporaron dos nuevas puertas de hierro -una de ellas con la fecha de 1931- en la tapia que da a la carrera del Hoyo. La última ampliación se realizó en 1997.

Cementerio en griego (koimetérion) significa dormitorio. La palabra, con sus variedades fonéticas, es la misma en francés, italiano, portugués e incluso en inglés. Me gusta visitar el cementerio de Mestanza por su interés histórico y porque allí reposan mis abuelos, algunos tíos e incluso se conserva la tumba de mi bisabuela Quica la Hornera (1879-1962). Un paseo entre sus lápidas te sitúa en perspectiva y te aleja de frivolidades. No existe ningún lugar tan idóneo para reflexionar acerca de la brevedad de la vida y la futilidad de las cosas.

Las calles de Mestanza

La mayoría de los nombres de las calles de Mestanza obedecen a un motivo práctico: indicar el destino al cual conducen, ya sean poblaciones cercanas (calles de Hinojosas y Puertollano), lugares en las afueras del pueblo (calles del Charco, de los Huertos, del Telégrafo, de la Cañada y del Prado) o sitios del propio pueblo (calles del Calvario, de la Iglesia, del Castillo, del Santo, del Pozo Nuevo y de la Fuente). Otros nombres aluden a establecimientos comerciales (calles del Estanco, del Botico y de la Carnicería), a personajes o hechos históricos (calle Real, de la Paz y de Hernán Cortés) o a alguna celebridad local (calles de Heliodoro Peñasco, Llaguno y Santa Catalina). Hay ciertos nombres que reflejan un rasgo característico de la calle (calles Nueva, de la Cuesta y Umbría) o algún elemento particular ubicado en la misma (plaza de los Carros, calles del Olivo y del Cristo). Por último, hay calles de reciente creación (calles de la Constitución, Virgen de la Antigua, Saturia Hidalgo y Juan Vallejo) y otras cuyo nombre nadie sabe a qué o a quien se debe (calle de Ñago y de la Salud).

                Empezaremos hablando de las calles que señalan un destino en las afueras del pueblo. Siento especial predilección por la calle del Charco, también conocida como de las Eras, pues es donde tenemos la casa familiar. Ya figuraba con ese nombre en el Catastro de Ensenada (1751), pero se desconoce su origen; en mi opinión se refiere a que conducía al charco formado por un manantial de Fuente Agria cuyo sendero desapareció hace años. Otra de mis calles “preferidas” es la calle del Telégrafo pues fue fundada por mi tatarabuelo Francisco Núñez. Al principio solo existía la vereda que conducía al telégrafo desde el Calvario, pero la decisión de Francisco de construir una casa frente a la de Cristóbal Pellitero dejando la vereda en medio, le otorgó rango de vía. La calle de los Huertos debe su nombre a que conducía al Pilar de los Huertos; de no haber existido este mítico lugar donde aprendieron a nadar tantos mestanceños, sería conocida como calle de Fuencaliente, pues de allí parte el camino a dicha población. La calle de la Cañada era conocida como la “calle que baja al Pozo Dulce”; este pozo se encontraba en el lugar conocido como “la Cañada” y al taparse el pozo, el sentido práctico fue modificando el nombre paulatinamente. La calle del Prado, por su parte, conducía al prado donde pastaba el ganado de los vecinos.

Respecto a las calles que indican un destino dentro del pueblo, destaca la calle del Calvario, que desemboca en la plaza homónima. Es un lugar emblemático donde antiguamente había una pequeña capilla conocida como la capilla del Calvario, donde se celebraban los actos de la Semana Santa. La calle de la Iglesia era conocida como la calle Empedrada, lo cual nos lleva a pensar que fue una de las primeras en empedrarse. En su parte baja aún se conserva el antiguo cartel donde figura “Yglesia” con la i griega. La calle del Castillo es la más alta del pueblo y nos trae el recuerdo de la antigua fortaleza árabe. La calle del Santo era conocida como la “callejuela que sale a San Sebastián” por hallarse una pequeña ermita dedicada a este santo al final de la calle, justo al otro lado del puente y del arroyo del Santo. La calle del Pozo Nuevo conducía al pozo situado en lo que se conoció hace años como “la fábrica”. Por último, la calle de la Fuente bajaba y baja a la fuente del Pocillo.

Hay ciertas calles cuya denominación viene dada por un establecimiento comercial concreto. Así sucede con la calle del Estanco, la del Botico o la de la Carnicería. Esta última se debe a la carnicería pública que existía justo donde hoy se alza la Casa de Cultura. En este grupo de calles estaba la callejuela de la Fragua de Andrés Barato (hoy plaza de los Carros), por ubicarse allí la herrería del pueblo.

Respecto a las calles que señalan hechos o personajes históricos destaca la calle Real, que cruza la villa de norte a sur. Antes era conocida como la calle Larga, cambiando su nombre con la llegada del rey Fernando VII El Deseado. Más tarde sería la calle del General Primo de Rivera y la calle de José Antonio. Como se ve, una de las prerrogativas de los alcaldes en los diferentes cambios de régimen ha sido la de poner patas arriba el callejero. La calle de la Paz quizá haga referencia al fin de la tercera guerra carlista; los guerrilleros carlistas atemorizaron a la población durante todo el siglo XIX, por lo que no es extraño que la conclusión del conflicto motivara la dedicatoria de una vía pública. La calle de Hernán Cortés fue un capricho municipal; antes se llamaba calle de Cristóbal Colón y, quien sabe, quizá algún día sea la calle de Cervantes o de Felipe II.

Hasta el día de hoy no ha habido ningún mestanceño universal. Las calles dedicadas a celebridades locales pertenecen a gente nacida fuera del pueblo. Heliodoro Peñasco era de Aldea del Rey; fue secretario del Ayuntamiento tan solo cuatro años pero se hizo famoso después de ser asesinado a tiros cuando salía de Argamasilla a lomos de su caballo. Las calles de Llaguno y Santa Catalina deben su nombre a la construcción de las escuelas en 1905. Las escuelas fueron erigidas por el maestro de obras don Manuel Llaguno y financiadas por el filántropo don Nicanor Hernán de los Heros y su hija doña Catalina. En agradecimiento, el pueblo otorgó sus nombres a la “plaza de Hernán de los Heros” (actualmente “plaza de los Carros”) y a las calles de Llaguno y Santa Catalina.

Hay tres calles bautizadas por algún rasgo característico de la misma: la calle Nueva (porque se hizo nueva allá por el siglo XVIII), la calle de la Cuesta (porque está en cuesta) y la calle Umbría (por que suele dar la sombra). Esta última fue conocida durante siglos como calle del Carnero. Antiguamente, el “carnero” era la denominación del “osario”: el lugar destinado para reunir los huesos que se sacaban de las sepulturas del interior de la iglesia a fin de volver a enterrar en ellas. Otras calles tenían un elemento tan particular que otorgaba su nombre a la misma, ya fueran unos carros agrícolas (plaza de los Carros), un olivo (calle del Olivo) o un Cristo en la hornacina de una de las fachadas (calle del Cristo).

                El lugar más importante del pueblo es la plaza de España. Allí se ubican el ayuntamiento y la iglesia. Desde la Edad Media la villa de Mestanza se rigió por un régimen de concejo abierto: todos los vecinos eran convocados a “campana tañida” en el interior de la iglesia para debatir y adoptar decisiones que afectaban a la comunidad. Así lo reflejan las Ordenanzas de Mestanza de 1530: “Estando ayuntados en la yglesia del señor Santiestevan desta dicha villa a campana tañida según lo que habemos de uso y costumbre”. No fue hasta el siglo XVIII cuando se erigió el edificio del ayuntamiento. El Catastro de Ensenada (1751) señala: “Hay una casa en esta población y plaza pública que sirve de audiencia donde la villa celebra sus decretos y ayuntamientos”.  El Diccionario de Pascual Madoz (1848) indica: “Hay casa de ayuntamiento bastante antigua y cárcel en el mismo edificio”. Es muy probable que el ayuntamiento a mediados del siglo XX fuera el edificio original del siglo XVIII, pues según diversas fuentes se encontraba en un estado absolutamente ruinoso. En 1958 se acometió la primera reconstrucción del mismo; en 1992 la segunda y definitiva hasta la fecha.

Ya pasaron los tiempos en que las recuas de mulos subían y bajaban las calles de Mestanza cargadas de paja, granos o lo que fuera. Jornaleros, mineros, mujeres que iban al Pocillo con sus cántaros… un trasiego constante. Hoy día, con el buen tiempo, los vecinos sacan las sillas a la puerta de sus casas y arman sus coloquios. Sus voces traen recuerdos de otros tiempos; peores en algunos aspectos; mejores en otros.

Una tumba olvidada

A Miguel Martín Gavillero, que descubrió la tumba del extranjero.

Ya nadie deja flores en su tumba, pues fue olvidado hace mucho tiempo. De su paso por el mundo solo queda una lápida de mármol blanco con un epitafio desgastado. Se llamaba Alberto Meyer-Orth, fue un héroe de guerra y vino a Mestanza para morir.

Meyer-Orth nació en la ciudad belga de Lieja en 1888. Eran los tiempos en que Bélgica, durante mucho tiempo oprimida por la dominación extranjera, estaba a punto de convertirse en una gran potencia mundial. Los flamencos y los valones, después de tantas disputas, extendieron sus empresas coloniales al continente africano y un raudal de riqueza fluyó hacia la metrópoli. El progreso parecía inexorable bajo los auspicios del rey Leopoldo II y los ciudadanos, desbordados de optimismo, ponían a sus hijos los nombres de la realeza. La familia Meyer no fue ajena a esta euforia. El padre se llamaba Leopoldo, como el monarca; a Alberto le bautizaron con el nombre del príncipe heredero.

Alberto apenas vivió en Bélgica, pues su familia se trasladó a España siendo él muy pequeño. La familia Meyer estaba compuesta por Leopoldo, su mujer Clara, sus dos hijos varones —Oswaldo y Alberto— y cuatro hijas —Juana, Margarita, Ana Luisa y Alicia—. Leopoldo Meyer, que era ingeniero, fue destinado a la aldea de El Horcajo para dirigir las minas de plomo. El cambio no pudo ser más brusco: la familia dejó atrás las comodidades de una urbe europea para irse a vivir a una aldea perdida del Valle de Alcudia. Un momento difícil de olvidar para la familia Meyer fue aquel lejano día de Año Nuevo de 1901. Tres niños de la aldea no regresaron a sus casas al atardecer. La noticia corrió como la pólvora y enseguida se organizaron las batidas por el monte. Todos los vecinos se volcaron en la búsqueda de los pequeños. Durante tres días y tres noches rastraron la sierra palmo a palmo. La búsqueda resultó infructuosa. El frío invernal de las noches y el aullido de los lobos presagiaban lo peor. Finalmente encontraron sus cadáveres completamente devorados por las fieras. Aquellos días quedaron grabados para siempre en la memoria de la aldea. Para recordar a los tres niños, los vecinos levantaron un monolito de mampostería en la parte más alta del monte. Una lápida a sus pies contenía la siguiente inscripción: “A la memoria de los niños / Bonifacio Rubio / Alejandro Muñoz / León Piernas / Aldea del Horcajo / Enero de 1901”. El monolito sigue allí y aún puede visitarse.

Con el paso de los años, la familia Meyer olvidó el estilo de vida urbano y europeo de Lieja y se enamoró de los paisajes y las gentes del Valle de Alcudia y Sierra Madrona. No extraña que, años más tarde, el duque de Westminster —el hombre más rico del Reino Unido— comprara la finca La Garganta junto a El Horcajo; justo al otro lado del espectacular viaducto de piedra se extienden sus 15.000 hectáreas de sierra virgen habitadas por ciervos y jabalíes. Leopoldo Meyer y su mujer Clara cayeron rendidos a los encantos de Sierra Madrona y adquirieron una finca conocida como El Manzano, en el paraje de Las Tiñosas. Leopoldo conocía bien la zona pues en sus alrededores se encontraba la legendaria mina romana de Diógenes. En la falda de la montaña, construyó una hermosa villa familiar de tres pabellones con todo el confort de la época. No reparó en gastos. Desde sus amplios ventanales se disfrutaba de unas vistas inmejorables para pasar las tardes sin más afán que mecer un whisky junto al fuego. Para las calurosas tardes del verano edificó un elegante balneario de aguas medicinales a la sombra de los olmos y los álamos. Se cuenta que Leopoldo estaba profundamente enamorado de Clara, su mujer. Para ella erigió el famoso templete que da cobijo a la Fuente Agria; también diseñó un deslumbrante jardín alrededor de la villa, repleto de todo tipo de flores: rosas, azucenas, claveles, narcisos, violetas, adelfas, lirios, hortensias, peonias, camelias, magnolias y dalias de infinitos colores. Por desgracia, Clara falleció de forma prematura. Leopoldo decidió enterrarla en el jardín que había creado para ella. La finca fue heredada por Oswaldo Meyer. Hoy día, aún la disfrutan sus herederos.

La vida de Alberto Meyer-Orth sufrió un cambio radical con el estallido de la Primera Guerra Mundial. En el verano de 1914, las tropas alemanas atacaron las doce fortalezas que protegían Lieja, su ciudad natal. Sus gruesos muros de hormigón no fueron capaces de soportar el impacto de los morteros Krupp de 420 milímetros y los Skoda austriacos de 305 milímetros. Tras una heroica resistencia de diez días, la ciudad cayó en manos de las tropas del káiser. Después le tocó el turno a Bruselas y a Lovaina. Finalmente, todo el país fue invadido por los germanos. Aquella brutal agresión sería conocida como la “violación de Bélgica”. Alberto sintió la llamada de la patria y se alistó en el ejército belga a finales de ese año. 

La Primera Guerra Mundial fue una guerra de trincheras. En los primeros compases del conflicto se siguieron los cauces habituales: cargas a pecho descubierto contra el enemigo; pero la aparición de las ametralladoras y las granadas de fragmentación obligaron a los ejércitos a refugiarse en trincheras. Sencillamente no había quintas de reclutas para reemplazar a los soldados muertos, ni hospitales suficientes para atender a los heridos, ni ánimo para soportar la imagen de tantos mutilados. Los combatientes quedaron varados en una guerra de posiciones. Entre las trincheras y las alambradas de espinos de los contrincantes quedaba un terreno fantasmagórico cubierto de embudos gigantescos provocados por los obuses; allí quedaban los cadáveres resecos como momias, junto a sus armas y a los jirones de sus uniformes. Alberto Meyer-Orth combatió durante cuatro años, tiempo suficiente para aprender que son los pequeños detalles los que deciden la suerte de uno. Sobrevivió a los asaltos suicidas a las posiciones alemanas, a la gripe española, a los francotiradores, al hambre y a la niebla mortal de los ataques de gas. Como recompensa a su tenacidad y a su heroísmo en combate, fue condecorado con la Cruz de Guerra del Reino de Bélgica.

La fortuna de Alberto Meyer-Orth declinó al final de la guerra. Fue diagnosticado de paludismo. En principio, todo hacía suponer que su cuerpo joven y robusto podría resistir con ayuda de quinina, pero con el tiempo surgieron complicaciones y la enfermedad derivó en un paludismo severo. Consciente de que ya le quedaba poco tiempo, Meyer-Orth decidió pasar en Mestanza los últimos meses de su vida. Se instaló en una casa situada en el número dos de la calle de la Paz, esquina con la calle del Calvario. Falleció el 4 de octubre de 1928.  A su entierro asistió su hermano Oswaldo y algunos vecinos del pueblo. Sus hermanas Juana y Margarita vivían en Bruselas, y Ana Luisa y Alicia en Berlín, por lo que no pudieron acudir. En su lápida se grabó el siguiente epitafio:

Alberto Meyer-Orth

Condecorado con la Cruz de Guerra

1888 – 1928

R. I. P

Casa donde murió Alberto Meyer-Orth

Los apellidos de Mestanza

Es curioso, pero la mayoría de la gente no piensa en sus apellidos. Aunque pasan toda la vida junto a ellos, ignoran su procedencia. Entiendo que esto suceda con los apellidos patronímicos, es decir, aquellos que se derivan de un nombre propio, como Juárez (de Suaro), Núñez (de Nuño), Ramírez (de Ramiro) o Ruiz (de Rui). Son ordinarios –en el buen sentido- y no cuentan nada de tus antepasados. Sin embargo, otros apellidos nos muestran de qué lugar procedían nuestros ancestros, dónde vivían o qué oficio desempeñaban. Incluso si sus vecinos les estimaban por su alegría, bondad, cortesía o clemencia.

En Mestanza son muy comunes los apellidos toponímicos. Tras la expulsión de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), los castellanos del norte peninsular se asentaron en nuestras tierras. Sus apellidos revelaban el pueblo desde el cual partieron: los Buendía de Cuenca, los Pareja de La Alcarria, los Molina de Guadalajara, los Aranda de Burgos o los Vozmediano de Soria. En menor proporción, también encontramos a los Palomeque de Toledo, los Yagüe de Yanguas -en Soria- y los Gascón, cuyo origen hay que buscarlo en la Gascuña francesa. Ofrece dudas el apellido Bastante, que algunos especialistas hacen proceder del Valle del Baztán, en el país vasco-navarro.

También son muy usuales en nuestro pueblo los apellidos relativos a ciertos oficios antiguos: Calero, que producía y vendía cal; Carrilero, que preparaba los caminos para el paso de los carros; Correal, que curtía la piel de los venados para elaborar vestidos; Gavillero, que amontonaba las gavillas en la siega; Montero, que perseguía la caza en los montes; o Pellitero, que adobaba y vendía las pieles de los animales.

Otros apellidos hacen referencia a ciertas zonas donde vivía la persona o la familia asociadas a los mismos. El apellido Céspedes alude a un lugar cubierto de hierba (del latín caespitem o campo); Navas apunta a una zona sin árboles, quizá pantanosa, situada entre dos montañas, como la Nava de Riofrío; Serna se refiere a una porción de tierra o sembradura; y Vallejo a un pequeño valle o llanura entre montes.

Por último, ciertos apellidos como Clemente destacaban una cualidad positiva de la persona. Podríamos considerar el apellido Hidalgo dentro de este grupo, si bien es probable que aludiera a una familia perteneciente al estamento inferior de la nobleza.

La desamortización

La desamortización del siglo XIX fue un proceso por el cual se pusieron a la venta los bienes que estaban en las llamadas “manos muertas”, es decir, la Iglesia Católica y las órdenes religiosas. Fue un hecho capital en la historia de Mestanza, pues supuso la privatización de todo su territorio, que durante seis siglos había pertenecido a la Orden de Calatrava y, en última instancia, a la Corona.

Desde la expulsión de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) todo el Valle de Alcudia pasó a depender de la Orden de Calatrava. Durante tres siglos la Orden mantuvo su independencia, hasta que en 1523 fue incorporada a la Corona de Castilla. En cualquier caso, la estructura de propiedad permaneció inalterada hasta la llegada de las primeras desamortizaciones a finales del siglo XVIII. La Mesa Maestral gestionaba directamente 147 millares del valle. El resto de su patrimonio lo delegó a sus encomiendas y a los Concejos de los pueblos (bienes propios del Concejo y bienes comunes de los vecinos) que le pagaban tributos como compensación.

Carlos III procedió a la primera desamortización (1769) con la venta de 48 de los 147 millares que tenía la Mesa Maestral en el Valle de Alcudia. Los 99 restantes pasaron a gestionarse por la Real Hacienda. En particular, por la Dirección de Temporalidades, que era una organización creada para administrar y vender las “temporalidades” (los bienes temporales, no espirituales) confiscados a la Compañía de Jesús. Por este motivo recibieron el nombre de “los 99 millares de las Temporalidades”. En este grupo se encontraban los 28 millares correspondientes a las cinco dehesas de la Mesa Maestral en Mestanza (Frey Domingo, Cuarto de la Cruz, Encina Montosa, El Zote y Las Tiñosas). En 1792, Carlos IV donó las temporalidades a Godoy, junto con el título de Duque de Alcudia, si bien, algunos de estos quintos fueron entregados en 1802 al infante Carlos de Borbón para el sostenimiento de su casa. En 1808, los millares de Godoy retornaron a la Corona y un año más tarde le fueron vendidos a José Bonaparte. En 1814, tras la Guerra de la Independencia, volvieron de nuevo a la Corona. Esto significa que, tras estos múltiples cambios de propiedad, todo seguía igual.

La desamortización de Mendizábal (1836) no afectó a los bienes de la Mesa Maestral, pero sí a sus encomiendas. Los 12 millares de la dehesa de Barrancos (Encomienda de Mestanza) fueron vendidos al financiero madrileño don Francisco de las Bárcenas en 1843. Los 4 millares de la dehesa de Encinilla Rasa (Encomienda de Almuradiel) fueron vendidos a doña María de la Salud Bravo-Murillo en 1841. Francisco de las Bárcenas era un importante hombre de negocios muy allegado a Mendizábal, el ministro que instigó la desamortización. María de la Salud Bravo Murillo era la hermana de Juan Bravo Murillo, que sería ministro de Justicia, Fomento y Hacienda en el reinado de Isabel II.

La desamortización de Madoz (1855) tuvo una importancia decisiva. El artículo 1 declaró en venta todas las propiedades de la Mesa Maestral y los terrenos que ésta había usufructuado a los Concejos municipales (tanto los bienes propios de los Concejos como los bienes comunes de los vecinos). En el territorio de Mestanza, los 28 millares pertenecientes a las cinco dehesas de la Mesa Maestral se vendieron a particulares entre 1871 y 1881. Como es natural, los vecinos de Mestanza no tenían suficientes recursos económicos para pujar en las subastas de los millares. Por tanto, al concluir el proceso de desamortización, la propiedad de todo el territorio había pasado de manos de la Corona a las manos particulares de ciertos oligarcas latifundistas.

Tanto para los oligarcas como para el Estado fue una operación sumamente beneficiosa. La descomunal inyección de dinero procedente de la subasta de los bienes de la Orden de Calatrava —previa expropiación— contribuyó a sanear las arcas de la hacienda pública española. Para los vecinos de Mestanza, por el contrario, la desamortización tuvo un impacto profundamente negativo. Los terrenos del Concejo habían contribuido durante siglos a la subsistencia de los mestanceños. Tras su expropiación y venta, el Ayuntamiento dejó de percibir las rentas derivadas del arrendamiento de pastos a ganaderos foráneos (bienes propios del Concejo) y los vecinos dejaron de tener tierras para cultivar sus alimentos, criar su propio ganado, cazar y recoger leña (bienes comunales de los vecinos). En definitiva, la desamortización de los terrenos concejiles supuso la destrucción de un modo de vida y una organización de autogestión centenarios y abocó a la población a unos mayores niveles de pobreza.

La Orden de Calatrava

En 1158 el rey Sancho III donó la villa de Calatrava con su castillo al abad Raimundo de Fitero y a la orden cisterciense para que la defendieran de los musulmanes. Este fue el origen de la Orden de Calatrava. Más adelante, en 1189, su hijo el rey Alfonso VIII confirmó esta donación extendiéndola a todos los nuevos territorios conquistados entre los que se encontraba Mestanza [1]. Este privilegio tenía una condición: repoblar con colonos cristianos las nuevas tierras. Tras la victoria cristiana en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), los musulmanes fueron expulsados definitivamente del Valle de Alcudia. A partir de ese momento, todo el territorio de Mestanza pasó a pertenecer a la Orden de Calatrava, que lo dividió en tres bloques:

  • Mesa Maestral. La Orden, con el maestre de Calatrava a la cabeza, se quedó con la gestión directa de las cinco mejores dehesas del territorio: Frey Domingo [2], Cuarto de la Cruz [3], Encina Montosa [4], El Zote [5] y Las Tiñosas [6].
  • Encomiendas. La Orden fundó dos encomiendas, cuyas rentas se otorgaban a algunos caballeros: los comendadores. En 1385 creó la Encomienda de Mestanza y le otorgó la dehesa de Barrancos [7], al oeste del pueblo. En 1538 estableció la Encomienda de Almuradiel y le cedió la dehesa de Encinilla Rasa [8].
  • Concejo de Mestanza. La Orden, para facilitar la repoblación, otorgó a los vecinos varios terrenos alrededor del pueblo en concepto de usufructo: los bienes propios del Concejo y los bienes comunes de los vecinos.

Cada dehesa se componía de varias fincas cuya toponimia —Hato Castillo, Hituero, Alhorín— no ha variado desde la Edad Media. Las fincas que tenían capacidad para alimentar a un millar de cabezas se denominaban “millares”. Y aquellas que solo tenían pasto para 500 ovejas recibían por nombre “quintos”.

  1. La Mesa Maestral

La Orden obtenía sus ingresos de dos fuentes:

  • Ingresos por el arrendamiento de las dehesas a los ganados de la Mesta.
  • Ingresos fiscales en metálico por la cesión al Concejo de Mestanza de varios terrenos que rodeaban al pueblo, conocidos como “bienes propios del Concejo”. Como se explicará más abajo, eran básicamente dos impuestos: el derecho maestral y el pedido de San Miguel.

Tras la incorporación de la Mesa Maestral a la Corona en tiempos de los Reyes Católicos (1488), estos ingresos se destinaron a pagar los salarios de diversos cargos públicos (ministros, gobernadores, alcaldes) y eclesiásticos (capellanes, curas, etc.)

2. La encomienda de Mestanza

El origen de las encomiendas está en la época de la Reconquista. Como se ha dicho anteriormente, la Orden era la nuda propietaria de todo el territorio conquistado. Unas partes las administraba directamente la Mesa Maestral y otras partes se encomendaban a los caballeros de la Orden. De ahí el nombre de “encomiendas” y “comendadores” respectivamente. La Corona otorgaba estas encomiendas como recompensa para cortesanos, aristócratas y militares distinguidos.

La Encomienda de Mestanza (también conocida como “Encomienda de Barrancos”) obtenía sus ingresos de dos fuentes:

  • Ingresos por el arrendamiento de la dehesa de Barrancos a los ganados de la Mesta.
  • Ingresos fiscales en especie por la cesión al Concejo de Mestanza de varios terrenos que rodeaban al pueblo, conocidos como “bienes comunes de los vecinos”. Como se explicará más abajo, había una pléyade de impuestos: diezmos, primicias, montaracía, zocodover, etc.

La Encomienda tenía la obligación de sufragar el coste de varios soldados para el ejército de España. Eran las conocidas como “lanzas”. Además debía pagar los salarios de los curas de Mestanza y sus aldeas y, lógicamente, pagar al guarda y al administrador de la dehesa de Barrancos. Descontando estos gastos, aún quedaba un enorme beneficio que iba directamente al bolsillo del comendador, cuya única obligación era pasar al menos un par de meses al año en la Casa de la Encomienda.

3. El Concejo de Mestanza

Una de las primeras medidas de la Orden de Calatrava fue otorgar a nuestra villa el usufructo de varios terrenos alrededor del pueblo. Esta medida facilitaba la repoblación pues permitía a los vecinos obtener un beneficio de esas tierras. Con carácter general, un Concejo podía catalogar sus terrenos como “propios del Concejo” o como “comunes de los vecinos”:

a) Bienes propios del Concejo: eran las tierras que el Concejo arrendaba a ganaderos foráneos. En este grupo solo entraban la dehesa de La Gamonita y algunas redondas [9]. La mitad del dinero obtenido se destinaba al pago del “impuesto de yerbas” a la Mesa Maestral (propietaria del territorio). La otra mitad cubría diversos gastos municipales tales como: médico, arreglo de caminos o pago de funcionarios (escribano, guarda de los toros del Concejo, contador del ganado que entra a pastar). El Concejo de Mestanza pagaba a la Mesa Maestral dos impuestos en metálico por sus bienes propios:

  • Derecho maestral o “impuesto de yerbas”: la mitad (50%) de las rentas que obtenía el Concejo por el arrendamiento de sus terrenos propios (la dehesa de La Gamonita y varias redondas).
  • Pedido de San Miguel: una cantidad fija de dinero que se pagaba a finales de septiembre.

b) Bienes comunes de los vecinos: eran las tierras que el Concejo cedía al común de los vecinos para que cultivasen alimentos, criasen su propio ganado, recogieran leña o cazaran. Estas tierras no generaban ninguna renta monetaria, por lo cual eran conocidas como “baldíos”. La mayor parte del territorio concejil de Mestanza entraba en esta categoría. Todos los terrenos baldíos estaban sujetos a una Comunidad de Pastos con Puertollano que permitía a los vecinos de ambos pueblos el aprovechamiento de estos. Los vecinos debían pagar a la Encomienda de Mestanza varios impuestos en especie por el rendimiento obtenido en los terrenos comunes:

  • Diezmos: una décima parte (10%) de las cosechas anuales (cereales, legumbres, hortalizas, frutales), de las crías de ganado (corderos, becerros, lechones, chotos, gansos y pollos), de los productos de la oveja (queso, lana), de lo obtenido en las colmenas (miel, cera), de lo molturado en los molinos harineros y del corcho de los alcornoques.
  • Primicias: una porción de las cosechas de trigo, de cebada y de centeno, que se destinaba a la iglesia parroquial de Mestanza y al Arzobispado de Toledo.
  • Voto de Santiago: una porción adicional de la cosecha de trigo que se asignaba íntegramente a la iglesia parroquial.
  • Montaracía: una tasa monetaria por cada carga de leña recogida en los montes y una porción del carbón de encina producido por los carboneros.
  • Zocodover: una tasa monetaria por cada res menor que se pesase en la carnicería y una porción de la carne que se matase.

Por otra parte, el Concejo también tenía ingresos fiscales. Los extranjeros que venían a Mestanza –sobre todo pastores y buhoneros- pagaban dos tipos de impuestos:

  • Horno de poya: una tasa por utilizar los hornos de la población. Se pagaba en pan o en dinero.
  • Cuarentena: una tasa por la venta de mercancías que se hicieran en Mestanza. Era un pago en metálico equivalente a una cuarenteava parte (2,5%) del género vendido.

En el escudo de Mestanza figura —con gran acierto— la cruz de Calatrava. El pueblo y todo su territorio pertenecieron a la Orden de Calatrava durante casi siete siglos: desde la donación del rey Alfonso VIII (1189) hasta la conclusión de las desamortizaciones (1881). Esto significa que la Orden estuvo presente en Mestanza durante la mayor parte de su historia. Aunque hoy es solo un recuerdo lejano, su impronta —como la de la Mesta— marco las vidas de nuestros antepasados hasta hace no tanto.

Notas

[1] El documento indica: “Ego Aldefonsus (…) concedo (…) et confirmo donationem (…) Calatravam, quam pater meus rex Sancius olim dedit. Sunt ergo isti termini (…) sicut uadit ille serra quae dicitur del Puerto de Muradal, et sicut uadit serra ad Burialame, et intrat recte ad Xandolam…”.

[2] La Dehesa de Frey Domingo estaba al SE. del pueblo y se componía de 6 millares: Rincón Malillo, Hato de Vélez, Hato Viejo, El Burcio, El Charquillo y el Rincón de Fray Domingo.

[3] La Dehesa del Cuarto de la Cruz estaba al N. y E. del pueblo y se componía de 7 millares: La Peñuela, Las Morras, El Hinojo, El Rasillo, Hoya Pelada, Encinarejo y Villalba.

[4] La Dehesa de Encina Montosa estaba al SE. del pueblo y se componía de 2 millares: El Carneril y Toriles.

[5] La Dehesa de El Zote estaba al S. del pueblo y se componía de 6 millares: Hontanillas, Hato Castillo, Hoyas Azules, La Pizarrosa, Cabeza del Puerco y Cañaveral.

[6] La Dehesa de Las Tiñosas estaba al SO. del pueblo (en el actual término municipal de Solana del Pino) y se componía de 7 millares: Alhorín, Canitos, Piedras Blancas, El Manzano, Lebrachos, Toriles y Valdefuentes.

[7] La Dehesa de Barrancos estaba al O. del pueblo y se componía de 12 millares: Belesar, Utreras, Umbría de Vacas, Solanilla, Ejido, Hituero, Higueruela, Cerro del Enebro, Piedras y Lomas, Pozo Medina y los medios quintos de Hatillo, Moral y Panadilla.

[8] La Dehesa de Encinilla Rasa estaba al SE. del pueblo y se componía de 4 millares.

[9] Había siete “redondas” (Palancares, Butreras, Cotillos, Los Galayos, La Vera, Herraderos y Quemados) y otros tantos “acogidos” (Riofrío, Barrios Nuevos, Santa Ana, Rasos de San Lorenzo, Cantalobos, Jirote y Venero).

Las escuelas

A Dionisio Céspedes Navas

                Ya no se construyen edificios tan bellos como las escuelas de Mestanza. Sus evocadoras paredes de piedra y mampostería y sus grandes ventanales lo convierten en nuestro mayor tesoro patrimonial de arquitectura civil. Fueron inauguradas en 1905 y constaban de dos pabellones, uno para niños y otro para niñas. La calle de Santa Catalina, con su arboleda, realza el encanto de este edificio. En el invierno de 1912, los alumnos dedicaron una jornada a plantar árboles en ambas aceras de la calle, dándole el bello aspecto que tiene hoy en día. Las escuelas fueron ampliadas en 1952, como reza la fecha de la reja de entrada. Se aumentó el número de aulas de dos a seis (tres para niños y tres para niñas) y se las denominó “Escuelas de Santa Catalina”.

                La primera mención a un maestro aparece en el año 1751. El Catastro de Ensenada señala que había “un maestro de primeras letras llamado Jaime Antonio Mayorga”. Durante el siglo XIX, la escuela de Mestanza se situaba en la actual Casa de Cultura (calle Carnicería, esquina a la plaza), en un edificio que había sido carnicería, taberna y pósito público. Además de las aulas, tenía una habitación para alojar al maestro. El Diccionario de Pascual Madoz (1848) señala que esta escuela estaba “dotada con 2.200 reales de los fondos públicos” y asistían 50 niños. Dado que las niñas no tenían acceso, tan solo 12 “afortunadas” recibían enseñanza privada costeada por sus padres. La educación femenina consistía en labores de manos y catecismo hasta que la Ley Moyano (1857) estableció que las niñas tenían que aprender además “a leer, escribir y contar”. En 1903 la población escolar ya era notablemente mayor e igualitaria: 319 alumnos, con 168 niños y 151 niñas. No obstante, en la práctica, una gran parte de los alumnos no podía asistir a las clases, pues trabajaban para ayudar a sus familias. El propio Ayuntamiento reconoció que un 60% de los escolares no asistía a las aulas. A partir de los seis años, muchas niñas se ponían a servir y los niños madrugaban para recoger leña, llevar cantaros de leche a lomos de un burro o ayudar como zagales a algún pastor. No recibían un jornal, sino que les pagaban con la comida.    

Doña Carmen Pastrana y sus alumnas de Mestanza

                Como dije, las nuevas escuelas se inauguraron en 1905. Fueron construidas por el maestro de obras don Manuel Llaguno y financiadas por el filántropo don Nicanor Hernán de los Heros y su hija doña Catalina. En agradecimiento, el pueblo otorgó sus nombres a la “Plaza de Hernán de los Heros” (actualmente “Plaza de los Carros”) y a las calles de Llaguno y Santa Catalina. El 14 de mayo, con motivo del Tercer Centenario de la publicación del Quijote, se celebró la ceremonia de inauguración con una misa e innumerables discursos del alcalde, del cura y del maestro, entre otros. Las escuelas fueron bautizadas con el nombre de Cervantes (la de los niños) y Santa Catalina (la de las niñas) en honor del autor del Quijote y de la hija de don Nicanor. El acta municipal señala que el día concluyó con un baile y un “espléndido lunch consistente en pastas, refresco y licores”. También señala que “al tomar la primera copa del espumoso champagne” el juez municipal recitó el siguiente poema:

Brindo por don Nicanor,

por su hija Catalina,

por su venerable hermana

y su querida sobrina.

A ti, Catalina hermosa,

por tu inmensa caridad,

mil años te guarde el cielo

por tu excesiva bondad.

Lo que te debe este pueblo

bien de manifiesto está.

Y los hijos de Mestanza

mil y mil gracias te dan.

                Los maestros tenían sueldos bajos. Tanto que el saber popular acuñó la triste y expresiva frase: “Pasas más hambre que un maestro de escuela”. Pese a todo, su esfuerzo y dedicación se veían recompensados por el sincero agradecimiento de muchos padres, que les ofrecían miel, unos huevos o algo de queso. El maestro enseñaba a leer, a escribir, las cuatro reglas, algo de geografía e historia. Las aulas tenían pupitres dobles, para dos alumnos, que eran mesa y asiento a la vez. Enfrente estaba la pizarra, el crucifijo y los símbolos del Estado (un retrato del Rey o de Franco, según la época). Como es natural, no había calefacción. Tan solo el maestro disponía de un brasero. Los niños, para calentarse, cogían un tizón de sus casas o de la panadería y lo metían dentro de una vieja lata. Con eso tiraban como podían. La lata tenía unos agujeritos en la parte inferior para que ardiera mejor el rescoldo y un alambre largo en la parte superior para poder llevarlo sin quemarse las manos. En ocasiones, la lata hacía una mala combustión y el maestro decía: “A ver, que hay tufo” y mandaba al alumno al patio a solventar el problema.

Don Joaquín Rodríguez Borlado, que fue maestro de Mestanza entre 1888 y 1912, dejó escrito el siguiente poema dedicado a su profesión:

Levántase a las ocho o más temprano;

si no hay otro remedio, siempre ayuna

 y abre la escuela sin demora alguna

 en invierno lo mismo que en verano.

Él es la base del progreso humano,

de la sublime educación la cuna,

y aunque siempre carece de fortuna

bienes derrama por doquier su mano.

Enemigo del vicio y la ignorancia

abre al saber y a la virtud el camino

 con un celo y amor que nada trunca.

Y en premio a su trabajo y su constancia,

disfruta un sueldo por demás mezquino

 y se lo pagan tarde, mal y nunca.

Los datos han sido extraídos de los libros de Miguel Martín Gavillero: Mestanza, algo de su historia y Mestanza, tu pueblo y el mío; y de Rafael Muñoz Romero: Mestanza, entre la historia y la leyenda.

La cocina de Mestanza

El territorio de Mestanza y sus aldeas tiene unas peculiares características históricas y geográficas que han marcado el devenir de su gastronomía. Por un lado, destaca la impronta de los pastores trashumantes del norte de Castilla, que trajeron a nuestras tierras las migas o la caldereta. Por otro lado, su ubicación en las estribaciones de Sierra Morena nos ha legado la cocina propia de los serranos, con abundante caza de jabalís y venados.

Los pastores solían comenzar la jornada con unas migas. Se echaba aceite en un caldero y, cuando estaba caliente, se agregaban las migas de pan, muy bien picadas. Conforme se iban tostando se añadía agua y les daban vueltas una y otra vez conforme al dicho: “Las migas de pastor, cuantas más vueltas mejor”. Las migas eran la comida más común durante la época de la paridera, entre noviembre y diciembre. En un rebaño de mil ovejas podían parir unas ochocientas. Esto daba mucho trabajo y las migas eran una comida rápida y fácil de hacer. Con la llegada el calor, los pastores solían prepara diversos tipos de mojes. En Mestanza hay una gran querencia por estos platos sencillos que, como su propio nombre indica, se degustan mojando pan. Destacan el tumbalobos y la sobrehúsa, que comparten ingredientes: tomates, cebollas y bacalao desmigado.

Al terminar la paridera, con más tiempo libre, los pastores hacían mucho cocido. Por el día se echaban los garbanzos a remojo y por la noche se ponían a cocer en la lumbre. Si alguno se despertaba debía mirar la olla, para ver si se quedaban sin caldo. Y al amanecer, después de dar una vuelta al ganado, se almorzaba el cocido. Con las sobras se hacía una tortilla que era conocida como ropavieja. En mi casa es tradicional comer el cocido con pelluelas, una masa de pan rallado y huevos frita en abundante aceite con ajo y perejil. En Mestanza se suelen echar las pelluelas en leche hirviendo con azúcar, canela y cáscara de naranja.

Si se moría alguna oveja, lo más común era hacer salados. Tras desollarla y deshuesarla, se tenía la carne en sal durante dos o tres días, envuelta en su propia piel. Por último, se colgaba de una encina y a los pocos días estaba totalmente seca. Otras veces se hacía caldereta. Se echaba la carne, se cubría con agua y se ponía a cocer. Con una cuchara había que ir quitando la espuma. Y luego se echaban todos los condimentos: aceite, sal, pimentón, unos ajos machacados con mortero, guindillas y un poco de vino. Después se le daba vueltas hasta que apenas quedaba agua en el caldero. La gastronomía pastoril implicaba tener un fuego encendido de día y de noche. Al levantarse, los pastores echaban un par de leños de encina y prendían durante todo el día. Por la noche, removían con un hierro los tizones y echaban más leña.

El empedradillo (léase “empedraillo”) era un guiso de alubias con arroz al que se añadían pimiento, ajos y tomate. Se solía comer los viernes para guardar el precepto. Este plato tradicional aparece en el libro Valle de Alcudia (1962), de Vicente Romano y Fernando Sanz. Al llegar al cortijo de Sabas –en el Galayo Alto-, los viajeros se disponían a cenar. Entonces Sabas, levantando la tapa del puchero y moviendo su contenido, les preguntó: «¿Les gusta el empedraillo?». «¿Qué es eso?» interrogaron los viajeros. «Alubias con arroz. ¡Lástima que sea viernes y no pueda ofrecerles algo más sustancioso!».

Las criadillas o trufas blancas también aparecen en este libro memorable. Se trata de un manjar oculto en las entrañas del Valle de Alcudia. Los carboneros las buscaban con ahínco hurgando con sus palos en la hierba. Uno de ellos, Eliseo, explica a los viajeros: “Es difícil encontrarlas. Solo salen cuando llueve”. “Asadas están muy buenas” dice Gregorio, otro carbonero. Para hacer miguilla de hongos, se hacía un sofrito con las criadillas y se le añadía agua y miga de pan.

Los calandrajos eran uno de los platos más típicos de nuestro pueblo. Se trataba de un guiso de conejo o de bacalao al que se añadían unas tiras de masa de harina. Nuestros antepasados vieron una peculiar semejanza entre esas tiras de masa y los andrajos de las ropas, tan habituales antiguamente. De esa afinidad surgió el curioso nombre de esta comida.

El tiznao requería de horno de leña y brasas. Se asaban en el horno varias patatas, unos tomates, pimientos, cebollas y un par de cabezas de ajo morado. Al cabo de una hora, más o menos, se sacaban las verduras del horno y se hacía un majado con ellas, quedando una pasta cremosa. Mientras tanto, se ponían un par de tiras de bacalao desalado sobre un trozo de leña. Enseguida las brasas tiznaban el bacalao, que se desmigaba en lascas sobre el majado. El contraste del tizne negro con el blanco del pescado dio nombre a este plato singular que compensaba los aromas fuertes del ajo y el bacalao con la suavidad de las verduras. El pimiento y el tomate son la base de otros dos platos muy apreciados en Mestanza: el pisto y el asadillo. Además del bacalao, el otro pescado que entraba en el pueblo eran las sardinas arenques, baratas y nutritivas.

Las gachas de pitos están documentadas desde el siglo XV y se elaboran con harina de almorta. En una sartén se sofríe panceta, chorizo y unos dientes de ajo. Después se retiran del fuego y se añaden a la sartén la harina de almorta con pimentón. Se le va echando agua para cuajar la mezcla, dándole vueltas hasta que quede en su punto. Finalmente, se añaden los tropezones del sofrito. Las almortas tienen su leyenda negra. Durante los llamados “años del hambre” (al terminar la Guerra Civil), la población vio en la almorta un alimento recurrente para paliar la escasez de alimentos. Tanto se abusó en su ingesta que se multiplicaron los casos de calambres musculares, parálisis y afecciones hepáticas. Se llegó a tal extremo que el Gobierno prohibió la ingestión de almortas por Decreto del 15 de enero de 1944.

                Los galianos o gazpachos de pastor es un plato de la cocina del Quijote. Fueron inmortalizados por la pluma de Cervantes en aquel canto de Sancho a la vida sencilla: “Más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre”. Se trata de un guiso con carne de caza (perdiz, liebre o conejo) al que se añaden unas tortas de pan ácimo muy finas y desmigadas. Antiguamente, una de las tortas servía de cuchara. Otro plato cervantino son los famosos duelos y quebrantos. Bajo este nombre majestuoso se esconden unos sencillos y deliciosos huevos con torreznos que nuestro hidalgo degustaba todos los sábados: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”.

                La mayoría de estos platos estaban al alcance de todas las familias pues los ingredientes no costaban prácticamente nada. Era una cocina ligada a los productos de la tierra y a unos sabores básicos que reconfortaban el cuerpo y el espíritu. Unas migas, unas gachas o un tiznao son la decantación de las más viejas tradiciones castellanas y del espíritu de austeridad de nuestra tierra. Que vivan para siempre.