La mina romana de Diógenes

            Los romanos comenzaron la conquista de Hispania en el año 197 a.C. atraídos por su riqueza minera y agrícola. Las minas de plomo y plata del Valle de Alcudia llamaron enseguida su atención. En especial, la mina Diógenes, en el paraje de Las Tiñosas, junto a un rico filón de galena argentífera de hasta 3,5 kg de plata por tonelada de plomo. A finales del s. II a.C. los romanos ya habían construido un poblado (el denominado Diógenes I) y una fundición junto a la explotación minera. Este asentamiento poseía una posición privilegiada, a medio camino entre Sisapo (La Bienvenida) y Castulo (Linares), que eran los dos principales centros mineros de la región íbera de Oretania. Un epígrafe romano hallado en Castulo (del cual solo se conserva una copia del s. XVI) menciona la existencia de un camino entre ambas ciudades, que serviría para transportar el mineral desde Diógenes a través de Sierra Morena hasta el río Guadalquivir.

         En su amplio estudio La mine antique de Diógenes (1967), el arqueólogo Claude Domergue describe la enorme longitud de los pozos (de hasta 170 m de profundidad) y muestra su asombro por las trincheras excavadas para trabajar en superficie, cuyalucerna_ceramica_romana visión le resulta impresionante. El estudio también detalla un abundante material arqueológico: lámparas, ánforas, monedas y diversas cerámicas. Las lámparas de aceite (lucernas), que servían para iluminar las galerías más profundas, aparecieron en hornacinas excavadas en la roca. La presencia de monedas está relacionada con la existencia de mano de obra asalariada, lo cual significa que los mineros no eran esclavos en su totalidad. Con la circulación monetaria, la población de Diógenes entró en un circuito comercial propiamente romano. Con el salario obtenido, los mineros compraban vino y aceite -como reflejan las numerosas ánforas encontradas- o cerámicas de importación.

            Roma era la propietaria de Diógenes y concedía a un individuo o a una sociedad el derecho a explotarla a cambio de una renta. El acceso a la mina se realizaba a través de pozos verticales que daban acceso a las distintas galerías. Los mineros bajaban por unas escaleras de madera o mediante poleas. En las galerías, la ventilación era escasa y el aire estaba bastante viciado por el polvo de la roca. En ocasiones los túneles eran tan estrechos que su explotación debía hacerse con niños. Una de las principales preocupaciones de los ingenieros romanos era la inundación de las zonas situadas por debajo del nivel freático. Prueba de ello es el hallazgo más sorprendente de Diógenes: un tornillo de Arquímedes que yacía a 170 m de profundidad. Este artilugio, descrito por Estrabón, consistía en un largo eje de madera con chapas de cobre clavadas en espiral que, al ser girado, subía el agua desde las galerías a la superficie.

            Una vez extraída la mena (mineral antes de ser limpiado), las mujeres y ancianos procedían a triturarlo con martillos. Después se procedía al lavado de los restos para sisapoeliminar la ganga y dejar el mineral puro (la galena). Para este cometido se empleaban cajones de madera con cribas que se sumergían varias veces en el agua. Finalmente se fundía la galena para obtener plomo y plata. Los hornos de fundición estaban situados en la zona alta del poblado para evitar los humos nocivos. La galena fundida daba como resultado unas tortas de plomo que, tras separar la plata, se moldeaban en forma de lingotes para su transporte a Sisapo o a Castulo.

            El auge de la mina Diógenes finalizó a mediados del siglo I a.C. y el poblado fue abandonado. Diversos autores achacan esta decadencia a varios factores, como la competencia de las minas de plomo británicas, el agotamiento de algunos filones o la baja rentabilidad de la explotación debido a su difícil acceso. No obstante, un siglo después, se levantó un segundo asentamiento (el denominado Diógenes II) al oeste del anterior. Este nuevo poblado, más modesto que su antecesor, reanudó la extracción de galena durante varias centurias más, hasta caer en el olvido con la invasión de los pueblos germánicos a principios del siglo V.

            No me deja de sorprender que mi abuelo trabajara en la mina Diógenes veinte siglos más tarde. Tras terminar la Guerra Civil había pasado dos años en un campo de diógenes 1944prisioneros del norte de África. Regresó a Mestanza en junio de 1942. La mina acababa de reiniciar su actividad con la instalación de un lavadero de minerales. En 1943 comenzó a trabajar como entibador. Era un oficio peligroso. Mi abuelo, como todos los mineros, sabía que enfermaría de los bronquios y moriría joven. Con solo once años había visto morir a su padre de silicosis. Pero los salarios eran mejores y garantizaban el sustento de las familias. Todas las mañanas una cuadrilla de mineros recorría a paso ligero los ocho kilómetros que separan Mestanza de Diógenes. Y otros ocho de vuelta tras finalizar la jornada. Mi abuelo extrajo galena de aquellos viejos filones romanos durante ocho años. En 1951 se trasladó a la mina La Extranjera, cambiando el plomo por el carbón.

            El antiguo balneario de Las Tiñosas está oculto en un bosque de grandes pinos, álamos y olmos. Es fama que sus aguas curan enfermedades de la piel. Los mineros de tiñosas 3Diógenes pasaban temporadas en unas casas cercanas conocidas como “los cuartelillos”. Las hileras de casas se hacinan en un saliente. Son muy bajas y pequeñas, a menudo no más de una pieza y la cocina. Un agradable camino conduce a la famosa fuente agria. Un bello templete de madera, que antaño lucía un tejado de pizarra, cobija la fuente. Está cubierta de óxido y verdín. El agua tiene un fuerte sabor ferruginoso. Otro camino asciende al balneario entre chopos y castaños. En el patio principal hay una pequeña piscina semicircular con gradas de ladrillos carcomidos. En el centro se encuentra el manantial. Un banco de mampostería, protegido por un porche, recorre las paredes. Aunque lleva derruido muchos años, yo me bañé en sus aguas heladas siendo muy niño, allá por 1980.

            La mina Diógenes cerró en 1979. Fue la última de la comarca. Del poblado moderno ya solo quedan ruinas. Ahora es solo una finca de ganado. Todavía se puede caminar por la calle principal, ancha y sin empedrar. Quedan restos de lo que un díabalneario_las_tinosas_foto_vicente_luchena fueron el economato, el cuartel de la Guardia Civil, la fonda, la residencia de ingenieros o el casino. Incluso un cine. Solo la iglesia se conserva en buen estado. Cada 12 de mayo, los antiguos vecinos y sus descendientes se reúnen aquí para celebrar la romería de la Virgen de las Minas. Vienen de Madrid, Valencia o Santander. En su DNI no figura que nacieron allí, porque el pueblo ya no existe. Comparten migas manchegas y recuerdos, alegrías y tristezas, nostalgia de lo que fue Diógenes. Una cruz de madera porta una corona de laurel con una banda que reza: “En recuerdo de los que ya no están”.

tiñosas 1
Cuartelillos de Las Tiñosas
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Iglesia de Diógenes
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El Día de los Santos

¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

G.A. BÉCQUER, Rimas y Leyendas

                  Todo el mundo sabe que la noche de Santos a Difuntos los muertos regresan a casa para cenar. Desde hace siglos, los mestanceños han evitado este reencuentro estatua cementeriotapando con gachas las cerraduras de sus puertas. Además, para asegurarse de que ningún alma en pena entraba en sus hogares, solían embadurnar las fachadas con una pasta roja de arcilla. Esta tradición es una reminiscencia del libro del Éxodo. Durante la décima plaga de Egipto, Dios había ordenado a los hebreos marcar sus puertas con la sangre de un cordero. De esta forma, el ángel de la muerte no penetraría en sus casas para matar a los primogénitos. Otra de las costumbres de la noche de Difuntos era poner velas en las habitaciones menos frecuentadas de la casa. El pabilo iluminaba los muebles severos de la estancia vacía, resaltando la ausencia de los que habían vivido y ya no estaban. El blog Dextrangis destaca otra curiosa tradición: la de mirarse la sombra en la mañana de los Difuntos. Al parecer, si la sombra tiene adosada la cabeza, puedes estar tranquilo, pues no morirás en el año siguiente.

                  El mundo de los fantasmas y los espíritus errantes siempre ha estado presente en nuestro pueblo. Ya en el siglo XVIII existía la Cofradía de las Benditas Ánimas del Purgatorio, cuyo cometido era sufragar misas y rezos para que las almas en pena encontraran la paz eterna. Pedro Almodóvar recogió en su película Volver (2006) la volvercotidianidad de los aparecidos en nuestra comarca. Cuando se estrenó en Puertollano, el director afirmó: “Es una película sobre la cultura de la muerte en mi Mancha natal. Mis paisanos la viven con una naturalidad admirable. El modo en que los muertos continúan presentes en sus vidas, la riqueza y humanidad de sus ritos hace que los muertos no mueran nunca”. El libro Mitología y superstición en la Mancha (2014) recoge varios testimonios acerca de aparecidos en nuestro pueblo. Ramona Sánchez afirmaba que “a su prima Antonia, que vivía en Mestanza, se le aparecía un primo hermano para que pidiera a la familia que lo trasladaran a la tumba donde estaban sus padres porque en la suya se sentía muy solo”. Basilio Limón contaba que “a su prima Luisa se le aparecía su abuela y le pegaba bofetadas y tirones de pelo para que cumpliera no sé qué promesa”.

                  El cementerio es el escenario donde, al menos una vez al año, los vivos honran a sus muertos. En el Día de los Santos, se mantiene imperturbable el rito de limpiar las cementerio 2lápidas y poner flores a los que se fueron. Las mujeres barren entre las tumbas mientras charlan. Echan las hojas al pasillo central. La vida y la muerte van de la mano. El actual cementerio se construyó en torno a 1834. El Libro de Defunciones señala que ese año “se enterró en el Campo Santo de esta villa” y el Diccionario de Pascual Madoz (1848) dice que “en las afueras se halla el cementerio que no perjudica a la salud”. Con anterioridad a esa fecha, los muertos eran enterrados en los alrededores de la iglesia. Hasta hace poco existía un muro terrero en la calle que baja desde la iglesia a la plaza. Si te acercabas un poco, podías ver que estaba lleno huesos.

                  Hoy día la fiesta de Halloween se ha impuesto a la tradicional celebración del Día de los Santos. El nombre es una contracción del inglés All Hallows´Eve, en español halloween“Víspera de Todos los Santos”. Su origen parece ser la fiesta celta de fin del verano llamada Samhain. El famoso “truco o trato” y las calabazas demoniacas han ido arrinconando, poco a poco, a las representaciones de Don Juan Tenorio y a los huesos de santo. Por este motivo, Halloween tiene muchos detractores. En mi opinión, ambas celebraciones son compatibles. Es sumar una fiesta, no dejar de celebrar otra. La asimilación de otras culturas es algo normal, necesario y beneficioso. En especial, Halloween es una fiesta que aporta alegría, diversión y pasar un buen rato con los amigos. Por si fuera poco, a los niños les encanta.

                  Nunca es un mal momento para divertirse.

 

 

 

El Cerro del Mosquito

A los mestanceños de la XVI Brigada Mixta.

            En julio de 1937, la 16 Brigada Mixta fue destinada al Frente de Madrid para participar en la gran ofensiva de Brunete. En esta batalla, que se desarrolló entre el 5 y el 26 de julio de 1937 con temperaturas elevadísimas, se enfrentaron unas fuerzas republicanas de 80.000 hombres contra un contingente franquista de brunete la nueve60.000 soldados. Los consejeros militares soviéticos habían convencido al nuevo jefe de gobierno, Juan Negrín, y al ministro de defensa, Indalecio Prieto, para que desencadenasen una ofensiva cerca de Madrid, con objeto de aliviar la presión rebelde en el Cantábrico y sobre la capital. El mejor estratega republicano, Vicente Rojo, planeó la operación. Atacarían por Brunete, un pueblo a treinta kilómetros de Madrid, en medio de un llano carente de defensas naturales, que los nacionales tenían casi desguarnecido. El 5 de julio, varios regimientos penetraron con sigilo en territorio enemigo y atacaron Brunete por la retaguardia, al mismo tiempo que otros lo hicieron de frente. El pueblo cayó a media mañana, vencida la resistencia de sus escasos defensores. Las tropas republicanas, apoyadas por carros de combate y abundante artillería, abrieron una amplia brecha en las líneas nacionales. Franco se vio obligado a enviar tropas del norte (lo que ralentizó la conquista del Cantábrico), pero a los dos días logró taponar la brecha. Como señala Juan Eslava Galán, lo que vino a continuación fue el clásico forcejeo de carnero, cada ejército quemando material y hombres contra el otro.

          El día 9 de julio, tras conquistar Villanueva de la Cañada, la 16 Brigada Mixta acudió en auxilio de la XV brigada angloamericana que llevaba el nombre del legendario Lincoln. Ante su línea de avance se encontraron con un altozano que los lincoln batallionbrigadistas bautizarían como el Cerro del Mosquito, por el característico ruido de las balas. Aquí tendrían lugar los combates más espantosos de la batalla de Brunete. Ambas brigadas pasaron a depender del coronel húngaro János Gálicz, más conocido como el General Gal. Todas las crónicas le señalan como el oficial más misterioso e incompetente de las brigadas internacionales. Unos hablan de su mal carácter, otros de sus delirios de grandeza. Lo que parece cierto es que sus tácticas suicidas provocaron un número de bajas intolerablemente alto. En su obra Por quién doblan las campanas, Hemingway fue tajante: “De ser cierto la mitad de lo que se decía de él, merecía que lo fusilaran. Y aunque solo lo fuese el diez por ciento”. Al terminar la guerra fue ejecutado en Moscú por orden de Stalin.

          Durante varios días, la 16 y la Lincoln trataron de tomar el cerro, pero la aviación alemana lo hacía imposible. Uno de los primeros en caer fue Oliver Law, el oficial negro que mandaba el batallón Washington. Sería enterrado allí mismo bajo el epitafio: “Aquí yace Oliver Law, el primer americano negro que mandó a los americanos blancos en combate”. El parte de operaciones del 11 de julio destaca:

Los insistentes ataques se han visto paralizados varias veces por las frecuentes visitas de la aviación enemiga, que ha ametrallado y bombardeado las líneas y fuerzas republicanas con saña. Además de los muertos y heridos, existe un alto número de soldados evacuados en estado de agotamiento físico y nervioso.

Los cazas alemanes se lanzaban en vuelo rasante ametrallando a las tropas republicanas, mientras los brigadistas, tumbados de espaldas, trataban infructuosamente de alcanzarlos con sus fusiles. Mi abuelo recordaba aquel monoplano compacto, elegante y de un solo motor que se movía con una celeridad sin precedentes. Era el Messerschmitt Bf-109, que estaba haciendo su debut en combate. Este caza se convertiría en el mortífero pilar de la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial. El brigadista Harry Fisher recordaba:

Primero se escuchaba el chirrido terrible de las bombas mientras caían desde los aviones, después el rugido de las explosiones y finalmente el silbido de los trozos de metralla que pasaban volando por encima nuestro (…) Cuando ya habían soltado todas sus bombas, los aviones volvían, ahora para ametrallarnos…

        El día 12 de julio los republicanos reciben órdenes de mantener las posiciones alcanzadas en el Cerro del Mosquito. A partir de ese momento, la 16 Brigada intentó resistir en la loma en condiciones extremas. Durante dos semanas proseguirían los combates para intentar mantener las líneas. Dos semanas sin poder lavarse ni apenas dormir, sintiendo día y noche sobre sus cabezas el ruido de los aviones y el estampido de los obuses. El parte de operaciones del día 19 de julio muestra claramente la tensión de todo un día de combate, desde la madrugada hasta la noche:

Frustrado el contraataque republicano de la madrugada, al poco se inicia la acción ofensiva del enemigo sobre el subsector de la 16 brigada (…) Se inicia a las 10 horas y a las 13 adquiere un carácter violentísimo (…). A las 19:30 comunica la 16 brigada (…) que está recibiendo un violento ataque enemigo. Inmediatamente se ordena a la artillería que abra fuego de barrera delante de las líneas de esta brigada y a los tanques que apoyen su acción defensiva, pero a pesar de estas medidas la 16 brigada se ve obligada a retroceder (…). La 16 brigada pasa al contraataque en torno a las 21 horas.

          Pero quizá lo peor era el calor y la carencia de agua. Hasta el Guadarrama bajaba seco. Los tanquistas se consumían de sed dentro de sus carros de combate mientras los artilleros, para refrigerar sus ametralladoras Maxim, orinaban dentro de las camisas de enfriamiento que rodeaban los cañones. El sol era tan fuerte que carro t26algunos soldados experimentaron una especie de ceguera de la nieve en la que todo se veía blanco. Las bombas y la metralla incendiaban la hierba y los matojos secos. El comisario George Aitken recordaba como “caía casi todo el mundo medio muerto por la fatiga, con el calor, la sed y la falta de comida”. El explorador Frank Graham relataba: “Estábamos extenuados, el calor era terrible. Tuvimos pérdidas terribles. No podíamos conseguir agua para la tropa”. La sed era tan fuerte que los soldados cavaban agujeros en el lecho seco de un arroyo, para beber un agua turbia que, como dijo un soldado, sabía a mula muerta. Apareció la diarrea. Los apretones eran tan súbitos y repetidos que algunos hombres se cortaron los pantalones para poder responder a tiempo. El enfermero Menai Williams recordaba aquel arroyo: “Tuve mucha gente que murió yendo al puesto de socorro que yo tenía en el Cerro del Mosquito (…) en el lecho de un río seco (…). Pedían a gritos agua. Estaban muriéndose”.

        La contraofensiva franquista fue implacable. El general Varela sabía lo delicado de la situación y exigió las mejores y más numerosas unidades del ejército rebelde. En la llanura, los carros de combate republicanos T26 eran un blanco fácil para la aviación. La mitad fueron destruidos o capturados. Desde el aire, los bombarderos Junker 52 y los cazas Heinkel 51 bombardearon y ametrallaron las trincheras enemigas mediante el sistema de “cadena”: una circunferencia de avionesPolikarpov-102 El chato que iba rotando de manera que siempre había uno disparando. Ni los Chatos ni las Moscas soviéticos pudieron hacer nada contra ellos. El parte de operaciones del día 23 de julio informa de que “la 16 brigada (…) empujada por el ataque enemigo fuera de sus líneas de vanguardia, las (…) ha tenido que abandonar combatiendo”. El parte de operaciones del día siguiente señala que “un fortísimo ataque (…) consigue derrumbar (…) las líneas (…) de la 16 brigada”. Mi abuelo y sus compañeros se retiraron finalmente el día 25 de julio. Como señala Antony Beevor, atrás quedaba una zona cubierta de cadáveres ennegrecidos, hinchados, pudriéndose al sol porque los camilleros no daban abasto para recogerlos.

          La ofensiva de Brunete no cumplió los objetivos previstos y la 16 Brigada se retiró del Frente de Madrid para ser trasladada al Frente de Aragón. El día 25 de julio, Wolfram von Richthofen, comandante de la Legión Cóndor, anotó en su diario:

Todos los ataques rojos han sido rechazados. Incontables rojos muertos se descomponen al sol. Hay tanques rojos fuera de combate por todas partes. ¡Qué gran panorama!…

4.1.2
Messerschmitt Bf 109

Las abejas, la miel y la cera

Mestanza tiene una gran tradición apícola desde la Edad Media. Así lo atestigua la mención al colmenar del Burcio en el Libro de la Montería (siglo XIV). apicultura edad mediaLas colmenas proporcionaron miel y cera a nuestros antepasados, cuando ambas sustancias eran mucho más importantes de lo que son hoy en día. La miel era muy apreciada tanto por su sabor dulce como por sus propiedades medicinales. Este “oro dulce” fue durante muchos años el único edulcorante conocido, pues el azúcar era un producto de lujo que no se popularizó hasta el siglo XIX. Su uso aún pervive en alguno de nuestros dulces típicos como las flores con miel. También los famosos papajotes que popularizó nuestra vecina Orosia tienen en la miel una de sus versiones más sabrosas. La cera, por su parte, tenía una importancia esencial para la Iglesia, debido a la creencia de que las abejas eran vírgenes y, por tanto, la cera producida por ellas era la sustancia más perfecta para alumbrar a la divinidad. Las velas estaban presentes en todos los ritos, en especial los relacionados con la liturgia, la muerte y la protección de las personas. Las Ordenanzas de la Cofradía de San Pantaleón(1784) establecían que todos los cofrades debían acudir a la misa y a la procesión con una vela encendida “para mayor decencia del glorioso santo”. Había además un hermano depositario de la cera cuyo principal cometido era poner velas a disposición de los cofrades para asistir al entierro de los hermanos que fallecían.

El Catastro de Ensenada (1751) nos muestra la enorme importancia de la apicultura para nuestros antepasados. En el término de Mestanza se contabilizaron 2.741 colmenas, superándose las cifras de otros pueblos más grandes como Almadén, Almodóvar o Puertollano. Según el Catastro, de los 457 vecinos de Mestanza, un total de 91 –un 20%- poseían colmenas. En primavera, estos vecinos recogían todos los enjambres posibles. Durante esta época del año, las abejas obedecen el impulso de panaldividirse en varios enjambres y criar una abeja reina para la nueva colonia. Para criar a la reina, las abejas obreras -hembras con su capacidad sexual atrofiada- escogen un huevo fértil recién puesto, de los que se convertirían en una de sus hermanas obreras, y alimentan la larva que se está desarrollando en su interior con jalea real, una secreción que ellas mismas fabrican. Es única y exclusivamente este elixir lo que crea una abeja reina. Nada más nacer, la reina es espoleada por las abejas obreras para que salga de la colmena y se eleve por el cielo en el llamado vuelo nupcial. Rodeada de zánganos –abejas macho- se apareará diez o más veces seguidas, garantizándose una reserva de espermatozoides de por vida, que usará para fecundar los huevos que ponga en el futuro. Los zánganos son abejas grandes, corpulentas y peludas. No están capacitados para abastecerse de néctar o polen, ni tienen aguijones para defender la colonia. Su papel exclusivo es aparearse con la reina virgen. El macho, una vez terminada la cópula, cae al suelo sin vida: ha completado su función en la colonia.

Para recoger un enjambre, nuestros ancestros construían una colmena de corcho y la colocaban sobre un cúmulo de abejas. Dentro de la colmena ponían un trozo de panal para que las abejas lo olieran y comenzaran a entrar. Lo más colmena corchoimportante era que entrara la reina, pues sin ella el enjambre moriría. Las abejas fabrican miel con el néctar de las flores. Llegan a alejarse hasta 3 km de sus colmenas en busca de alimento, y encuentran muchos tipos de flores, aunque en Mestanza sus fuentes predilectas son el romero, el madroño, el tomillo, el cantueso y la encina. El néctar de las flores contiene más de un 80% de agua, y sus azúcares son complejos. Para fabricar miel, las abejas tienen que evaporar el agua y descomponer los azúcares en formas más simples. Cuando recolectan el néctar, lo succionan con sus lenguas largas y lo almacenan en un saquito llamado “estómago de la miel”. Cuando está lleno, vuelan de vuelta a las colmenas y traspasan el néctar a otras abejas más jóvenes, encargadas de extenderlo, gota a gota, por los panales de la colmena. Durante este proceso, las abejas le añaden unas enzimas que descomponen los azúcares complejos en otros simples. El agua del néctar se evapora poco a poco, pero las abejas aceleran el proceso batiendo las alas y creando corrientes de aire que van desde la entrada de la colmena, en la parte inferior, hasta los agujeros de ventilación superiores. Cuando la mayor parte del agua se evapora del néctar, las abejas tapan cada celdilla de miel con unas láminas de cera blanca segregadas por sus cuerpos.

Mi antepasado Juan Francisco Núñez, que vivió a mediados del siglo XVIII, poseía 33 colmenas que le rentaban 132 reales al año -4 reales por colmena-. Me gusta imaginarlo en otoño, ahumando las colmenas para aturdir a las abejas y poder utilesasí extraer los panales. Los apicultores de esa época solían cubrirse la cabeza con una chaqueta y metían las perneras de los pantalones entre los calcetines para que las abejas no se enredasen en el pelo, ni se introdujeran por el cuello o las piernas. Se consideraba muy importante no ponerse nervioso y realizar movimientos lentos y suaves para evitar el ataque de sus aguijones. Para que la miel saliera sin dificultad era necesario estrujar los panales con las manos al poco tiempo de extraerlos de la colmena, cuando todavía estaban calientes. De este modo la cera quedaba convertida en bolas y la miel caía a un recipiente colocado debajo. A menudo en este recipiente se ponía un colador para recoger los residuos que llevan los panales (abejas muertas, larvas, etc.) y dejar así la miel limpia.

En su libro clásico La vida de las abejas (1901), el escritor belga Maurice Maeterlinck describió la inquebrantable abnegación de las abejas y el misterioso deber que las anima. Concluyo con una de sus frases: “Si una inteligencia ajena a nuestro globo viniese a pedir a la tierra el objeto más perfecto de la lógica de la vida, habría que presentarle un humilde panal de miel”.

Antiguas leyendas

A don Santiago Buendía, alcalde de Mestanza

            Hace unos días el Ayuntamiento de Mestanza me concedió una placa en reconocimiento a mis artículos sobre la historia del pueblo. Fue un honor enorme recibir este homenaje. No hay en el mundo mejor obsequio ni mayor orgullo. Mi discurso de agradecimiento trató acerca de las antiguas leyendas que solía contarme mi abuelo cuando era niño. Eran leyendas de bandoleros, guerreros moros y tesoros escondidos que fueron decisivas en mi formación y que aún hoy me siguen fascinando.

            No hay que tomar a broma los cuentos de nuestros abuelos. La ciudad de Troya era considerada una invención literaria del poeta Homero, porque los arqueólogos no habían encontrado ninguna prueba que pudiera demostrar su existencia. Sin embargo, Heinrich Schliemann, motivado desdetesoro niño con las lecturas que su padre le hacía de La Ilíada, creyó ciegamente en la existencia real de esa ciudad “inventada” y, contra todo pronóstico, la encontró. Siempre tengo presente a Schliemann cuando subo al cerro del castillo. Una de las leyendas de Mestanza tuvo lugar en este lugar. Un hombre se encontraba arando cuando, de pronto, notó que a su arado le costaba avanzar. Azuzó a los animales para que tiraran con más fuerza y, para su sorpresa, vio como el arado sacaba de la tierra una vasija repleta de oro.

            La historia de Mestanza está sazonada con multitud de relatos de esta índole,pedriza quién sabe si reales o no. Algunos aseguran que en la pedriza de la sierra de La Posadilla yace un tesoro oculto a la espera de ser encontrado. Otros afirman que algún antepasado suyo encontró monedas de oro escarbando en el corral de su casa. Nuestros abuelos creían en la existencia de un túnel que conducía desde el castillo a las afueras del pueblo. El gran periodista Manu Leguineche decía que nuestra historia se presta a la existencia o a la imaginación de túneles y subterráneos, necesarios para huir de la quema y esconder tesoros.

 

            De todas las historias que me contó mi abuelo, mi favorita era la de un bandido de Mestanza conocido como El Castor. Su cuadrilla había robado un tesoro fabuloso. Hay casa de don Juanquien dice que se trataba del famoso tesoro de don Juan, cuyo robo acaeció el 13 de octubre de 1873 en Torre de Juan Abad. Caía la noche cuando una partida de jinetes irrumpió en dicho pueblo, amenazando a los vecinos para que permanecieran encerrados en sus casas. Tras coger al alcalde como rehén, asaltaron la casa de don Juan Tomás de Frías y le exigieron que entregara todas las monedas de oro que tenía guardadas. Al parecer, don Juan negó poseer tal tesoro, pero los asaltantes derribaron paredes, rompieron cerraduras y forzaron candados hasta que dieron con él. Había tal caudal de monedas que fueron necesarias nueve mulas para trasportarlo. Es fama que, tras huir los bandidos, don Juan preguntó a sus criados si habían llegado a un odre concreto –el “pellejo del chirro”-. Estos le respondieron que no lo habían tocado, a lo que don Juan exclamó: ¡Bah, entonces seguimos siendo ricos!”.

 

            Tras el robo, al verse hostigada por la guardia civil, la cuadrilla decidió separarse. El Castor huyó a Mestanza a galope tendido con los civiles pisándole los talones. En el camino del puerto, se encontró con un pariente suyo, zapatero para más señas, que iba a castorPuertollano a comprar aperos. Al verse acorralado, decidió confiarle el botín para que lo guardara hasta su regreso. Finalmente, los guardias lograron apresarle en las afueras del pueblo y fue encerrado en el Penal de Cartagena. En la soledad del calabozo, El Castor pasó el resto de su vida soñando con el tesoro que le aguardaba en su pueblo. El recuerdo de las monedas de oro hizo menos crudos sus días y más livianas sus noches. Muchos años después, ya viejo y enfermo, El Castor regresó a Mestanza. Nadie sabía nada del zapatero ni del tesoro. Desesperado, vagaba por las calles como un alma en pena, preguntándose que había sido de su tesoro. ¿Acaso había perdido su vida en una mazmorra lúgubre para nada? Mi abuelo contaba como una mañana, en la penumbra del alba, un hombre caritativo le entregó una soga y le dijo: “Aquí tienes tu tesoro”.

discurso

 

Nava de Riofrío, el pueblo fantasma

 “Hay pueblos que saben a desdicha”.

JUAN RULFO, Pedro Páramo

 

La Nava de Riofrío es un paraje de una belleza extraordinaria. Como su propio nombre indica, se trata de una nava –tierra más o menos llana rodeada de montañas- a orillas del río Jándula, más conocido como Riofrío por los lugareños. A principios del siglo XX, la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya puso en 012explotación varios filones de zinc y plomo argentífero sobre los restos de antiguas fundiciones de la época romana. Pero fue en los años veinte cuando la explotación alcanzó tales dimensiones, que fue necesaria la construcción de un poblado para los mineros y sus familias. En 1923 se creó el pueblo de Nava de Riofrío, bajo la supervisión del ingeniero de minas José Agudo. De la noche a la mañana se levantaron más de 200 viviendas, una iglesia en honor a San José, escuelas, centros de recreo, un hospital y un economato. Las calles, con sus nombres 010grabados en porcelana, eran amplias y arboladas. Presidía el pueblo una enorme plaza –la plaza de España- donde velaba por el orden público un cuartel de la guardia civil. El pueblo disponía de agua potable y de energía eléctrica suministrada por la Central de Calatrava de Puertollano. Como colofón, la sociedad construyó una carretera de 27 kilómetros que, desde Mestanza, se adentraba en la sierra hasta alcanzar el coto minero.

Todo parecía ir viento en popa. En marzo de 1927, el nuevo pueblo incluso solicitó su segregación de Mestanza y se abrió una suscripción popular para conceder la medalla del trabajo a su fundador, el ingeniero José Agudo. Pero un 011pequeño microbio llamado Plasmodium dio al traste con las brillantes expectativas del naciente poblado. A finales de ese año, más de la mitad de sus 703 habitantes estaba infectado de paludismo. A los Plasmodium les encantan los mosquitos Anopheles, porque su picadura los introduce directamente en el torrente sanguíneo de sus víctimas antes de que sus defensas se den cuenta. Y la Nava de Riofrío estaba plagada de Anopheles. La compañía instaló un dispensario de quinina y un laboratorio para realizar un seguimiento del paludismo. Sus libros contables muestran la espeluznante evolución de la epidemia: si en 1928 se gastaron 10.071 gramos de quinina, en 1929 los gastos habían ascendido a 86.902 gramos. Y en 1930 subieron aún más, hasta los 91.415 gramos.

A media hora a pie se encuentra la explotación minera de la Hoz de Riofrío. Desde las cuevas del Chorrillo (1.061 m), las pinturas rupestres trazadas 234hace 5.000 años fueron testigos mudos de la llegada del “progreso” a aquel valle perdido en medio de Sierra Madrona. Hoy día podemos ver las ruinas de la mina Los Pontones con sus lavaderos de flotación circulares que separaban la mena de la ganga. La proporción de mena era de dos tercios de blenda (sulfuro de cinc) y un tercio de galena (sulfuro de plomo) con unos 300 gramos de plata por tonelada. El año de máxima actividad debió ser el de 1930. Fue el año en que Mestanza alcanzó el 236mayor pico de población de su historia, con 5.050 habitantes[1], de los cuales 813 habitaban en la Nava de Riofrío. No obstante, al año siguiente, la bajada de los precios del mineral provocó el despido de los primeros trabajadores, varias huelgas y finalmente el cierre definitivo de las minas el día 1 de agosto de 1931. En pocos años, como si hubiera sido azotada por una plaga bíblica, la Nava de Riofrío se despobló completamente. La maleza invadió las casas. El viento arrancó los quicios de las puertas y las ventanas. La lluvia descuajó los tejados y derruyó las paredes de barro. Hoy apenas se ven algunas ruinas de aquel floreciente y efímero poblado minero. Es un pueblo fantasma desterrado de la memoria de los hombres.

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Su cementerio tiene un tamaño enorme. Está completamente comido por la maleza, pero llaman la atención sus majestuosos cipreses. Estuve allí en primavera. Tras saltar una tapia derruida me adentré en su maraña de lentiscos, jaras y romero hasta llegar a la parte central, donde se alza una cruz de hierro. Junto a un muro de barro encontré una lápida cubierta de liquen que rezaba:

María Robles de Hinojosa

Falleció el 3 de diciembre de 1927

a los 32 años.

RIP

Tu esposo e hijas no te olvidan.

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Quizá fue una de las primeras víctimas del paludismo. Regresé de nuevo a la cruz central y vi una segunda lápida muy pequeña, rota. Su inscripción decía así:

El niño

Marianito Rubio Pareja

subió al cielo el 2 abril 1928

a la edad de 7 meses.

Tus padres no te olvidan.

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El viento mecía las hojas de los sicómoros. El cielo amenazaba tormenta. Se escuchaban truenos al otro lado de la sierra. Abandoné el cementerio y su memoria de piedra sepultada por la maleza. Atrás quedó la cruz de hierro, como un guardián que nunca duerme, vigilando el silencio del camposanto. Atrás quedaron los restos del niño Marianito y de la joven María, olvidados del mundo para siempre.
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[1] La distribución era la siguiente: Mestanza, 2.187 habitantes; El Hoyo, 983; El Tamaral, 362; Nava de Riofrío, 813; otros (pastores en chozos, caseríos, casas aisladas, etc.), 703.

Nuestros antepasados

Pensar en nuestros antepasados es constatar la inmensa fortuna de existir. Durante siglos, nuestros ancestros de ambas ramas estuvieron lo bastante sanos para vivir, encontrar una pareja y reproducirse. Ninguno pereció de una enfermedad, de hambre o herido en una guerra antes de cumplir con su objetivo vital: entregar una pequeña carga de material genético a la pareja adecuada en el momento oportuno para perpetuar la única secuencia posible de combinaciones hereditarias que pudiese desembocar en nosotros.

Poco o nada se sabe de mis antepasados. Las referencias escritas de sus vidas se
limitan al registro de su nacimiento, matrimonio y defunción. Pasaron de puntillas por la pila bautismal (s.XVI)historia aplicando con esmero el consejo que Epicuro daba a sus discípulos: Lathe Biósas –pasa desapercibido mientras vivas-. La puerta de la iglesia de San Esteban, sobre la cual campea el escudo de la Orden de Calatrava, fue durante siglos un testigo mudo de sus vidas. Bajo su arco de piedra cruzaron recién nacidos para ser bautizados, por allí salieron con la felicidad del matrimonio recién contraído y, finalmente, fue esa vieja puerta la que dio el último adiós a sus féretros.

Hace unos años realicé el árbol genealógico de mi familia hasta el siglo XVI. índiceAl principio de la investigación descubrí con gran frustración que habían desaparecido todos los libros de bautismos, matrimonios y defunciones anteriores al siglo XIX. Por fortuna, encontré un Índice General Alfabético de Matrimonios realizado en 1860 por el párroco don José Arenillas. Este libro sumamente peculiar, registraba por orden alfabético todos los matrimonios habidos en Mestanza durante tres siglos y medio, desde 1607 hasta 1860. Piénsese en el enorme esfuerzo que le debió suponer a dicho párroco transcribir, uno a uno, y por orden alfabético, todos los desposorios celebrados a lo largo de 350 años. Allí estaban anotadas, con rigor matemático, las nupcias de mis antepasados hasta llegar a los primeros años de 1600, cuando un tal don Tomás Núñez, hijo de don Juan Núñez, contrajo matrimonio con doña Magdalena Ruíz de Córdoba.

Es imposible saber cuándo y en qué circunstancias llegó a Mestanza el primer Núñez. Lo más probable es que fuera uno de tantos castellanos del norte peninsular que PuertaMestanzarepoblaron el Valle de Alcudia durante el siglo XIII tras la expulsión definitiva de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212). Muchos de los apellidos más comunes del pueblo delatan su lugar de procedencia: los Buendía de Cuenca, los Pareja de La Alcarria, los Molina de Guadalajara, los Aranda de Burgos o los Vozmediano de Soria. No obstante, hay otras opciones. Pudo ser uno de los guerreros bereberes de la tribu Mestasa que dieron nombre al pueblo en el siglo VIII. O uno de los visigodos de estirpe escandinava que ocuparon la región en el siglo V. O un oretano germánico de aquellos que citaba Plinio el Viejo[1]. Remontándonos en el tiempo, no es descartable que fuera uno de los cazadores que dibujaron figuras abstractas en las cuevas de Riofrío hace 5.000 años. Pero todo son hipótesis. El Núñez más antiguo del que se tiene constancia escrita es el citado Juan Núñez, que nació en el último tercio del siglo XVI, bajo el reinado de Felipe II.

El Catastro de Ensenada (1751) ilumina algunos datos de otro de mis
antepasados. Juan Francisco Núñez era tataranieto de aquel primer Juan Núñez que
vivió en el Siglo de Oro y sería el tatarabuelo de mi tatarabuelo Francisco Núñez, del que hablaremos a continuación. Parece ser que vivía con su mujer Jerónima Robisco y sus hijos en lo alto de la calle del Castillo. Su casa habría hecho las delicias de los escritores románticos, pues estaba situada junto a las ruinas del castillo medieval y por encima de la Casa de las Ánimas, propiedad de la Cofradía de las Benditas Ánimas del Purgatorio. El Catastro también arroja otro dato curioso: poseía 33 colmenas.

Mi tatarabuelo Francisco Núñez nació en 1848. Vivió con su mujer Juana Correal (n. 1850) en el Calvario, frente a la antigua Capilla de San Sebastián, hoy desaparecida. Allí nacieron sus cuatro hijos: Antonio, Margarita, Miguel (al que apodarían “el Grande” al regresar de la Guerra de Cuba) y mi bisabuelo Félix (al que debo mi nombre). A principios del siglo XX, Francisco fundó la calle del Telégrafo. Así lo indica un documento municipal. Al principio sólo existía una vereda que conducía al telégrafo desde el Calvario, pero la decisión de Francisco de construir una casa frente a la de Cristóbal Pellitero dejando la vereda en medio, le otorgó rango de vía. En abril de 1902 el Ayuntamiento procedió a la apertura oficial de la nueva calle pública ampliando el ancho del sendero y autorizando para edificar en los laterales del mismo.

Mi bisabuelo Félix Núñez (n. 1885) combatió en la Guerra de Melilla durante el desastre del Barranco del Lobo (1909). Al regresar a Mestanza se casó con María 002Clemente[2] y tuvieron cuatro hijas -Petra, Rosalía, María Teresa y Juana- y un hijo varón: mi abuelo Juan José (n. 1915). Durante unos años la familia vivió en la casa del Calvario, hasta que la vendieron por 8.000 reales para mudarse a una otra más pequeña en el número 4 de la calle de Hernán Cortés, en la parte alta del pueblo. De esta casa aún se conservan algunas paredes y un ventanuco. Aquí moriría mi bisabuelo el 25 de agosto de 1926. La silicosis se lo llevó, como a muchos otros mineros, a la corta edad de 42 años. A veces pienso que quizá fue esa pequeña ventana el último objeto sobre el que se posaron sus ojos.

 

[1]Oretani qui et Germani cognominatur, es decir, los oretanos a los que también se llama germanos. Historia Natural, III, 25.

[2]El 1 de octubre de 1910.