Las navajas

ED0            Desde pequeño he sentido fascinación por las navajas. Mis abuelos siempre andaban con una a mano. La inseparable navaja de los hombres del campo, que servía para comer, como herramienta de trabajo y, en ocasiones, como un arma letal. En mi mesilla de noche conservo dos navajas de hoja curva. Una es una navaja toscana que compré en un pueblito al pie de los Apeninos llamado Scarperia, cuya tradición navajera se remonta a la Edad Media. La otra es la clásica navaja jarota que utilizaban mis abuelos. En su hoja afilada se lee el nombre de su artesano – Bueno– que lleva fabricando estos artilugios en Villanueva de Córdoba desde 1920. Durante muchos siglos, nuestros ancestros peregrinaron por la vida con una navaja en el bolsillo. Era parte de nuestra cultura, como los toros, el Quijote o la guardia civil. En la mayoría de los casos sirvió para cortar un pan ganado con mucho esfuerzo o para tallar una madera de olivo en las horas de hastío. En la casa de Mestanza, por cierto, conservo un par de estas tallas de madera que replican sendos campanarios. ¡Cuantos artistas habrá dado la soledad de un páramo castellano!

            La navaja sirvió también, en otros tiempos, para dirimir controversias por la talla olivovía de urgencia. En algunos de los mejores cuentos y poemas de Borges, los cuchillos tienen una presencia obsesiva. Borges imaginaba la épica de los gauchos que celebraban peleas de puñales en las esquinas y en las tabernas bonaerenses al son de un bandoneón. En El Sur, que es mi relato favorito, Juan Dahlmann, un humilde secretario de biblioteca, cansado y enfermo, conoce un último instante de heroísmo al empuñar con firmeza un cuchillo frente al compadrito que lo ha provocado y que va a matarlo por el mero placer de segar una vida. Ciertamente, cuando apresamos en nuestra mano el mango de una navaja, nuestro instinto primitivo nos impulsa a apretar, a cerrar los dedos en torno a ese objeto. Nos invade una emoción turbia, un espíritu de romance como el de aquellos versos de Lorca:

En la mitad del barranco
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria,
relucen como los peces.

            Desde el siglo XVI, la historia de Mestanza registra duelos de navajas que habrían hecho las delicias de Borges y de Lorca. En la Navidad de 1503, unos pastores oriundos de Molina de Aragón asaltaron un cortijo cercano a la ermita medieval de la Virgen de la Antigua y robaron varios jamones y un buen montón de ristras de chorizo y morcilla. Los dueños de la casa de labor –padre e hijo- acompañados de un par de criados salieron en su busca armados hasta los dientes. Les encontraron en un quinto engullendo los manjares robados, y sin mediar palabra, les atravesaron con sus espadas y navajas sin dejar ni uno vivo.

navajas            Pero la edad de oro de las navajas comenzó en el siglo XIX de la mano de las innumerables partidas de bandoleros que campaban por nuestras sierras. En febrero de 1846 se produjo una larga reyerta en una taberna del pueblo entre un miliciano que estaba de permiso y otro vecino. A una bofetada del soldado respondió el paisano con “tres o cuatro navajazos” que dejaron al militar tan malherido que le creyeron muerto. Entre el asesino y sus amigos trasladaron el supuesto cadáver a las afueras del pueblo y lo dejaron tirado a la orilla de un camino, “volviéndose muy frescos a cenar y dormir con sus familias”. Milagrosamente, el miliciano volvió en sí y pudo regresar al pueblo arrastrándose por el camino medio desangrado. El periódico concluía la noticia indicando que: “El herido no ha muerto a estas horas; más como tenga dos cuchilladas en el pecho y el vientre bastante hondas, se teme que no dure mucho”.

            En el siglo XX, los vecinos de Mestanza también hicieron uso de la cachicuerna para solventar sus problemas. En diciembre de 1914, un vecino llamado Florentino Rodríguez sacó su navaja y amenazó a unos cuarenta paisanos que había dentro de una taberna.  Afortunadamente lograron encerrarse mientras el vecino acuchillaba la puerta como un demente. Finalmente fue detenido por la clásica pareja de la guardia civil. Unos años más tarde, en mayo de 1921, dos vecinos del pueblo comenzaron a discutir. Llegado un punto, uno de ellos, llamado Álvaro de León, se apeó del caballo en que iba montado y comenzó a golpear con su vara al otro, un hombre de sesenta años llamado Eusebio Hernández. Éste, ni corto ni perezoso, sacó una navaja “de grandes dimensiones” y le asestó al tal Álvaro una “tremenda puñalada” en el corazón que le produjo una muerte instantánea. Es curioso que un testigo presencial asegurase que tuvieron tan sólo unas “ligeras palabras, que no creyó él que llegaran a molestar a uno ni otro”. Menos mal.

 

Los datos de los siglos XIX y XX han sido extraídos del magnífico estudio “Casos y cosas de Mestanza” de Miguel Martín Gavillero.

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Historia de un reloj

Dedicado a mi tío Higinio, relojero.

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Castillete de la mina La Extranjera.

            El 13 de octubre de 1953, martes, una explosión de grisú dejó once muertos en el pozo Calvo Sotelo. Quienes lo vivieron recordaban un torrente de fuego recorriendo las galerías. Todo ardía. Tras largas horas de esfuerzos y peligros, cuando por fin penetraron en las profundidades de la mina, pudieron ver los cuerpos cubiertos de heridas espantosas y exhalando un fuerte olor a carne quemada. Con todo, según contaban, lo peor eran los aullidos continuos de los heridos a consecuencia de sus pulmones abrasados. La subida de las víctimas fue lúgubre. En la boca de la mina, una multitud estremecida se descubrió al paso de aquella funesta comitiva.

            La causa más evidente de los accidentes en las minas eran las explosiones de gas. Éste siempre está presente, en mayor o menor cantidad, en el aire de los pozos. El gas podía ser inflamado por una chispa durante las operaciones de voladura, por una chispa arrancada de la piedra por un pico, por una lámpara defectuosa o por unos fuegos que nacían espontáneamente, que ardían sin llama en el polvo del carbón y eran muy difíciles de apagar. Las grandes catástrofes que se producían en las minas, con más de una decena de fallecidos, solían ser motivadas por las explosiones; de ahí la creencia de que estas constituían el principal peligro para los mineros. En realidad, la gran mayoría de los accidentes se debían a los desprendimientos. Los mineros veteranos afirmaban saber por instinto cuando el techo se les podía venir encima. Un leve crujido de los maderos al curvarse era un aviso temible.

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Mi abuelo Juanjo (a la derecha).

            Mi abuelo Juanjo tenía 38 años cuando explotó el pozo Calvo Sotelo. Trabajaba como entibador en la mina La Extranjera, por lo que estaba muy expuesto a los derrumbes. Aquel día fatídico tomó una decisión trascendental: comprar un reloj de pulsera para que su hijo –mi padre- le recordara en caso de perecer en un accidente. Adquirió un Certina de carga manual: muelles, ruedas dentadas y volantes. Por fortuna, mi abuelo sobrevivió a la mina y pudo disfrutar del reloj hasta su muerte en 1997. Creo que le gustaba la rutina de darle cuerda todos los días. En la actualidad, en nuestro ajetreado mundo, dar cuerda nos supone un esfuerzo intolerable, así que el diseñador de relojes nos ahorra esta tarea. El Hamilton que me regaló mi mujer por mi cuarenta cumpleaños solo exige mover el brazo normalmente en mi actividad cotidiana para que el muelle real impulse el tren de ruedas automáticamente y las manecillas avancen con precisión.

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El viejo reloj Certina (1953).

El reloj de mi abuelo descansa hoy en mi mesilla de noche. A veces me quedo mirándolo, sorprendido por su mecanismo. Un muelle real, parecido a un caracol, impulsa un engranaje que, a su vez, hace que el volante oscile varias veces por segundo. Dicha oscilación es regulada por el llamado escape, que hace que las tres manecillas del reloj giren la amplitud del arco a una velocidad constante y diferente cada una de ellas. Pero lo que más me fascina es que es todo un superviviente. En un mundo donde la tecnología de más de diez años de antigüedad queda totalmente obsoleta, el viejo Certina del año 53 no resulta extraño en mi muñeca. La tradición y la artesanía de un reloj suizo siguen siendo importantes en el mundo de internet. Llevar un reloj mecánico sencillamente nos hace más humanos.

 

 

            Decía Julio Cortázar que cuando te regalan un reloj también te regalan “el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa”. Es cierto. Y en mi caso lo es porque no me siento el propietario del reloj, sino un mero custodio hasta la siguiente generación. No es extraño que el último objeto de valor que conservaba Walter Benjamin en su huida de los nazis fuera un reloj antiguo, un recuerdo de familia. Como el reloj de Benjamin, el Certina de mi abuelo apela a mi instinto familiar y al anhelo por proseguir con su legado.

Una tribu misteriosa

            Lehnert_Landrock_-_Ouled_Naïl_Girl_-_Algeria_-_1905El pueblo de Mestanza debe su nombre a la tribu bereber de los Mestasa, de la rama de los Baranis. Esta tribu habitaba (y aún habita) una franja costera al oeste de la bahía de Alhucemas. Allí, rodeado de chumberas, olivos, almendros y frutales, sigue existiendo un pequeño aduar llamado Mestassa. Apenas unas casas y una bella mezquita del siglo XIV que seduce por su poder de evocación. En 2004 un terremoto dañó su estructura y la fundación holandesa del Príncipe Claus donó 25.000 euros para restaurarla. Gracias a esta actuación, aun podemos admirar su blanca luminosidad, el fuerte contraste de sus tejados rojos y la sobria belleza de su minarete de almenas dentadas.

Este aduar es un tenue recuerdo de aquella tribu que el geógrafo El Bekri (1014-1094) citaba como una de las más importantes del Rif junto a los Temsamán, Bocoya, Gueznaya, Beni Urriaguel o los Kebdana. Nada hace pensar que de estas tierras partió un grupo de indómitos guerreros que campearían invictos por las tierras de Ispaniya. Pero lo cierto es que sus jinetes se contaron entre aquellos que acompañaron al caudillo bereber Tariq en el cruce del Estrecho (la montaña Yebel-Tariq, Gibraltar, le debe el nombre) en el año 711. Así lo narra el historiador Ibn Jaldun (1332-1406), quien destaca además la alta estima de que gozaron varios de sus miembros como Abd el-Karim el Mestaci o Abu Doleim Ibn Khattab, cuyos descendientes acabarían ocupando importantes cargos legislativos en Córdoba.

En pocos años los bereberes alcanzaron los valles de Alcudia y los Pedroches, MEZQUITAbautizando la región como Fahs al-Ballut (Llano de las Bellotas) por la abundancia de encinas. Nuestro fértil valle y sus ásperas sierras les recordarían su Rif natal. No en vano Ruiz Albéniz, en la descripción geográfica con que comienza su España en el Rif, describe aquellas tierras como semejantes a La Mancha y Ciudad Real. En esos primeros años de conquista, la tribu Mestasa se encontró con un poblado hispano-visigodo y tras someterlo le dio su nombre tribal. Así nos lo indica el geógrafo árabe Yaqut (1179-1229) en su Libro de los Países: “Mestasa, castillo del distrito de Oreto, de la provincia de Fahs al-Ballut, en que hay minas de azogue; y es nombre de una cabila berberisca”. Con el paso de los siglos la evolución fonética convertiría aquel “Mestasa” en el actual “Mestanza”.

Los bereberes se llamaban a sí mismos imazighen (“los hombres libres”). No es casual. Su principal seña de identidad era el rechazo a cualquier autoridad. Prueba de ello es que la región de Fahs al-Ballut se mostró hostil a todos los gobiernos, tanto al Califato de Córdoba como a los reinos de taifas de Sevilla y Toledo. Sus constantes rebeliones motivaron innumerables incursiones punitivas, entre las que destacó la expedición de castigo dirigida por Abd al-Rahman III en el año 912. Para defender su territorio, los bereberes erigieron numerosos castillos, torres y atalayas que erizaban todo el territorio. Los Mestasa construyeron el castillo en esta época y desarrollaron un urbanismo defensivo, con las casas apiñadas en la ladera oriental de la fortaleza, escapando de la llanura, con las calles retorcidas en pequeños laberintos al estilo de las medinas árabes. Es obvio que quienes construyeron el pueblo estaban preocupados por cómo resistir un asedio o hacerse fuertes en tierra enemiga.

El historiador Ibn Said (1213-1286) dijo de ellos: “Son unos pueblos a los que Dios ha distinguido particularmente con la turbulencia y la ignorancia, y a los que en su totalidad ha marcado con la hostilidad y la violencia”. Me gusta pensar que algo de ese espíritu rebelde aún persiste en nosotros. El espíritu de los imazighem, los hombres libres.

En el Barranco del Lobo


barranco loboLa mañana del 27 de julio de 1909 el pueblo de Mestanza
se preparaba para festejar, un año más, la festividad de su glorioso patrón San Pantaleón. En los carteles se anunciaba una fastuosa novillada con toros de don Germán Adán, vecino de la villa, con divisa encarnada y blanca. La faena correría a cargo de los espadas sevillanos Llaverito y Moreno, así como de los banderilleros cordobeses Serrano y Sordillo. En El ruedo ibérico, Valle Inclán describió así las fiestas de un pueblo situado “en los confines de La Mancha con Sierra Morena”: “con los calores, las calles eran bocanas de lumbre, y un agobio el aire con polvo de trillas y moscas tabaneras”. El escritor gallego concluía que aquellas fiestas eran “un alarde berebere”. Para el tema que nos ocupa, no anduvo muy afortunado Valle en su comparación. Esa misma mañana, como contrapunto a la alegría del pueblo, varios mestanceños estaban a punto de entrar en combate con auténticos bereberes del Rif. Mi bisabuelo Félix Núñez era uno de ellos.


El 27 de julio era martes. La brigada de Cazadores de Madrid
había completado sus cartel torosdesembarques el domingo 25. La tropa, mareada y encogido el ánimo, bajaba por las escalas de los buques entre aclamaciones del pueblo de Melilla. Una mala cena, un desayuno peor, un rancho igual de malo, la misma mala cena el lunes. Por la noche los
soldados pudieron ver las hogueras humeantes en la cumbre del Gurugú como un desafío, como un mal presagio. Se decía que la harca estaba quemando los cadáveres de los guerreros que no habían tenido tiempo de enterrar. Se esperaba una venganza de los rifeños, una nueva y más sangrienta acometida. La mañana del martes se dio la instrucción de avanzar hacia el Gurugú. La orden recorrió los seis batallones de la brigada como fichas de dominó cayendo en cadena. Se disponían a morir en la mañana de su tercer día en Melilla. Los que se iban a jugar el pellejo eran aquellos que no habían podido pagar las mil quinientas pesetas de la llamada “redención en metálico” por las que los hijos de las familias ricas se libraban del servicio militar.

Tras cuatro horas de marcha nocturna, las tropas fueron entrando en la trampa. Al alba, los españoles se vieron cercados por alturas cubiertas de tiradores rifeños. Suicida el avance, imposible la retirada. A la una de la tarde se alcanzó el Barranco del Lobo. Los soldados ofrecieron al enemigo una vistosa línea blanca (por el color de su uniforme de bisabuelorayadillo). A las 13:22, cegados por el sol de frente, la brigada penetró en el campo de la muerte: los 300 metros de distancia a las trincheras rifeñas que aseguraban a sus defensores un disparo fácil y preciso. De repente una lluvia de disparos brotó de las rocas. La harca utilizaba fusiles modernos (Gras, Lebel, Maúser) y alguno antiguo pero muy eficaz (el Remington cuya bala de 11 mm podía destrozar un cuerpo fácilmente). La matanza fue instantánea. El general Pintos, jefe de la brigada, fue de los primeros en caer de un pacazo en la frente. Durante una hora la brigada porfió por no rendirse, pero a las tres de la tarde la retirada se generalizó. Resultado: 153 militares muertos y casi 600 heridos. Mi bisabuelo estuvo entre los afortunados que lograron salvarse, gracias a lo cual estoy aquí contando esta historia. Sobre el terreno quedaron abandonados no menos de 110 cuerpos esperando a los salteadores rifeños. Durante varias noches pudo escucharse el susurro incansable de los muertos cuando el frío aire del Gurugú contraía sus rígidos diafragmas.

Al poco tiempo de regresar a Mestanza, mi bisabuelo se casó[1]. Tendría cuatro hijas y un varón[2], mi abuelo Juan José, que irónicamente acabaría recluido en un campo de trabajo cercano al Barranco del Lobo al terminar la Guerra Civil. Conservo una vieja foto de sus años en África, vestido con el uniforme de gala, el bigote de mosquetero, el puro entre los dedos y la mirada perdida en el horizonte. Trabajó en las minas de plomo y murió de silicosis una noche de agosto de 1926. Tenía tan sólo cuarenta años, la misma edad que yo al escribir estas líneas[3]. Fue el mismo año en que se incendió la iglesia del pueblo.

 

[1] Contrajo matrimonio con María Petronila Clemente Bastante el 1 de octubre de 1910.

[2] Petra (1912), Juan José (1915), María Teresa (1918), Rosalía (1921) y Juana (1924).

[3] Había nacido el 20 de noviembre de 1885. Murió a las diez y dos minutos de la noche del 25 de agosto de 1926.

Bandoleros carlistas: el ángel exterminador

          Con la muerte de Barba dio comienzo en Mestanza la primera guerra carlista[1]. Muchos guerrilleros que habían combatido contra los franceses en la Guerra de la Independencia volvieron a las armas en apoyo del pretendiente don Carlos de Borbón. Las gavillas carlistas, enardecidas por los párrocos, estaban formadas por campesinos, carpinteros, herreros, arrieros, carreteros, sastres; y por bandidos y salteadores que se amparaban en la impunidad de llamarse cruzados de la Causa o partidarios del Pretendiente. La sierra de Mestanza les ofreció un amparo inmejorable[2]. Todos eran expertos conocedores del terreno y de la táctica de la guerrilla y muchos habían sido héroes populares de la Guerra de la Independencia, como El Locho, Chaleco, Chambergo, Palillos, El Arcipreste o El Apañado. Entre todos ellos, brilló con luz propia el atroz Manuel García de la Parra, alias Orejita.

          OrejitaEn abril de 1835, justo un año después de la muerte de su correligionario Barba, el susodicho Orejita se plantó en Mestanza al mando de veintiún hombres mal uniformados, peor encarados y armados hasta los dientes. Tenía la sana intención de fusilar al artífice de aquel homicidio y, de paso, a un oficial retirado que pasaba por allí. Por suerte para ellos, Orejita apreciaba el dinero y se abstuvo de ejecutarlos por “la módica cantidad de 6.500 reales” que le ofreció el Ayuntamiento. Era la llamada “santa limosna”. En los años siguientes, Orejita caería sobre el pueblo como un ángel exterminador, ejecutando sin piedad a sus oponentes. La lista de asesinados que dieron con sus huesos en el cementerio municipal es apabullante[3]. Estaba claro que Mestanza era uno de esos sitios que, como dijo Germond de Lavigne, no se podía visitar sin haber hecho testamento.

          Uno de los episodios más sangrientos tuvo lugar en Calzada de Calatrava, su pueblo natal. Al llegar la famosa expedición del general carlista Basilio García al lugar, muchos liberales se refugiaron en la iglesia. Pío Baroja lo cuenta en Las aventuras del capitán Chimista: entre Orejita y el prior don Valeriano decidieron que era una vergüenza dejar a los cristinos tranquilos en la iglesia. Ante la negativa de los sitiados a rendirse los soldados carlistas entraron en ella e hicieron un montón de haces de leña, sarmientos, ramas y maderas de altares y retablos, lo encendieron y cerraron de nuevo las puertas. Al poco, por las ventanas de la iglesia, comenzó a salir un humo terrible y una explosión de gritos y lamentos de mujeres y niños.

– ¡Qué bien templado está el órgano! –dijo el ingenioso prior don Valeriano.

Los liberales comenzaron a tocar la campana, a pedir socorro desesperadamente y a decir que se rendían. Pero los carlistas, a todo el que aparecía por las ventanas y los tejados, le acribillaban a tiros. Finalmente se hundió la bóveda de la iglesia y perecieron ciento sesenta personas, en su mayoría mujeres y niños.

          199Su fama llegó a tal extremo que George Borrow, el célebre vendedor de biblias protestantes, expresó en su libro La Biblia en España su temor a “caer en manos de Palillos y Orejita”. En 1836 fue nombrado general en jefe de los ejércitos carlistas de La Mancha y Extremadura, con nueve mil hombres bajo sus órdenes. En 1837 fue proclamado brigadier del Regimiento de caballería de Cazadores de Carlos V. El Gobierno puso precio a su cabeza como en el lejano Oeste: se busca a Orejita vivo o muerto, recompensa: 6.000 reales. Mientras tanto, el cabecilla carlista ya había hecho de Mestanza su cuartel general, y paseaba por el pueblo como Perico por su casa protegido por el llamado Tercio Sagrado, una guardia personal compuesta de veinte fanáticos exreligiosos procedentes de los conventos de La Mancha. En 1837, ante el cariz que estaba tomando la situación, el Gobierno encargó al general liberal Ramón María Narváez el exterminio de los facciosos en La Mancha. Desde ese momento, la crueldad por ambas partes llegó a extremos impensables. Narváez fusiló a la madre de Palillos, que contaba ochenta y un años; el doctor Máximo García, en su libro Diario de un médico, advertía que “verá usted todavía diseminados por diferentes parajes huesos insepultos, que confundidos con los de los animales yacen sobre la tierra”.

          Finalmente, el 5 de octubre de 1838 moría Orejita en un combate cerca de El Hoyo de Mestanza. Varios mestanceños de su partida, como Basilio Serna o Pascasio Barrera, optaron por entregar las armas y acogerse al indulto del Gobierno. Los guardias urbanos de Mestanza, al igual que habían hecho con Barba, escoltaron el cadáver de Orejita hasta Ciudad Real para ser expuesto al escarnio público. Al salir de Almagro, fueron atacados por un grupo de carlistas que pretendían recuperar el cuerpo de su líder, pero los de Mestanza lograron rechazarlos. La noticia de su muerte se extendió por toda Europa. El periódico alemán Allgemeine Zeitung publicó en letra gótica el siguiente titular: “Auch der bekannte Orejita fiel am 1 in der Sierra de Mestanza den Truppen der Königin in die Hände, und wurrde erschossen”. Es decir:

“El famoso Orejita fue el primero en caer en la Sierra de Mestanza tras ser rodeado por las tropas de la Reina, que le abatieron a tiros”.

 

[1] La primera guerra carlista (1833-1840) enfrentó a los partidarios de la reina María Cristina, que defendía los intereses de su hija Isabel para suceder a Fernando VII, y los carlistas o partidarios de proclamar como rey a Carlos María Isidro, hermano del monarca fallecido. María Cristina fue regente desde la muerte de su esposo en 1833 hasta que fue destituida en 1840. Su apoyo a los liberales (también llamados cristinos) para rechazar las pretensiones de los carlistas originó la primera de estas guerras.

[2] La historiadora Manuela Asensio, en su libro El carlismo en la provincia de Ciudad Real (1987) señala que el término de Mestanza se hallaba “enjambrado” de facciosos, que se hicieron invencibles en sus sierras.

[3] En su magnífico ensayo Las gavillas carlistas en la jurisdicción de Mestanza (2016), Miguel Martín Gavillero enumera con precisión los asesinatos cometidos en Mestanza, El Hoyo y Solana del Pino.

Bandoleros carlistas: la cacería

En la primavera de 1834, tras varias semanas de cacería, la milicia urbana de Mestanza mató al bandolero carlista Eugenio Ibarba, alias Barba, en el sitio de la Jandulilla. Los días anteriores ya habían caído su lugarteniente Juan Díez Rodero y otros miembros de su partida, como el sanguinario José Manzanares, alias El Sastre. Pese a estar malherido en una pierna, Barba había logrado burlar a numerosas tropas procedentes de Sevilla y Fuencaliente que, desesperanzadas, optaron por retirarse dejando solos a los soldados de Mestanza. Lejos de arredrarse, el alcalde don Joaquín de Palma y Vinuesa continuó una persecución sin tregua acompañado de los tres urbanos de la villa –Juan Castellanos, Nicolás Larios y Antonio Rodríguez- y de una temible jauría de perros de caza. Estaba convencido de que “en su desesperación, [Barba] se dejará morir de hambre y cansancio antes que rendirse”. Cuando lograron acorralarle, el irreductible bandolero abrió fuego a discreción arrancando media chaqueta a uno de los urbanos. Después, aún pudo volver a emboscarse y ni siquiera los perros pudieron dar con él en todo el día. Finalmente, la mañana del 28 de abril, cayó abatido a tiros.

El alcalde emitió un lacónico comunicado: “Viva nuestra amada reina doña Isabel II. El famoso Barba ha sido muerto”. Las palabras del Gobierno fueron más retóricas:

BarbaLoor al digno regente de la villa de Mestanza. Se ha cubierto de una gloria que no se marchitará (…) porque ha purgado a esta provincia del monstruo que tantos daños ha causado, repartiendo por todas partes alarma y consternación (…) El valiente y digno alcalde mayor de la villa de Mestanza, don Joaquín de Palma y Vinuesa, no satisfecho con llevar los deberes que le impone su noble profesión de jurisconsulto (…), dejó el descansado retiro de su despacho, y empuñando las armas, voló ansioso de gloria a tomar parte en los campos del honor. Reunido con unos cuantos urbanos recorrió sierras, escudriñó montañas, y con una vigilancia incansable buscaba a los enemigos de nuestra augusta soberana y del reposo público. No infructuosas fueron sus vigilias, pues después de haber capturado al segundo jefe de la gavilla del furibundo Barba y otros de sus partidarios, dio la muerte a éste y trasladó su cadáver a esta capital.

Si don Joaquín de Palma hubiera sido norteamericano, tendría unas cuantas películas sobre su hazaña protagonizadas por John Wayne o James Stewart. Muchas leyendas del Far West como Billy the kid o Wyatt Earp son sombras al lado de Eugenio Barba o Joaquín de Palma. Y muchos sucesos casi mitológicos, como el tiroteo de OK Corral son juegos de niños en comparación con los combates entre los urbanos de Mestanza y los bandoleros carlistas. Pero es lo que hay. Valgan estas líneas para evitar que estos hechos heroicos se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia

Nombres antiguos

Una de las tradiciones más arraigadas de Mestanza era la de escoger nombres peculiares y extraños, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos; algunos griegos, otros latinos, muchos de estirpe visigoda. El espléndido blog dextrangis recoge esta costumbre. Su autor fisgoneó en las lápidas del cementerio y apuntó los siguientes: Heleodora, Maximina, Saturia, Victorio, Eulalia, Isidra, Vedasto, Teófilo, Emperatriz, Desposorio, Gasparo, Constanza, Epafrodito, Elexámpite, Orosia, Higinio, Magdesigildo, Maximiano, Melitona, Graciano, Octaviano, Benigna, Isabelino, Porfirio, Pantaleón, Domitila, Canuto, Engracia, Ubaísla, Griselda, Florentina, Quiterio, Brígida, Genara, Emeterio, Aniasia, Marceliano, Onésima, Vidala, Asincrito, Getulio, Olayo, Primitiva, Antigua, Silverio, Silvestra, Amanda, Sila, Sipa, Eulogia, Cipriana, Eleuteria, Teodosila, Amadora, Afrodisio, Evasio, Danilo, Desiderio, Nabusiel, Enelina, Umbelina, Llorel y Herminia.

Los tiempos cambian y los nombres que antaño eran comunes hoy nos resultan singulares. Mi propio nombre, Félix, es buena prueba de ello. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), a principios del siglo XX era un nombre bastante común en la provincia de Ciudad Real, pues figuraba en el puesto 17 de los más usados. No en vano yo lo llevo por mi bisabuelo. Hoy nadie lo utiliza. El aplicativo del INE ni siquiera lo recoge entre los 200 primeros nombres. Este asunto me da pie para plantear la siguiente cuestión: ¿Cómo se llamaba el primer mestanceño cuyo nombre aparece registrado en la historia?

lápida            El sacerdote e investigador Luis Delgado Merchán, que escribió la monumental Historia documentada de Ciudad Real (1893), exploró minuciosamente el cerro del castillo y encontró numerosos vestigios arqueológicos. Entre sus hallazgos destaca un trozo de lápida sepulcral que nos ofrece un dato crucial: el primer mestanceño cuyo nombre nos es conocido. El difunto se llamaba Abu Mohámmed Abdalá, hijo de Soleimán. Es revelador que el primer nombre registrado en la historia de Mestanza pertenezca a un bereber. La lápida está encabezada por una palabra que probablemente sea el resto del versículo 109 del sura 18 del Corán, que dice: “Si el mar fuera tinta para las palabras de mi Señor, se agotaría antes que las palabras de mi Señor”. Las dos siguientes líneas corresponden al versículo 33 del sura 31: “La promesa de Allah es verdadera; que no te seduzca la vida del mundo ni te seduzca, apartándote de Allah, el Seductor”. La última línea es la que revela el nombre de aquel lejano bereber, que recorrió hace tantos siglos los mismos campos que hoy recorremos nosotros. Me gusta imaginarlo al amanecer, cuando los primeros rayos de sol despuntaran por la sierra de la Alberquilla, escuchando la voz monótona de un almuédano ciego: Allahu akbar, Alá es el más grande.