Antiguas leyendas

A don Santiago Buendía, alcalde de Mestanza

            Hace unos días el Ayuntamiento de Mestanza me concedió una placa en reconocimiento a mis artículos sobre la historia del pueblo. Fue un honor enorme recibir este homenaje. No hay en el mundo mejor obsequio ni mayor orgullo. Mi discurso de agradecimiento trató acerca de las antiguas leyendas que solía contarme mi abuelo cuando era niño. Eran leyendas de bandoleros, guerreros moros y tesoros escondidos que fueron decisivas en mi formación y que aún hoy me siguen fascinando.

            No hay que tomar a broma los cuentos de nuestros abuelos. La ciudad de Troya era considerada una invención literaria del poeta Homero, porque los arqueólogos no habían encontrado ninguna prueba que pudiera demostrar su existencia. Sin embargo, Heinrich Schliemann, motivado desdetesoro niño con las lecturas que su padre le hacía de La Ilíada, creyó ciegamente en la existencia real de esa ciudad “inventada” y, contra todo pronóstico, la encontró. Siempre tengo presente a Schliemann cuando subo al cerro del castillo. Una de las leyendas de Mestanza tuvo lugar en este lugar. Un hombre se encontraba arando cuando, de pronto, notó que a su arado le costaba avanzar. Azuzó a los animales para que tiraran con más fuerza y, para su sorpresa, vio como el arado sacaba de la tierra una vasija repleta de oro.

            La historia de Mestanza está sazonada con multitud de relatos de esta índole,pedriza quién sabe si reales o no. Algunos aseguran que en la pedriza de la sierra de La Posadilla yace un tesoro oculto a la espera de ser encontrado. Otros afirman que algún antepasado suyo encontró monedas de oro escarbando en el corral de su casa. Nuestros abuelos creían en la existencia de un túnel que conducía desde el castillo a las afueras del pueblo. El gran periodista Manu Leguineche decía que nuestra historia se presta a la existencia o a la imaginación de túneles y subterráneos, necesarios para huir de la quema y esconder tesoros.

 

            De todas las historias que me contó mi abuelo, mi favorita era la de un bandido de Mestanza conocido como El Castor. Su cuadrilla había robado un tesoro fabuloso. Hay casa de don Juanquien dice que se trataba del famoso tesoro de don Juan, cuyo robo acaeció el 13 de octubre de 1873 en Torre de Juan Abad. Caía la noche cuando una partida de jinetes irrumpió en dicho pueblo, amenazando a los vecinos para que permanecieran encerrados en sus casas. Tras coger al alcalde como rehén, asaltaron la casa de don Juan Tomás de Frías y le exigieron que entregara todas las monedas de oro que tenía guardadas. Al parecer, don Juan negó poseer tal tesoro, pero los asaltantes derribaron paredes, rompieron cerraduras y forzaron candados hasta que dieron con él. Había tal caudal de monedas que fueron necesarias nueve mulas para trasportarlo. Es fama que, tras huir los bandidos, don Juan preguntó a sus criados si habían llegado a un odre concreto –el “pellejo del chirro”-. Estos le respondieron que no lo habían tocado, a lo que don Juan exclamó: ¡Bah, entonces seguimos siendo ricos!”.

 

            Tras el robo, al verse hostigada por la guardia civil, la cuadrilla decidió separarse. El Castor huyó a Mestanza a galope tendido con los civiles pisándole los talones. En el camino del puerto, se encontró con un pariente suyo, zapatero para más señas, que iba a castorPuertollano a comprar aperos. Al verse acorralado, decidió confiarle el botín para que lo guardara hasta su regreso. Finalmente, los guardias lograron apresarle en las afueras del pueblo y fue encerrado en el Penal de Cartagena. En la soledad del calabozo, El Castor pasó el resto de su vida soñando con el tesoro que le aguardaba en su pueblo. El recuerdo de las monedas de oro hizo menos crudos sus días y más livianas sus noches. Muchos años después, ya viejo y enfermo, El Castor regresó a Mestanza. Nadie sabía nada del zapatero ni del tesoro. Desesperado, vagaba por las calles como un alma en pena, preguntándose que había sido de su tesoro. ¿Acaso había perdido su vida en una mazmorra lúgubre para nada? Mi abuelo contaba como una mañana, en la penumbra del alba, un hombre caritativo le entregó una soga y le dijo: “Aquí tienes tu tesoro”.

discurso

 

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Nava de Riofrío, el pueblo fantasma

 “Hay pueblos que saben a desdicha”.

JUAN RULFO, Pedro Páramo

 

La Nava de Riofrío es un paraje de una belleza extraordinaria. Como su propio nombre indica, se trata de una nava –tierra más o menos llana rodeada de montañas- a orillas del río Robledillo, más conocido como Riofrío por los lugareños. A principios del siglo XX, la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya puso en 012explotación varios filones de zinc y plomo argentífero sobre los restos de antiguas fundiciones de la época romana. Pero fue en los años veinte cuando la explotación alcanzó tales dimensiones, que fue necesaria la construcción de un poblado para los mineros y sus familias. En 1923 se creó el pueblo de Nava de Riofrío, bajo la supervisión del ingeniero de minas José Agudo. De la noche a la mañana se levantaron más de 200 viviendas, una iglesia en honor a San José, escuelas, centros de recreo, un hospital y un economato. Las calles, con sus nombres 010grabados en porcelana, eran amplias y arboladas. Presidía el pueblo una enorme plaza –la plaza de España- donde velaba por el orden público un cuartel de la guardia civil. El pueblo disponía de agua potable y de energía eléctrica suministrada por la Central de Calatrava de Puertollano. Como colofón, la sociedad construyó una carretera de 27 kilómetros que, desde Mestanza, se adentraba en la sierra hasta alcanzar el coto minero.

Todo parecía ir viento en popa. En marzo de 1927, el nuevo pueblo incluso solicitó su segregación de Mestanza y se abrió una suscripción popular para conceder la medalla del trabajo a su fundador, el ingeniero José Agudo. Pero un 011pequeño microbio llamado Plasmodium dio al traste con las brillantes expectativas del naciente poblado. A finales de ese año, más de la mitad de sus 703 habitantes estaba infectado de paludismo. A los Plasmodium les encantan los mosquitos Anopheles, porque su picadura los introduce directamente en el torrente sanguíneo de sus víctimas antes de que sus defensas se den cuenta. Y la Nava de Riofrío estaba plagada de Anopheles. La compañía instaló un dispensario de quinina y un laboratorio para realizar un seguimiento del paludismo. Sus libros contables muestran la espeluznante evolución de la epidemia: si en 1928 se gastaron 10.071 gramos de quinina, en 1929 los gastos habían ascendido a 86.902 gramos. Y en 1930 subieron aún más, hasta los 91.415 gramos.

A media hora a pie se encuentra la explotación minera de la Hoz de Riofrío. Desde las cuevas del Chorrillo (1.061 m), las pinturas rupestres trazadas 234hace 5.000 años fueron testigos mudos de la llegada del “progreso” a aquel valle perdido en medio de Sierra Madrona. Hoy día podemos ver las ruinas de la mina Los Pontones con sus lavaderos de flotación circulares que separaban la mena de la ganga. La proporción de mena era de dos tercios de blenda (sulfuro de cinc) y un tercio de galena (sulfuro de plomo) con unos 300 gramos de plata por tonelada. El año de máxima actividad debió ser el de 1930. Fue el año en que Mestanza alcanzó el 236mayor pico de población de su historia, con 5.050 habitantes[1], de los cuales 813 habitaban en la Nava de Riofrío. No obstante, al año siguiente, la bajada de los precios del mineral provocó el despido de los primeros trabajadores, varias huelgas y finalmente el cierre definitivo de las minas el día 1 de agosto de 1931. En pocos años, como si hubiera sido azotada por una plaga bíblica, la Nava de Riofrío se despobló completamente. La maleza invadió las casas. El viento arrancó los quicios de las puertas y las ventanas. La lluvia descuajó los tejados y derruyó las paredes de barro. Hoy apenas se ven algunas ruinas de aquel floreciente y efímero poblado minero. Es un pueblo fantasma desterrado de la memoria de los hombres.

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Su cementerio tiene un tamaño enorme. Está completamente comido por la maleza, pero llaman la atención sus majestuosos cipreses. Estuve allí en primavera. Tras saltar una tapia derruida me adentré en su maraña de lentiscos, jaras y romero hasta llegar a la parte central, donde se alza una cruz de hierro. Junto a un muro de barro encontré una lápida cubierta de liquen que rezaba:

María Robles de Hinojosa

Falleció el 3 de diciembre de 1927

a los 32 años.

RIP

Tu esposo e hijas no te olvidan.

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Quizá fue una de las primeras víctimas del paludismo. Regresé de nuevo a la cruz central y vi una segunda lápida muy pequeña, rota. Su inscripción decía así:

El niño

Marianito Rubio Pareja

subió al cielo el 2 abril 1928

a la edad de 7 meses.

Tus padres no te olvidan.

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El viento mecía las hojas de los sicómoros. El cielo amenazaba tormenta. Se escuchaban truenos al otro lado de la sierra. Abandoné el cementerio y su memoria de piedra sepultada por la maleza. Atrás quedó la cruz de hierro, como un guardián que nunca duerme, vigilando el silencio del camposanto. Atrás quedaron los restos del niño Marianito y de la joven María, olvidados del mundo para siempre.
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[1] La distribución era la siguiente: Mestanza, 2.187 habitantes; El Hoyo, 983; El Tamaral, 362; Nava de Riofrío, 813; otros (pastores en chozos, caseríos, casas aisladas, etc.), 703.

Nuestros antepasados

Pensar en nuestros antepasados es constatar la inmensa fortuna de existir. Durante siglos, nuestros ancestros de ambas ramas estuvieron lo bastante sanos para vivir, encontrar una pareja y reproducirse. Ninguno pereció de una enfermedad, de hambre o herido en una guerra antes de cumplir con su objetivo vital: entregar una pequeña carga de material genético a la pareja adecuada en el momento oportuno para perpetuar la única secuencia posible de combinaciones hereditarias que pudiese desembocar en nosotros.

Poco o nada se sabe de mis antepasados. Las referencias escritas de sus vidas se
limitan al registro de su nacimiento, matrimonio y defunción. Pasaron de puntillas por la pila bautismal (s.XVI)historia aplicando con esmero el consejo que Epicuro daba a sus discípulos: Lathe Biósas –pasa desapercibido mientras vivas-. La puerta de la iglesia de San Esteban, sobre la cual campea el escudo de la Orden de Calatrava, fue durante siglos un testigo mudo de sus vidas. Bajo su arco de piedra cruzaron recién nacidos para ser bautizados, por allí salieron con la felicidad del matrimonio recién contraído y, finalmente, fue esa vieja puerta la que dio el último adiós a sus féretros.

Hace unos años realicé el árbol genealógico de mi familia hasta el siglo XVI. índiceAl principio de la investigación descubrí con gran frustración que habían desaparecido todos los libros de bautismos, matrimonios y defunciones anteriores al siglo XIX. Por fortuna, encontré un Índice General Alfabético de Matrimonios realizado en 1860 por el párroco don José Arenillas. Este libro sumamente peculiar, registraba por orden alfabético todos los matrimonios habidos en Mestanza durante tres siglos y medio, desde 1607 hasta 1860. Piénsese en el enorme esfuerzo que le debió suponer a dicho párroco transcribir, uno a uno, y por orden alfabético, todos los desposorios celebrados a lo largo de 350 años. Allí estaban anotadas, con rigor matemático, las nupcias de mis antepasados hasta llegar a los primeros años de 1600, cuando un tal don Tomás Núñez, hijo de don Juan Núñez, contrajo matrimonio con doña Magdalena Ruíz de Córdoba.

Es imposible saber cuándo y en qué circunstancias llegó a Mestanza el primer Núñez. Lo más probable es que fuera uno de tantos castellanos del norte peninsular que PuertaMestanzarepoblaron el Valle de Alcudia durante el siglo XIII tras la expulsión definitiva de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212). Muchos de los apellidos más comunes del pueblo delatan su lugar de procedencia: los Buendía de Cuenca, los Pareja de La Alcarria, los Molina de Guadalajara, los Aranda de Burgos o los Vozmediano de Soria. No obstante, hay otras opciones. Pudo ser uno de los guerreros bereberes de la tribu Mestasa que dieron nombre al pueblo en el siglo VIII. O uno de los visigodos de estirpe escandinava que ocuparon la región en el siglo V. O un oretano germánico de aquellos que citaba Plinio el Viejo[1]. Remontándonos en el tiempo, no es descartable que fuera uno de los cazadores que dibujaron figuras abstractas en las cuevas de Riofrío hace 5.000 años. Pero todo son hipótesis. El Núñez más antiguo del que se tiene constancia escrita es el citado Juan Núñez, que nació en el último tercio del siglo XVI, bajo el reinado de Felipe II.

El Catastro de Ensenada (1751) ilumina algunos datos de otro de mis
antepasados. Juan Francisco Núñez era tataranieto de aquel primer Juan Núñez que
vivió en el Siglo de Oro y sería el tatarabuelo de mi tatarabuelo Francisco Núñez, del que hablaremos a continuación. Parece ser que vivía con su mujer Jerónima Robisco y sus hijos en lo alto de la calle del Castillo. Su casa habría hecho las delicias de los escritores románticos, pues estaba situada junto a las ruinas del castillo medieval y por encima de la Casa de las Ánimas, propiedad de la Cofradía de las Benditas Ánimas del Purgatorio. El Catastro también arroja otro dato curioso: poseía 33 colmenas.

Mi tatarabuelo Francisco Núñez nació en 1848. Vivió con su mujer Juana Correal (n. 1850) en el Calvario, frente a la antigua Capilla de San Sebastián, hoy desaparecida. Allí nacieron sus cuatro hijos: Antonio, Margarita, Miguel (al que apodarían “el Grande” al regresar de la Guerra de Cuba) y mi bisabuelo Félix (al que debo mi nombre). A principios del siglo XX, Francisco fundó la calle del Telégrafo. Así lo indica un documento municipal. Al principio sólo existía una vereda que conducía al telégrafo desde el Calvario, pero la decisión de Francisco de construir una casa frente a la de Cristóbal Pellitero dejando la vereda en medio, le otorgó rango de vía. En abril de 1902 el Ayuntamiento procedió a la apertura oficial de la nueva calle pública ampliando el ancho del sendero y autorizando para edificar en los laterales del mismo.

Mi bisabuelo Félix Núñez (n. 1885) combatió en la Guerra de Melilla durante el desastre del Barranco del Lobo (1909). Al regresar a Mestanza se casó con María 002Clemente[2] y tuvieron cuatro hijas -Petra, Rosalía, María Teresa y Juana- y un hijo varón: mi abuelo Juan José (n. 1915). Durante unos años la familia vivió en la casa del Calvario, hasta que la vendieron por 8.000 reales para mudarse a una otra más pequeña en el número 4 de la calle de Hernán Cortés, en la parte alta del pueblo. De esta casa aún se conservan algunas paredes y un ventanuco. Aquí moriría mi bisabuelo el 25 de agosto de 1926. La silicosis se lo llevó, como a muchos otros mineros, a la corta edad de 42 años. A veces pienso que quizá fue esa pequeña ventana el último objeto sobre el que se posaron sus ojos.

 

[1]Oretani qui et Germani cognominatur, es decir, los oretanos a los que también se llama germanos. Historia Natural, III, 25.

[2]El 1 de octubre de 1910.

Los viejos molinos de agua

“Abeja, oveja y piedra de trebeja”

          Con este antiguo dicho se definían las tres principales fuentes de riqueza de Mestanza. En primer lugar, la apicultura, por ser la miel durante miles de años el único edulcorante conocido en Europa y la base de la cera para alumbrar iglesias y viviendas. El segundo era la ganadería ovina, cuyo triple aprovechamiento cárnico, lácteo y lanar fue la actividad esencial del Valle de Alcudia durante siglos. Por último, la piedra que trebeja (que trabaja) se refiere al molino harinero, que proporcionaba la base para el alimento esencial de nuestros antepasados: el pan.

          Desde la Edad Media, se construyeron molinos de agua en el curso de los cuatro ríos que cruzan la región –Robledillo, Fresnedas, Tablillas y Montoro- antes de desembocar en el río Jándula, afluente del Guadalquivir. Algunos tenían nombres poéticos como el molino de las Ánimas en el río Tablillas o el molino Flor de Ribera en el río Montoro. No obstante, la mayoría eran conocidos por el nombre del propietario. En el término municipal de Mestanza se conservan cinco antiguos molinos de agua al sur del Tamaral. El río Robledillo (Riofrío según la terminología local) acoge los restos de los molinos de Frutos y de Riofrío. El arroyo de la Peña de los Molinos alberga las ruinas de los molinos de Constante y de la Peña. El arroyo de las Casas cobija los últimos vestigios del molino de la Nicolasa. Todos ellos ya existían en el siglo XVIII, como atestigua el Catastro de Ensenada (1751)[1], y algunos funcionaron hasta mediados del siglo XX.

          Los molinos de agua tenían dos partes bien diferenciadas: la sala de molienda a nivel del suelo y el cárcavo donde se alojaban los mecanismos hidráulicos en la parte MolinoCuboinferior. Se trataba de molinos de cubo, cuyo origen se remonta al siglo XVI. El cubo era un depósito a una altura de 5-10 metros que recogía el agua de un canal (el caz) hasta que se llenaba, para después ser vaciado de golpe sobre las paletas del rodezno (rueda horizontal). Con este sistema se aumentaba la presión consiguiendo que los molinos con muy poca agua aumentasen su potencia motriz. Lógicamente, se trataba de una actividad intermitente, pues los cubos se tenían que llenar cada vez que se vaciaban. El rodezno, al girar, movía la muela volandera (piedra superior) a través de un eje vertical llamado árbol. La molienda propiamente dicha comenzaba vertiendo el grano en una tolva de madera, desde donde una canaleta lo conducía al ojo (agujero central) de la muela volandera. El rozamiento de ésta con la muela solera (piedra inferior, fija y más gruesa) trituraba el grano convirtiéndolo en harina.

          En la actualidad podemos admirar las ruinas de estos molinos. Sus muros de piedra y argamasa se esconden entre la maleza como reliquias de una civilización flor de riberaperdida. Todos ellos conservan las piedras de moler, el caz y el cárcavo. El molino de Riofrío tiene un caz considerable de 575 metros y conserva la casa del molinero, los almacenes y las cuadras. El 29 de abril de 1869, una de sus casas fue incendiada por el bandido Bartolo, que sería abatido por la Guardia Civil en junio de ese mismo año. El molino Flor de Ribera es quizá el mejor conservado del Valle de Alcudia[2]. Las Relaciones Topográficas de Felipe II señalan la existencia de seis molinos en el río Montoro y es probable que éste fuera uno de ellos. Se preserva toda su cubierta, un caz de 322 metros, dos cubos de piedra y dos bellos arcos ojivales por donde salía el flujo hidráulico de los cárcavos.

          Los molinos se hallaban a mucha distancia del pueblo, por lo que los mestanceños llevaban el cereal de madrugada y regresaban al caer la noche con el grano ya molido. Las reatas de mulas cargadas de costales recorrían varias leguas de caminos, veredas y trochas. Al llegar al molino, los sacos de arpillera se apilaban en la sala de molienda a la espera de su turno. Mientras tanto, los hombres pasaban la jornada pescando en el río, jugando a las cartas o simplemente charlando. La vida en los molinos estaba sujeta a las variaciones meteorológicas. Las fuertes riadas desbordaban los cauces y las temibles sequías paralizaban la actividad. No obstante, hasta la introducción de la electricidad a finales del siglo XIX, la molienda de cereales fue una actividad muy lucrativa y parece que los molineros vivían algo mejor que el resto de sus paisanos. Así lo reflejaba una copla popular:

Molinero lo quiero, que no pastor,

el uno tiene cuartos, el otro no.

 

 

[1] El Catastro de Ensenada (1751) citaba nueve molinos.

[2] Este molino se encuentra en el término municipal de Hinojosas de Calatrava.

La siega y la trilla

          Cuando llegaba el tiempo de la siega, los hombres se dirigían con sus hoces a los campos de trigo y de cebada. La jornada empezaba temprano, para evitar los calores del verano. Entonces, las cuadrillas de segadores comenzaban a avanzar por los prados siegacomo un ejército implacable. Con una mano cogían la mies y con la otra la cortaban. Y así durante horas, con movimientos recios y acompasados. La mano que cogía la mies se protegía de los cortes de la hoz con dediles de cuero. Cuando tenían un manojo lo dejaban en el suelo. Los atadores marchaban tras ellos haciendo gavillas con los manojos y atándolas con cuerdas de esparto para formar los haces. En las horas de fuerte calor, el sudor que los inundaba producía un agradable frescor, y el sol les quemaba la espalda, la cabeza y los brazos descubiertos hasta el codo. Por todos los lados aparecían niños llevando hatillos de pan y gazpacho. También botijos con la boca y el pitorro cuidadosamente tapados por una redecilla. Los hombres no creían haber tomado una bebida más agradable que aquella agua con regusto a anís. Ahora podían enjugarse el sudor y respirar a pleno pulmón, admirando el nuevo aspecto que ofrecía el prado. Se extendía ante sus ojos un gran espacio segado, con alineados haces de olorosa mies, resplandeciente bajo el sol.

          Tras la siega venía el tiempo de la trilla. Había muchas eras para trillar alrededor del pueblo: las del Manzanillo, las del Telégrafo, las del Cementerio… pero las más famosas eran las que había al final de la calle del Charco, donde yo tanto jugué trilla -ilustración del s. XVI-durante mi infancia. Los hombres hacían la parva tendiendo la mies sobre la era. Después, una yegua tiraba del trillo quebrando la parva y separando así el grano de la paja. En ocasiones, dejaban a los niños montar en el trillo, pues disfrutaban dando vueltas como en un tiovivo, azuzando a las bestias y sacudiendo el látigo en el aire. A veces, corrían tanto que el trillo se salía de la parva y rozaba la tierra con las púas y las chinas de la tabla. Lo cierto es que era un trabajo tedioso y los trilladores se quedaban adormecidos de dar vueltas y más vueltas al trote cansino de las yeguas, bajo el calor riguroso del verano. Como dijo un poeta: “Crujen los trillos, salta la gavilla, dormitan los gañanes”[1].

          Al primer anuncio de brisa ya estaban aventando. Las eras se situaban en montículos elevados para poder coger todo el viento posible. Los hombres cogían la parva con el bieldo y la lanzaban al aire. El viento hacía lo suyo, dejando caer el grano en un montón y llevándose la paja a otro lado. Después los animales cargaban los costales de cereal para ser guardado en las trojes.

          La vida en Mestanza no era fácil. Salir adelante constituía un ambicioso propósito ante unos medios escasos. El trabajo era desbordante. Se han llegado a contabilizar más de cuatrocientas decisiones en la sucesión de labores que iban desde la siembra del trigo aventando el trigo. gerda tarohasta su almacenamiento en el granero[2]. Donde se aprendía era en el campo -no en la escuela-. Trabajando desde pequeños y observando a los mayores y a su alrededor. La observación atenta y minuciosa de cuanto les rodeaba era la herramienta más valiosa con que contaban nuestros antepasados. A su alrededor no había más que señales. El color de la mies, el vuelo de los pájaros que presagiaba lluvia, el movimiento de las nubes. Su ojo no descansaba. Eran ávidos lectores de la enciclopedia natural que les rodeaba. Y no la leían sólo con los ojos. Su conocimiento se construía con todo tipo de percepciones. Vista, oído, olfato, tacto, gusto. Era el cuerpo en su conjunto el que percibía. Un conocimiento corporizado. De ahí las unidades de medida que utilizaban: el manojo, la brazada, el pie, la pulgada.

          Cuando llega el verano, las tardes se alargan por el cielo. El grillo recibe el canto de la cigarra. Caminamos por el rastrojo y cruje. Pero ya no vemos los instrumentos del verano. Las horcas, las palas, los bieldos, las carretas con sus varales. El sol inclemente de julio ya no encuentra trillos deslizándose sobre las eras de Mestanza.

 

[1] José Antonio Muñoz Rojas. Las cosas del campo. Editorial Pre-Textos. Valencia. 2007. Primera edición de 1950.

[2] Jan Douwe van der Ploeg. “El proceso de trabajo agrícola y la mercantilización”, en Ecología, campesinado e historia. Eduardo Sevilla Guzmán y Manuel Luis González de Molina Navarro (eds.). 1993.

 

Esquiladores

En verano mi abuelo Juanjo pasaba unos días esquilando ovejas en la aldea de Retamar. La cuadrilla madrugaba para recorrer a pie los quince kilómetros que esquileoseparaban esa pedanía del poblado minero de La Extranjera. Desde primera hora de la mañana ya estaban trabajando en la estancia, agachados en hilera. El manijero paseaba entre ellos, vigilando que alguno terminase para enrollar el vellón y llevarlo a la lanera. La esquila se comenzaba por la cabeza y terminaba por la falda. Las patas se dejaban para el final y su lana era la única que no salía unida al vellón. Con los sucesivos esquileos el proceso parecía una cuidada coreografía de giro, arrastre, corte y volteo de la oveja.

A media mañana ya apretaba el calor del estío y los hombres sudaban copiosamente. En el cuarto cargado de olor a ganado solo se escuchaba el sonido de las tijeras. Un tijereteo solo interrumpido para llamar al morenero, que acudía con un bote repleto de polvo de fragua para restañar las heridas del esquileo. Aunque la parte del cuerpo que se estaba esquilando se mantenía cuidadosamente estirada para evitar hendiduras o pliegues susceptibles de ser cortados por la tijera, siempre había heridas. Si eran profundas se cosían con una aguja gruesa. En ocasiones, los hombres tenían entretenidos a los niños recogiendo telarañas para cubrir los pellizcos y conseguir que la sangre se coagulara.

Tras un breve descanso para echar un trago a una botella de vino o para rebaño en dehesafumar un cigarro, se volvía al tajo hasta que se ponía el sol. En la primera jornada esquilaban unas treinta ovejas al día, pero en las siguientes podían llegar a las cuarenta. Como cada vellón pesaba entre dos y tres kilos, cada esquilador podía llegar a hacer cien kilos en un día. Las ovejas esquiladas encontraban de nuevo a sus corderos gracias a su balido, pero los corderos pequeños parecían confundidos ante la visión de aquella oveja escuálida y calva que salía a su encuentro, y huían en busca de otra madre en condiciones.

Hace milenios, las ovejas apenas tenían lana. Su aspecto era similar al de las cabras. Los vellones de estos herbívoros estaban constituidos por dos tipos de fibras bien diferenciadas. En el exterior, una jarra de pelos largos y gruesos cuya función era proteger al animal del viento y la lluvia. Por debajo, pegado a la piel, un pelo más corto y fino que servía como aislante térmico y que era la lana. Los pastores neolíticos fueron modificando el pelaje de las ovejas a fuerza de selección, aprovechando la lana y despreciando la jarra. Ésta fue desapareciendo y la lana se hizo más densa y abundante. Las mudas dejaron de ser anuales como en el resto de animales salvajes, por lo que el vellón crecía de forma continua y era necesario esquilarlo periódicamente.

Si hubieras soltado a un campesino del siglo XV en aquella estancia, entendería perfectamente que estaban haciendo mi abuelo y su cuadrilla. El esquileo tijeras esquilarseguía un patrón que se había mantenido inalterado desde hacía muchos siglos. Nadie sabe exactamente cuándo comenzó esta labor, pero los arqueólogos han encontrado herramientas diseñadas para esquilar datadas en la Edad de Hierro (1000 a.C.). Estas tijeras rudimentarias constaban de dos cuchillas enfrentadas y unidas por un arco de acero que actuaba de muelle.

Aún quedan muchos rebaños de ovejas en Mestanza, pero ya no queda nada de aquel mundo. Desde los tiempos del Neolítico, innumerables generaciones de campesinos modelaron el territorio dejándolo tal como lo vemos hoy. Pero de repente, desaparecieron como esas míticas civilizaciones perdidas de las que solo quedan ruinas ciclópeas. La diferencia es que fue ayer mismo, mis padres aún lo recuerdan y pueden dar testimonio de esa civilización extinguida. Aquel mundo había durado desde siempre y parecía estar dispuesto a prolongarse idéntico en el porvenir. Y desapareció en un suspiro, en el tránsito de unos pocos años.

Un fuego antiguo

                                                                                                                                     Invierno de 1926

              Cada niño portaba un fardo de leña sobre sus hombros. Caminaban encorvados, la cabeza caída hacia delante, la vista clavada en el suelo. Las correas que cruzaban su frente ayudaban a soportar el peso. El viento frío soplaba sobre la nieve y sus pequeñas manos buscaban el calor de los bolsillos. Tiritaban y tenían los dedos tan entumecidos que ni siquiera podían abrir sus navajas de mano o abrocharse los abrigos.

– Podríamos descansar un momento –dijo el más pequeño, que tendría unos ocho o nueve años. Su voz sonó como una súplica.

              El otro niño continuó andando y solo al cabo de un rato le respondió sin convencimiento:

– Ya queda poco para llegar al pueblo.

              Siguieron caminando. La nieve apenas dejaba ver una mínima vegetación de color paja. Los arbustos estaban cubiertos por una fina capa de escarcha. Llegaron al cauce helado de un arroyo. Era el arroyo de la Posadilla. El niño más pequeño se paró y comenzó a llorar en silencio. El mayor le miró desolado. Después levantó la vista al cielo, como buscando una respuesta, pero las nubes de color pizarra se mostraron
hogueraindiferentes. Caminó de un lado a otro, pensando que hacer. No había duda, hacía un frío afilado. Maldijo entre dientes y sacó las cerillas. Se sorprendió al comprobar que apenas podía juntar los dedos para sostener un fósforo. Al tocarlos, tenía que mirar para ver si lo había cogido o no. Trabajó pacientemente con unos pequeños chisporroteos hasta que los fardos de leña –la sagrada leña- se convirtieron en un gran fuego. El calor de la lumbre derritió el hielo de sus caras y desentumeció sus dedos. Permanecieron mudos, absortos, asistiendo a la ceremonia del fuego. El hipnótico baile de las llamas restituyó un puro asombro transmitido de generación en generación desde el lejano despertar del mundo. Se sonrieron el uno al otro. Allí estaba la hoguera, crepitante, prometiendo la vida en cada llama.