El trienio liberal (1820-1823)

          La historia de Mestanza registra chivatos y soplones desde hace cuatro siglos. La primera delación de la que tenemos constancia data de 1619, cuando un vecino del pueblo (presumiblemente de origen judío) encontró colgado de su puerta un cartel acusador con la cruz roja de San Andrés que rezaba: “Ya está aquí la información, ahora falta el sambenito”[1]. Las últimas grandes delaciones las encontramos en la Guerra Civil (1936-1939), donde gente de uno y otro bando apuntaron con el dedo antes de hacerlo con la pistola. Entre medias nos encontramos con la curiosa acusación del voluntario realista Juan Antonio Ruiz, que en el verano de 1824 presentó un prolijo expediente denunciando las acciones llevadas a cabo por varios vecinos constitucionales durante el Trienio Liberal (1820-1823).

garrotazosLa aprobación de la Constitución de Cádiz en marzo de 1812 fue el origen del problema de las “dos Españas” que aún hoy sigue coleando. De una parte, estaban los llamados liberales, partidarios de la Constitución y de las ideas progresistas de entonces: limitar el poder de la Iglesia y la nobleza, con una monarquía controlada por un parlamento. De la otra, los realistas, partidarios del trono y el altar a la forma tradicional. Al terminar la Guerra de la Independencia, el rey Fernando VII anuló la Constitución, disolvió las Cortes y empezó a ajustar cuentas. La represión fue bestial y acabó con la inteligencia ejecutada, exiliada o en presidio. No obstante, en 1820, la tropa que debía embarcarse para combatir en Perú al mando del general Riego, se sublevó contra el absolutismo e hizo tragar quina al “rey felón”, que se vio obligado a declarar: “Marchemos todos, y yo el primero, por la senda constitucional”. Se abrió así el llamado Trienio Liberal que acabó como el rosario de la Aurora. El gobierno liberal fue un despropósito y sus excesos hicieron actuar a las potencias europeas, que enviaron un ejército francés –los 100.000 Hijos de San Luis- para restaurar el orden absolutista. Entonces vino una nueva represión, más brutal aún que la anterior.

          El expediente de Juan Antonio Ruiz denunció a los tres alcaldes liberales que tuvo Mestanza durante el Trienio. A Cristóbal Rodríguez (alcalde en 1821) por salir a perseguir con la milicia voluntaria del pueblo a los guerrilleros de la partida realista de Pedro Zaldívar, alias el Cabrero, que andaba merodeando por la sierra. A Víctor Ramos (alcalde en 1822) por reunir gente armada para marchar a la caza del guerrillero realista Manuel Adame, alias el Locho, ya que decía conocer el sitio donde éste se guarecía. A Manuel Rodríguez (alcalde en 1823) por quitar los barrotes de la cárcel del pueblo y utilizar el hierro en los balcones de varias casas de su propiedad. Además, denunció al maestro Nicolás García de Aranda por ser un “exaltado constitucional” y por amenazar con dar parte al coronel liberal Francisco Abad, alias Chaleco, para que “viniese a degollar a todos los servilones” que se paseaban por las calles del pueblo con el retrato del rey. Al procurador síndico[2] Bartolomé Herráez por decir: “Ya hemos salido del poder del gobierno tiránico que nos dominaba. Ya gozamos de la libertad de ciudadanos que nos da la Constitución”. Al médico Ramón Paulino Arenas por declarar: “Si yo fuese el que mandase, mandaría cortar la cabeza a ese pícaro de Lasso”, refiriéndose al guerrillero realista Francisco Lasso de la Vega, que fue capitán de la partida de “Los Leones Manchegos”. Al capitán retirado Antonio de Marcos por decir que: “era menester degollar veinte o treinta de cada pueblo de los que no querían la Constitución”, por manifestar que: “era menester matar al rey Fernando porque no guardaba y defendía el juramento que tenía prestado a favor de la Constitución”, y por exclamar: “¡Maldita sea la madre que parió a Fernando!”. Al presbítero Joaquín Ramírez por “revolucionar al pueblo” para que linchase en la plaza al anterior alcalde realista. Al escribano José Correal por guardar en su casa los fusiles y las municiones de la milicia voluntaria. Al jefe de la milicia voluntaria Benito Limón, por intentar asesinar a un individuo realista llamado Hidalgo; al guardia mayor del Valle de Alcudia Cristóbal Camacho por dar licencias para cortar leña solo a los vecinos que declarasen contra sus paisanos realistas. Por último, también denunciaba a varios chivatos del bando liberal. A Antonio Limón, que era sangrador del pueblo, por delatar a un vecino que dijo “que venían los rusos a favor del rey”; a Bartolomé Buendía, que fingía estar dormido y se levantaba en mitad de la noche para espiar las reuniones de los realistas en casa de su amo; y a Manuel Camacho, que denunció al realista Pascual González por decir que “se cagaba en la Constitución y en quien la había inventado”.

          Desconozco el destino de los acusados, pero me temo que no fue feliz. Las penas promulgadas en 1824 para los liberales hacen pensar en varias condenas de muerte.

 

[1] El sambenito era una prenda con forma de gran escapulario que la Inquisición ponía a los condenados por delitos de carácter religioso. Llevaba bordada la cruz roja de san Andrés.

[2] En el Ayuntamiento, encargado de promover los intereses del pueblo, defender sus derechos y quejarse de los agravios que se le hacían.

 

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Eugenio Noel

          Hoy nadie recuerda a Eugenio Noel. Pero durante el primer cuarto del siglo XX fue uno de los escritores más famosos de España. Nació en Madrid en 1885 en el seno de una familia humilde. Noel pudo estudiar en un seminario gracias a una aristócrata en cuya casa servía su madre. Pronto perdió la fe y comenzó su carrera como periodista bohemio. Tuvo una relación con la cantante María Noel, que le dio el apellido para su seudónimo e inspiró su novela Alma de santa. En 1909 se alistó voluntario para luchar en Marruecos. Sus artículos sobre la campaña de África en el periódico España Nueva, recopilados en el libro Notas de un voluntario, le valieron una condena a prisión en la cárcel Modelo. Pero lo que realmente hizo famoso a Noel, su verdadera razón de ser, fue su feroz oposición en contra de la fiesta de los toros. Esta obsesión le llevó a un interminable peregrinaje por España y América, dando cientos de conferencias antitaurinas y acudiendo a todas las plazas para denunciar el espectáculo desde la barrera.

eugenio-noelAborrezco que se torture a un animal. También, como dijo alguno, prefiero a una piara de cerdos a un consejo de ministros. Pero con las corridas de toros hago una excepción. Cada cual tiene sus contradicciones, y una de las mías es que me gusta el espectáculo de un hombre valiente frente a un animal noble. Dicho esto, no me cabe ninguna duda de que Eugenio Noel era más valiente que treinta toreros juntos. Hoy en día es fácil ser antitaurino, pero hace un siglo era un boleto para ser linchado con premio seguro. Era la Edad de Oro del toreo. Las corridas de toros tenían una resonancia y una trascendencia que hoy no tienen. La noche después de una buena corrida y toda aquella semana no se hablaba de otra cosa. Era la época de Rafael el Gallo, de Joselito y de Belmonte. Una buena faena era relatada una y mil veces por los labios trémulos de los aficionados, que simulaban el pase culminante en las tabernas, en las tertulias del café o bajo un farol en medio de la calle.

          Los encierros de Mestanza recibieron los dardos de Eugenio Noel. En 1924, publicó el libro España nervio a nervio, donde narra su conversación con unos arrieros del Valle de Alcudia. Hablan de las mujeres de Abenójar, del gazpacho, de las gachas, del pisto. Llegados a un punto discuten sobre cuál es el mejor queso manchego y uno de ellos zanja la cuestión: “Sin la hierba de cuajo que traen las ovejas de Sierra Morena no hay queso manchego”. Y salta otro arriero:

– La Sierra Morena… ¿No ha estado alguna vez en Mestanza, por Puertollano?… Allá   empieza la Sierra. Y allí sí que son bestias, Dios santo, barrigones de sesera y retorcidos como rabo de cerdo. Por San Pantaleón, los que van al unto del bodorrio ofrecen a las novias matar el toro de un estacazo. Pero de un estacazo solo, no vaya a imaginarse de bulto que el toro necesite dos.

          No es de extrañar que Noel fuera objeto de múltiples agresiones, insultos y persecuciones en diversos pueblos de España. Si no murió apaleado fue, sin duda, por su apariencia pintoresca que llevaba a la risa. González Ruano le recuerda con un aspecto físico a lo Balzac, con grandes melenas de un negro atroz y rizoso, bigote caído, camisola escotada, capa italiana y zapatos de charol. En cierta ocasión, el público de Valencia comenzó a increparle y exhortó a El Gallo a que le brindara un toro. Lo hizo con Amargoso al que cortó una oreja que lanzó a Noel. Más tarde, el escritor le preguntó a El Gallo si no le guardaba rencor por sus escritos. La respuesta del matador fue demoledora: “A mí los toros, la mayoría de las tardes, me gustan menos que a usted”.

          Eugenio Noel murió pobre y olvidado en un hospital de beneficencia de Barcelona. Corría el año 1936, poco antes de comenzar la Guerra Civil. El vagón que traía su cadáver de vuelta a Madrid se perdió en una vía muerta de la estación de Zaragoza.