La Sepultura del Moro

          La Sepultura del Moro es una tumba excavada en un afloramiento rocoso cuyo origen parece remontarse al periodo visigodo (siglos V-VII). Está situada al este de la villa, junto al cordel de la Dehesa Gamonita.

          Los sepulcros labrados en la roca natural se extienden por toda la Península Ibérica. Durante el siglo XIX, los estudiosos los consideraron de época íbera; no fue hasta 20190419_204908bien entrado el siglo XX cuando se reconoció su carácter altomedieval. Los primeros estudios arqueológicos realizados con rigor los efectuó el profesor Alberto del Castillo en las décadas de 1960-70. Este investigador estableció la siguiente cronología: las sepulturas más sencillas (con forma ovalada o de bañera) se situaban, sin ambigüedad, en la época visigoda; las tumbas mejor talladas (con forma antropomórfica donde se distingue claramente la cabecera) serían posteriores (siglo IX en adelante). La Sepultura del Moro tiene forma de bañera –ovalada con un estrechamiento progresivo desde la cintura a los pies- por lo que cabría situarla cronológicamente en la época visigoda.

          Los estudios más recientes consideran superado el tiempo en que solo se estudiaban las sepulturas en relación a su evolución tipológica y tienen en cuenta muchos otros factores. No obstante, como sucede en Mestanza y en la mayoría de los20190419_205230 casos, estas tumbas carecen de ajuares, de restos óseos y de contextos arqueológicos claros. De ellas se puede decir, parafraseando a Churchill, que son un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma. En lo que sí hay consenso a día de hoy es en que corresponden a la época altomedieval. También en que se utilizarían ex profeso para un individuo concreto y que eran tapadas con planchas de piedra para proteger al difunto. La Sepultura del Moro no conserva ni esta plancha ni mucho menos restos de un ajuar. Es lógico. Se trata de una zona muy expuesta y cabe suponer que fue expoliada de antiguo.

          ¿Por qué solo se conserva un sepulcro? ¿Por qué no encontramos una necrópolis? Estas fueron las primeras preguntas que me hice al ver la Sepultura del Moro. Lo cierto es que, observando los alrededores, no vi ningún otro afloramiento rocoso de suficiente envergadura como para contener un cuerpo humano. Quizá esta sea la única respuesta.

          ¿Por qué alguien invirtió tanto tiempo en labrar esta sepultura? Con las herramientas de la época podía tardarse varios meses en excavar una tumba de este tipo. Hubiera sido menos trabajoso haber enterrado el cuerpo bajo tierra y revestir el hueco con lajas en los laterales y en la parte superior, pero supongo que el difunto prefería ser inhumado de forma más selecta que sus paisanos. No es tan raro si lo comparamos –salvando las distancias- con las pirámides faraónicas o con otros monumentos funerarios.

          La Sepultura del Moro sigue ahí, resistiendo el paso de los siglos. Ha visto pasar a los duros visigodos, a los invasores musulmanes, a los impetuosos cristianos, a los pastores trashumantes, a los tenaces mineros… Contemplar su silueta es un ejercicio de humildad. Nos recuerda nuestra insignificancia en el colosal torrente de la historia. También nos enseña que el pasado es, muchas veces, un pozo insondable en cuya oscuridad apenas alcanzamos a percibir algunos destellos de verdad.

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Julián Bonillo en la División Azul

A Miguel Ángel Pareja

 

          Durante la Segunda Guerra Mundial, el azar quiso que dos mestanceños combatieran frente a frente. Uno –Julián Bonillo- en el bando alemán; otro –Germán Vozmediano- en el soviético. Hoy sabemos que ambos lucharon por una causa equivocada, pero también que lo hicieron con mucho valor y mucha decencia.

          A finales de 1942, nuestro paisano Julián Bonillo Barato salió de su casa –en el número 24 de la calle Cristo- para alistarse en la 250ª División de Voluntarios Españoles de la Wehrmacht, más conocida como la División Azul. No se sabe si lo hizo por convicción, por deseo de aventura o por necesidad. Lo que sí sabemos es que eran años muy difíciles, que su madre Hermógina había quedado viuda y que los divisionarios tenían derecho a dos pagas, una española y otra alemana.

          Al llegar a Baviera, Julián ya vestía el elegante uniforme feldgrau del ejército alemán y el feldmütze schiffchen, ese característico gorro de churrero conocido como “el barquito”. En el campamento de Grafenwöhr, los divisionarios recibieron un duro columna de la División azul en marchaentrenamiento para cumplir en unos pocos días lo que normalmente llevaba un trimestre. Los rudimentos de la instrucción los aprendieron sin problema. Lo que llevaron peor fue la rígida disciplina prusiana. Los alemanes los veían como gente indisciplinada, descuidada con la pulcritud del uniforme y el cuidado del armamento e incapaz de saludar correctamente a los superiores. Se acumularon las quejas contra los españoles por llevar la guerrera desabrochada, fumar en las guardias, organizar fiestas, pasear del brazo con mujeres, practicar el trueque y confraternizar con la población civil. Parece que incluso llegaron a ofrecer víveres y cigarrillos a los judíos, lo cual les ocasionó serios problemas con la estricta policía militar alemana.

          El Batallón en Marcha nº 20 llegó a Leningrado en febrero de 1943, tras varias semanas con marchas de 50 kilómetros diarios y 40 kilos de equipo encima. Por esas fechas, los efectivos de la División Azul estaban al completo. Desde 1942 se recibían con regularidad estos “Batallones en Marcha” con centenares de nuevos voluntarios que cubrían las numerosas bajas. Los veteranos (o “guripas”) motejaban a los novatos recién llegados como “mortadelas”. Julián fue destinado al Regimiento 269 Esparza, III Batallón, 9ª compañía de fusiles. La misión consistía en cubrir un frente de más de veinte kilómetros desde Krasny Bor a Pushkin, atravesado por el río Ishora y por la carretera Leningrado-Moscú. El paisaje era aterrador: temperaturas nocturnas de más de 50 grados bajo cero, el río helado, la nieve hasta la cintura. Cuando iban a orinar, los soldados se ponían un viejo calcetín sin puntera en el miembro para evitar que se les congelara. Se cuenta que, como la orina se helaba antes de llegar al suelo, los guripas solían hacer creaciones artísticas con sus micciones.

          Aquel mes de febrero se produjo el combate más sangriento de la División: la batalla de Krasny Bor. El día 10, 5.000 españoles resistieron un ataque devastador de cuatro divisiones soviéticas compuestas por 44.000 hombres y un centenar de carroskrasny bor blindados. Abandonados a su suerte, durante todo el día pelearon como fieras, a la desesperada. Los oficiales llegaron a pedir fuego artillero sobre su propia posición por estar inundados de rusos. Hubo unos 2.200 españoles muertos, heridos o desaparecidos, pero frenaron la embestida de los rusos, les hicieron 10.000 bajas y obtuvieron de Hitler este comentario: «Extraordinariamente duros para las privaciones y ferozmente indisciplinados».

          A los divisionarios les costaba hablar de sus experiencias y ocultaban el haber matado. Pero lo cierto es que no solo se mató mucho, sino que gran parte de las muertes se ejecutaron en combates cuerpo a cuerpo, con bayoneta y cuchillo. De ahí la famosa canción: Nada nos importa el frío / tenemos la sangre ardiente / si se nos hiela el fusil / el machete es suficiente. El 26 de mayo, Julián celebró su 22 cumpleaños en el frente. Por esas fechas recibió el mejor regalo posible: la nueva ametralladora MG-34. Los españoles estaban fascinados con ella. Era tan extraordinaria que muchos ejércitos la mantienen en activo hoy en día. Un mes después, Julián cayó herido de bala en la mano derecha. Fue evacuado al hospital de Riga (Letonia) y después le trasladaron al hospital de Vilna (Lituania) donde recibió el alta a mediados de julio. Tras su regreso al frente, Julián pudo lucir en su manga izquierda el galón dorado en ángulo que servía como distintivo de herido en combate.

          Nuestro paisano fue repatriado a España el 7 de diciembre de 1943, después de permanecer casi un año en el frente. Numerosos testimonios de los rusos recuerdan a los españoles como “alegres”, “ruidosos” y “ladrones”. La población local aprendió pronto que “pese a todo, eran mucho más humanos que los alemanes”. En las fotografías, los divisionarios aparecen a menudo con las manos en los bolsillos. Este sencillo comportamiento era contrario a las normas básicas de la etiqueta imperante en el ejército alemán y molestaba terriblemente a éstos. Quizá justamente por ello los españoles –soldados y mandos- iban a todas horas con las manos en los bolsillos.

          Creo que Julián Bonillo podría haber hecho suyas aquellas palabras de George Orwell: “Esta guerra, en la que desempeñé un papel tan irrelevante, me ha dejado sobre todo malos recuerdos y, sin embargo, no me hubiera gustado perdérmela”.

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Don Quijote en Sierra Morena

En su segunda salida, don Quijote y Sancho se adentran en el Valle de Alcudia por el Camino Real que comunicaba Toledo y Córdoba. En las Relaciones topográficas de Felipe II, la villa de Almodóvar del Campo señala este camino como “el paso y camino real y ordinario de Castilla la Vieja para el Andalucía”; y añade: “y es paso forzoso y necesario venta inésentre las dichas dos provincias”. Recordemos que el paso de Despeñaperros no se abrió hasta el siglo XVIII. Cervantes conocía el Camino Real a la perfección, pues lo había transitado en numerosas ocasiones como comisario real de abastos de la Armada Invencible. En el comienzo de Rinconete y Cortadillo ya menciona la venta del Molinillo, “que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla a la Andalucía”. El escritor Julio Llamazares, que siguió los pasos del caballero, señala en su obra El viaje de don Quijote (2016) que “las ventas del Molinillo y del Alcalde, hoy de la Inés, eran las dos últimas que los viajeros hallaban antes de adentrarse en Sierra Morena de lleno, que son palabras mayores y más en tiempos de don Quijote, en los que estaba llena de bandoleros”. En las cercanías de estas ventas tiene lugar el encuentro de don Quijote con la cadena de galeotes que se dirigían por el Camino Real a las costas andaluzas para penar sus pecados en las galeras del rey. Tras liberar a estos cautivos, temerosos de las represalias de la Santa Hermandad, don Quijote y Sancho se adentran en Sierra Morena “que allí junto estaba”.

Es en este punto cuando entran en los términos de Solana del Pino y Mestanza, en “mitad de las entrañas de Sierra Morena”. Según indica Cervantes, Sancho tenía la firme intención de atravesar toda la sierra “e ir a salir al Viso o a Almodóvar del Campo”. Comoventa-de-la-ines--almodovar-del-campo señala Astrana Marín, el gran biógrafo de Cervantes, en ambos casos debían “apartarse del Camino Real” y dirigirse hacia el este a través de senderos. Si querían salir a Almódovar, lo más razonable era alcanzar el camino que comunicaba Fuencaliente con Mestanza. Las Relaciones topográficas de Felipe II señalan que eran “cinco leguas de muy mal camino (…) fragoso y áspero de cerros y montes”. La idea de Sancho era “esconderse algunos días por aquellas asperezas, por no ser hallados si la Hermandad los buscase”. Si por el contrario preferían salir al Viso del Marqués, no había que pasar por el pueblo de Mestanza, sino continuar hacia el este por sus aldeas de Solanilla del Tamaral y San Lorenzo de Calatrava.

En algún paraje de nuestras sierras, don Quijote y Sancho se encuentran con un cabrero. Éste les cuenta la historia del desafortunado Cardenio, que se hallaba saltando “de risco en risco y de mata en mata”. El cabrero les informa que tiene intención de encontrar a Cardenio y “ya por fuerza, ya por grado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas, y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura”. Se trata de una de las precisiones geográficas más puntuales de la inmortal novela.

El mejor homenaje al paso de don Quijote y Sancho por nuestras sierras se lo debemos a nuestros vecinos de Solana del Pino. La Plaza de Sierra Madrona, junto a la iglesia, está bellamente decorada con cerámicas de motivos quijotescos. Con un criterio excelente, se alternan las estampas cervantinas y textos de los capítulos de El Quijote relativos a su estancia en Sierra Morena. Decía Borges que El Quijote era la historia de “una amistad y de una alegría”. No hay una definición mejor. El caballero y su escudero forman ya parte de la historia de Mestanza, y como tales, cualquier ocasión es buena para celebrar su paso por nuestra tierra.

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El volcán de la Alberquilla

            La Laguna de la Alberquilla está situada a unos siete kilómetros al este de Mestanza, en lo alto de la sierra que separa los valles de Alcudia y del Ojailén. El caminante asciende a la cumbre por un camino asequible. En la primavera, el aroma del laguna alberquillatomillo y la lavanda van llenando la mañana. Un viento suave agita las hojas crujientes de las encinas, mostrando su haz verde oscuro y su envés grisáceo. Las mariposas revolotean entre los enebros, encendiendo el aire y alegrando la vera del sendero. Aquí se han visto ciervos, jabalíes, zorros; también especies amenazadas como el lince ibérico. En el cielo se contemplan joyas ornitológicas como la cigüeña negra, el águila imperial o el buitre negro. La laguna, con más de 20 metros de profundidad, está llena de agua después de las lluvias.

            Esta inocua laguna es en realidad el cráter de un volcán. Hace varios millones de años se produjo aquí una explosión formidable. Este maar o cráter, con una dimensión de 800 x 500 metros, fue el brutal resultado de la vaporización de las aguas freáticas al entrar en contacto con el magma ascendente. Miles de toneladas de rocas volcánicas salieron despedidas de las entrañas de la tierra. Los depósitos piroclásticos que sevolcan observan alrededor del cráter nos recuerdan la magnitud de aquella enorme erupción. El Campo de Calatrava es una de las zonas de vulcanismo reciente más importantes de la Península Ibérica. La palabra “reciente” puede resultar engañosa. Hablamos de un periodo comprendido entre hace 8,7 millones de años y 1,7 millones de años. Pero en términos geológicos, es como decir “hace un rato”. Por este motivo los edificios volcánicos conservan su morfología original y sus productos se han preservado en muy buenas condiciones de observación. En el término municipal de Mestanza hay cinco volcanes catalogados: Tres de ellos –La Gitana, Villalba y El Burcio– son de tipo estromboliano; el volcán de La Cayetana es de tipo efusivo; y La Alberquilla es el único volcán de tipo hidromagmático. En 1999 la Laguna de la Alberquilla fue declarada Monumento Natural por ser “la única laguna de origen volcánico que se encuentra colgada en la parte alta de una sierra cuarcítica”.

            El nombre de “Alberquilla” proviene de la palabra árabe “alberca” (bírka) que significa “estanque”. El Libro de la Montería (s. XIV) se hace eco de este hermoso lugar:

La Sierra de la Alberquilla es buen monte del oso y del puerco en invierno y [también] en el comienzo del verano. Y son las vocerías: una desde el Puerto del Burcio por [la] cima de la sierra hasta el Puerto de la Alberquilla; [y la otra] por el campo de Alcudia hasta la huerta de la Alberquilla. Y la primera vez que corrimos este monte, matamos un oso de los [más] grandes que matamos hasta ese día.

En este libro excepcional se describen los montes donde se podían cazar osos y jabalíes. Los cazadores medievales cercaban a los osos y jabalíes en la Alberquilla. Mientras un grupo comenzaba la batida (vocería) ascendiendo a la sierra desde el valle, el otro lo hacía a través de la sierra partiendo del cercano Puerto del Burcio. Una vez rodeados, los animales eran acorralados por los perros, dejándolos a tiro de arco o de ballesta.

            El caminante desciende de la cumbre por el mismo sendero. El monte está cubierto de jaras y retamas. En la ladera el matorral –romero, cantueso y espliego- ha desplazado a la hierba. El valle se llena con los sonidos del campo: los balidos de las ovejas, el tintineo de sus esquilas, los ladridos de los mastines, el piar de los pájaros. La brisa trae olores frescos de manzanilla, magarzas y campanitas. Recuerdo las palabras del filósofo John Cowper Powys: “No hay razón para que le neguemos a las plantas una lenta, débil, vaga, amplia y relajada semiconsciencia”. ¿Es posible que el tomillo y el romero estén despiertos en cierto sentido? ¿Pueden sentir las encinas mi tránsito por estos parajes?

La Virgen de la Antigua

                  El culto a la Virgen de la Antigua, patrona de Mestanza, se remonta al siglo XIV. Así lo acredita la datación de su torso de madera policromada. La cabeza, las manos y el 20190402173646_001Niño se perdieron con el paso del tiempo, siendo los actuales del siglo XVIII. Por tanto, el torso de la Virgen es el objeto más antiguo que nos han legado nuestros antepasados. Tiene nada menos que 700 años. Hace tiempo, pude contemplarlo de cerca. Quedé fascinado por los suaves pliegues de su manto, recogido para sostener al Niño sobre el brazo izquierdo. La túnica, de tonos ocres, tiene un escote redondo enmarcado por una guarnición cuadrada de color rojo que era conocida como orfrés en la Edad Media.

                  En el siglo XIV, el Valle de Alcudia era una región muy famosa. Una de las obras cumbre de la literatura española, El Libro de buen amor, escrito hacia 1330 por Juan Ruíz, Arcipreste de Hita, ya cita “el campo de Alcudia e toda Calatrava”. Tras la expulsión definitiva de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), muchos castellanos del norte peninsular se asentaron en nuestro pueblo. Aquellos hombres trajeron sus costumbres y sus creencias. Fueron ellos quienes introdujeron la devoción a la Virgen de la Antigua. Al parecer, se trataría de una advocación castellano-leonesa. De hecho, en León se encuentra el pueblo de La Antigua, con un templo dedicado a esta virgen y una talla del siglo XII.

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              La ermita medieval de la Virgen se construyó en el paraje de La Vera, en el mismo sitio donde se levanta la ermita actual, en el término de Solana del Pino. Fue erigida en el siglo XIV para dar cobijo a la imagen recién tallada de la Virgen. La primera silosmención a la ermita de la Antigua la encontramos en el Bulario del papa Benedicto XIII (el Papa Luna). En una misiva fechada el 21 de abril de 1412, el papa ordena al arzobispo de Toledo que ratifique la donación del “eremitorio de Mestanza” hecha por don Lope Carrillo, comendador calatravo de la villa, al clérigo abulense Fernando Alfonso, pues “desea consagrarse allí al Señor en unión de otras personas”. Todavía pueden verse las ruinas de sus viviendas y del silo donde aquella congregación almacenaba los cereales. Como era usual en la Baja Edad Media, el silo tiene forma cilíndrica y está escavado en el terreno con una profundidad algo superior a un metro.

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La Cofradía de la Virgen de la Antigua aparece documentada por los visitadores calatravos en 1510, lo cual la convierte en la hermandad viva más antigua de Mestanza. La celebración del Voto, por su parte, aparece descrita en 1569:

Los vecinos de la dicha villa de Mestanza tienen por devoción ir (…) a la dicha ermita cada un año por el dicho día. [Ese día] dicen la misa, [y también dicen] misa al otro día siguiente, y comen en ella, y lo que en esto gastan lo contribuyen entre todos sin gastar cosa alguna de la renta de la dicha ermita. Y que esta es cofradía que tienen hecha los vecinos de la dicha villa por su devoción.

En un documento de 1603, el rey Felipe III autorizaba al Concejo de la Villa a dar “limosna y caridad” hasta la cantidad de 10.000 maravedís en cada uno de los tres días 20190418_233023de fiesta que se celebraban en honor de la Virgen: el domingo de Pascua y otros dos días en agosto por la Asunción de María. Más tarde, el Voto pasó a celebrarse el lunes de Pentecostés y no fue hasta hace poco que pasó a festejarse el último domingo de mayo. En 1905 se decidió trasladar la imagen a la Iglesia de San Esteban, si bien se siguió celebrando la romería en la Vera de la Antigua. Según contaban nuestros abuelos, la imagen se dejaba sobre una piedra en mitad del río Montoro, en el conocido como “Vado de la Virgen”. Allí acudían tanto los de Mestanza como los de Solana del Pino a celebrar la fiesta hasta que, en la década de 1920, se produjo una disputa entre ambos pueblos. La Virgen se quedó definitivamente en Mestanza y tanto la Vera de la Antigua como su ermita cayeron en el olvido.

        No existen fotografías ni grabados de la vieja Ermita de la Antigua. Tan solo disponemos de la descripción realizada en 1948 por Patricio Martín Albo, párroco de Mestanza. Podemos inferir que se trataba de una sencilla construcción de planta20190418_232536 rectangular levantada sobre un zócalo de sillares y con muros de mampostería. El eje mayor seguía una línea este-oeste, apuntando su cabecera (ábside) hacia oriente. Gracias a esta orientación particular, los rayos de sol de la mañana penetraban por las ventanas absidales, iluminando el altar donde estaba la Virgen. La ermita tendría un techo de madera, un tejado a dos aguas con teja curva y una espadaña con su campana. Está documentada la existencia de “dos grandes pórticos a los lados laterales”, esto es, al norte y al sur. La entrada se situaba en el pórtico sur. Una portada construida en ladrillo con un arco de medio punto guarnecía la puerta de doble hoja. El edificio disponía de una habitación para el santero y de una sacristía donde se guardaban varios objetos de culto. También se conservaba un antiguo retablo, una pila de agua bendita y un baptisterio.

          Todo parece indicar que se trataba de una ermita sobria y muy bella en su sencillez. Pero todo se echó a perder por la desidia. El informe del párroco Martín Albo portadaes desolador. Al llegar a la ermita en 1946 se encontró un pórtico lleno de paja y el otro medio derruido. Las puertas de madera estaban arrancadas de cuajo. El interior de la ermita servía para guardar el ganado y el suelo estaba cubierto de estiércol. La espadaña seguía en pie, pero la campana apareció partida en varios trozos. El informe culpaba a un tal Leandro Juárez, vecino de Solana del Pino, cuyo padre había adquirido la finca a los pocos años de concluir la celebración de la romería. Al parecer, tras expulsar a la última santera, aquel noble santuario pasó a convertirse en un cochambroso redil para el ganado. Fue reconstruida en la década de 1950. Del edificio original, parece que solo se conserva la portada de ladrillo, hoy pintada en un tono rojizo. Es el último vestigio de la antigua ermita.

               En 1926, tras la disputa con Solana del Pino, la romería pasó a celebrarse en “Las Pozas”, dentro de la finca de El Belesar. Los mestanceños se dispusieron a construir una nueva ermita en este sitio, pero según contaban, todo el trabajo realizado durante el día era destruido misteriosamente durante la noche. Hubo dos interpretaciones al respecto. Una era que la Virgen no deseaba tener allí su ermita. Otra explicación, más prosaica, sostenía que el propietario de la finca –un tal Pío Garagorri- ordenaba el derribo de las20190420_200801 obras. Por fortuna, un terrateniente llamado Germán Inza, ofreció su finca de Hato Castillo para la celebración de la romería. Se trataba de un hombre muy devoto de la Virgen y de un apasionado del Valle de Alcudia, del cual dejó escrito: “Su sencillez es lo eterno, lo real, lo sagrado y la elegancia máxima”. En el año 1962 se construyó la nueva ermita de Hato Castillo, en lo alto de un cerro situado en vereda de la Antigua, la misma que conducía a la ermita medieval. Muchos vecinos de Mestanza colaboraron en su construcción. Allí se celebran hoy día las fiestas patronales de la Virgen, que sigue gozando de gran aprecio y devoción por parte de los mestanceños. El sábado se celebra la Misa Mayor seguida de una procesión. El domingo tiene lugar la Romería en los alrededores del santuario. Continúan vigentes aquellas bellas palabras de Germán Inza: “La entrada de la Virgen en el pueblo es apoteósica. Cohetes, tracas, rondas de pólvora. Miles de personas. Entusiasmo. Delirio. ¡Viva la Virgen de la Antigua!”.

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Mestanza, un apellido literario

            Mestanza, además de ser el nombre de nuestro pueblo, es un apellido toponímico que se extiende por España y América. El personaje más famoso que lo ha ostentado fue IND119216el poeta Juan de Mestanza Rivera. En 1555, siendo muy joven, viajó a las Indias para hacer fortuna. Pasó muchos años en la ciudad yucateca de Mérida (México), donde alcanzó el grado de teniente general de aquella gobernación. En 1578 había pasado a residir en Guatemala, donde su fama de poeta se extendió hasta España. Miguel de Cervantes le dedica una octava en su Canto a Calíope, incluido en La Galatea (1585):

Y tú, que al patrio Betis has tenido

lleno de envidia, y con razón quejoso

de que otro cielo y otra tierra han sido

testigos de tu canto numeroso,

alégrate, que el nombre esclarecido

tuyo, Juan de Mestanza, generoso,

sin segundo será por todo el suelo

mientras diere su luz el cuarto cielo.

En 1586, al saberse que el corsario Drake había cruzado el estrecho de Magallanes, Juan de Mestanza partió hacia la villa de Sonsonate (El Salvador) para defenderla de los ingleses. Tras este episodio, quizá en agradecimiento, fue nombrado alcalde de la localidad. En 1614 ya había regresado a España, según se deduce de los bellos tercetos que le dedica Cervantes en El viaje del Parnaso (1614):

Llegó Juan de Mestanza, cifra y suma

de tanta erudición, donaire y gala,

que no hay muerte ni edad que la consuma.

Apolo le arrancó la Guatemala,

y le trujo en su ayuda para ofensa

de la canalla en todo extremo mala.

            En la literatura española hay varios personajes ficticios que lucen el apellido de Mestanza. El novelista Benito Pérez Galdós, en sus Bodas Reales (1900) de Los Episodiosgaldós Nacionales, nos habla de un tal Francisquillo Mestanza, natural de Puerto Lápice, de quien nos dice que era algo pendenciero, pues anduvo a puñaladas en la venta de la Tía Inés. Nada que ver con los marqueses de Mestanza, cuya existencia nos narra en su obra El caballero encantado (1909). De la hija de los marqueses, Mariquita de Castronuño, nos dice Galdós que era “riquísima heredera, buena chica, educada en Francia, de rostro no desagradable y figura esbeltísima”.

            El filósofo José Ortega y Gasset escribió las Memorias de Mestanza durante los primeros días de la Guerra Civil. En este libro relata cómo conoció en una posada de ortegaAlbarracín a don Gaspar de Mestanza, “uno de los pocos españoles interesantes que han nacido en los últimos cien años”. Este personaje ficticio había vivido muchos años fuera de España debido a su condición de diplomático. En sus extensas memorias, que el filósofo finge extractar, don Gaspar reflexiona sobre el carácter y la historia de los españoles. También sobre lo efímero de la vida: “Adiós, las penumbras deliciosas. Hay que vivir en adelante bajo una cruda luz de mediodía. Todo está claro, ferozmente diáfano: cada cosa es lo que es y nada más”.

 

 

 

Los carboneros

            El término de Mestanza, con sus extensos encinares, fue lugar de frecuente carboneo. La madera más gruesa, procedente de grandes ramas y troncos, era la carboneros-1utilizada para producir carbón vegetal. Los carboneros trabajaban en cuadrillas de tres o cuatro hombres, que solían ser miembros de la misma familia. En el mes de diciembre partían hacia la finca que habían de carbonear. Los propietarios de la misma, arrendaban esta labor a un contratista que se encargaba de reclutar a los trabajadores del pueblo. Al llegar a la finca, construían un chozo donde acomodar a su familia durante los cinco meses que duraba la faena. Entre enero y marzo se podaban y entresacaban las encinas. Tras terminar el corte, se juntaban los troncos y la leña en el lugar elegido para construir la carbonera. Primero se colocaban los troncos gruesos; después se apilaba la leña para dar al horno una forma redondeada; finalmente, se revestía todo con jara y retama y se cubría con un manto de tierra.

            El carbonero encendía el horno por arriba y tapaba la chimenea. Después abría varias humeras para propagar la combustión. El carbón tardaba en hacerse unos veinte días. Había que vigilarlo sin cesar desde la chabana, un pequeño chozo construido junto a la carbonera. El horno humeaba día y noche. El color del humo indicaba la marcha de la cochura. A veces se producía un hundimiento y había que echar troncos y leña por la brecha para evitar que se hiciera ceniza y se perdiera todo el trabajo. Conforme el horno se cocía, el carbonero iba pisando en lo alto para reducir su volumen. Para realizar esta faena vestía con sus peores ropas. Era un trabajo muy peligroso. Algunos hundieron las piernas y se quemaron vivos.

            La extracción del carbón duraba varios días. Era el trabajo más duro por el calor y el polvo que se tragaba. Al sacarlo no podía amontonarse porque ardía. Había que extenderlo durante tres días para que se enfriase. Un horno corriente proporcionabacarboneros-2 unas mil arrobas de carbón, aunque se hablaba de un carbonero de Alamillo conocido como El Lobo que habría construido un horno de doce mil arrobas en 1932. Una cuadrilla corriente podía sacar unas seis mil arrobas por temporada. Las ramas pequeñas también eran aprovechadas. En este caso no había que construir un horno, sino que una vez amontonado el ramaje, se le prendía fuego. Tras alcanzar la combustión idónea se apagaba el fuego con agua o con tierra. De ambas formas se conseguía un carbón vegetal muy fino, ideal para braseros, llamado picón. A principios del verano, una recua de mulas transportaba el carbón hasta Mestanza. Cada animal cargaba dos serones de cinco arrobas cada uno (más de cien kilos). Los carboneros regresaban al pueblo con sus familias para empezar la temporada de la siega.

            La película Tasiode Montxo Armendáriz muestra fielmente cómo era la vida de los carboneros. Durante una hora y media de metraje, los escuetos diálogos rezuman una emoción contenida. Es un canto a la existencia silenciosa y al amor por las cosas sencillas. En la película se muestra la importancia de la caza furtiva para los carboneros. No faltaba una perdiz o un conejo para vender de estraperlo o para sacar adelante a la familia. Un viejo dicho reflejaba con fidelidad aquella dura vida del carbonero:

                                    Almuerza pan y cebolla,

                                    merienda cebolla y pan.

                                    Y si a la noche no hay olla,

                                    vale más pan y cebolla

                                    que acostarse sin cenar.