Bandoleros carlistas: Barba

En la primavera de 1834, tras varias semanas de cacería, la milicia urbana de Mestanza mató al bandolero carlista Eugenio Ibarba, alias Barba, en el sitio de la Jandulilla. Los días anteriores ya habían caído su lugarteniente Juan Díez Rodero y otros miembros de su partida, como el sanguinario José Manzanares, alias El Sastre. Pese a estar malherido en una pierna, Barba había logrado burlar a numerosas tropas procedentes de Sevilla y Fuencaliente que, desesperanzadas, optaron por retirarse dejando solos a los soldados de Mestanza. Lejos de arredrarse, el alcalde don Joaquín de Palma y Vinuesa continuó una persecución sin tregua acompañado de los tres urbanos de la villa –Juan Castellanos, Nicolás Larios y Antonio Rodríguez- y de una temible jauría de perros de caza. Estaba convencido de que “en su desesperación, [Barba] se dejará morir de hambre y cansancio antes que rendirse”. Cuando lograron acorralarle, el irreductible bandolero abrió fuego a discreción arrancando media chaqueta a uno de los urbanos. Después, aún pudo volver a emboscarse y ni siquiera los perros pudieron dar con él en todo el día. Finalmente, la mañana del 28 de abril, cayó abatido a tiros.

El alcalde emitió un lacónico comunicado: “Viva nuestra amada reina doña Isabel II. El famoso Barba ha sido muerto”. Las palabras del Gobierno fueron más retóricas:

BarbaLoor al digno regente de la villa de Mestanza. Se ha cubierto de una gloria que no se marchitará (…) porque ha purgado a esta provincia del monstruo que tantos daños ha causado, repartiendo por todas partes alarma y consternación (…) El valiente y digno alcalde mayor de la villa de Mestanza, don Joaquín de Palma y Vinuesa, no satisfecho con llevar los deberes que le impone su noble profesión de jurisconsulto (…), dejó el descansado retiro de su despacho, y empuñando las armas, voló ansioso de gloria a tomar parte en los campos del honor. Reunido con unos cuantos urbanos recorrió sierras, escudriñó montañas, y con una vigilancia incansable buscaba a los enemigos de nuestra augusta soberana y del reposo público. No infructuosas fueron sus vigilias, pues después de haber capturado al segundo jefe de la gavilla del furibundo Barba y otros de sus partidarios, dio la muerte a éste y trasladó su cadáver a esta capital.

Si don Joaquín de Palma hubiera sido norteamericano, tendría unas cuantas películas sobre su hazaña protagonizadas por John Wayne o James Stewart. Muchas leyendas del Far West como Billy the kid o Wyatt Earp son sombras al lado de Eugenio Barba o Joaquín de Palma. Y muchos sucesos casi mitológicos, como el tiroteo de OK Corral son juegos de niños en comparación con los combates entre los urbanos de Mestanza y los bandoleros carlistas. Pero es lo que hay. Valgan estas líneas para evitar que estos hechos heroicos se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia

Nombres antiguos

Una de las tradiciones más arraigadas de Mestanza era la de escoger nombres peculiares y extraños, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos; algunos griegos, otros latinos, muchos de estirpe visigoda. El espléndido blog dextrangis recoge esta costumbre. Su autor fisgoneó en las lápidas del cementerio y apuntó los siguientes: Heleodora, Maximina, Saturia, Victorio, Eulalia, Isidra, Vedasto, Teófilo, Emperatriz, Desposorio, Gasparo, Constanza, Epafrodito, Elexámpite, Orosia, Higinio, Magdesigildo, Maximiano, Melitona, Graciano, Octaviano, Benigna, Isabelino, Porfirio, Pantaleón, Domitila, Canuto, Engracia, Ubaísla, Griselda, Florentina, Quiterio, Brígida, Genara, Emeterio, Aniasia, Marceliano, Onésima, Vidala, Asincrito, Getulio, Olayo, Primitiva, Antigua, Silverio, Silvestra, Amanda, Sila, Sipa, Eulogia, Cipriana, Eleuteria, Teodosila, Amadora, Afrodisio, Evasio, Danilo, Desiderio, Nabusiel, Enelina, Umbelina, Llorel y Herminia.

Los tiempos cambian y los nombres que antaño eran comunes hoy nos resultan singulares. Mi propio nombre, Félix, es buena prueba de ello. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), a principios del siglo XX era un nombre bastante común en la provincia de Ciudad Real, pues figuraba en el puesto 17 de los más usados. No en vano yo lo llevo por mi bisabuelo. Hoy nadie lo utiliza. El aplicativo del INE ni siquiera lo recoge entre los 200 primeros nombres. Este asunto me da pie para plantear la siguiente cuestión: ¿Cómo se llamaba el primer mestanceño cuyo nombre aparece registrado en la historia?

lápida            El sacerdote e investigador Luis Delgado Merchán, que escribió la monumental Historia documentada de Ciudad Real (1893), exploró minuciosamente el cerro del castillo y encontró numerosos vestigios arqueológicos. Entre sus hallazgos destaca un trozo de lápida sepulcral que nos ofrece un dato crucial: el primer mestanceño cuyo nombre nos es conocido. El difunto se llamaba Abu Mohámmed Abdalá, hijo de Soleimán. Es revelador que el primer nombre registrado en la historia de Mestanza pertenezca a un bereber. La lápida está encabezada por una palabra que probablemente sea el resto del versículo 109 del sura 18 del Corán, que dice: “Si el mar fuera tinta para las palabras de mi Señor, se agotaría antes que las palabras de mi Señor”. Las dos siguientes líneas corresponden al versículo 33 del sura 31: “La promesa de Allah es verdadera; que no te seduzca la vida del mundo ni te seduzca, apartándote de Allah, el Seductor”. La última línea es la que revela el nombre de aquel lejano bereber, que recorrió hace tantos siglos los mismos campos que hoy recorremos nosotros. Me gusta imaginarlo al amanecer, cuando los primeros rayos de sol despuntaran por la sierra de la Alberquilla, escuchando la voz monótona de un almuédano ciego: Allahu akbar, Alá es el más grande.

 

 

 

El trienio liberal (1820-1823)

          La historia de Mestanza registra chivatos y soplones desde hace cuatro siglos. La primera delación de la que tenemos constancia data de 1619, cuando un vecino del pueblo (presumiblemente de origen judío) encontró colgado de su puerta un cartel acusador con la cruz roja de San Andrés que rezaba: “Ya está aquí la información, ahora falta el sambenito”[1]. Las últimas grandes delaciones las encontramos en la Guerra Civil (1936-1939), donde gente de uno y otro bando apuntaron con el dedo antes de hacerlo con la pistola. Entre medias nos encontramos con la curiosa acusación del voluntario realista Juan Antonio Ruiz, que en el verano de 1824 presentó un prolijo expediente denunciando las acciones llevadas a cabo por varios vecinos constitucionales durante el Trienio Liberal (1820-1823).

garrotazosLa aprobación de la Constitución de Cádiz en marzo de 1812 fue el origen del problema de las “dos Españas” que aún hoy sigue coleando. De una parte, estaban los llamados liberales, partidarios de la Constitución y de las ideas progresistas de entonces: limitar el poder de la Iglesia y la nobleza, con una monarquía controlada por un parlamento. De la otra, los realistas, partidarios del trono y el altar a la forma tradicional. Al terminar la Guerra de la Independencia, el rey Fernando VII anuló la Constitución, disolvió las Cortes y empezó a ajustar cuentas. La represión fue bestial y acabó con la inteligencia ejecutada, exiliada o en presidio. No obstante, en 1820, la tropa que debía embarcarse para combatir en Perú al mando del general Riego, se sublevó contra el absolutismo e hizo tragar quina al “rey felón”, que se vio obligado a declarar: “Marchemos todos, y yo el primero, por la senda constitucional”. Se abrió así el llamado Trienio Liberal que acabó como el rosario de la Aurora. El gobierno liberal fue un despropósito y sus excesos hicieron actuar a las potencias europeas, que enviaron un ejército francés –los 100.000 Hijos de San Luis- para restaurar el orden absolutista. Entonces vino una nueva represión, más brutal aún que la anterior.

          El expediente de Juan Antonio Ruiz denunció a los tres alcaldes liberales que tuvo Mestanza durante el Trienio. A Cristóbal Rodríguez (alcalde en 1821) por salir a perseguir con la milicia voluntaria del pueblo a los guerrilleros de la partida realista de Pedro Zaldívar, alias el Cabrero, que andaba merodeando por la sierra. A Víctor Ramos (alcalde en 1822) por reunir gente armada para marchar a la caza del guerrillero realista Manuel Adame, alias el Locho, ya que decía conocer el sitio donde éste se guarecía. A Manuel Rodríguez (alcalde en 1823) por quitar los barrotes de la cárcel del pueblo y utilizar el hierro en los balcones de varias casas de su propiedad. Además, denunció al maestro Nicolás García de Aranda por ser un “exaltado constitucional” y por amenazar con dar parte al coronel liberal Francisco Abad, alias Chaleco, para que “viniese a degollar a todos los servilones” que se paseaban por las calles del pueblo con el retrato del rey. Al procurador síndico[2] Bartolomé Herráez por decir: “Ya hemos salido del poder del gobierno tiránico que nos dominaba. Ya gozamos de la libertad de ciudadanos que nos da la Constitución”. Al médico Ramón Paulino Arenas por declarar: “Si yo fuese el que mandase, mandaría cortar la cabeza a ese pícaro de Lasso”, refiriéndose al guerrillero realista Francisco Lasso de la Vega, que fue capitán de la partida de “Los Leones Manchegos”. Al capitán retirado Antonio de Marcos por decir que: “era menester degollar veinte o treinta de cada pueblo de los que no querían la Constitución”, por manifestar que: “era menester matar al rey Fernando porque no guardaba y defendía el juramento que tenía prestado a favor de la Constitución”, y por exclamar: “¡Maldita sea la madre que parió a Fernando!”. Al presbítero Joaquín Ramírez por “revolucionar al pueblo” para que linchase en la plaza al anterior alcalde realista. Al escribano José Correal por guardar en su casa los fusiles y las municiones de la milicia voluntaria. Al jefe de la milicia voluntaria Benito Limón, por intentar asesinar a un individuo realista llamado Hidalgo; al guardia mayor del Valle de Alcudia Cristóbal Camacho por dar licencias para cortar leña solo a los vecinos que declarasen contra sus paisanos realistas. Por último, también denunciaba a varios chivatos del bando liberal. A Antonio Limón, que era sangrador del pueblo, por delatar a un vecino que dijo “que venían los rusos a favor del rey”; a Bartolomé Buendía, que fingía estar dormido y se levantaba en mitad de la noche para espiar las reuniones de los realistas en casa de su amo; y a Manuel Camacho, que denunció al realista Pascual González por decir que “se cagaba en la Constitución y en quien la había inventado”.

          Desconozco el destino de los acusados, pero me temo que no fue feliz. Las penas promulgadas en 1824 para los liberales hacen pensar en varias condenas de muerte.

 

[1] El sambenito era una prenda con forma de gran escapulario que la Inquisición ponía a los condenados por delitos de carácter religioso. Llevaba bordada la cruz roja de san Andrés.

[2] En el Ayuntamiento, encargado de promover los intereses del pueblo, defender sus derechos y quejarse de los agravios que se le hacían.

 

Eugenio Noel

          Hoy nadie recuerda a Eugenio Noel. Pero durante el primer cuarto del siglo XX fue uno de los escritores más famosos de España. Nació en Madrid en 1885 en el seno de una familia humilde. Noel pudo estudiar en un seminario gracias a una aristócrata en cuya casa servía su madre. Pronto perdió la fe y comenzó su carrera como periodista bohemio. Tuvo una relación con la cantante María Noel, que le dio el apellido para su seudónimo e inspiró su novela Alma de santa. En 1909 se alistó voluntario para luchar en Marruecos. Sus artículos sobre la campaña de África en el periódico España Nueva, recopilados en el libro Notas de un voluntario, le valieron una condena a prisión en la cárcel Modelo. Pero lo que realmente hizo famoso a Noel, su verdadera razón de ser, fue su feroz oposición en contra de la fiesta de los toros. Esta obsesión le llevó a un interminable peregrinaje por España y América, dando cientos de conferencias antitaurinas y acudiendo a todas las plazas para denunciar el espectáculo desde la barrera.

eugenio-noelAborrezco que se torture a un animal. También, como dijo alguno, prefiero a una piara de cerdos a un consejo de ministros. Pero con las corridas de toros hago una excepción. Cada cual tiene sus contradicciones, y una de las mías es que me gusta el espectáculo de un hombre valiente frente a un animal noble. Dicho esto, no me cabe ninguna duda de que Eugenio Noel era más valiente que treinta toreros juntos. Hoy en día es fácil ser antitaurino, pero hace un siglo era un boleto para ser linchado con premio seguro. Era la Edad de Oro del toreo. Las corridas de toros tenían una resonancia y una trascendencia que hoy no tienen. La noche después de una buena corrida y toda aquella semana no se hablaba de otra cosa. Era la época de Rafael el Gallo, de Joselito y de Belmonte. Una buena faena era relatada una y mil veces por los labios trémulos de los aficionados, que simulaban el pase culminante en las tabernas, en las tertulias del café o bajo un farol en medio de la calle.

          Los encierros de Mestanza recibieron los dardos de Eugenio Noel. En 1924, publicó el libro España nervio a nervio, donde narra su conversación con unos arrieros del Valle de Alcudia. Hablan de las mujeres de Abenójar, del gazpacho, de las gachas, del pisto. Llegados a un punto discuten sobre cuál es el mejor queso manchego y uno de ellos zanja la cuestión: “Sin la hierba de cuajo que traen las ovejas de Sierra Morena no hay queso manchego”. Y salta otro arriero:

– La Sierra Morena… ¿No ha estado alguna vez en Mestanza, por Puertollano?… Allá   empieza la Sierra. Y allí sí que son bestias, Dios santo, barrigones de sesera y retorcidos como rabo de cerdo. Por San Pantaleón, los que van al unto del bodorrio ofrecen a las novias matar el toro de un estacazo. Pero de un estacazo solo, no vaya a imaginarse de bulto que el toro necesite dos.

          No es de extrañar que Noel fuera objeto de múltiples agresiones, insultos y persecuciones en diversos pueblos de España. Si no murió apaleado fue, sin duda, por su apariencia pintoresca que llevaba a la risa. González Ruano le recuerda con un aspecto físico a lo Balzac, con grandes melenas de un negro atroz y rizoso, bigote caído, camisola escotada, capa italiana y zapatos de charol. En cierta ocasión, el público de Valencia comenzó a increparle y exhortó a El Gallo a que le brindara un toro. Lo hizo con Amargoso al que cortó una oreja que lanzó a Noel. Más tarde, el escritor le preguntó a El Gallo si no le guardaba rencor por sus escritos. La respuesta del matador fue demoledora: “A mí los toros, la mayoría de las tardes, me gustan menos que a usted”.

          Eugenio Noel murió pobre y olvidado en un hospital de beneficencia de Barcelona. Corría el año 1936, poco antes de comenzar la Guerra Civil. El vagón que traía su cadáver de vuelta a Madrid se perdió en una vía muerta de la estación de Zaragoza.

 

 

Miguel Hernández

      Pocos meses antes de comenzar la Guerra Civil, el poeta Miguel Hernández visitó Mestanza. Su viaje tenía una doble misión: recopilar datos sobre las fiestas taurinas para la legendaria enciclopedia de Cossío y recitar poemas como miembro de las Misiones Pedagógicas. Las cartas que escribió a su novia Josefina muestran cómo fue su paso por el pueblo. Poco antes de partir le advirtió acerca de un próximo viaje a fin de “recoger ciertos datos para la enciclopedia que estamos haciendo de toreros y toros”. El 12 de marzo de 1936 llegó a Puertollano acompañado por los poetas Enrique Azcoaga y Lorenzo Varela. Se alojaron en el hotel Castilla, situado en la calle Aduana:

“Voy a vivir en este hotel el tiempo que haya de estar por aquí y aunque todos los días saldré para algunos pueblos, vendré a dormir a él (…). Me he traído conmigo tu fotografía y en estos momentos la tengo sobre este mismo papel y no dejo de mirarte mientras escribo (…). Aquí lo que hay son muchas minas de carbón (…). Josefina de mis ojos. Me despido de ti sin olvidarte y queriéndote más cada día para esposa. Te necesito a mi lado, me hace falta tu corazón…”

      b48e382Su visión de Mestanza fue puramente romántica. Miguel Hernández contempló un paisaje mítico donde las partidas de bandoleros campaban a sus anchas por malos caminos y sierras feraces. A Josefina le habla de “un pueblo metido en el corazón de Sierra Morena, la sierra de los bandidos”; a su amigo Carlos Fenoll le comenta: “no puedes imaginarte qué emoción que me ha dado recordar a los bandidos generosos”; y a su jefe José María de Cossío le confiesa: “he pasado por el corazón de Sierra Morena y me he sentido un poco Tempranillo”. Una de las cosas que más impactó a Miguel Hernández fue el mal estado de la carretera: “No te puedes imaginar lo que nos ha costado llegar: es un camino el que hemos recorrido hecho para los arrieros solamente y el que conducía ha sudado tinta”. En el pueblo no queda ningún recuerdo de aquella visita. Cabe suponer que se recitaron poemas y se dejaron varios libros en las escuelas. El paquete básico incluía cien volúmenes propuestos por Antonio Machado y María Moliner con lecturas para niños, jóvenes y adultos.

      image1Lo cierto es que no estaba el horno para bollos. Apenas un mes antes de la llegada de Miguel Hernández, el Frente Popular había ganado las elecciones y la tensión en el pueblo había alcanzado su punto álgido. Con más de setecientos vecinos en paro y con hambre –según indicaba el nuevo alcalde Antonio Carrilero-, la economía hecha trizas, los propietarios inquietos por la amenaza de colectivización de sus tierras y los frecuentes altercados vecinales, el ambiente se pudría con rapidez. Afortunadamente, parece que el poeta no contribuyó a elevar la tensión. Pese a su probado compromiso político, se dejó llevar más por su espíritu romántico. Prueba de ello es el soneto que dedicó a la maestra de Mestanza, Carmen Pastrana, y que ésta conservó como un tesoro hasta su muerte:

A tus facciones de manzana y cera:

Carmen, fruto a los pájaros prohibido,

congelado en el alba y escogido

por una mano de oro en primavera.

Hueles a corazón de trigo y era,

suenas a nido, suenas a sonido,

sabes… no sé a qué sabes, y he sabido

que nunca he de saber lo que quisiera.

Miras a los ojos del relente:

fríamente febril y distraída,

entre flores y frutos la mirada.

Hablas como el silencio de una fuente:

calladamente, y andas por la vida

temerosa de flechas y de nada.

 

 

El abate Breuil

Si yo fuera el alcalde de Mestanza, mi primera medida sería poner a una plaza el nombre del abate Henri Breuil. Y en el centro de la plaza erigiría una estatua de bronce con el busto de aquel hombre peculiar de nariz prominente y enorme cabeza apepinada que solía proteger con una gorra rellena de papeles de periódico. El abate quizá sea el extranjero más ilustre que ha visitado Mestanza. Aunque era sacerdote, no tuvo parroquia, nunca ofició bodas, bautizos o funerales y jamás trató de convertir a nadie. Su verdadera vocación era el estudio del arte prehistórico y a esa misión consagró su vida, dedicándole toda su fuerza y su inteligencia. Tal era su erudición que lo apodaron “el Papa de la Prehistoria”.

breuil1En la primavera de 1912 viajó al Valle de Alcudia acompañado de otros dos investigadores, el alemán Hugo Obermaier y el francés Paul Wernert. La expedición contaba con el patrocinio del príncipe Alberto I de Mónaco (el tatarabuelo del actual príncipe Alberto II), que poco antes había fundado en París el Instituto de Paleontología Humana bajo la dirección del propio Breuil. En Fuencaliente contrataron los servicios del guía Tomás Pareja y se adentraron a caballo en las profundidades de Sierra Morena para descubrir y estudiar pinturas rupestres prehistóricas. En el término de Mestanza catalogó numerosas pinturas en covachas y abrigos al aire libre, algunas de las cuales podían tener una antigüedad de casi 5.000 años. Eran imágenes de un color rojizo obtenido del óxido de hierro. Muchas eran simples geometrías pero destacaban las figuras humanas de carácter esquemático que denotaban un profundo nivel de abstracción. No cabe duda de que aquellos pintores podrían haber realizado retratos realistas de sus semejantes, lo cual habría sido una suerte para nosotros, pero es evidente que no estaban interesados en ello.

rupestresHoy en día, aún se conservan unas grandes figuras humanas en el abrigo de La Tabernera, un centenar de intrincadas geometrías en la pared del Collado del Pajonar, varios ídolos triangulares en las covachas de los Callejones de Riofrío y pequeñas figuras antropomorfas tanto en el abrigo del Chorrillo como en la pared de los Callejones de la Cepera. Breuil ilustró sus descubrimientos mediante copias. En aquellos tiempos, antes de que la fotografía se convirtiera en una técnica habitual y asequible, éste era el único medio de que los eruditos y el público general pudieran ver cómo eran las pinturas. Las cámaras de entonces eran unos armatostes aparatosos y además, una fotografía no podía captar formas que la luz solar dejaba borrosas o que se perdían en la superficie irregular de la roca. Breuil realizaba sus calcos colocando papel translucido directamente sobre la pared, una técnica que horrorizaría a cualquier científico actual, que jamás osaría tocar una pintura rupestre. No es casual que sus dibujos fascinaran a artistas de la talla de Picasso. Cada dibujo era mucho más que una copia: era un acto de inmersión en los procesos creativos de unos hombres que vivieron hace miles de años.

Estos exploradores recorrieron nuestras serranías equipados con sus chaquetas, botas, polainas de escaladores, sombreros, mochilas, cantimploras, con sus caravanas de mulos cargados de latas de conservas, cámaras y material fotográfico. Accedieron a cuevas y abrigos rocosos de difícil acceso, y dedicaron meses enteros a un trabajo que les proporcionaría una profunda satisfacción estética, pero poco beneficio económico y ninguna gloria. Al caer la noche acampaban con sus tiendas de lona y sus lámparas de queroseno, como en los grabados de las novelas de Julio Verne. En su diario de viaje, Breuil recuerda las noches de tormenta con el viento y el aguacero sacudiendo la tienda, el temor a los bandidos que merodeaban por aquellos parajes y el lúgubre aullido de los lobos. Me los imagino a la luz de una hoguera, fumando en pipas novelescas y evocando las siluetas que unos hombres remotos dibujaron en las rocas varios miles de años atrás.

 

(Publicado en el Catálogo de Fiestas de 2016)

 

 

Un héroe

No era un intelectual prominente ni un portento físico, pero era un hombre valiente. Conservo una foto suya que tengo delante mientras le pego a la tecla. Fue tomada en Melilla en el verano de 1940, poco antes de ser internado en el campo de prisioneros de Ibarudien. La imagen es un poco borrosa por el paso de los años, pero muestra a un soldado uniformado con el pelo rapado y la mirada atenta. Bajo la guerrera se adivina un hombre pequeño y delgado. La foto está grapada a una ficha que reza: “Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores número 24”.

No sé si es posible un paraíso terrenal, pero un infierno en la tierra sí es factible. A lo largo de la historia el hombre ha creado unos cuantos con inventiva y eficacia. El campamento Ibarudien, perdido en medio del desierto africano del Rif, era uno de ellos. Rodeado de alambradas por los cuatro costados, el campamento tenía unas cincuenta tiendas de campaña alineadas en dos calles y varios barracones con techumbres metálicas. Allí fueron a parar un puñado de prisioneros de guerra de Mestanza con la misión de completar a pico y pala la construcción de varias pistas. Durante meses sufrieron todo tipo de enfermedades, desde el tifus hasta la disentería, padecieron el hambre y la sed, y sufrieron vejaciones y brutales palizas por las causas más nimias. En aquellas condiciones atroces de vida, no pasaba una semana sin que varios compañeros dejaran la piel que habían salvado de tres años de guerra.

20161127_104515-1Los días se sucedían, lentos y penosos, como un desfile de camellos. Con los primeros rayos, los soldados partían en columnas hacia el tajo. Iban arrastrando sus roídas alpargatas en una larga caminata a través de un paisaje polvoriento, apenas alterado por unos pocos matorrales resecos y algunas chumberas. Y durante todo el día, derretidos bajo la solana, cavaban aquella tierra roja bajo la férrea vigilancia de los escoltas. Al atardecer, regresaban al campamento y dedicaban las últimas horas a despiojar sus ropas harapientas. Tras la puesta de sol, nadie podía abandonar la tienda bajo ningún concepto, ni siquiera para hacer sus necesidades. Al que se atreviera a contravenir la prohibición, le aguardaba una ejecución sumarísima. Todos los hombres sabían que no era un farol. Más de un incrédulo había amanecido con un tiro en la nuca.

La luna llena se filtraba por la tela de la tienda de campaña como vapor hirviendo. No soplaba ni una gota de aire. Nuestro hombre observó a sus paisanos sedientos y a los enfermos trémulos de fiebre. El calor sofocante les quemaba la piel. Sin pensárselo dos veces, saltó de su catre y se deslizó fuera de la tienda. Cruzó el campamento. Nada se movía, excepto las sombras grises de los centinelas. Tumbado boca arriba, metió los pies en la alambrada y se arrastró sobre sus codos hasta superar las tres hileras de alambre. Al salir del campamento, se alejó agachado, casi a rastras, hasta llegar a una vacada. Cogió un par de cubos y ordeñó varias vacas hasta que la leche, blanca como la luna, rebosó por los bordes. Aquella noche y otras muchas, algunos saciaron su sed y otros salvaron la vida.

En aquel lugar hostil donde, inevitablemente, el egoísmo y el mirar cada uno por sí eran obligados, un hombre sólo, sin otras armas que la astucia y el valor, demostró que en el ser humano hay más cosas dignas de admiración que de desprecio. Alguien dijo que la vida de los muertos está en la memoria de los vivos. Estos días se cumplen 75 años de aquellos hechos. Pueden ir al cementerio del pueblo y rendirle un callado homenaje. Se llamaba Segundo Mozos Muñoz.

 

(Publicado en el Catálogo de Fiestas de 2015)