Los carboneros

            El término de Mestanza, con sus extensos encinares, fue lugar de frecuente carboneo. Muchos vecinos fabricaban carbón vegetal, más conocido como picón. Eran los famosos piconeros. Trabajaban en cuadrillas de tres o cuatro hombres, que solían ser carboneros-1miembros de la misma familia. En el mes de diciembre los piconeros partían hacia la finca que habían de carbonear. Los propietarios de la misma, arrendaban esta labor a un contratista que se encargaba de reclutar a los trabajadores del pueblo. Al llegar a la finca, construían un chozo donde acomodar a su familia durante los cinco meses que duraba la faena. Entre enero y marzo se podaban y entresacaban las encinas. Tras terminar el corte, se juntaban los troncos y la leña en el lugar elegido para construir la carbonera. Primero se colocaban los troncos gruesos; después se apilaba la leña para dar al horno una forma redondeada; finalmente, se revestía todo con jara y retama y se cubría con un manto de tierra. Esta labor favorecía el desarrollo de las encinas y la limpieza de los pastizales.

            El carbonero encendía el horno por arriba y tapaba la chimenea. Después abría varias humeras para propagar la combustión. El carbón tardaba en hacerse unos veinte días. Había que vigilarlo sin cesar desde la chabana, un pequeño chozo construido junto a la carbonera. El horno humeaba día y noche. El color del humo indicaba la marcha de la cochura. A veces se producía un hundimiento y había que echar troncos y leña por la brecha para evitar que se hiciera ceniza y se perdiera todo el trabajo. Conforme el horno se cocía, el carbonero iba pisando en lo alto para reducir su volumen. Para realizar esta faena vestía con sus peores ropas. Era un trabajo muy peligroso. Algunos hundieron las piernas y se quemaron vivos.

            La extracción del carbón duraba varios días. Era el trabajo más duro por el calor y el polvo que se tragaba. Al sacarlo no podía amontonarse porque ardía. Había que extenderlo durante tres días para que se enfriase. Un horno corriente proporcionabacarboneros-2 unas mil arrobas de carbón, aunque se hablaba de un carbonero de Alamillo conocido como El Lobo que habría construido un horno de doce mil arrobas en 1932. Una cuadrilla corriente podía sacar unas seis mil arrobas por temporada. A principios del verano, una recua de mulas transportaba el carbón hasta Mestanza. Cada animal cargaba dos serones de cinco arrobas cada uno (más de cien kilos). Todas casas albergaban un hueco donde se apilaban las bolsas de picón, que se utilizaba como combustible para los braseros. Los carboneros regresaban al pueblo con sus familias para empezar la temporada de la siega.

            La película Tasio de Montxo Armendáriz muestra fielmente cómo era la vida de los carboneros. Durante una hora y media de metraje, los escuetos diálogos rezuman una emoción contenida. Es un canto a la existencia silenciosa y al amor por las cosas sencillas. En la película se muestra la importancia de la caza furtiva para los carboneros. No faltaba una perdiz o un conejo para vender de estraperlo o para sacar adelante a la familia. Un viejo dicho reflejaba con fidelidad aquella dura vida del piconero:

                                   Almuerza pan y cebolla,

                                   merienda cebolla y pan.

                                   Y si a la noche no hay olla,

                                   vale más pan y cebolla

                                   que acostarse sin cenar.

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Germán Vozmediano en las estepas del Don

                Cuando Germán Vozmediano salió de Mestanza en 1938 no imaginó que tardaría veinte años en regresar a su hogar. Como les sucedió a tantos jóvenes de su generación, la Guerra Civil marcaría su destino. Tras alistarse en un regimiento de img-20190108-wa0013artillería, la visión de un combate aéreo cambió por completo el rumbo de su vida. Eran los días en que mirabas al cielo y veías caer aviones envueltos en llamas. Germán quedó fascinado. A las pocas semanas ya estaba en el aeródromo de Los Alcázares pilotando los legendarios cazas soviéticos Polikárpov I-15 (Chatos) e I-16 (Moscas). Sus dotes como aviador impresionaron tanto los instructores, que fue uno de los elegidos para asistir a la célebre escuela de vuelo de Kirovabad (Azerbaiyán). Pero la suerte le duró poco tiempo. Al finalizar la Guerra Civil, los soviéticos suspendieron las clases de vuelo a los pilotos españoles. Consciente del peligro que suponía regresar a España, Germán decidió permanecer en la Unión Soviética. En junio de 1939, se trasladó a la ciudad rusa de Rostov, donde encontró trabajo como mecánico. Allí conoció a su futura esposa, Tamara Ivanovna. Y allí nacerían sus dos hijos.

               Los alemanes invadieron la Unión Soviética en junio de 1941. Rostov fue ocupada a finales de ese año y Germán decidió cruzar las líneas para incorporarse a los comandos guerrilleros. Durante varios meses permaneció en Moscú, donde recibióppsh-41 instrucción en explosivos, primeros auxilios y manejo de radios. La orientación era de vital importancia en la inmensa y uniforme estepa rusa, por lo que fue formado en lectura de mapas, uso de brújulas y navegación astronómica. De allí fue trasladado a Sukhumi, a orillas del Mar Negro, donde recibió un entrenamiento intensivo de salto en paracaídas. Durante el año 1942 participó en numerosas misiones con el objetivo de destruir líneas de comunicación, tender emboscadas a convoyes, poner minas en las carreteras y, en general, sembrar el caos en la retaguardia alemana. En las estepas del Don era muy difícil actuar. A diferencia de otros lugares de Rusia, no existía la protección del bosque. Tan solo una enorme soledad despoblada de vegetación, donde los guerrilleros vivían a la intemperie y era difícil moverse sin ser visto.

               Germán siempre recordaba una misión en particular. Junto a otros dos españoles se habían infiltrado en territorio enemigo para minar un ferrocarril. El frío trineoera extremo y el viento azotaba la estepa con violencia. En mitad de la noche divisaron varios trineos tirados por caballos. Era un convoy atestado de soldados alemanes. Decidieron atacar pese a ser inferiores en número. Tenían los dedos tan congelados que dudaban si serían capaces de apretar el gatillo. Se frotaron las manos con nieve para hacer circular la sangre. Después rodearon al convoy para atacar con fuego cruzado. No debía quedar ninguno con vida. A una señal de Germán abrieron fuego con sus fusiles PPSh-41. En apenas cinco segundos los españoles vaciaron sus cargadores. Todos los alemanes murieron en el acto. Tras cubrir los cadáveres con nieve siguieron adelante con la misión. Antes del amanecer el ferrocarril estaba minado.

               En enero de 1943 Germán Vozmediano realizó su última misión. Tras embolsar al Sexto Ejército alemán en Stalingrado, los soviéticos habían lanzado un ataque contra varias divisiones que intentaban romper el cerco. Esta ofensiva fue conocida como Operación Saturno. Una parte del plan consistía en destruir el nudo ferroviario de Kanebskaya que conectaba Rostov con Krasnodar. Dos comandos paracaidistas se habíanlisunov_li-2,_snow lanzado sobre el objetivo para dinamitarlo, pero fue un desastre sin paliativos. Todos habían muerto. La madrugada del día 19 de enero despegó un tercer comando del aeródromo Adler (Sochi) a bordo de un avión Lisunov Li-2. Eran seis paracaidistas. Vestían ropa blanca de camuflaje e iban armados con metralletas, pistolas, granadas y material explosivo. Germán era el comandante de esta pequeña fuerza de valientes. La noche era atroz. Soplaban vientos de más de treinta nudos, el doble de la velocidad máxima recomendada para un salto en paracaídas. Sabían que era una misión suicida, pero siguieron adelante. El historiador Antony Beevor decía que “paracaidista es de lo peor que puedes ser en la guerra; siempre tienes el miedo de que el paracaídas no se abra”. No cabe duda. Deben existir pocas muertes más horrendas que los lentos segundos en que una persona plenamente consciente se precipita al vacío. Los fuertes vientos arrastraron a los paracaidistas y al material muy lejos de su objetivo. En el caso de Germán, el aterrizaje fue tan brutal que le dejó ambas piernas destrozadas.

               Ni el científico más sutil ni el filósofo más lúcido han logrado nunca explicar ese absurdo que es la voluntad humana. Pero Germán sabía lo que se jugaba. La terrible narvikOrden sobre Comandos de Hitler exigía la ejecución sumaria de cualquier soldado descubierto detrás de las líneas con uniforme o sin él. Antes de despegar había advertido a su equipo: “Evitad ser capturados y, si os arrinconan, caed luchando”. Germán se arrastró a duras penas por la nieve en polvo, buscando un lugar donde refugiarse. Con la tensión del aterrizaje apenas sentía dolor en las piernas. Solo podía seguir avanzando sin parar, ahogándose con los cristales de hielo que le llenaban los pulmones, sollozando de cansancio y rabia. El termómetro marcaba más de 30 grados bajo cero. Germán agotó sus últimas fuerzas sobre aquel grueso colchón de nieve. Pero un corazón que se obstina en seguir latiendo tiene un gran valor en el tablero de la vida. Antes de caer desmayado, vislumbró un pajar en medio de la ventisca.

               Germán pasó la noche tiritando entre las gavillas de heno. Si se hubiera parado a pensar, le habría parecido que todo era inútil. Tenía la ropa empapada y sus piernas empezaban a congelarse. Los alemanes podían llegar de un momento a otro. Preparó las granadas y agarró la ametralladora dispuesto a morir matando. Al amanecer escuchó un ruido. Asomó la cabeza por encima de unas gavillas y vio a un niño que recogía paja con una pequeña horca. Se arrastró con sigilo hasta situarse a su espalda. En un rápido giro agarró al niño y le tapó la boca con una mano mientras con la otra le mostraba su cartilla militar. El niño, tras un primer momento de pánico, asintió con la cabeza. Parecía comprender la situación. Germán le soltó. Al niño se le iluminó el rostro y esbozó una sonrisa.

               Aunque Germán no podía saberlo, la Gestapo ya había capturado a sus compañeros. Sólo él y un paracaidista bielorruso llamado Vasili Kozhedub habíanzhivotovsky logrado escapar. Todos fueron torturados y ejecutados. La operadora de radio Valya Galtseva llevó la peor parte. Le cortaron todos los dedos, las orejas y los senos antes de dispararle en la nuca. Es obvio que confesaron. Lo que sale de tu boca cuando tienes el cerebro paralizado por las drogas y las torturas no es una simple cuestión de valentía; es algo que no se puede predecir ni controlar. Los alemanes buscaron a los supervivientes con ahínco mientras estrechaban el cerco. Los partisanos rusos pensaban que era imposible rescatar a Germán. Finalmente idearon un plan. Escondieron a Germán en un carro de heno tirado por un caballo viejo y escuálido que los alemanes no quisieran requisar. Lograron llegar a la aldea de Kanevskaya y le alojaron en casa de Iván Nefedov y su mujer Eudoquia.  Avivaron el fuego y le dieron cucharadas de té caliente con miel. Le ayudaron a quitarse su uniforme mojado y le envolvieron con mantas. Un viejo curandero llamado Pavel Nikitovich Zhivotovsky cogió un cuchillo bien afilado y le cortó las botas con cuidado. Al retirar los calcetines se reveló el horrible aspecto de sus pies y piernas. Estaban negras, en un avanzado estado de congelación. Se las frotaron con grasa de ganso, pero la gangrena estaba muy avanzada. Habría que amputar. Con vodka como anestesia y una navaja como bisturí, Zhivotovsky cercenó a Germán ambos pies.

               Lo que sucedió a la mañana siguiente muestra como la realidad supera con creces a la ficción. Al amanecer, dos soldados alemanes irrumpieron en casa de los Nefedov. Encontraron a Germán tumbado en una cama, demacrado. Ya no había nada que hacer. Había llegado el final. “¿Quien es éste?” –preguntaron-. “Es mi hijo” img-20190108-wa0012–respondió Eudoquia. Estaba aterrada. Sabía que los ejecutarían a todos. Balbuceante, acertó a decir: “Está moribundo, tiene tifus”. Al escuchar la palabra “tifus”, los soldados se miraron con horror y salieron despavoridos. Durante los días siguientes, la gangrena siguió trepando por las piernas de Germán. Todos creían que no sobreviviría. Por fortuna, el 2 de febrero de 1943 el Sexto Ejército alemán capituló en Stalingrado y dos días más tarde, un batallón del 1157º Regimiento de Fusileros liberó Kanevskaya. Germán fue trasladado de urgencia a un hospital de Tiflis (Georgia) donde le amputaron las piernas a la altura de la rodilla.

               Al terminar la guerra, Germán volvió a Rostov. Allí permaneció hasta 1957, cuando por fin pudieron regresar a España junto a otros exiliados. Lo hicieron a bordo del buque Krym (Crimea). Al arribar al puerto de Castellón, cientos de personas aguardaban tan emocionadas como los que viajaban en el barco. Allí le esperaban sus hermanos Carlos y Álvaro, y su amigo de la infancia Tomás Vallejo. Ese mismo año Germán regresó a Mestanza. Sus padres ya habían fallecido. Nunca supieron nada del paradero de su hijo. Con lágrimas en los ojos visitó la vieja casa familiar, en el número 16 de la calle de la Iglesia. Allí había venido al mundo cuarenta años antes, en febrero de 1918. Recordó su niñez, las mañanas de invierno recogiendo leña, las calles donde correteó con un trozo de pan y un puñado de higos secos en su alforja, los senderos que transitó armado con un palo por si tenía un mal encuentro canino, los atardeceres interminables junto a sus amigos en el Pilar de los Huertos.

               En 1977, veinte años después de su regreso a España, el gobierno ruso invitó a Germán a Kanevskaya para recibir un homenaje. Fue un acto muy emotivo. Lasimg-20190108-wa0009 autoridades locales le ofrecieron pan y sal conforme a la tradición. Acompañado de su mujer, Germán visitó las tumbas sus compañeros y depósito una corona de flores en el monumento a los caídos. En medio de un gran silencio, observó pensativo el obelisco. El momento más entrañable fue la visita a la casa de los Nefedov. Una anciana salió a recibirle. Era Eudoquia Nefedov. Un periodista ruso lo describió así: “Este reencuentro es difícil de explicar. Solo se miraban. No salían las palabras. Germán, con la emoción a flor de piel, mezclaba palabras rusas y españolas. Palpitaban los labios y había lágrimas”.

               En 1991 murió nuestro paisano Germán Vozmediano Espinosa, que sobrevivió a la implacable cacería del ejército alemán a temperaturas polares, que fue Héroe de la 4Unión Soviética, que obtuvo dos órdenes de la Guerra Patria de Primer Grado, la Orden de la Bandera Roja, la Orden de la Insignia de Honor y numerosas condecoraciones. Siempre se mostró reservado y modesto sobre su papel en la operación de Kanevskaya. Quien firma estas líneas tuvo el placer de charlar con su hijo Carlos. Mientras me mostraba las viejas medallas de su padre, me dijo emocionado que siempre se sintió orgulloso de haber nacido en Mestanza. Ni un solo día de su vida había dejado de acordarse de aquellas tardes luminosas en el Pilar de los Huertos.

 

FOTOGRAFÍAS

Foto 1: Germán Vozmediano, fotografía del Museo de Guerra de Kubán (Krasnodar).

Foto 2: Guerrillero soviético con fusil PPSh-41.

Foto 3: Soldados alemanes en trineo. Frente oriental.

Foto 4: Avión Lisunov Li-2 para el transporte de comandos paracaidistas.

Foto 5: Comando paracaidista.

Foto 6: Pavel Nikitovich Zhivotovsky, curandero que amputó ambas piernas a Germán Vozmediano.

Foto 7: Germán Vozmediano con su esposa Tamara Ivanovna (de pie a la derecha) y partisanos rusos (año 1977).

Foto 8: Germán Vozmediano abrazando a Eudoquia Nefedov.

Foto 9: Condecoraciones obtenidas por Germán Vozmediano.

Fotos 10 y 11: Homenaje de las autoridades rusas a Germán Vozmediano.

 

Los panaderos de Mestanza

            La invención del pan es uno de los grandes logros de la humanidad. Conseguir un alimento normal a partir de plantas es un trabajo difícil. El trigo es inútil como OLYMPUS DIGITAL CAMERAalimento hasta que se convierte en algo mucho más complejo como el pan. Y eso requiere mucho esfuerzo. Hay que separar el grano y molerlo hasta convertirlo en harina. Luego mezclar esa harina con levadura, agua y sal para formar la masa. Después hay que trabajar la masa para que adquiera una determinada consistencia. Finalmente debe hornearse con precisión y cuidado. Cualquier alteración puede dar al traste con todo el proceso.

            La tradición panadera de mi familia se remonta a 1929. Aquel año murió mi bisabuelo Canuto Montero (n. 1876) a resultas de la silicosis contraída en las minas de plomo. Su muerte dejó en un desamparo absoluto a su mujer Francisca Buendía (n. 1879), a sus cuatro hijas –Engracia, Brígida, Juana y Alvarita- y a su hijo Canuto, el más pequeño. Para sacar adelante a la familia, los hermanos de Francisca, Manuel y Acisclo, que eran albañiles, le construyeron un horno en su casa de la calle del Charco. Desde entonces, mi bisabuela sería conocida como Quica La Hornera.

            Para calentar el horno hacía falta mucha leña de encina. En los primeros años la compraban a dos reales la carga, pero cuando Canuto creció, la recogía él mismo concasa el carro de un vecino. Cada día, dos mujeres del pueblo iban a la casa de Quica con su harina y levadura. Era una harina poco cernida que amasaban en la artesa hasta llenar un tablero. Quica y sus hijas cocían el pan muy temprano. Una cochura diaria de hogazas de cuatro libras. De una fanega de trigo salían unos treinta panes. Hogazas redondas de miga prieta y gruesa corteza sobre la que se trazaba el signo de la cruz. Mi padre aún recuerda aquel olor a pan reciente que flotaba por la calle del Charco. Al amanecer, los pastores llenaban sus costales con docenas de hogazas para pasar largas temporadas en el campo. Los arrieros les daban pan con vino a las mulas y metían en su zurrón media hogaza y un par de torreznos. En 1962 murió Quica La Hornera, cuando estaba a punto de cumplir 83 años. Antes de morir, mi bisabuela expresó su deseo de ser enterrada junto a su hermano Acisclo, que había fallecido en 1945. Nunca olvidó que fue aquel horno construido por su hermano el que salvó a su familia.

 

         Con el correr de los años llegó savia nueva al negocio. Engracia, una de las hijas de Quica, se casó con José Rosa Ruiz. Era un hombre emprendedor que había sido josé rosamolinero desde muy joven. Al principio montó su propia panadería en el horno de su suegra, pero después se trasladó a un local más amplio en la calle Real, al lado del bar La Chencha. Junto a José Rosa trabajaba su yerno Graciano, primero recogiendo leña y luego haciendo pan. El negocio prosperó rápidamente. En aquellos tiempos el pan era un alimento esencial. Para muchos vecinos, el pan no era tan solo un acompañamiento importante para la comida, sino que era la comida. En el último tercio del siglo XX cogieron las riendas de la panadería Celestino, hermano de José Rosa, y su hijo José María. No sería justo olvidar a sus mujeres –María y Magdalena-. Con ellos llegó una cierta mecanización: una amasadora eléctrica, una pesadora, un horno de gas giratorio.

            Hoy día, la estirpe de panaderos pervive en David, un hijo de José María. Su mujer Mari Luz y él regentan la panadería de Mestanza. Gracias a ellos seguimos disfrutando del pan moreno. Un pan de miga hueca al que dan tres cortes en forma de triángulo antes de meterlo en el horno. Hay quien todavía lo llama por su antiguo y poético nombre: “pan de cogote de zorro”.

david

FOTOGRAFÍAS

Foto 1: Mi bisabuela Quica La Hornera (sentada).

Foto 2: Casa-tahona de Quica La Hornera.

Fotos 3 y 4: Sepultura de Acisclo Buendía y su hermana Quica La Hornera.

Foto 5: José Rosa Ruiz en la mili. Fotografía del blog Dextrangis.

Foto 6: Mari Luz y David, panaderos de Mestanza. Fotografía de Ibán Yarza.

 

FUENTES

http://extrangis.blogspot.com/2017/10/panaderos-en-la-familia-de-mestanza.html

Ibán Yarza. Pan de pueblo: Recetas e historias de los panes y panaderías de España. Grijalbo. 2017.

La mina romana de Diógenes

            Los romanos comenzaron la conquista de Hispania en el año 197 a.C. atraídos por su riqueza minera y agrícola. Las minas de plomo y plata del Valle de Alcudia llamaron enseguida su atención. En especial, la mina Diógenes, en el paraje de Las Tiñosas, junto a un rico filón de galena argentífera de hasta 3,5 kg de plata por tonelada de plomo. A finales del s. II a.C. los romanos ya habían construido un poblado (el denominado Diógenes I) y una fundición junto a la explotación minera. Este asentamiento poseía una posición privilegiada, a medio camino entre Sisapo (La Bienvenida) y Castulo (Linares), que eran los dos principales centros mineros de la región íbera de Oretania. Un epígrafe romano hallado en Castulo (del cual solo se conserva una copia del s. XVI) menciona la existencia de un camino entre ambas ciudades, que serviría para transportar el mineral desde Diógenes a través de Sierra Morena hasta el río Guadalquivir.

         En su amplio estudio La mine antique de Diógenes (1967), el arqueólogo Claude Domergue describe la enorme longitud de los pozos (de hasta 170 m de profundidad) y muestra su asombro por las trincheras excavadas para trabajar en superficie, cuyalucerna_ceramica_romana visión le resulta impresionante. El estudio también detalla un abundante material arqueológico: lámparas, ánforas, monedas y diversas cerámicas. Las lámparas de aceite (lucernas), que servían para iluminar las galerías más profundas, aparecieron en hornacinas excavadas en la roca. La presencia de monedas está relacionada con la existencia de mano de obra asalariada, lo cual significa que los mineros no eran esclavos en su totalidad. Con la circulación monetaria, la población de Diógenes entró en un circuito comercial propiamente romano. Con el salario obtenido, los mineros compraban vino y aceite -como reflejan las numerosas ánforas encontradas- o cerámicas de importación.

            Roma era la propietaria de Diógenes y concedía a un individuo o a una sociedad el derecho a explotarla a cambio de una renta. El acceso a la mina se realizaba a través de pozos verticales que daban acceso a las distintas galerías. Los mineros bajaban por unas escaleras de madera o mediante poleas. En las galerías, la ventilación era escasa y el aire estaba bastante viciado por el polvo de la roca. En ocasiones los túneles eran tan estrechos que su explotación debía hacerse con niños. Una de las principales preocupaciones de los ingenieros romanos era la inundación de las zonas situadas por debajo del nivel freático. Prueba de ello es el hallazgo más sorprendente de Diógenes: un tornillo de Arquímedes que yacía a 170 m de profundidad. Este artilugio, descrito por Estrabón, consistía en un largo eje de madera con chapas de cobre clavadas en espiral que, al ser girado, subía el agua desde las galerías a la superficie.

            Una vez extraída la mena (mineral antes de ser limpiado), las mujeres y ancianos procedían a triturarlo con martillos. Después se procedía al lavado de los restos para sisapoeliminar la ganga y dejar el mineral puro (la galena). Para este cometido se empleaban cajones de madera con cribas que se sumergían varias veces en el agua. Finalmente se fundía la galena para obtener plomo y plata. Los hornos de fundición estaban situados en la zona alta del poblado para evitar los humos nocivos. La galena fundida daba como resultado unas tortas de plomo que, tras separar la plata, se moldeaban en forma de lingotes para su transporte a Sisapo o a Castulo.

            El auge de la mina Diógenes finalizó a mediados del siglo I a.C. y el poblado fue abandonado. Diversos autores achacan esta decadencia a varios factores, como la competencia de las minas de plomo británicas, el agotamiento de algunos filones o la baja rentabilidad de la explotación debido a su difícil acceso. No obstante, un siglo después, se levantó un segundo asentamiento (el denominado Diógenes II) al oeste del anterior. Este nuevo poblado, más modesto que su antecesor, reanudó la extracción de galena durante varias centurias más, hasta caer en el olvido con la invasión de los pueblos germánicos a principios del siglo V.

            No me deja de sorprender que mi abuelo trabajara en la mina Diógenes veinte siglos más tarde. Tras terminar la Guerra Civil había pasado dos años en un campo de diógenes 1944prisioneros del norte de África. Regresó a Mestanza en junio de 1942. La mina acababa de reiniciar su actividad con la instalación de un lavadero de minerales. En 1943 comenzó a trabajar como entibador. Era un oficio peligroso. Mi abuelo, como todos los mineros, sabía que enfermaría de los bronquios y moriría joven. Con solo once años había visto morir a su padre de silicosis. Pero los salarios eran mejores y garantizaban el sustento de las familias. Todas las mañanas una cuadrilla de mineros recorría a paso ligero los ocho kilómetros que separan Mestanza de Diógenes. Y otros ocho de vuelta tras finalizar la jornada. Mi abuelo extrajo galena de aquellos viejos filones romanos durante ocho años. En 1951 se trasladó a la mina La Extranjera, cambiando el plomo por el carbón.

            El antiguo balneario de Las Tiñosas está oculto en un bosque de grandes pinos, álamos y olmos. Es fama que sus aguas curan enfermedades de la piel. Los mineros de tiñosas 3Diógenes pasaban temporadas en unas casas cercanas conocidas como “los cuartelillos”. Las hileras de casas se hacinan en un saliente. Son muy bajas y pequeñas, a menudo no más de una pieza y la cocina. Un agradable camino conduce a la famosa fuente agria. Un bello templete de madera, que antaño lucía un tejado de pizarra, cobija la fuente. Está cubierta de óxido y verdín. El agua tiene un fuerte sabor ferruginoso. Otro camino asciende al balneario entre chopos y castaños. En el patio principal hay una pequeña piscina semicircular con gradas de ladrillos carcomidos. En el centro se encuentra el manantial. Un banco de mampostería, protegido por un porche, recorre las paredes. Aunque lleva derruido muchos años, yo me bañé en sus aguas heladas siendo muy niño, allá por 1980.

            La mina Diógenes cerró en 1979. Fue la última de la comarca. Del poblado moderno ya solo quedan ruinas. Ahora es solo una finca de ganado. Todavía se puede caminar por la calle principal, ancha y sin empedrar. Quedan restos de lo que un díabalneario_las_tinosas_foto_vicente_luchena fueron el economato, el cuartel de la Guardia Civil, la fonda, la residencia de ingenieros o el casino. Incluso un cine. Solo la iglesia se conserva en buen estado. Cada 12 de mayo, los antiguos vecinos y sus descendientes se reúnen aquí para celebrar la romería de la Virgen de las Minas. Vienen de Madrid, Valencia o Santander. En su DNI no figura que nacieron allí, porque el pueblo ya no existe. Comparten migas manchegas y recuerdos, alegrías y tristezas, nostalgia de lo que fue Diógenes. Una cruz de madera porta una corona de laurel con una banda que reza: “En recuerdo de los que ya no están”.

tiñosas 1
Cuartelillos de Las Tiñosas
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Iglesia de Diógenes

El Día de los Santos

¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

G.A. BÉCQUER, Rimas y Leyendas

                  Todo el mundo sabe que la noche de Santos a Difuntos los muertos regresan a casa para cenar. Desde hace siglos, los mestanceños han evitado este reencuentro estatua cementeriotapando con gachas las cerraduras de sus puertas. Además, para asegurarse de que ningún alma en pena entraba en sus hogares, solían embadurnar las fachadas con una pasta roja de arcilla. Esta tradición es una reminiscencia del libro del Éxodo. Durante la décima plaga de Egipto, Dios había ordenado a los hebreos marcar sus puertas con la sangre de un cordero. De esta forma, el ángel de la muerte no penetraría en sus casas para matar a los primogénitos. Otra de las costumbres de la noche de Difuntos era poner velas en las habitaciones menos frecuentadas de la casa. El pabilo iluminaba los muebles severos de la estancia vacía, resaltando la ausencia de los que habían vivido y ya no estaban. El blog Dextrangis destaca otra curiosa tradición: la de mirarse la sombra en la mañana de los Difuntos. Al parecer, si la sombra tiene adosada la cabeza, puedes estar tranquilo, pues no morirás en el año siguiente.

                  El mundo de los fantasmas y los espíritus errantes siempre ha estado presente en nuestro pueblo. Ya en el siglo XVIII existía la Cofradía de las Benditas Ánimas del Purgatorio, cuyo cometido era sufragar misas y rezos para que las almas en pena encontraran la paz eterna. Pedro Almodóvar recogió en su película Volver (2006) la volvercotidianidad de los aparecidos en nuestra comarca. Cuando se estrenó en Puertollano, el director afirmó: “Es una película sobre la cultura de la muerte en mi Mancha natal. Mis paisanos la viven con una naturalidad admirable. El modo en que los muertos continúan presentes en sus vidas, la riqueza y humanidad de sus ritos hace que los muertos no mueran nunca”. El libro Mitología y superstición en la Mancha (2014) recoge varios testimonios acerca de aparecidos en nuestro pueblo. Ramona Sánchez afirmaba que “a su prima Antonia, que vivía en Mestanza, se le aparecía un primo hermano para que pidiera a la familia que lo trasladaran a la tumba donde estaban sus padres porque en la suya se sentía muy solo”. Basilio Limón contaba que “a su prima Luisa se le aparecía su abuela y le pegaba bofetadas y tirones de pelo para que cumpliera no sé qué promesa”.

                  El cementerio es el escenario donde, al menos una vez al año, los vivos honran a sus muertos. En el Día de los Santos, se mantiene imperturbable el rito de limpiar las cementerio 2lápidas y poner flores a los que se fueron. Las mujeres barren entre las tumbas mientras charlan. Echan las hojas al pasillo central. La vida y la muerte van de la mano. El actual cementerio se construyó en torno a 1834. El Libro de Defunciones señala que ese año “se enterró en el Campo Santo de esta villa” y el Diccionario de Pascual Madoz (1848) dice que “en las afueras se halla el cementerio que no perjudica a la salud”. Con anterioridad a esa fecha, los muertos eran enterrados en los alrededores de la iglesia. Hasta hace poco existía un muro terrero en la calle que baja desde la iglesia a la plaza. Si te acercabas un poco, podías ver que estaba lleno huesos.

                  Hoy día la fiesta de Halloween se ha impuesto a la tradicional celebración del Día de los Santos. El nombre es una contracción del inglés All Hallows´Eve, en español halloween“Víspera de Todos los Santos”. Su origen parece ser la fiesta celta de fin del verano llamada Samhain. El famoso “truco o trato” y las calabazas demoniacas han ido arrinconando, poco a poco, a las representaciones de Don Juan Tenorio y a los huesos de santo. Por este motivo, Halloween tiene muchos detractores. En mi opinión, ambas celebraciones son compatibles. Es sumar una fiesta, no dejar de celebrar otra. La asimilación de otras culturas es algo normal, necesario y beneficioso. En especial, Halloween es una fiesta que aporta alegría, diversión y pasar un buen rato con los amigos. Por si fuera poco, a los niños les encanta.

                  Nunca es un mal momento para divertirse.

 

 

 

El Cerro del Mosquito

A los mestanceños de la XVI Brigada Mixta.

            En julio de 1937, la 16 Brigada Mixta fue destinada al Frente de Madrid para participar en la gran ofensiva de Brunete. En esta batalla, que se desarrolló entre el 5 y el 26 de julio de 1937 con temperaturas elevadísimas, se enfrentaron unas fuerzas republicanas de 80.000 hombres contra un contingente franquista de brunete la nueve60.000 soldados. Los consejeros militares soviéticos habían convencido al nuevo jefe de gobierno, Juan Negrín, y al ministro de defensa, Indalecio Prieto, para que desencadenasen una ofensiva cerca de Madrid, con objeto de aliviar la presión rebelde en el Cantábrico y sobre la capital. El mejor estratega republicano, Vicente Rojo, planeó la operación. Atacarían por Brunete, un pueblo a treinta kilómetros de Madrid, en medio de un llano carente de defensas naturales, que los nacionales tenían casi desguarnecido. El 5 de julio, varios regimientos penetraron con sigilo en territorio enemigo y atacaron Brunete por la retaguardia, al mismo tiempo que otros lo hicieron de frente. El pueblo cayó a media mañana, vencida la resistencia de sus escasos defensores. Las tropas republicanas, apoyadas por carros de combate y abundante artillería, abrieron una amplia brecha en las líneas nacionales. Franco se vio obligado a enviar tropas del norte (lo que ralentizó la conquista del Cantábrico), pero a los dos días logró taponar la brecha. Como señala Juan Eslava Galán, lo que vino a continuación fue el clásico forcejeo de carnero, cada ejército quemando material y hombres contra el otro.

          El día 9 de julio, tras conquistar Villanueva de la Cañada, la 16 Brigada Mixta acudió en auxilio de la XV brigada angloamericana que llevaba el nombre del legendario Lincoln. Ante su línea de avance se encontraron con un altozano que los lincoln batallionbrigadistas bautizarían como el Cerro del Mosquito, por el característico ruido de las balas. Aquí tendrían lugar los combates más espantosos de la batalla de Brunete. Ambas brigadas pasaron a depender del coronel húngaro János Gálicz, más conocido como el General Gal. Todas las crónicas le señalan como el oficial más misterioso e incompetente de las brigadas internacionales. Unos hablan de su mal carácter, otros de sus delirios de grandeza. Lo que parece cierto es que sus tácticas suicidas provocaron un número de bajas intolerablemente alto. En su obra Por quién doblan las campanas, Hemingway fue tajante: “De ser cierto la mitad de lo que se decía de él, merecía que lo fusilaran. Y aunque solo lo fuese el diez por ciento”. Al terminar la guerra fue ejecutado en Moscú por orden de Stalin.

          Durante varios días, la 16 y la Lincoln trataron de tomar el cerro, pero la aviación alemana lo hacía imposible. Uno de los primeros en caer fue Oliver Law, el oficial negro que mandaba el batallón Washington. Sería enterrado allí mismo bajo el epitafio: “Aquí yace Oliver Law, el primer americano negro que mandó a los americanos blancos en combate”. El parte de operaciones del 11 de julio destaca:

Los insistentes ataques se han visto paralizados varias veces por las frecuentes visitas de la aviación enemiga, que ha ametrallado y bombardeado las líneas y fuerzas republicanas con saña. Además de los muertos y heridos, existe un alto número de soldados evacuados en estado de agotamiento físico y nervioso.

Los cazas alemanes se lanzaban en vuelo rasante ametrallando a las tropas republicanas, mientras los brigadistas, tumbados de espaldas, trataban infructuosamente de alcanzarlos con sus fusiles. Mi abuelo recordaba aquel monoplano compacto, elegante y de un solo motor que se movía con una celeridad sin precedentes. Era el Messerschmitt Bf-109, que estaba haciendo su debut en combate. Este caza se convertiría en el mortífero pilar de la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial. El brigadista Harry Fisher recordaba:

Primero se escuchaba el chirrido terrible de las bombas mientras caían desde los aviones, después el rugido de las explosiones y finalmente el silbido de los trozos de metralla que pasaban volando por encima nuestro (…) Cuando ya habían soltado todas sus bombas, los aviones volvían, ahora para ametrallarnos…

        El día 12 de julio los republicanos reciben órdenes de mantener las posiciones alcanzadas en el Cerro del Mosquito. A partir de ese momento, la 16 Brigada intentó resistir en la loma en condiciones extremas. Durante dos semanas proseguirían los combates para intentar mantener las líneas. Dos semanas sin poder lavarse ni apenas dormir, sintiendo día y noche sobre sus cabezas el ruido de los aviones y el estampido de los obuses. El parte de operaciones del día 19 de julio muestra claramente la tensión de todo un día de combate, desde la madrugada hasta la noche:

Frustrado el contraataque republicano de la madrugada, al poco se inicia la acción ofensiva del enemigo sobre el subsector de la 16 brigada (…) Se inicia a las 10 horas y a las 13 adquiere un carácter violentísimo (…). A las 19:30 comunica la 16 brigada (…) que está recibiendo un violento ataque enemigo. Inmediatamente se ordena a la artillería que abra fuego de barrera delante de las líneas de esta brigada y a los tanques que apoyen su acción defensiva, pero a pesar de estas medidas la 16 brigada se ve obligada a retroceder (…). La 16 brigada pasa al contraataque en torno a las 21 horas.

          Pero quizá lo peor era el calor y la carencia de agua. Hasta el Guadarrama bajaba seco. Los tanquistas se consumían de sed dentro de sus carros de combate mientras los artilleros, para refrigerar sus ametralladoras Maxim, orinaban dentro de las camisas de enfriamiento que rodeaban los cañones. El sol era tan fuerte que carro t26algunos soldados experimentaron una especie de ceguera de la nieve en la que todo se veía blanco. Las bombas y la metralla incendiaban la hierba y los matojos secos. El comisario George Aitken recordaba como “caía casi todo el mundo medio muerto por la fatiga, con el calor, la sed y la falta de comida”. El explorador Frank Graham relataba: “Estábamos extenuados, el calor era terrible. Tuvimos pérdidas terribles. No podíamos conseguir agua para la tropa”. La sed era tan fuerte que los soldados cavaban agujeros en el lecho seco de un arroyo, para beber un agua turbia que, como dijo un soldado, sabía a mula muerta. Apareció la diarrea. Los apretones eran tan súbitos y repetidos que algunos hombres se cortaron los pantalones para poder responder a tiempo. El enfermero Menai Williams recordaba aquel arroyo: “Tuve mucha gente que murió yendo al puesto de socorro que yo tenía en el Cerro del Mosquito (…) en el lecho de un río seco (…). Pedían a gritos agua. Estaban muriéndose”.

        La contraofensiva franquista fue implacable. El general Varela sabía lo delicado de la situación y exigió las mejores y más numerosas unidades del ejército rebelde. En la llanura, los carros de combate republicanos T26 eran un blanco fácil para la aviación. La mitad fueron destruidos o capturados. Desde el aire, los bombarderos Junker 52 y los cazas Heinkel 51 bombardearon y ametrallaron las trincheras enemigas mediante el sistema de “cadena”: una circunferencia de avionesPolikarpov-102 El chato que iba rotando de manera que siempre había uno disparando. Ni los Chatos ni las Moscas soviéticos pudieron hacer nada contra ellos. El parte de operaciones del día 23 de julio informa de que “la 16 brigada (…) empujada por el ataque enemigo fuera de sus líneas de vanguardia, las (…) ha tenido que abandonar combatiendo”. El parte de operaciones del día siguiente señala que “un fortísimo ataque (…) consigue derrumbar (…) las líneas (…) de la 16 brigada”. Mi abuelo y sus compañeros se retiraron finalmente el día 25 de julio. Como señala Antony Beevor, atrás quedaba una zona cubierta de cadáveres ennegrecidos, hinchados, pudriéndose al sol porque los camilleros no daban abasto para recogerlos.

          La ofensiva de Brunete no cumplió los objetivos previstos y la 16 Brigada se retiró del Frente de Madrid para ser trasladada al Frente de Aragón. El día 25 de julio, Wolfram von Richthofen, comandante de la Legión Cóndor, anotó en su diario:

Todos los ataques rojos han sido rechazados. Incontables rojos muertos se descomponen al sol. Hay tanques rojos fuera de combate por todas partes. ¡Qué gran panorama!…

4.1.2
Messerschmitt Bf 109

Las abejas, la miel y la cera

Mestanza tiene una gran tradición apícola desde la Edad Media. Así lo atestigua la mención al colmenar del Burcio en el Libro de la Montería (siglo XIV). apicultura edad mediaLas colmenas proporcionaron miel y cera a nuestros antepasados, cuando ambas sustancias eran mucho más importantes de lo que son hoy en día. La miel era muy apreciada tanto por su sabor dulce como por sus propiedades medicinales. Este “oro dulce” fue durante muchos años el único edulcorante conocido, pues el azúcar era un producto de lujo que no se popularizó hasta el siglo XIX. Su uso aún pervive en alguno de nuestros dulces típicos como las flores con miel. También los famosos papajotes que popularizó nuestra vecina Orosia tienen en la miel una de sus versiones más sabrosas. La cera, por su parte, tenía una importancia esencial para la Iglesia, debido a la creencia de que las abejas eran vírgenes y, por tanto, la cera producida por ellas era la sustancia más perfecta para alumbrar a la divinidad. Las velas estaban presentes en todos los ritos, en especial los relacionados con la liturgia, la muerte y la protección de las personas. Las Ordenanzas de la Cofradía de San Pantaleón(1784) establecían que todos los cofrades debían acudir a la misa y a la procesión con una vela encendida “para mayor decencia del glorioso santo”. Había además un hermano depositario de la cera cuyo principal cometido era poner velas a disposición de los cofrades para asistir al entierro de los hermanos que fallecían.

El Catastro de Ensenada (1751) nos muestra la enorme importancia de la apicultura para nuestros antepasados. En el término de Mestanza se contabilizaron 2.741 colmenas, superándose las cifras de otros pueblos más grandes como Almadén, Almodóvar o Puertollano. Según el Catastro, de los 457 vecinos de Mestanza, un total de 91 –un 20%- poseían colmenas. En primavera, estos vecinos recogían todos los enjambres posibles. Durante esta época del año, las abejas obedecen el impulso de panaldividirse en varios enjambres y criar una abeja reina para la nueva colonia. Para criar a la reina, las abejas obreras -hembras con su capacidad sexual atrofiada- escogen un huevo fértil recién puesto, de los que se convertirían en una de sus hermanas obreras, y alimentan la larva que se está desarrollando en su interior con jalea real, una secreción que ellas mismas fabrican. Es única y exclusivamente este elixir lo que crea una abeja reina. Nada más nacer, la reina es espoleada por las abejas obreras para que salga de la colmena y se eleve por el cielo en el llamado vuelo nupcial. Rodeada de zánganos –abejas macho- se apareará diez o más veces seguidas, garantizándose una reserva de espermatozoides de por vida, que usará para fecundar los huevos que ponga en el futuro. Los zánganos son abejas grandes, corpulentas y peludas. No están capacitados para abastecerse de néctar o polen, ni tienen aguijones para defender la colonia. Su papel exclusivo es aparearse con la reina virgen. El macho, una vez terminada la cópula, cae al suelo sin vida: ha completado su función en la colonia.

Para recoger un enjambre, nuestros ancestros construían una colmena de corcho y la colocaban sobre un cúmulo de abejas. Dentro de la colmena ponían un trozo de panal para que las abejas lo olieran y comenzaran a entrar. Lo más colmena corchoimportante era que entrara la reina, pues sin ella el enjambre moriría. Las abejas fabrican miel con el néctar de las flores. Llegan a alejarse hasta 3 km de sus colmenas en busca de alimento, y encuentran muchos tipos de flores, aunque en Mestanza sus fuentes predilectas son el romero, el madroño, el tomillo, el cantueso y la encina. El néctar de las flores contiene más de un 80% de agua, y sus azúcares son complejos. Para fabricar miel, las abejas tienen que evaporar el agua y descomponer los azúcares en formas más simples. Cuando recolectan el néctar, lo succionan con sus lenguas largas y lo almacenan en un saquito llamado “estómago de la miel”. Cuando está lleno, vuelan de vuelta a las colmenas y traspasan el néctar a otras abejas más jóvenes, encargadas de extenderlo, gota a gota, por los panales de la colmena. Durante este proceso, las abejas le añaden unas enzimas que descomponen los azúcares complejos en otros simples. El agua del néctar se evapora poco a poco, pero las abejas aceleran el proceso batiendo las alas y creando corrientes de aire que van desde la entrada de la colmena, en la parte inferior, hasta los agujeros de ventilación superiores. Cuando la mayor parte del agua se evapora del néctar, las abejas tapan cada celdilla de miel con unas láminas de cera blanca segregadas por sus cuerpos.

Mi antepasado Juan Francisco Núñez, que vivió a mediados del siglo XVIII, poseía 33 colmenas que le rentaban 132 reales al año -4 reales por colmena-. Me gusta imaginarlo en otoño, ahumando las colmenas para aturdir a las abejas y poder utilesasí extraer los panales. Los apicultores de esa época solían cubrirse la cabeza con una chaqueta y metían las perneras de los pantalones entre los calcetines para que las abejas no se enredasen en el pelo, ni se introdujeran por el cuello o las piernas. Se consideraba muy importante no ponerse nervioso y realizar movimientos lentos y suaves para evitar el ataque de sus aguijones. Para que la miel saliera sin dificultad era necesario estrujar los panales con las manos al poco tiempo de extraerlos de la colmena, cuando todavía estaban calientes. De este modo la cera quedaba convertida en bolas y la miel caía a un recipiente colocado debajo. A menudo en este recipiente se ponía un colador para recoger los residuos que llevan los panales (abejas muertas, larvas, etc.) y dejar así la miel limpia.

En su libro clásico La vida de las abejas (1901), el escritor belga Maurice Maeterlinck describió la inquebrantable abnegación de las abejas y el misterioso deber que las anima. Concluyo con una de sus frases: “Si una inteligencia ajena a nuestro globo viniese a pedir a la tierra el objeto más perfecto de la lógica de la vida, habría que presentarle un humilde panal de miel”.