San Damas

          La fiesta de San Damas, pese a su nombre, es una celebración de carácter laico. Su origen tiene una fecha muy concreta: el sábado, 11 de diciembre de 1745. ¿Qué sucedió aquel día? Pues acaeció algo inédito en la historia de nuestro pueblo. Una explosión de júbilo como nunca antes se había visto. En aquella jornada inverosímil, los vecinos de Mestanza, armados con garrotes y cencerros, expulsaron de sus tierras a todos pastores foráneos y a sus ganados. ¿Por qué? Es una historia que viene de lejos.

          Tras la expulsión de los musulmanes en el siglo XIII, todo el territorio de Mestanza pasó a pertenecer a la Orden de Calatrava. No obstante, para facilitar la repoblación, la trashumanciaOrden cedió a nuestra villa algunas tierras alrededor del pueblo. Estas tierras eran para usufructo de los vecinos y ni siquiera el ganado de la Mesta podía pastar en ellas sin el permiso del Concejo municipal. Hasta aquí todo iba bien. Pero, adicionalmente, se instituyó una Comunidad de Pastos entre Mestanza y Puertollano. Esta comunidad permitía a los ganados de Puertollano el aprovechamiento de todos los pastizales de Mestanza a excepción de algunas redondas y de la dehesa boyal de La Gamonita. Y aquí empezaron los problemas.

          Como cabía esperar, los pleitos entre los concejos de ambos pueblos se multiplicaron. La dinámica era siempre la misma. Primero los de Mestanza apresaban el ganado de Puertollano que pastaba en los terrenos comunales y le imponía una multa. Después los de Puertollano llevaban el caso a los tribunales. Por último, los jueces (tanto en primera instancia como en el tribunal de apelación de la Real Chancillería de Granada) fallaban, invariablemente, a favor de Puertollano. Y así una y otra vez. Hasta 1745.

          El 22 de octubre de 1745, por primera vez, el tribunal de primera instancia falló a favor del Concejo de Mestanza dictaminando que “como dueño que es de su territorio,119 pueda única y libremente gozar de sus aprovechamientos, sin que Puertollano ni alguno otro se lo embarace o limite”. ¿Qué había pasado? ¿A qué se debió esa histórica sentencia? Al parecer, el abogado de Mestanza presentó ante el tribunal una antigua escritura de venta otorgada en 1590 por el rey Felipe II. Dicha escritura reconocía que el Concejo y vecinos de Mestanza eran los propietarios de todo el término que les había donado la Orden de Calatrava.

          Siete semanas más tarde, el correo de postas llegó a Mestanza con el fallo judicial. Era la mañana del sábado 11 de diciembre. Inmediatamente, se convocó al vecindario en la iglesia parroquial para informarles del laudo favorable. Los vecinos escucharon atónitos. Que el Concejo dispusiera a voluntad de las tierras comunales suponía de facto que podía alquilarlas a los serranos de la Mesta y obtener unas rentas nada desdeñables para la población. Una ola de emoción se apoderó de los asistentes. Preguntado el párroco qué santo se celebraba ese día, respondió éste que “San Dámaso”.  En aquel mismo instante se declaró San Dámaso como fiesta solemne con sus oficios litúrgicos y su convite a los vecinos a cargo del ayuntamiento.

          Pero no quedó aquí la cosa. El vecindario, llevado por el entusiasmo, decidió que había que expulsar a los ganaderos de Puertollano sin más dilación. Dicho y hecho. Los 110vecinos se desbordaron por los terrenos comunales. Una gran cencerrada atronó en los pastos de El Castillejo, Peralosa, Palancares, Cabriles, Cabeza del Puerco, Lebrachos, Las Plazuelas y La Antigua. La estampida de los animales fue inmediata. Los de Mestanza blandieron sus garrotes para disuadir a los desterrados de cualquier ánimo defensivo. Los rebaños huyeron despavoridos hacia a los puertos de montaña. Al caer la noche nuestro municipio quedó libre de ganados invasores. Para evitar su regreso los pastores montaron guardia en los puertos y en los cruces de caminos. La luna llena favorecía a los centinelas. Los pastores encendieron grandes hogueras para calentarse pues la noche era fría. Había fogatas en los puertos del Roble y de Mestanza, en los cordeles de Pozo Medina y de la Dehesa Gamonita, en los descansaderos de la Posadilla y del Charco de Botija. Durante toda la noche no pararon sonar los cencerros.

          El Concejo de Puertollano presentó un recurso ante la Real Chancillería de Granada. Seis años más tarde, en octubre de 1751, el tribunal de apelación dio la razón alhoguera pueblo vecino. La sentencia señalaba que aunque, efectivamente, los pastos comunales eran usufructo de Mestanza, Puertollano tenía derecho como co-usufructuario de los mismos. No obstante, los mestanceños nunca olvidaron su primera victoria ni aquella jornada de cencerros y hogueras. Cada año los vecinos volvían a celebrar San Dámaso con alegrías renovadas. Corría el vino y se repartían raciones de pan con caldereta. Había música y bailes. Se encendían hogueras en la plaza, en las eras, en el Calvario. Un estruendo de cencerros recorría las calles. La fiesta pasó a conocerse como la Cancelaria de San Damas.

          Con el paso del tiempo, la fiesta fue perdiendo vigor hasta desaparecer. Pero su recuerdo se trasmitió de padres a hijos. Al terminar la Guerra Civil, un vecino llamado Dámaso Ramírez Ruiz decidió recuperarla. Todos los años, en cumplimiento de una promesa, llevaba a la plaza una carga de leña. Poco a poco, los vecinos se fueron animando y aportaron pequeños haces a la pira. A día de hoy, el pueblo de Mestanza celebra la candelaria con una gran hoguera y una parrillada popular. Cada diciembre, los cencerros vuelven a repicar con fuerza en recuerdo de nuestros antepasados y de aquella lejana jornada de San Damas.

 

Este artículo se ha basado íntegramente en la magnífica investigación de Miguel Martín Gavillero titulada San Damas.

La colección de cencerros que muestra la fotografía pertenece a Diego Cascos y data del año 1940. Están hechos de chapa de hierro o de cobre e iban atadas al pescuezo de las reses mediante correas de cuero con hebillas.

La colección de badajos que muestra la fotografía pertenece a Manuel Cardo. Son piezas artesanales hechas a mano en madera de boj, retama y encina.

La iglesia de San Esteban

          Se cree que la iglesia de San Esteban Protomártir se erigió sobre una primitiva mezquita bereber. Aunque no hay testimonios arqueológicos que confirmen esta hipótesis, es posible que los sillares que sustentan la torre del campanario sean los 20181223_133945últimos vestigios de aquel templo musulmán. Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) las tropas castellanas ocuparon definitivamente nuestro pueblo y debió ser entonces cuando se consagró la mezquita para el culto cristiano. La primera mención escrita a la iglesia mayor data de 1493 y corresponde a un informe de los visitadores de la Orden de Calatrava. Este documento da cuenta de sus abundantes bienes: varias sobrepellices, un libro de santos, un libro de bautizos, un cuaderno de oficios, un pasionario con historias de mártires, tres cirios de madera policromada, un candelero, un misal, una campanilla “para levar el Corpus Christi”, un incensario de cobre, un acetre “para el agua bendita” y un baptisterio. Los calatravos hicieron constar, además, que las ermitas de San Cristóbal –en las afueras del pueblo- y de San Ildefonso en El Hoyo, dependían de la iglesia de Mestanza.

          El templo tiene planta rectangular. En el extremo occidental se levanta un ábside poligonal que acoge la sacristía. En el extremo oriental se sitúa el coro, sobre el cual se alza la torre del campanario. Sus tres naves están cubiertas por bóvedas de arista y una cúpula sobre pechinas que ilumina el presbiterio y el altar mayor. La iglesia está construida con grandes sillares, ladrillos y mampostería. La parte más valiosa son sus portadas barrocas. En la portada sur se elevan dos pilastras estriadas que culminan en un bello arquitrabe de triglifos y metopas con rosetas. El frontón, en cuyos extremos hay dos pirámides rematadas por esferas, está quebrado en su cúspide para albergar una cruz de Calatrava. Uno de los sillares del frontón tiene grabada una fecha -1657- que muestra el año en que fue esculpido este conjunto. La portada norte está enmarcada por dos pilastras almohadilladas y un sencillo arquitrabe. Dentro del frontón hay una hornacina que quizá acogió una imagen, hoy desaparecida, de San Esteban.

 

 

        Una escalera de caracol conduce a lo alto del campanario. Hay dos campanas: una grande –llamada Nuestra Señora del Pilar– que se fabricó en 1947 por suscripción popular y otra más pequeña de 1923. Antiguamente, el tañido de las campanas marcaba el ritmo de la vida en el pueblo. Con el toque del alba comenzaban las labores del campo. 198Al llegar el mediodía, el toque del ángelus invitaba a parar las tareas para rezar en grupo. El toque de oración -el último del día- ponía fin a la jornada laboral. El toque de misa diaria convocaba a los fieles a visitar la iglesia. En las celebraciones y en los actos solemnes las campanas tañían con viveza. El final de la última guerra carlista en 1876 fue saludado con “repiques de campanas, salvas y otros festejos”. También había toques de alarma en los que se avisaba de que algo grave ocurría en el pueblo, ya fuera un incendio, un accidente o un suceso inoportuno. En 1872 un fuerte repique alertó al pueblo de la amenaza de una partida carlista. El volteo incontrolado de las campanas atemorizó a la cuadrilla y desistieron de atacar. Por último estaba el toque de difuntos –el más triste-, que anunciaba el fallecimiento de algún vecino. Una epidemia de viruela acaecida en 1869 provocó tantas muertes que las campanas sonaban a todas horas. El alcalde tuvo que pedir al párroco José Arenillas que cesaran los toques de difuntos pues tenían “sobresaltado al vecindario”.

          Nuestra iglesia ha sufrido múltiples percances a lo largo de la historia, pero quizá los más graves fueron el terremoto de Lisboa en 1755 y el incendio de 1926. El terremoto dejó “muchas casas [de Mestanza] totalmente arruinadas, otras casi inhabitables y todas, sin diferencia, destruidas”. La iglesia acabó “bastante quebrantada, todos sus tejados desplomados, la torre algo vencida a la parte de poniente y su muralla abierta, de que amenaza no poco peligro”. Respecto al incendio del 18 de abril de 1926, mi abuelo aun recordaba el horror de los vecinos al descubrir que toda la cubierta de madera y el rico artesonado del coro habían sido pasto de las llamas. El interior de la iglesia tuvo que ser reconstruido en su totalidad. Las obras se ejecutaron con una rapidez pasmosa. Al concluir el año 1928 ya se habían erigido las “hercúleas columnas” y las “monumentales bóvedas” que citaba el diario El Pueblo Manchego. El templo actual es el fruto de aquel esfuerzo.

          La iglesia alberga varios objetos e imágenes antiguas. La talla de Nuestra Señora de la Antigua, cuyo torso data del siglo XIV, es la pieza más notable. Del siglo XVI son la pila bautismal y la custodia de plata confeccionada por el maestro toledano Francisco de Vargas. El Cristo Crucificado fue fechado en el siglo XVII y la talla de San José en el siglo XVIII. Estos objetos y la iglesia misma son el patrimonio más valioso que tiene Mestanza. No es baladí recordar la importancia de preservarlo en buen estado para nuestros hijos y nietos. Es el mejor legado que podemos dejar a las futuras generaciones.

pila bautismal (s.XVI)

La ermita de San Cristóbal

          Es muy probable que la ermita de San Cristóbal, hoy desaparecida, fuera la más antigua de las existentes en el término de Mestanza. El Catastro de Ensenada (1751) la 20190420_201702ubica “en el sitio del cerro de San Cristóbal, que dista de la villa cerca de medio cuarto de legua”, es decir, medio kilómetro. Debió erigirse en la primera mitad del siglo XIII, sobre la base de una torre árabe cuyos restos aún se pueden apreciar. No en vano, desde su cima se controlan las principales rutas hacia el sur: el camino de El Hoyo y la vereda de la Antigua. Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) el dominio cristiano quedó totalmente consolidado y al lugar se le empezó a dar un nuevo uso para el culto que perduró hasta bien entrado el siglo XVIII. ¿Por qué desapareció la ermita tras más de 500 años de devoción? Es un misterio que quizá nunca se resuelva.

          La primera referencia histórica a la ermita la tenemos en el siglo XV. En los legajos de los visitadores calatravos de 1493 se la cita a menudo junto a la de San Ildefonso de El Hoyo. En las Ordenanzas de la Cofradía de la Vera Cruz (1707) se indica que los cofrades debían salir en procesión el Jueves Santo desde la Iglesia Mayor hasta la Ermita de San Cristóbal:

Ordenamos y tenemos por bien que: por reverencia a la pasión que Nuestro Señor Jesucristo padeció en el árbol de la Santísima Vera Cruz [y] para salvar el Jueves Santo de cada año por siempre jamás, los hermanos todos salgamos en procesión desde la Iglesia Mayor hasta San Cristóbal.

          San Cristóbal fue un santo muy venerado en la Edad Media. Era el patrón de los arrieros, caminantes, viajeros y, por extensión, de los ganaderos trashumantes. Dado que la ermita estaba, como se ha dicho, situada entre las veredas de El Hoyo y La Antigua,20190420_201727 cabe pensar que era muy popular entre los pastores que hacían la invernada en nuestros pastos. La leyenda afirma que en una ocasión, el santo ayudó al niño Jesús a cruzar un río. El nombre de Cristóbal (del griego Christóforos, es decir “portador de Cristo”) provenía de esta hazaña. También por ese motivo, se le solía representar llevando sobre el hombro a un niño Jesús. Una de las numerosas leyendas medievales tejidas en torno a su figura afirmaba que San Cristóbal era protector contra las muertes repentinas en las que no daba tiempo a la confesión. Los pastores trashumantes podrían asomarse a la ermita para ver su imagen y estar protegidos todo el día. Así lo decía el refrán: “Si del gran San Cristóbal hemos visto el retrato, ese día la muerte no ha de darnos mal trato».

La Sepultura del Moro

          La Sepultura del Moro es una tumba excavada en un afloramiento rocoso cuyo origen parece remontarse al periodo visigodo (siglos V-VII). Está situada al este de la villa, junto al cordel de la Dehesa Gamonita.

          Los sepulcros labrados en la roca natural se extienden por toda la Península Ibérica. Durante el siglo XIX, los estudiosos los consideraron de época íbera; no fue hasta 20190419_204908bien entrado el siglo XX cuando se reconoció su carácter altomedieval. Los primeros estudios arqueológicos realizados con rigor los efectuó el profesor Alberto del Castillo en las décadas de 1960-70. Este investigador estableció la siguiente cronología: las sepulturas más sencillas (con forma ovalada o de bañera) se situaban, sin ambigüedad, en la época visigoda; las tumbas mejor talladas (con forma antropomórfica donde se distingue claramente la cabecera) serían posteriores (siglo IX en adelante). La Sepultura del Moro tiene forma de bañera –ovalada con un estrechamiento progresivo desde la cintura a los pies- por lo que cabría situarla cronológicamente en la época visigoda.

          Los estudios más recientes consideran superado el tiempo en que solo se estudiaban las sepulturas en relación a su evolución tipológica y tienen en cuenta muchos otros factores. No obstante, como sucede en Mestanza y en la mayoría de los20190419_205230 casos, estas tumbas carecen de ajuares, de restos óseos y de contextos arqueológicos claros. De ellas se puede decir, parafraseando a Churchill, que son un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma. En lo que sí hay consenso a día de hoy es en que corresponden a la época altomedieval. También en que se utilizarían ex profeso para un individuo concreto y que eran tapadas con planchas de piedra para proteger al difunto. La Sepultura del Moro no conserva ni esta plancha ni mucho menos restos de un ajuar. Es lógico. Se trata de una zona muy expuesta y cabe suponer que fue expoliada de antiguo.

          ¿Por qué solo se conserva un sepulcro? ¿Por qué no encontramos una necrópolis? Estas fueron las primeras preguntas que me hice al ver la Sepultura del Moro. Lo cierto es que, observando los alrededores, no vi ningún otro afloramiento rocoso de suficiente envergadura como para contener un cuerpo humano. Quizá esta sea la única respuesta.

          ¿Por qué alguien invirtió tanto tiempo en labrar esta sepultura? Con las herramientas de la época podía tardarse varios meses en excavar una tumba de este tipo. Hubiera sido menos trabajoso haber enterrado el cuerpo bajo tierra y revestir el hueco con lajas en los laterales y en la parte superior, pero supongo que el difunto prefería ser inhumado de forma más selecta que sus paisanos. No es tan raro si lo comparamos –salvando las distancias- con las pirámides faraónicas o con otros monumentos funerarios.

          La Sepultura del Moro sigue ahí, resistiendo el paso de los siglos. Ha visto pasar a los duros visigodos, a los invasores musulmanes, a los impetuosos cristianos, a los pastores trashumantes, a los tenaces mineros… Contemplar su silueta es un ejercicio de humildad. Nos recuerda nuestra insignificancia en el colosal torrente de la historia. También nos enseña que el pasado es, muchas veces, un pozo insondable en cuya oscuridad apenas alcanzamos a percibir algunos destellos de verdad.

Julián Bonillo en la División Azul

A Miguel Ángel Pareja

 

          Durante la Segunda Guerra Mundial, el azar quiso que dos mestanceños combatieran frente a frente. Uno –Julián Bonillo- en el bando alemán; otro –Germán Vozmediano- en el soviético. Hoy sabemos que ambos lucharon por una causa equivocada, pero también que lo hicieron con mucho valor y mucha decencia.

          A finales de 1942, nuestro paisano Julián Bonillo Barato salió de su casa –en el número 24 de la calle Cristo- para alistarse en la 250ª División de Voluntarios Españoles de la Wehrmacht, más conocida como la División Azul. No se sabe si lo hizo por convicción, por deseo de aventura o por necesidad. Lo que sí sabemos es que eran años muy difíciles, que su madre Hermógina había quedado viuda y que los divisionarios tenían derecho a dos pagas, una española y otra alemana.

          Al llegar a Baviera, Julián ya vestía el elegante uniforme feldgrau del ejército alemán y el feldmütze schiffchen, ese característico gorro de churrero conocido como “el barquito”. En el campamento de Grafenwöhr, los divisionarios recibieron un duro columna de la División azul en marchaentrenamiento para cumplir en unos pocos días lo que normalmente llevaba un trimestre. Los rudimentos de la instrucción los aprendieron sin problema. Lo que llevaron peor fue la rígida disciplina prusiana. Los alemanes los veían como gente indisciplinada, descuidada con la pulcritud del uniforme y el cuidado del armamento e incapaz de saludar correctamente a los superiores. Se acumularon las quejas contra los españoles por llevar la guerrera desabrochada, fumar en las guardias, organizar fiestas, pasear del brazo con mujeres, practicar el trueque y confraternizar con la población civil. Parece que incluso llegaron a ofrecer víveres y cigarrillos a los judíos, lo cual les ocasionó serios problemas con la estricta policía militar alemana.

          El Batallón en Marcha nº 20 llegó a Leningrado en febrero de 1943, tras varias semanas con marchas de 50 kilómetros diarios y 40 kilos de equipo encima. Por esas fechas, los efectivos de la División Azul estaban al completo. Desde 1942 se recibían con regularidad estos “Batallones en Marcha” con centenares de nuevos voluntarios que cubrían las numerosas bajas. Los veteranos (o “guripas”) motejaban a los novatos recién llegados como “mortadelas”. Julián fue destinado al Regimiento 269 Esparza, III Batallón, 9ª compañía de fusiles. La misión consistía en cubrir un frente de más de veinte kilómetros desde Krasny Bor a Pushkin, atravesado por el río Ishora y por la carretera Leningrado-Moscú. El paisaje era aterrador: temperaturas nocturnas de más de 50 grados bajo cero, el río helado, la nieve hasta la cintura. Cuando iban a orinar, los soldados se ponían un viejo calcetín sin puntera en el miembro para evitar que se les congelara. Se cuenta que, como la orina se helaba antes de llegar al suelo, los guripas solían hacer creaciones artísticas con sus micciones.

          Aquel mes de febrero se produjo el combate más sangriento de la División: la batalla de Krasny Bor. El día 10, 5.000 españoles resistieron un ataque devastador de cuatro divisiones soviéticas compuestas por 44.000 hombres y un centenar de carroskrasny bor blindados. Abandonados a su suerte, durante todo el día pelearon como fieras, a la desesperada. Los oficiales llegaron a pedir fuego artillero sobre su propia posición por estar inundados de rusos. Hubo unos 2.200 españoles muertos, heridos o desaparecidos, pero frenaron la embestida de los rusos, les hicieron 10.000 bajas y obtuvieron de Hitler este comentario: «Extraordinariamente duros para las privaciones y ferozmente indisciplinados».

          A los divisionarios les costaba hablar de sus experiencias y ocultaban el haber matado. Pero lo cierto es que no solo se mató mucho, sino que gran parte de las muertes se ejecutaron en combates cuerpo a cuerpo, con bayoneta y cuchillo. De ahí la famosa canción: Nada nos importa el frío / tenemos la sangre ardiente / si se nos hiela el fusil / el machete es suficiente. El 26 de mayo, Julián celebró su 22 cumpleaños en el frente. Por esas fechas recibió el mejor regalo posible: la nueva ametralladora MG-34. Los españoles estaban fascinados con ella. Era tan extraordinaria que muchos ejércitos la mantienen en activo hoy en día. Un mes después, Julián cayó herido de bala en la mano derecha. Fue evacuado al hospital de Riga (Letonia) y después le trasladaron al hospital de Vilna (Lituania) donde recibió el alta a mediados de julio. Tras su regreso al frente, Julián pudo lucir en su manga izquierda el galón dorado en ángulo que servía como distintivo de herido en combate.

          Nuestro paisano fue repatriado a España el 7 de diciembre de 1943, después de permanecer casi un año en el frente. Numerosos testimonios de los rusos recuerdan a los españoles como “alegres”, “ruidosos” y “ladrones”. La población local aprendió pronto que “pese a todo, eran mucho más humanos que los alemanes”. En las fotografías, los divisionarios aparecen a menudo con las manos en los bolsillos. Este sencillo comportamiento era contrario a las normas básicas de la etiqueta imperante en el ejército alemán y molestaba terriblemente a éstos. Quizá justamente por ello los españoles –soldados y mandos- iban a todas horas con las manos en los bolsillos.

          Creo que Julián Bonillo podría haber hecho suyas aquellas palabras de George Orwell: “Esta guerra, en la que desempeñé un papel tan irrelevante, me ha dejado sobre todo malos recuerdos y, sin embargo, no me hubiera gustado perdérmela”.

manos bolsillos

 

 

Don Quijote en Sierra Morena

En su segunda salida, don Quijote y Sancho se adentran en el Valle de Alcudia por el Camino Real que comunicaba Toledo y Córdoba. En las Relaciones topográficas de Felipe II, la villa de Almodóvar del Campo señala este camino como “el paso y camino real y ordinario de Castilla la Vieja para el Andalucía”; y añade: “y es paso forzoso y necesario venta inésentre las dichas dos provincias”. Recordemos que el paso de Despeñaperros no se abrió hasta el siglo XVIII. Cervantes conocía el Camino Real a la perfección, pues lo había transitado en numerosas ocasiones como comisario real de abastos de la Armada Invencible. En el comienzo de Rinconete y Cortadillo ya menciona la venta del Molinillo, “que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla a la Andalucía”. El escritor Julio Llamazares, que siguió los pasos del caballero, señala en su obra El viaje de don Quijote (2016) que “las ventas del Molinillo y del Alcalde, hoy de la Inés, eran las dos últimas que los viajeros hallaban antes de adentrarse en Sierra Morena de lleno, que son palabras mayores y más en tiempos de don Quijote, en los que estaba llena de bandoleros”. En las cercanías de estas ventas tiene lugar el encuentro de don Quijote con la cadena de galeotes que se dirigían por el Camino Real a las costas andaluzas para penar sus pecados en las galeras del rey. Tras liberar a estos cautivos, temerosos de las represalias de la Santa Hermandad, don Quijote y Sancho se adentran en Sierra Morena “que allí junto estaba”.

Es en este punto cuando entran en los términos de Solana del Pino y Mestanza, en “mitad de las entrañas de Sierra Morena”. Según indica Cervantes, Sancho tenía la firme intención de atravesar toda la sierra “e ir a salir al Viso o a Almodóvar del Campo”. Comoventa-de-la-ines--almodovar-del-campo señala Astrana Marín, el gran biógrafo de Cervantes, en ambos casos debían “apartarse del Camino Real” y dirigirse hacia el este a través de senderos. Si querían salir a Almódovar, lo más razonable era alcanzar el camino que comunicaba Fuencaliente con Mestanza. Las Relaciones topográficas de Felipe II señalan que eran “cinco leguas de muy mal camino (…) fragoso y áspero de cerros y montes”. La idea de Sancho era “esconderse algunos días por aquellas asperezas, por no ser hallados si la Hermandad los buscase”. Si por el contrario preferían salir al Viso del Marqués, no había que pasar por el pueblo de Mestanza, sino continuar hacia el este por sus aldeas de Solanilla del Tamaral y San Lorenzo de Calatrava.

En algún paraje de nuestras sierras, don Quijote y Sancho se encuentran con un cabrero. Éste les cuenta la historia del desafortunado Cardenio, que se hallaba saltando “de risco en risco y de mata en mata”. El cabrero les informa que tiene intención de encontrar a Cardenio y “ya por fuerza, ya por grado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas, y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura”. Se trata de una de las precisiones geográficas más puntuales de la inmortal novela.

El mejor homenaje al paso de don Quijote y Sancho por nuestras sierras se lo debemos a nuestros vecinos de Solana del Pino. La Plaza de Sierra Madrona, junto a la iglesia, está bellamente decorada con cerámicas de motivos quijotescos. Con un criterio excelente, se alternan las estampas cervantinas y textos de los capítulos de El Quijote relativos a su estancia en Sierra Morena. Decía Borges que El Quijote era la historia de “una amistad y de una alegría”. No hay una definición mejor. El caballero y su escudero forman ya parte de la historia de Mestanza, y como tales, cualquier ocasión es buena para celebrar su paso por nuestra tierra.

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El volcán de la Alberquilla

            La Laguna de la Alberquilla está situada a unos siete kilómetros al este de Mestanza, en lo alto de la sierra que separa los valles de Alcudia y del Ojailén. El caminante asciende a la cumbre por un camino asequible. En la primavera, el aroma del laguna alberquillatomillo y la lavanda van llenando la mañana. Un viento suave agita las hojas crujientes de las encinas, mostrando su haz verde oscuro y su envés grisáceo. Las mariposas revolotean entre los enebros, encendiendo el aire y alegrando la vera del sendero. Aquí se han visto ciervos, jabalíes, zorros; también especies amenazadas como el lince ibérico. En el cielo se contemplan joyas ornitológicas como la cigüeña negra, el águila imperial o el buitre negro. La laguna, con más de 20 metros de profundidad, está llena de agua después de las lluvias.

            Esta inocua laguna es en realidad el cráter de un volcán. Hace varios millones de años se produjo aquí una explosión formidable. Este maar o cráter, con una dimensión de 800 x 500 metros, fue el brutal resultado de la vaporización de las aguas freáticas al entrar en contacto con el magma ascendente. Miles de toneladas de rocas volcánicas salieron despedidas de las entrañas de la tierra. Los depósitos piroclásticos que sevolcan observan alrededor del cráter nos recuerdan la magnitud de aquella enorme erupción. El Campo de Calatrava es una de las zonas de vulcanismo reciente más importantes de la Península Ibérica. La palabra “reciente” puede resultar engañosa. Hablamos de un periodo comprendido entre hace 8,7 millones de años y 1,7 millones de años. Pero en términos geológicos, es como decir “hace un rato”. Por este motivo los edificios volcánicos conservan su morfología original y sus productos se han preservado en muy buenas condiciones de observación. En el término municipal de Mestanza hay cinco volcanes catalogados: Tres de ellos –La Gitana, Villalba y El Burcio– son de tipo estromboliano; el volcán de La Cayetana es de tipo efusivo; y La Alberquilla es el único volcán de tipo hidromagmático. En 1999 la Laguna de la Alberquilla fue declarada Monumento Natural por ser “la única laguna de origen volcánico que se encuentra colgada en la parte alta de una sierra cuarcítica”.

            El nombre de “Alberquilla” proviene de la palabra árabe “alberca” (bírka) que significa “estanque”. El Libro de la Montería (s. XIV) se hace eco de este hermoso lugar:

La Sierra de la Alberquilla es buen monte del oso y del puerco en invierno y [también] en el comienzo del verano. Y son las vocerías: una desde el Puerto del Burcio por [la] cima de la sierra hasta el Puerto de la Alberquilla; [y la otra] por el campo de Alcudia hasta la huerta de la Alberquilla. Y la primera vez que corrimos este monte, matamos un oso de los [más] grandes que matamos hasta ese día.

En este libro excepcional se describen los montes donde se podían cazar osos y jabalíes. Los cazadores medievales cercaban a los osos y jabalíes en la Alberquilla. Mientras un grupo comenzaba la batida (vocería) ascendiendo a la sierra desde el valle, el otro lo hacía a través de la sierra partiendo del cercano Puerto del Burcio. Una vez rodeados, los animales eran acorralados por los perros, dejándolos a tiro de arco o de ballesta.

            El caminante desciende de la cumbre por el mismo sendero. El monte está cubierto de jaras y retamas. En la ladera el matorral –romero, cantueso y espliego- ha desplazado a la hierba. El valle se llena con los sonidos del campo: los balidos de las ovejas, el tintineo de sus esquilas, los ladridos de los mastines, el piar de los pájaros. La brisa trae olores frescos de manzanilla, magarzas y campanitas. Recuerdo las palabras del filósofo John Cowper Powys: “No hay razón para que le neguemos a las plantas una lenta, débil, vaga, amplia y relajada semiconsciencia”. ¿Es posible que el tomillo y el romero estén despiertos en cierto sentido? ¿Pueden sentir las encinas mi tránsito por estos parajes?