El Cerro del Mosquito

A los mestanceños de la XVI Brigada Mixta.

            En julio de 1937, la 16 Brigada Mixta fue destinada al Frente de Madrid para participar en la gran ofensiva de Brunete. En esta batalla, que se desarrolló entre el 5 y el 26 de julio de 1937 con temperaturas elevadísimas, se enfrentaron unas fuerzas republicanas de 80.000 hombres contra un contingente franquista de brunete la nueve60.000 soldados. Los consejeros militares soviéticos habían convencido al nuevo jefe de gobierno, Juan Negrín, y al ministro de defensa, Indalecio Prieto, para que desencadenasen una ofensiva cerca de Madrid, con objeto de aliviar la presión rebelde en el Cantábrico y sobre la capital. El mejor estratega republicano, Vicente Rojo, planeó la operación. Atacarían por Brunete, un pueblo a treinta kilómetros de Madrid, en medio de un llano carente de defensas naturales, que los nacionales tenían casi desguarnecido. El 5 de julio, varios regimientos penetraron con sigilo en territorio enemigo y atacaron Brunete por la retaguardia, al mismo tiempo que otros lo hicieron de frente. El pueblo cayó a media mañana, vencida la resistencia de sus escasos defensores. Las tropas republicanas, apoyadas por carros de combate y abundante artillería, abrieron una amplia brecha en las líneas nacionales. Franco se vio obligado a enviar tropas del norte (lo que ralentizó la conquista del Cantábrico), pero a los dos días logró taponar la brecha. Como señala Juan Eslava Galán, lo que vino a continuación fue el clásico forcejeo de carnero, cada ejército quemando material y hombres contra el otro.

          El día 9 de julio, tras conquistar Villanueva de la Cañada, la 16 Brigada Mixta acudió en auxilio de la XV brigada angloamericana que llevaba el nombre del legendario Lincoln. Ante su línea de avance se encontraron con un altozano que los lincoln batallionbrigadistas bautizarían como el Cerro del Mosquito, por el característico ruido de las balas. Aquí tendrían lugar los combates más espantosos de la batalla de Brunete. Ambas brigadas pasaron a depender del coronel húngaro János Gálicz, más conocido como el General Gal. Todas las crónicas le señalan como el oficial más misterioso e incompetente de las brigadas internacionales. Unos hablan de su mal carácter, otros de sus delirios de grandeza. Lo que parece cierto es que sus tácticas suicidas provocaron un número de bajas intolerablemente alto. En su obra Por quién doblan las campanas, Hemingway fue tajante: “De ser cierto la mitad de lo que se decía de él, merecía que lo fusilaran. Y aunque solo lo fuese el diez por ciento”. Al terminar la guerra fue ejecutado en Moscú por orden de Stalin.

          Durante varios días, la 16 y la Lincoln trataron de tomar el cerro, pero la aviación alemana lo hacía imposible. Uno de los primeros en caer fue Oliver Law, el oficial negro que mandaba el batallón Washington. Sería enterrado allí mismo bajo el epitafio: “Aquí yace Oliver Law, el primer americano negro que mandó a los americanos blancos en combate”. El parte de operaciones del 11 de julio destaca:

Los insistentes ataques se han visto paralizados varias veces por las frecuentes visitas de la aviación enemiga, que ha ametrallado y bombardeado las líneas y fuerzas republicanas con saña. Además de los muertos y heridos, existe un alto número de soldados evacuados en estado de agotamiento físico y nervioso.

Los cazas alemanes se lanzaban en vuelo rasante ametrallando a las tropas republicanas, mientras los brigadistas, tumbados de espaldas, trataban infructuosamente de alcanzarlos con sus fusiles. Mi abuelo recordaba aquel monoplano compacto, elegante y de un solo motor que se movía con una celeridad sin precedentes. Era el Messerschmitt Bf-109, que estaba haciendo su debut en combate. Este caza se convertiría en el mortífero pilar de la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial. El brigadista Harry Fisher recordaba:

Primero se escuchaba el chirrido terrible de las bombas mientras caían desde los aviones, después el rugido de las explosiones y finalmente el silbido de los trozos de metralla que pasaban volando por encima nuestro (…) Cuando ya habían soltado todas sus bombas, los aviones volvían, ahora para ametrallarnos…

        El día 12 de julio los republicanos reciben órdenes de mantener las posiciones alcanzadas en el Cerro del Mosquito. A partir de ese momento, la 16 Brigada intentó resistir en la loma en condiciones extremas. Durante dos semanas proseguirían los combates para intentar mantener las líneas. Dos semanas sin poder lavarse ni apenas dormir, sintiendo día y noche sobre sus cabezas el ruido de los aviones y el estampido de los obuses. El parte de operaciones del día 19 de julio muestra claramente la tensión de todo un día de combate, desde la madrugada hasta la noche:

Frustrado el contraataque republicano de la madrugada, al poco se inicia la acción ofensiva del enemigo sobre el subsector de la 16 brigada (…) Se inicia a las 10 horas y a las 13 adquiere un carácter violentísimo (…). A las 19:30 comunica la 16 brigada (…) que está recibiendo un violento ataque enemigo. Inmediatamente se ordena a la artillería que abra fuego de barrera delante de las líneas de esta brigada y a los tanques que apoyen su acción defensiva, pero a pesar de estas medidas la 16 brigada se ve obligada a retroceder (…). La 16 brigada pasa al contraataque en torno a las 21 horas.

          Pero quizá lo peor era el calor y la carencia de agua. Hasta el Guadarrama bajaba seco. Los tanquistas se consumían de sed dentro de sus carros de combate mientras los artilleros, para refrigerar sus ametralladoras Maxim, orinaban dentro de las camisas de enfriamiento que rodeaban los cañones. El sol era tan fuerte que carro t26algunos soldados experimentaron una especie de ceguera de la nieve en la que todo se veía blanco. Las bombas y la metralla incendiaban la hierba y los matojos secos. El comisario George Aitken recordaba como “caía casi todo el mundo medio muerto por la fatiga, con el calor, la sed y la falta de comida”. El explorador Frank Graham relataba: “Estábamos extenuados, el calor era terrible. Tuvimos pérdidas terribles. No podíamos conseguir agua para la tropa”. La sed era tan fuerte que los soldados cavaban agujeros en el lecho seco de un arroyo, para beber un agua turbia que, como dijo un soldado, sabía a mula muerta. Apareció la diarrea. Los apretones eran tan súbitos y repetidos que algunos hombres se cortaron los pantalones para poder responder a tiempo. El enfermero Menai Williams recordaba aquel arroyo: “Tuve mucha gente que murió yendo al puesto de socorro que yo tenía en el Cerro del Mosquito (…) en el lecho de un río seco (…). Pedían a gritos agua. Estaban muriéndose”.

        La contraofensiva franquista fue implacable. El general Varela sabía lo delicado de la situación y exigió las mejores y más numerosas unidades del ejército rebelde. En la llanura, los carros de combate republicanos T26 eran un blanco fácil para la aviación. La mitad fueron destruidos o capturados. Desde el aire, los bombarderos Junker 52 y los cazas Heinkel 51 bombardearon y ametrallaron las trincheras enemigas mediante el sistema de “cadena”: una circunferencia de avionesPolikarpov-102 El chato que iba rotando de manera que siempre había uno disparando. Ni los Chatos ni las Moscas soviéticos pudieron hacer nada contra ellos. El parte de operaciones del día 23 de julio informa de que “la 16 brigada (…) empujada por el ataque enemigo fuera de sus líneas de vanguardia, las (…) ha tenido que abandonar combatiendo”. El parte de operaciones del día siguiente señala que “un fortísimo ataque (…) consigue derrumbar (…) las líneas (…) de la 16 brigada”. Mi abuelo y sus compañeros se retiraron finalmente el día 25 de julio. Como señala Antony Beevor, atrás quedaba una zona cubierta de cadáveres ennegrecidos, hinchados, pudriéndose al sol porque los camilleros no daban abasto para recogerlos.

          La ofensiva de Brunete no cumplió los objetivos previstos y la 16 Brigada se retiró del Frente de Madrid para ser trasladada al Frente de Aragón. El día 25 de julio, Wolfram von Richthofen, comandante de la Legión Cóndor, anotó en su diario:

Todos los ataques rojos han sido rechazados. Incontables rojos muertos se descomponen al sol. Hay tanques rojos fuera de combate por todas partes. ¡Qué gran panorama!…

4.1.2
Messerschmitt Bf 109
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Las abejas, la miel y la cera

Mestanza tiene una gran tradición apícola desde la Edad Media. Así lo atestigua la mención al colmenar del Burcio en el Libro de la Montería (siglo XIV). apicultura edad mediaLas colmenas proporcionaron miel y cera a nuestros antepasados, cuando ambas sustancias eran mucho más importantes de lo que son hoy en día. La miel era muy apreciada tanto por su sabor dulce como por sus propiedades medicinales. Este “oro dulce” fue durante muchos años el único edulcorante conocido, pues el azúcar era un producto de lujo que no se popularizó hasta el siglo XIX. Su uso aún pervive en alguno de nuestros dulces típicos como las flores con miel. También los famosos papajotes que popularizó nuestra vecina Orosia tienen en la miel una de sus versiones más sabrosas. La cera, por su parte, tenía una importancia esencial para la Iglesia, debido a la creencia de que las abejas eran vírgenes y, por tanto, la cera producida por ellas era la sustancia más perfecta para alumbrar a la divinidad. Las velas estaban presentes en todos los ritos, en especial los relacionados con la liturgia, la muerte y la protección de las personas. Las Ordenanzas de la Cofradía de San Pantaleón(1784) establecían que todos los cofrades debían acudir a la misa y a la procesión con una vela encendida “para mayor decencia del glorioso santo”. Había además un hermano depositario de la cera cuyo principal cometido era poner velas a disposición de los cofrades para asistir al entierro de los hermanos que fallecían.

El Catastro de Ensenada (1751) nos muestra la enorme importancia de la apicultura para nuestros antepasados. En el término de Mestanza se contabilizaron 2.741 colmenas, superándose las cifras de otros pueblos más grandes como Almadén, Almodóvar o Puertollano. Según el Catastro, de los 457 vecinos de Mestanza, un total de 91 –un 20%- poseían colmenas. En primavera, estos vecinos recogían todos los enjambres posibles. Durante esta época del año, las abejas obedecen el impulso de panaldividirse en varios enjambres y criar una abeja reina para la nueva colonia. Para criar a la reina, las abejas obreras -hembras con su capacidad sexual atrofiada- escogen un huevo fértil recién puesto, de los que se convertirían en una de sus hermanas obreras, y alimentan la larva que se está desarrollando en su interior con jalea real, una secreción que ellas mismas fabrican. Es única y exclusivamente este elixir lo que crea una abeja reina. Nada más nacer, la reina es espoleada por las abejas obreras para que salga de la colmena y se eleve por el cielo en el llamado vuelo nupcial. Rodeada de zánganos –abejas macho- se apareará diez o más veces seguidas, garantizándose una reserva de espermatozoides de por vida, que usará para fecundar los huevos que ponga en el futuro. Los zánganos son abejas grandes, corpulentas y peludas. No están capacitados para abastecerse de néctar o polen, ni tienen aguijones para defender la colonia. Su papel exclusivo es aparearse con la reina virgen. El macho, una vez terminada la cópula, cae al suelo sin vida: ha completado su función en la colonia.

Para recoger un enjambre, nuestros ancestros construían una colmena de corcho y la colocaban sobre un cúmulo de abejas. Dentro de la colmena ponían un trozo de panal para que las abejas lo olieran y comenzaran a entrar. Lo más colmena corchoimportante era que entrara la reina, pues sin ella el enjambre moriría. Las abejas fabrican miel con el néctar de las flores. Llegan a alejarse hasta 3 km de sus colmenas en busca de alimento, y encuentran muchos tipos de flores, aunque en Mestanza sus fuentes predilectas son el romero, el madroño, el tomillo, el cantueso y la encina. El néctar de las flores contiene más de un 80% de agua, y sus azúcares son complejos. Para fabricar miel, las abejas tienen que evaporar el agua y descomponer los azúcares en formas más simples. Cuando recolectan el néctar, lo succionan con sus lenguas largas y lo almacenan en un saquito llamado “estómago de la miel”. Cuando está lleno, vuelan de vuelta a las colmenas y traspasan el néctar a otras abejas más jóvenes, encargadas de extenderlo, gota a gota, por los panales de la colmena. Durante este proceso, las abejas le añaden unas enzimas que descomponen los azúcares complejos en otros simples. El agua del néctar se evapora poco a poco, pero las abejas aceleran el proceso batiendo las alas y creando corrientes de aire que van desde la entrada de la colmena, en la parte inferior, hasta los agujeros de ventilación superiores. Cuando la mayor parte del agua se evapora del néctar, las abejas tapan cada celdilla de miel con unas láminas de cera blanca segregadas por sus cuerpos.

Mi antepasado Juan Francisco Núñez, que vivió a mediados del siglo XVIII, poseía 33 colmenas que le rentaban 132 reales al año -4 reales por colmena-. Me gusta imaginarlo en otoño, ahumando las colmenas para aturdir a las abejas y poder utilesasí extraer los panales. Los apicultores de esa época solían cubrirse la cabeza con una chaqueta y metían las perneras de los pantalones entre los calcetines para que las abejas no se enredasen en el pelo, ni se introdujeran por el cuello o las piernas. Se consideraba muy importante no ponerse nervioso y realizar movimientos lentos y suaves para evitar el ataque de sus aguijones. Para que la miel saliera sin dificultad era necesario estrujar los panales con las manos al poco tiempo de extraerlos de la colmena, cuando todavía estaban calientes. De este modo la cera quedaba convertida en bolas y la miel caía a un recipiente colocado debajo. A menudo en este recipiente se ponía un colador para recoger los residuos que llevan los panales (abejas muertas, larvas, etc.) y dejar así la miel limpia.

En su libro clásico La vida de las abejas (1901), el escritor belga Maurice Maeterlinck describió la inquebrantable abnegación de las abejas y el misterioso deber que las anima. Concluyo con una de sus frases: “Si una inteligencia ajena a nuestro globo viniese a pedir a la tierra el objeto más perfecto de la lógica de la vida, habría que presentarle un humilde panal de miel”.

Antiguas leyendas

A don Santiago Buendía, alcalde de Mestanza

            Hace unos días el Ayuntamiento de Mestanza me concedió una placa en reconocimiento a mis artículos sobre la historia del pueblo. Fue un honor enorme recibir este homenaje. No hay en el mundo mejor obsequio ni mayor orgullo. Mi discurso de agradecimiento trató acerca de las antiguas leyendas que solía contarme mi abuelo cuando era niño. Eran leyendas de bandoleros, guerreros moros y tesoros escondidos que fueron decisivas en mi formación y que aún hoy me siguen fascinando.

            No hay que tomar a broma los cuentos de nuestros abuelos. La ciudad de Troya era considerada una invención literaria del poeta Homero, porque los arqueólogos no habían encontrado ninguna prueba que pudiera demostrar su existencia. Sin embargo, Heinrich Schliemann, motivado desdetesoro niño con las lecturas que su padre le hacía de La Ilíada, creyó ciegamente en la existencia real de esa ciudad “inventada” y, contra todo pronóstico, la encontró. Siempre tengo presente a Schliemann cuando subo al cerro del castillo. Una de las leyendas de Mestanza tuvo lugar en este lugar. Un hombre se encontraba arando cuando, de pronto, notó que a su arado le costaba avanzar. Azuzó a los animales para que tiraran con más fuerza y, para su sorpresa, vio como el arado sacaba de la tierra una vasija repleta de oro.

            La historia de Mestanza está sazonada con multitud de relatos de esta índole,pedriza quién sabe si reales o no. Algunos aseguran que en la pedriza de la sierra de La Posadilla yace un tesoro oculto a la espera de ser encontrado. Otros afirman que algún antepasado suyo encontró monedas de oro escarbando en el corral de su casa. Nuestros abuelos creían en la existencia de un túnel que conducía desde el castillo a las afueras del pueblo. El gran periodista Manu Leguineche decía que nuestra historia se presta a la existencia o a la imaginación de túneles y subterráneos, necesarios para huir de la quema y esconder tesoros.

 

            De todas las historias que me contó mi abuelo, mi favorita era la de un bandido de Mestanza conocido como El Castor. Su cuadrilla había robado un tesoro fabuloso. Hay casa de don Juanquien dice que se trataba del famoso tesoro de don Juan, cuyo robo acaeció el 13 de octubre de 1873 en Torre de Juan Abad. Caía la noche cuando una partida de jinetes irrumpió en dicho pueblo, amenazando a los vecinos para que permanecieran encerrados en sus casas. Tras coger al alcalde como rehén, asaltaron la casa de don Juan Tomás de Frías y le exigieron que entregara todas las monedas de oro que tenía guardadas. Al parecer, don Juan negó poseer tal tesoro, pero los asaltantes derribaron paredes, rompieron cerraduras y forzaron candados hasta que dieron con él. Había tal caudal de monedas que fueron necesarias nueve mulas para trasportarlo. Es fama que, tras huir los bandidos, don Juan preguntó a sus criados si habían llegado a un odre concreto –el “pellejo del chirro”-. Estos le respondieron que no lo habían tocado, a lo que don Juan exclamó: ¡Bah, entonces seguimos siendo ricos!”.

 

            Tras el robo, al verse hostigada por la guardia civil, la cuadrilla decidió separarse. El Castor huyó a Mestanza a galope tendido con los civiles pisándole los talones. En el camino del puerto, se encontró con un pariente suyo, zapatero para más señas, que iba a castorPuertollano a comprar aperos. Al verse acorralado, decidió confiarle el botín para que lo guardara hasta su regreso. Finalmente, los guardias lograron apresarle en las afueras del pueblo y fue encerrado en el Penal de Cartagena. En la soledad del calabozo, El Castor pasó el resto de su vida soñando con el tesoro que le aguardaba en su pueblo. El recuerdo de las monedas de oro hizo menos crudos sus días y más livianas sus noches. Muchos años después, ya viejo y enfermo, El Castor regresó a Mestanza. Nadie sabía nada del zapatero ni del tesoro. Desesperado, vagaba por las calles como un alma en pena, preguntándose que había sido de su tesoro. ¿Acaso había perdido su vida en una mazmorra lúgubre para nada? Mi abuelo contaba como una mañana, en la penumbra del alba, un hombre caritativo le entregó una soga y le dijo: “Aquí tienes tu tesoro”.

discurso

 

Nava de Riofrío, el pueblo fantasma

 “Hay pueblos que saben a desdicha”.

JUAN RULFO, Pedro Páramo

 

La Nava de Riofrío es un paraje de una belleza extraordinaria. Como su propio nombre indica, se trata de una nava –tierra más o menos llana rodeada de montañas- a orillas del río Robledillo, más conocido como Riofrío por los lugareños. A principios del siglo XX, la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya puso en 012explotación varios filones de zinc y plomo argentífero sobre los restos de antiguas fundiciones de la época romana. Pero fue en los años veinte cuando la explotación alcanzó tales dimensiones, que fue necesaria la construcción de un poblado para los mineros y sus familias. En 1923 se creó el pueblo de Nava de Riofrío, bajo la supervisión del ingeniero de minas José Agudo. De la noche a la mañana se levantaron más de 200 viviendas, una iglesia en honor a San José, escuelas, centros de recreo, un hospital y un economato. Las calles, con sus nombres 010grabados en porcelana, eran amplias y arboladas. Presidía el pueblo una enorme plaza –la plaza de España- donde velaba por el orden público un cuartel de la guardia civil. El pueblo disponía de agua potable y de energía eléctrica suministrada por la Central de Calatrava de Puertollano. Como colofón, la sociedad construyó una carretera de 27 kilómetros que, desde Mestanza, se adentraba en la sierra hasta alcanzar el coto minero.

Todo parecía ir viento en popa. En marzo de 1927, el nuevo pueblo incluso solicitó su segregación de Mestanza y se abrió una suscripción popular para conceder la medalla del trabajo a su fundador, el ingeniero José Agudo. Pero un 011pequeño microbio llamado Plasmodium dio al traste con las brillantes expectativas del naciente poblado. A finales de ese año, más de la mitad de sus 703 habitantes estaba infectado de paludismo. A los Plasmodium les encantan los mosquitos Anopheles, porque su picadura los introduce directamente en el torrente sanguíneo de sus víctimas antes de que sus defensas se den cuenta. Y la Nava de Riofrío estaba plagada de Anopheles. La compañía instaló un dispensario de quinina y un laboratorio para realizar un seguimiento del paludismo. Sus libros contables muestran la espeluznante evolución de la epidemia: si en 1928 se gastaron 10.071 gramos de quinina, en 1929 los gastos habían ascendido a 86.902 gramos. Y en 1930 subieron aún más, hasta los 91.415 gramos.

A media hora a pie se encuentra la explotación minera de la Hoz de Riofrío. Desde las cuevas del Chorrillo (1.061 m), las pinturas rupestres trazadas 234hace 5.000 años fueron testigos mudos de la llegada del “progreso” a aquel valle perdido en medio de Sierra Madrona. Hoy día podemos ver las ruinas de la mina Los Pontones con sus lavaderos de flotación circulares que separaban la mena de la ganga. La proporción de mena era de dos tercios de blenda (sulfuro de cinc) y un tercio de galena (sulfuro de plomo) con unos 300 gramos de plata por tonelada. El año de máxima actividad debió ser el de 1930. Fue el año en que Mestanza alcanzó el 236mayor pico de población de su historia, con 5.050 habitantes[1], de los cuales 813 habitaban en la Nava de Riofrío. No obstante, al año siguiente, la bajada de los precios del mineral provocó el despido de los primeros trabajadores, varias huelgas y finalmente el cierre definitivo de las minas el día 1 de agosto de 1931. En pocos años, como si hubiera sido azotada por una plaga bíblica, la Nava de Riofrío se despobló completamente. La maleza invadió las casas. El viento arrancó los quicios de las puertas y las ventanas. La lluvia descuajó los tejados y derruyó las paredes de barro. Hoy apenas se ven algunas ruinas de aquel floreciente y efímero poblado minero. Es un pueblo fantasma desterrado de la memoria de los hombres.

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Su cementerio tiene un tamaño enorme. Está completamente comido por la maleza, pero llaman la atención sus majestuosos cipreses. Estuve allí en primavera. Tras saltar una tapia derruida me adentré en su maraña de lentiscos, jaras y romero hasta llegar a la parte central, donde se alza una cruz de hierro. Junto a un muro de barro encontré una lápida cubierta de liquen que rezaba:

María Robles de Hinojosa

Falleció el 3 de diciembre de 1927

a los 32 años.

RIP

Tu esposo e hijas no te olvidan.

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Quizá fue una de las primeras víctimas del paludismo. Regresé de nuevo a la cruz central y vi una segunda lápida muy pequeña, rota. Su inscripción decía así:

El niño

Marianito Rubio Pareja

subió al cielo el 2 abril 1928

a la edad de 7 meses.

Tus padres no te olvidan.

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El viento mecía las hojas de los sicómoros. El cielo amenazaba tormenta. Se escuchaban truenos al otro lado de la sierra. Abandoné el cementerio y su memoria de piedra sepultada por la maleza. Atrás quedó la cruz de hierro, como un guardián que nunca duerme, vigilando el silencio del camposanto. Atrás quedaron los restos del niño Marianito y de la joven María, olvidados del mundo para siempre.
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[1] La distribución era la siguiente: Mestanza, 2.187 habitantes; El Hoyo, 983; El Tamaral, 362; Nava de Riofrío, 813; otros (pastores en chozos, caseríos, casas aisladas, etc.), 703.

Nuestros antepasados

Pensar en nuestros antepasados es constatar la inmensa fortuna de existir. Durante siglos, nuestros ancestros de ambas ramas estuvieron lo bastante sanos para vivir, encontrar una pareja y reproducirse. Ninguno pereció de una enfermedad, de hambre o herido en una guerra antes de cumplir con su objetivo vital: entregar una pequeña carga de material genético a la pareja adecuada en el momento oportuno para perpetuar la única secuencia posible de combinaciones hereditarias que pudiese desembocar en nosotros.

Poco o nada se sabe de mis antepasados. Las referencias escritas de sus vidas se
limitan al registro de su nacimiento, matrimonio y defunción. Pasaron de puntillas por la pila bautismal (s.XVI)historia aplicando con esmero el consejo que Epicuro daba a sus discípulos: Lathe Biósas –pasa desapercibido mientras vivas-. La puerta de la iglesia de San Esteban, sobre la cual campea el escudo de la Orden de Calatrava, fue durante siglos un testigo mudo de sus vidas. Bajo su arco de piedra cruzaron recién nacidos para ser bautizados, por allí salieron con la felicidad del matrimonio recién contraído y, finalmente, fue esa vieja puerta la que dio el último adiós a sus féretros.

Hace unos años realicé el árbol genealógico de mi familia hasta el siglo XVI. índiceAl principio de la investigación descubrí con gran frustración que habían desaparecido todos los libros de bautismos, matrimonios y defunciones anteriores al siglo XIX. Por fortuna, encontré un Índice General Alfabético de Matrimonios realizado en 1860 por el párroco don José Arenillas. Este libro sumamente peculiar, registraba por orden alfabético todos los matrimonios habidos en Mestanza durante tres siglos y medio, desde 1607 hasta 1860. Piénsese en el enorme esfuerzo que le debió suponer a dicho párroco transcribir, uno a uno, y por orden alfabético, todos los desposorios celebrados a lo largo de 350 años. Allí estaban anotadas, con rigor matemático, las nupcias de mis antepasados hasta llegar a los primeros años de 1600, cuando un tal don Tomás Núñez, hijo de don Juan Núñez, contrajo matrimonio con doña Magdalena Ruíz de Córdoba.

Es imposible saber cuándo y en qué circunstancias llegó a Mestanza el primer Núñez. Lo más probable es que fuera uno de tantos castellanos del norte peninsular que PuertaMestanzarepoblaron el Valle de Alcudia durante el siglo XIII tras la expulsión definitiva de los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa (1212). Muchos de los apellidos más comunes del pueblo delatan su lugar de procedencia: los Buendía de Cuenca, los Pareja de La Alcarria, los Molina de Guadalajara, los Aranda de Burgos o los Vozmediano de Soria. No obstante, hay otras opciones. Pudo ser uno de los guerreros bereberes de la tribu Mestasa que dieron nombre al pueblo en el siglo VIII. O uno de los visigodos de estirpe escandinava que ocuparon la región en el siglo V. O un oretano germánico de aquellos que citaba Plinio el Viejo[1]. Remontándonos en el tiempo, no es descartable que fuera uno de los cazadores que dibujaron figuras abstractas en las cuevas de Riofrío hace 5.000 años. Pero todo son hipótesis. El Núñez más antiguo del que se tiene constancia escrita es el citado Juan Núñez, que nació en el último tercio del siglo XVI, bajo el reinado de Felipe II.

El Catastro de Ensenada (1751) ilumina algunos datos de otro de mis
antepasados. Juan Francisco Núñez era tataranieto de aquel primer Juan Núñez que
vivió en el Siglo de Oro y sería el tatarabuelo de mi tatarabuelo Francisco Núñez, del que hablaremos a continuación. Parece ser que vivía con su mujer Jerónima Robisco y sus hijos en lo alto de la calle del Castillo. Su casa habría hecho las delicias de los escritores románticos, pues estaba situada junto a las ruinas del castillo medieval y por encima de la Casa de las Ánimas, propiedad de la Cofradía de las Benditas Ánimas del Purgatorio. El Catastro también arroja otro dato curioso: poseía 33 colmenas.

Mi tatarabuelo Francisco Núñez nació en 1848. Vivió con su mujer Juana Correal (n. 1850) en el Calvario, frente a la antigua Capilla de San Sebastián, hoy desaparecida. Allí nacieron sus cuatro hijos: Antonio, Margarita, Miguel (al que apodarían “el Grande” al regresar de la Guerra de Cuba) y mi bisabuelo Félix (al que debo mi nombre). A principios del siglo XX, Francisco fundó la calle del Telégrafo. Así lo indica un documento municipal. Al principio sólo existía una vereda que conducía al telégrafo desde el Calvario, pero la decisión de Francisco de construir una casa frente a la de Cristóbal Pellitero dejando la vereda en medio, le otorgó rango de vía. En abril de 1902 el Ayuntamiento procedió a la apertura oficial de la nueva calle pública ampliando el ancho del sendero y autorizando para edificar en los laterales del mismo.

Mi bisabuelo Félix Núñez (n. 1885) combatió en la Guerra de Melilla durante el desastre del Barranco del Lobo (1909). Al regresar a Mestanza se casó con María 002Clemente[2] y tuvieron cuatro hijas -Petra, Rosalía, María Teresa y Juana- y un hijo varón: mi abuelo Juan José (n. 1915). Durante unos años la familia vivió en la casa del Calvario, hasta que la vendieron por 8.000 reales para mudarse a una otra más pequeña en el número 4 de la calle de Hernán Cortés, en la parte alta del pueblo. De esta casa aún se conservan algunas paredes y un ventanuco. Aquí moriría mi bisabuelo el 25 de agosto de 1926. La silicosis se lo llevó, como a muchos otros mineros, a la corta edad de 42 años. A veces pienso que quizá fue esa pequeña ventana el último objeto sobre el que se posaron sus ojos.

 

[1]Oretani qui et Germani cognominatur, es decir, los oretanos a los que también se llama germanos. Historia Natural, III, 25.

[2]El 1 de octubre de 1910.

Queso en las alforjas

          Hace unos días escuché en la radio a un pastor vasco. Decía que “todos los quesosquesos se hacen igual, quitándole el agua a la leche”. Conciso y exacto. La palabra queso viene del latín “caseus”, cuyo significado es “carere suerum”, es decir, “que carece de suero”. Si consideramos que la mayor parte del suero es agua, la afirmación del pastor es precisa.

          Tras ordeñar a sus ovejas, los pastores de Mestanza vertían la leche en una orza –una vasija de barro alta y sin asas- cuya boca tenía un trapo para filtrar impurezas.
Después la arrimaban a una buena lumbre. Mientras se calentaba la leche, le añadían el cuajo de un cordero lechal y removían el contenido dándole vueltas con un palo. El cuajo es una sustancia que se encuentra en el estómago de algunos mamíferos lactantes, cuyas enzimas sirven de fermento para separar el suero de la caseína y para coagular esta queso1última convirtiéndola en una masa sólida y pastosa llamada cuajada. Al cabo de unas horas se apartaba el recipiente del fuego y se dejaba enfriar. Después se sacaba la cuajada con un colador y se iba echando en unos moldes de madera llamados cinchos. Cuando éstos se llenaban se prensaba el contenido con una piedra grande, haciendo salir el suero por los agujeros de los cinchos. Este suero,
conocido como zurrapas, se cocía para hacer requesón. Los quesos se dejaban reposar varias horas y después se ponían en salmuera durante un día entero. Finalmente, se los
dejaba madurar en cámaras, volteándolos de vez en cuando para que la maduración fuera uniforme y para que no se deformaran. En Mestanza se podían encontrar quesos en diferentes grados de maduración (mantecoso, curado y semi-curado), pero lo más usual era conservarlos cortados en tacos dentro de una tinaja con aceite de oliva. Mi abuela tenía una de estas tinajas en la cocina. Aún recuerdo el sabor fuerte y picante de aquel queso empapado en aceite.

          La elaboración del queso es una labor milenaria, que hunde sus raíces en el Neolítico, hace más de 10.000 años, tras la domesticación de la oveja y de la cabra. cinchos con el cuajoDurante siglos, fue un alimento esencial para nuestros antepasados, un manjar que no faltaba en sus morrales. Unos mendrugos de pan con queso es la comida más nombrada en El Quijote. En su libro España nervio a nervio (1924), Eugenio Noel describe a unos arrieros debatiendo “sobre lo que es la nata, suero, queso y baño de maría, cuajada, y si la salmuera ha de ser o no fuerte. De todo saben estos buenos hombres. Sin la hierba de cuajo que traen de Sierra Morena no hay queso manchego (…). La Sierra Morena… ¿No he estado alguna vez en Mestanza (…)? Allá empieza la sierra”.

          Sin embargo, en apenas unos pocos años, esta forma artesanal de hacer el queso quedó prácticamente extinguida. En su mítico libro Valle de Alcudia (1967), los cronistas Fernando Fernández Sanz y Vicente Romano narran su estancia en la casa del Águila, cerca de la mina Diógenes. Allí les hospeda don Aurelio, el dueño del cortijo. Les explica que justo en ese momento estaban haciendo queso, advirtiéndoles que:

– Cada día quedan menos sitios donde se hace el queso así. Es otra costumbre que se va perdiendo. Ahora llegan las camionetas de las fábricas a comprar la leche y se la llevan a Madrid.

          Nuestros ancestros peregrinaron por la vida con unos mendrugos de pan, una bota de vino y un trozo de queso en las alforjas. Así lo atestigua el refranero castellano: “Con queso, pan y vino, se anda mejor el camino”. Bien sabía Sancho Panza de la importancia de estos manjares, cuando ofreció a un mozo un pedazo de pan y otro de queso:

– Toma, hermano Andrés, que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.

– Pues ¿qué parte os alcanza a vos? -pregunto Andrés.

– Esta parte de queso y pan que os doy -respondió Sancho-, que Dios sabe si me ha de hacer falta o no.

Los viejos molinos de agua

“Abeja, oveja y piedra de trebeja”

          Con este antiguo dicho se definían las tres principales fuentes de riqueza de Mestanza. En primer lugar, la apicultura, por ser la miel durante miles de años el único edulcorante conocido en Europa y la base de la cera para alumbrar iglesias y viviendas. El segundo era la ganadería ovina, cuyo triple aprovechamiento cárnico, lácteo y lanar fue la actividad esencial del Valle de Alcudia durante siglos. Por último, la piedra que trebeja (que trabaja) se refiere al molino harinero, que proporcionaba la base para el alimento esencial de nuestros antepasados: el pan.

          Desde la Edad Media, se construyeron molinos de agua en el curso de los cuatro ríos que cruzan la región –Robledillo, Fresnedas, Tablillas y Montoro- antes de desembocar en el río Jándula, afluente del Guadalquivir. Algunos tenían nombres poéticos como el molino de las Ánimas en el río Tablillas o el molino Flor de Ribera en el río Montoro. No obstante, la mayoría eran conocidos por el nombre del propietario. En el término municipal de Mestanza se conservan cinco antiguos molinos de agua al sur del Tamaral. El río Robledillo (Riofrío según la terminología local) acoge los restos de los molinos de Frutos y de Riofrío. El arroyo de la Peña de los Molinos alberga las ruinas de los molinos de Constante y de la Peña. El arroyo de las Casas cobija los últimos vestigios del molino de la Nicolasa. Todos ellos ya existían en el siglo XVIII, como atestigua el Catastro de Ensenada (1751)[1], y algunos funcionaron hasta mediados del siglo XX.

          Los molinos de agua tenían dos partes bien diferenciadas: la sala de molienda a nivel del suelo y el cárcavo donde se alojaban los mecanismos hidráulicos en la parte MolinoCuboinferior. Se trataba de molinos de cubo, cuyo origen se remonta al siglo XVI. El cubo era un depósito a una altura de 5-10 metros que recogía el agua de un canal (el caz) hasta que se llenaba, para después ser vaciado de golpe sobre las paletas del rodezno (rueda horizontal). Con este sistema se aumentaba la presión consiguiendo que los molinos con muy poca agua aumentasen su potencia motriz. Lógicamente, se trataba de una actividad intermitente, pues los cubos se tenían que llenar cada vez que se vaciaban. El rodezno, al girar, movía la muela volandera (piedra superior) a través de un eje vertical llamado árbol. La molienda propiamente dicha comenzaba vertiendo el grano en una tolva de madera, desde donde una canaleta lo conducía al ojo (agujero central) de la muela volandera. El rozamiento de ésta con la muela solera (piedra inferior, fija y más gruesa) trituraba el grano convirtiéndolo en harina.

          En la actualidad podemos admirar las ruinas de estos molinos. Sus muros de piedra y argamasa se esconden entre la maleza como reliquias de una civilización flor de riberaperdida. Todos ellos conservan las piedras de moler, el caz y el cárcavo. El molino de Riofrío tiene un caz considerable de 575 metros y conserva la casa del molinero, los almacenes y las cuadras. El 29 de abril de 1869, una de sus casas fue incendiada por el bandido Bartolo, que sería abatido por la Guardia Civil en junio de ese mismo año. El molino Flor de Ribera es quizá el mejor conservado del Valle de Alcudia[2]. Las Relaciones Topográficas de Felipe II señalan la existencia de seis molinos en el río Montoro y es probable que éste fuera uno de ellos. Se preserva toda su cubierta, un caz de 322 metros, dos cubos de piedra y dos bellos arcos ojivales por donde salía el flujo hidráulico de los cárcavos.

          Los molinos se hallaban a mucha distancia del pueblo, por lo que los mestanceños llevaban el cereal de madrugada y regresaban al caer la noche con el grano ya molido. Las reatas de mulas cargadas de costales recorrían varias leguas de caminos, veredas y trochas. Al llegar al molino, los sacos de arpillera se apilaban en la sala de molienda a la espera de su turno. Mientras tanto, los hombres pasaban la jornada pescando en el río, jugando a las cartas o simplemente charlando. La vida en los molinos estaba sujeta a las variaciones meteorológicas. Las fuertes riadas desbordaban los cauces y las temibles sequías paralizaban la actividad. No obstante, hasta la introducción de la electricidad a finales del siglo XIX, la molienda de cereales fue una actividad muy lucrativa y parece que los molineros vivían algo mejor que el resto de sus paisanos. Así lo reflejaba una copla popular:

Molinero lo quiero, que no pastor,

el uno tiene cuartos, el otro no.

 

 

[1] El Catastro de Ensenada (1751) citaba nueve molinos.

[2] Este molino se encuentra en el término municipal de Hinojosas de Calatrava.